Cervantes
Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo
Soneto
Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
-Desa mesma manera le sé yo -dijo el cautivo.
-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice así:
Soneto
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que de su
camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:
-«Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en desmantelar
la Goleta, porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner por tierra, y para
hacerlo con más brevedad y menos trabajo, la minaron por tres partes; pero con
ninguna se pudo volar lo que parecía menos fuerte, que eran las murallas viejas;
y todo aquello que había quedado en pie de la fortificación nueva que había
hecho el Fratín, con mucha facilidad vino a tierra. En resolución, la armada
volvió a Constantinopla, triunfante y vencedora: y de allí a pocos meses murió
mi amo el Uchalí, al cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere decir, en lengua
turquesca, el renegado tiñoso, porque lo era; y es costumbre entre los turcos
ponerse nombres de alguna falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos
haya. Y esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que
decienden de la casa Otomana, y los demás, como tengo dicho, toman nombre y
apellido ya de las tachas del cuerpo y ya de las virtudes del ánimo. Y este
Tiñoso bogó el remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años, y a más de los
treinta y cuatro de sus edad renegó, de despecho de que un turco, estando al
remo, le dio un bofetón, y por poderse vengar dejó su fe; y fue tanto su valor
que, sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del Gran
Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después, a ser general de la mar, que es
el tercero cargo que hay en aquel señorío. Era calabrés de nación, y moralmente
fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que llegó a
tener tres mil, los cuales, después de su muerte, se repartieron, como él lo
dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que también es hijo heredero de
cuantos mueren, y entra a la parte con los más hijos que deja el difunto) y
entre sus renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que, siendo grumete de
una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto, que fue uno de los más
regalados garzones suyos, y él vino a ser el más cruel renegado que jamás se ha
visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser muy rico, y a ser rey de Argel; con el
cual yo vine de Constantinopla, algo contento, por estar tan cerca de España, no
porque pensase escribir a nadie el desdichado suceso mío, sino por ver si me era
más favorable la suerte en Argel que en Constantinopla, donde ya había probado
mil maneras de huirme, y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba en Argel
buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó
la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía
por obra no correspondía el suceso a la intención, luego, sin abandonarme,
fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca.
»Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos
llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey
como de algunos particulares; y los que llaman del almacén, que es como decir
cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras públicas que hace y en
otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad, que,
como son del común y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su
rescate, aunque le tengan. En estos baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus
cautivos algunos particulares del pueblo, principalmente cuando son de rescate,
porque allí los tienen holgados y seguros hasta que venga su rescate. También
los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma,
si no es cuando se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por
él con más ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás, que es un no
pequeño trabajo.
»Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán, puesto
que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no
me pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme una
cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella; y así, pasaba la
vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y
tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a
veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver, a
cada paso, las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los
cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba aquél; y
esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía
no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el
género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de
Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas
gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se
lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo,
temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si
no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este
soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con
el cuento de mi historia.
»Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de la
casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las de los
moros, más eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con celosías muy
espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un terrado de nuestra
prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas,
por entretener el tiempo, estando solos, porque todos los demás cristianos
habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas
ventanillas que he dicho parecía una caña, y al remate della puesto un lienzo
atado, y la caña se estaba blandeando y moviéndose, casi como si hiciera señas
que llegásemos a tomarla. Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue
a ponerse debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que hacían; pero, así
como llegó, alzaron la caña y la movieron a los dos lados, como si dijeran no
con la cabeza. Volvióse el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mesmos
movimientos que primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle lo mesmo que al
primero. Finalmente, fue el tercero y avínole lo que al primero y al segundo.
Viendo yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, así como llegué a ponerme
debajo de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baño. Acudí
luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dél venían diez
cianíis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una vale
diez reales de los nuestros. Si me holgué con el hallazgo, no hay para qué
decirlo, pues fue tanto el contento como la admiración de pensar de donde podía
venirnos aquel bien, especialmente a mí, pues las muestras de no haber querido
soltar la caña sino a mí claro decían que a mí se hacía la merced. Tomé mi buen
dinero, quebré la caña, volvíme al terradillo, miré la ventana, y vi que por
ella salía una muy blanca mano, que la abrían y cerraban muy apriesa. Con esto
entendimos, o imaginamos, que alguna mujer que en aquella casa vivía nos debía
de haber hecho aquel beneficio; y, en señal de que lo agradecíamos, hecimos
zalemas a uso de moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los
brazos sobre el pecho. De allí a poco sacaron por la mesma ventana una pequeña
cruz hecha de cañas, y luego la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó en
que alguna cristiana debía de estar cautiva en aquella casa, y era la que el
bien nos hacía; pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos,
nos deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus mesmos
amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en más que las de su nación.
