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Cantando por el desierto

Los Yaghanes, tribu de Tierra de Fuego extinguida a finales del siglo XIX eran nómadas por naturaleza, aunque rara vez iban lejos. El etnógrafo padre Martín Gusinde escribió:
- Se parecen a nerviosas aves de paso que se sienten dichosas y gozan de paz interior sólo cuando están en movimiento, Bruce Chatwin, En la Patagonia, 1977. Un otoño le encargaron a unos fotógrafos de una revista de arquitectura un reportaje sobre el arroyo Culebro, un lugar también llamado Polvoranca por un poblado en ruinas del mismo nombre que hay por allí. Lo que no hay es tal arroyo serpenteante, sólo una estepa desértica en la que parecen navegar las grandes poblaciones de Alcorcón al Norte, Fuenlabrada al Sur, Leganés al Este y Móstoles al Oeste. Justamente por la mitad pasará la autopista de circunvalación M-50 y con el pretexto de revitalizar el arroyo están calculando las posibilidades macroeconómicas, o algo así, de estas tierras abandonadas. Como acercamiento visual al que fue escenario de aventuras infantiles, tardes de novillos y cacerías de lagartijas sigo recomendando el viaje en tren desde Atocha hasta Móstoles o Fuenlabrada, los 2 extremos del arco que describe la línea 5 de cercanías al Sur de Madrid. En los tramos a cielo abierto podía elegir el lugar apropiado para empezar su reportaje y desde ese momento conocería más que yo. Hacía más de diez años que no había vuelto por allí. No tenía ni fotos.
- No debe haber na. Antes había una pequeña laguna y una fuente, pero la gente lavaba los coches y todo eso ya desapareció.
Una calurosa tarde de octubre los fotógrafos fueron en tren a Fuenlabrada y desde allí, caminando, atravesaron el desierto en dirección al Noroeste hasta Alcorcón. Cuando me contaron este paseo otoñal me pareció una secuencia de película tipo Paco Martínez Soria en la que uno de la ciudad va a un pueblo o viceversa, como pretexto para el estúpido baile de boinas. ¡Joder, mira que atravesar andando semejante estepa! Pero pasaron 3 cosas que me hicieron cambiar de opinión y sentir, por así decirlo, la llamada del desierto. Apareció en un periódico un retrato del cantaor Chato de la Isla anunciando una actuación. El Chato, vecino de Fuenlabrada, pasa sus soleadas tardes de ocio paseando por Polvoranca colgado de un pequeño aparato de radio. Los fotógrafos se lo encontraron en la estepa y su imagen con el camino desértico al fondo captada por uno de ellos me ha parecido desde que la vi una refinada idea de ocio. Una avería técnica en el obturador de la cámara de uno de los fotógrafos produjo una veladura en algunos de sus negativos. El trabajo estaba resuelto, pero quería más tomas fotográficas para elegir a gusto. Decidió hacer una segunda visita y me pidió que le acompañara en coche. De mi primer encuentro con la estepa recuerdo los espejismos propios de las llanuras, aún en las más vacías, la cinta de Gipsy Kings que hacíamos sonar todo el rato y que no tuve la suerte de conocer al Chato, quien, dicho sea de paso, no es un excéntrico solitario. Por la estepa había ciclistas, corredores de fondo y caminantes yendo de un lado para otro en todo momento. Aceleré la lectura y me ventilé en un pis pas Los trazos de la canción, el relato del viaje de Bruce Chatwin al corazón desértico de Australia para estudiar la religión y el modo de vida de los aborígenes como ilustración a su hipótesis sobre el origen nómada de los primeros humanos sobre el planeta Tierra. Chatwin, un evolucionista contemporáneo, describe en este libro un paisaje de hace millones de años en el que tras una glaciación desapareció abruptamente la estepa arbórea que separaba la selva del desierto y los monos que se refugiaban de las fieras prehistóricas con dientes de sable (¿los dragones y otros monstruos de las leyendas heredadas de nuestros ancestros?) trepando a los árboles tuvieron que elegir un camino. Los que se irguieron para andar y se adentraron en el desierto cantando (¿origen del lenguaje?) para poner nombre a lo que les rodeaba y orientarse (el miembro del cuerpo que les evolucionó para luchar con ingenio contra las nuevas dificultades fue el cerebro) son probablemente nuestros más lejanos antepasados. Según la hipótesis de Chatwin, infinitamente más brillante que lo que pueda parecer en este somero repaso, ésta es la razón para que los de nuestra especie sólo encontremos sosiego y felicidad cuando estamos en movimiento. En los mapas, Madrid es una telaraña sobre cuyos hilos se asientan las concentraciones urbanas e industriales. El continuo hormigueo de los madrileños y nuestros aparatos por las vías y los medios de comunicación cada vez más y más complejos, empieza a parecerse demasiado a la inmovilidad y la incomunicación. No es ése el movimiento que produce sosiego y felicidad. Y esto a cambio de ruido, polución, malos olores a los que por fuerza de la costumbre somos insensibles y basura, sólida para el tacto y visual para los ojos; contaminación detallada para todos y cada uno de los sentidos que empieza a parecerse al monstruo selvático que echó al desierto a nuestros primeros antepasados. Una fría tarde de invierno, un Arco Iris sobre la línea del cielo de Madrid a la altura de la estepa del arroyo Butarque hizo las veces de sirena. Me apeé del tren en la estación de Zarzaquemada, un privilegiado balcón (por razones incomprensibles, en vez de un túnel levantaron una escombrera de unos cinco metros sobre el nivel del suelo para este tendido ferroviario) sobre la extensión infinita: las autopistas radiales de Extremadura y Toledo a los lados, la M-40 y el arroyo venido a cloaca de Butarque atravesándola transversalmente, asentamientos humanos en concentraciones de chabolas y caravanas, industrias ilegales, las tapias y los desperdicios del gran cementerio del Sur, carreteras, caminos, senderos, tendidos eléctricos, una hilera de siete árboles carbonizados... Cerca de la estación, al pie mismo de la estepa, un camión había dejado olvidada una montaña de escombros desde la que se podía fotografiar lo que se veía desde allí. Pero justamente al pie de la montañita, unos yonquis en faena me hicieron sentir su incomodidad por mi presencia y la de mi cámara. Además de los yonquis, las estepas pertenecen a los jubilados, los parados, los inmigrantes ilegales, los lisiados que aún pueden andar y otros especímenes marginados de nuestra sociedad. Los herrumbrosos ex-coches, sus manchas de aceite y de restos de detergentes utilizados para lavarlos, sus neumáticos y todos los excrementos que exige para su cuidado el rey de nuestra movilidad, demuestran a las claras la hipótesis de Chatwin: decididamente los humanos somos nómadas, unos nómadas bastante vagos y guarros, pero nómadas al fin y al cabo. Ahora mismo están llegando a las estepas los primeros ex-contestadores automáticos, ex-aparatos de TV en color y ex-ordenadores que hace apenas un lustro llegaron a nuestros domicilios como gran novedad. Por un momento pensé que éramos los humanos los que estábamos fabricando un desierto a nuestro gusto para caminar alegremente por todo el planeta Tierra, pero cuando me envolvió el miedo de la oscuridad supe que no éramos nosotros los que estábamos fabricando un desierto, que era el desierto el que venía hacia nosotros a toda velocidad para hacer dunas en nuestros corazones.