»En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y así, todo
nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener por norte a la
ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña; pero bien se pasaron
quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra señal alguna. Y,
aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber quién en aquella casa
vivía, y si había en ella alguna cristiana renegada, jamás hubo quien nos dijese
otra cosa, sino que allí vivía un moro principal y rico, llamado Agi Morato,
alcaide que había sido de La Pata, que es oficio entre ellos de mucha calidad.
Mas, cuando más descuidados estábamos de que por allí habían de llover más
cianíis, vimos a deshora parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro nudo
más crecido; y esto fue a tiempo que estaba el baño, como la vez pasada, solo y
sin gente. Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los
mismos tres que estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a mí, porque,
en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo, y hallé cuarenta escudos de oro
españoles y un papel escrito en arábigo, y al cabo de lo escrito hecha una
grande cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme al terrado, hecimos todos
nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hice señas que leería el papel,
cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y alegres con lo sucedido; y, como
ninguno de nosotros no entendía el arábigo, era grande el deseo que teníamos de
entender lo que el papel contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo
leyese.
»En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que se
había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le
obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer
consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que
pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a
cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasión que se le ofrezca.
Algunos hay que procuran estas fees con buena intención, otros se sirven dellas
acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha
se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se
verá el propósito con que venían, el cual era de quedarse en tierra de
cristianos, y que por eso venían en corso con los demás turcos. Con esto se
escapan de aquel primer ímpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les
haga daño; y, cuando veen la suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes
eran. Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se
quedan en tierra de cristianos.
»Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía firmas
de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era posible; y si los
moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe que sabía muy bien
arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero, antes que del todo me
declarase con él, le dije que me leyese aquel papel, que acaso me había hallado
en un agujero de mi rancho. Abrióle, y estuvo un buen espacio mirándole y
construyéndole, murmurando entre los dientes. Preguntéle si lo entendía; díjome
que muy bien, y, que si quería que me lo declarase palabra por palabra, que le
diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él
poco a poco lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquí en
romance, sin faltar letra, es lo que contiene este papel morisco; y hase de
advertir que adonde dice Lela Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen
María''.
»Leímos el papel, y decía así:
Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua me mostró
la zalá cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La cristiana murió,
y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después la vi dos veces, y me
dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela Marién, que me quería
mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he visto por esta ventana, y
ninguno me ha parecido caballero sino tú. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo
muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y
serás allá mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada, que
Lela Marién me dará con quien me case. Yo escribí esto; mira a quién lo das a
leer: no te fíes de ningún moro, porque son todos marfuces. Desto tengo mucha
pena: que quisiera que no te descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe,
me echará luego en un pozo, y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo:
ata allí la respuesta; y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo por
señas, que Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y esa cruz
que yo beso muchas veces; que así me lo mandó la cautiva.
»Mirad, señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen y
alegrasen. Y así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió que no
acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de nosotros se
había escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo que sospechaba, que nos
fiásemos dél y se lo dijésemos, que él aventuraría su vida por nuestra libertad.
Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y con muchas lágrimas
juró por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él, aunque pecador y
malo, bien y fielmente creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto
quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de
aquella que aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener
libertad, y verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la
Santa Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y
apartado por su ignorancia y pecado.
»Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el
renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en declararle la
verdad del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle nada.
Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él marcó desde allí la
casa, y quedó de tener especial y gran cuidado de informarse quién en ella
vivía. Acordamos, ansimesmo, que sería bien responder al billete de la mora; y,
como teníamos quien lo supiese hacer, luego al momento el renegado escribió las
razones que yo le fui notando, que puntualmente fueron las que diré, porque de
todos los puntos sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me
ha ido de la memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.
»En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:
El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva de darte a
entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que ella es tan buena que
sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que están conmigo, te
ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta morir. No dejes de
escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te responderé siempre; que
el grande Alá nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu
lengua tan bien como lo verás por este papel. Así que, sin tener miedo, nos
puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que dices que si fueres a tierra de
cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y
sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Alá y
Marién, su madre, sean en tu guarda, señora mía.
»Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño solo,
como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la caña
parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no podía ver quién
la ponía, mostré el papel, como dando a entender que pusiesen el hilo, pero ya
venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de allí a poco tornó a parecer
nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo. Dejáronla caer, y
alcé yo, y hallé en el paño, en toda suerte de moneda de plata y de oro, más de
cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces más doblaron nuestro contento y
confirmaron la esperanza de tener libertad.
»Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido que en
aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba
Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía una sola hija, heredera de
toda su hacienda, y que era común opinión en toda la ciudad ser la más hermosa
mujer de la Berbería; y que muchos de los virreyes que allí venían la habían
pedido por mujer, y que ella nunca se había querido casar; y que también supo
que tuvo una cristiana cautiva, que ya se había muerto; todo lo cual concertaba
con lo que venía en el papel. Entramos luego en consejo con el renegado, en qué
orden se tendría para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos,
y, en fin, se acordó por entonces que esperásemos el aviso segundo de Zoraida,
que así se llamaba la que ahora quiere llamarse María; porque bien vimos que
ella, y no otra alguna era la que había de dar medio a todas aquellas
dificultades. Después que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos
pena, que él perdería la vida o nos pondría en libertad.
»Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días tardase
en parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad del baño,
pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto prometía. Inclinóse a
mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel y cien escudos de oro, sin otra
moneda alguna. Estaba allí el renegado, dímosle a leer el papel dentro de
nuestro rancho, el cual dijo que así decía:
Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela Marién me lo
ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que yo os daré
por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos vos con ellos y vuestros
amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre allá una barca y vuelva por
los demás; y a mí me hallarán en el jardín de mi padre, que está a la puerta de
Babazón, junto a la marina, donde tengo de estar todo este verano con mi padre y
con mis criados. De allí, de noche, me podréis sacar sin miedo y llevarme a la
barca; y mira que has de ser mi marido, porque si no, yo pediré a Marién que te
castigue. Si no te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve, que
yo sé que volverás mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura
saber el jardín, y cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño, y te
daré mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.
»Esto decía y contenía el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno se
ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda
puntualidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el
renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de
libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le había mostrado
cuán mal cumplían los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque
muchas veces habían usado de aquel remedio algunos principales cautivos,
rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca, con dineros para poder armar
una barca y volver por los que le habían rescatado, y nunca habían vuelto;
porque la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de
la memoria todas las obligaciones del mundo. Y, en confirmación de la verdad que
nos decía, nos contó brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había
acaecido a unos caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió en
aquellas partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de
admiración.
»En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el dinero
que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él para
comprar allí en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y tratante en
Tetuán y en aquella costa; y que, siendo él señor de la barca, fácilmente se
daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos. Cuanto más, que si la
mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos a todos, que, estando
libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la mitad del día; y que la
dificultad que se ofrecía mayor era que los moros no consienten que renegado
alguno compre ni tenga barca, si no es bajel grande para ir en corso, porque se
temen que el que compra barca, principalmente si es español, no la quiere sino
para irse a tierra de cristianos; pero que él facilitaría este inconveniente con
hacer que un moro tagarino fuese a la parte con él en la compañía de la barca y
en la ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de la
barca, con que daba por acabado todo lo demás.
»Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de enviar por
la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos contradecirle, temerosos que,
si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir y poner a peligro de
perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida, por cuya vida diéramos
todos las nuestras. Y así, determinamos de ponernos en las manos de Dios y en
las del renegado, y en aquel mismo punto se le respondió a Zoraida, diciéndole
que haríamos todo cuanto nos aconsejaba, porque lo había advertido tan bien como
si Lela Marién se lo hubiera dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel
negocio, o ponello luego por obra. Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y, con
esto, otro día que acaeció a estar solo el baño, en diversas veces, con la caña
y el paño, nos dio dos mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer
jumá, que es el viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese
nos daría más dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que nos
daría cuanto le pidiésemos: que su padre tenía tantos, que no lo echaría menos,
cuanto más, que ella tenía la llaves de todo.
»Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con
ochocientos me rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a la
sazón se hallaba en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome sobre su
palabra, dándola de que con el primer bajel que viniese de Valencia pagaría mi
rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al rey que había
muchos días que mi rescate estaba en Argel, y que el mercader, por sus
granjerías, lo había callado. Finalmente, mi amo era tan caviloso que en ninguna
manera me atreví a que luego se desembolsase el dinero. El jueves antes del
viernes que la hermosa Zoraida se había de ir al jardín, nos dio otros mil
escudos y nos avisó de su partida, rogándome que, si me rescatase, supiese luego
el jardín de su padre, y que en todo caso buscase ocasión de ir allá y verla.
Respondíle en breves palabras que así lo haría, y que tuviese cuidado de
encomendarnos a Lela Marién, con todas aquellas oraciones que la cautiva le
había enseñado.
»Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se rescatasen, por
facilitar la salida del baño, y porque, viéndome a mí rescatado, y a ellos no,
pues había dinero, no se alborotasen y les persuadiese el diablo que hiciesen
alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que, puesto que el ser ellos quien eran me
podía asegurar deste temor, con todo eso, no quise poner el negocio en aventura,
y así, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescaté, entregando todo
el dinero al mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la
fianza; al cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que
había.
Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
»No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada una muy
buena barca, capaz de más de treinta personas: y, para asegurar su hecho y dalle
color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se llamaba Sargel, que
está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán, en el cual hay mucha
contratación de higos pasos. Dos o tres veces hizo este viaje, en compañía del
tagarino que había dicho. Tagarinos llaman en Berbería a los moros de Aragón, y
a los de Granada, mudéjares; y en el reino de Fez llaman a los mudéjares elches,
los cuales son la gente de quien aquel rey más se sirve en la guerra.
»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta que
estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba; y allí, muy
de propósito, se ponía el renegado con los morillos que bogaban el remo, o ya a
hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a lo que pensaba hacer de veras;
y así, se iba al jardín de Zoraida y le pedía fruta, y su padre se la daba sin
conocelle; y, aunque él quisiera hablar a Zoraida, como él después me dijo, y
decille que él era el que por orden mía le había de llevar a tierra de
cristianos, que estuviese contenta y segura, nunca le fue posible, porque las
moras no se dejan ver de ningún moro ni turco, si no es que su marido o su padre
se lo manden. De cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de
aquello que sería razonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado,
que quizá la alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero
Dios, que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y que
daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino, su compañero, no
tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo estaba ya rescatado, y
que sólo faltaba buscar algunos cristianos que bogasen el remo, me dijo que
mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera de los rescatados, y que los
tuviese hablados para el primer viernes, donde tenía determinado que fuese
nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce españoles, todos valientes hombres
del remo, y de aquellos que más libremente podían salir de la ciudad; y no fue
poco hallar tantos en aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso,
y se habían llevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera
que su amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer viernes en
la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la vuelta del
jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo fuese. A cada uno di
este aviso de por sí, con orden que, aunque allí viesen a otros cristianos, no
les dijesen sino que yo les había mandado esperar en aquel lugar.
»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me convenía: y
era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios, para que
estuviese apercebida y sobre aviso, que no se sobresaltase si de improviso la
asaltásemos antes del tiempo que ella podía imaginar que la barca de cristianos
podía volver. Y así, determiné de ir al jardín y ver si podría hablarla; y, con
ocasión de coger algunas yerbas, un día, antes de mi partida, fui allá, y la
primera persona con quién encontré fue con su padre, el cual me dijo, en lengua
que en toda la Berbería, y aun en Costantinopla, se halla entre cautivos y
moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una
mezcla de todas las lenguas con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en
esta manera de lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín, y de
quién era. Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo
por muy cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de rescate o
no, y que cuánto pedía mi amo por mí. Estando en todas estas preguntas y
respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la cual ya había mucho
que me había visto; y, como las moras en ninguna manera hacen melindre de
mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le
dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba; antes, luego cuando su padre
vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó que llegase.
»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos: sólo
diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y cabellos, que
cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus pies, que descubiertas,
a su usanza, traía, traía dos carcajes (que así se llamaban las manillas o
ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro, con tantos diamantes
engastados, que ella me dijo después que su padre los estimaba en diez mil
doblas, y las que traía en las muñecas de las manos valían otro tanto. Las
perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor gala y bizarría de
las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar, y así, hay más perlas y
aljófar entre moros que entre todas las demás naciones; y el padre de Zoraida
tenía fama de tener muchas y de las mejores que en Argel había, y de tener
asimismo más de docientos mil escudos españoles, de todo lo cual era señora esta
que ahora lo es mía. Si con todo este adorno podía venir entonces hermosa, o no,
por las reliquias que le han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál
debía de ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas
mujeres tiene días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o
acrecentarse; y es natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen,
puesto que las más veces la destruyen.
»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada y en todo estremo
hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo la más que hasta entonces había
visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había puesto, me parecía
que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y
para mi remedio. Así como ella llegó, le dijo su padre en su lengua como yo era
cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y que venía a buscar ensalada. Ella tomó la
mano, y en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me preguntó si era
caballero y qué era la causa que no me rescataba. Yo le respondí que ya estaba
rescatado, y que en el precio podía echar de ver en lo que mi amo me estimaba,
pues había dado por mí mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió: ''En
verdad que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros
dos tantos, porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os
hacéis pobres por engañar a los moros''. ''Bien podría ser eso, señora -le
respondí-, mas en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la
trataré con cuantas personas hay en el mundo''. ''Y ¿cuándo te vas?'', dijo
Zoraida.
"Mañana, creo yo -dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace
mañana a la vela, y pienso irme en él". "¿No es mejor -replicó Zoraida-,
esperar a que vengan bajeles de España, y irte con ellos, que no con los de
Francia, que no son vuestros amigos?" "No -respondí yo-, aunque si como hay
nuevas que viene ya un bajel de España, es verdad, todavía yo le aguardaré,
puesto que es más cierto el partirme mañana; porque el deseo que tengo de verme
en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto que no me dejará
esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea".
"Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso deseas
ir a verte con tu mujer". "No soy -respondí yo- casado, mas tengo dada la
palabra de casarme en llegando allá". "Y ¿es hermosa la dama a quien se la
diste?", dijo Zoraida. "Tan hermosa es -respondí yo- que para encarecella y
decirte la verdad, te parece a ti mucho". Desto se riyó muy de veras su padre,
y dijo: "Gualá, cristiano, que debe de ser muy hermosa si se parece a mi hija,
que es la más hermosa de todo este reino. Si no, mírala bien, y verás cómo te
digo verdad". Servíanos de intérprete a las más de estas palabras y razones el
padre de Zoraida, como más ladino; que, aunque ella hablaba la bastarda lengua
que, como he dicho, allí se usa, más declaraba su intención por señas que por
palabras.
»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo, a
grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado cuatro
turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltóse el
viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es común y casi natural el miedo que los
moros a los turcos tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan
insolentes y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos, que
los tratan peor que si fuesen esclavos suyos. Digo, pues, que dijo su padre a
Zoraida: "Hija, retírate a la casa y enciérrate, en tanto que yo voy a hablar a
estos canes; y tú, cristiano, busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete
Alá con bien a tu tierra". Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos,
dejándome solo con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la
había mandado. Pero, apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando
ella, volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me dijo: "Ámexi,
cristiano, ámexi"; que quiere decir: "¿Vaste, cristiano, vaste?" Yo la
respondí: "Señora, sí, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jumá me
aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos a
tierra de cristianos".
»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las razones que
entrambos pasamos; y, echándome un brazo al cuello, con desmayados pasos comenzó
a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que pudiera ser muy mala si el cielo
no lo ordenara de otra manera, que, yendo los dos de la manera y postura que os
he contado, con un brazo al cuello, su padre, que ya volvía de hacer ir a los
turcos, nos vio de la suerte y manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos
había visto; pero Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi
cuello, antes se llegó más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un
poco las rodillas, dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo,
ansimismo, di a entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó
corriendo adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntó
que qué tenía; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha desmayado''. Y,
quitándola del mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un suspiro y aún no
enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: ''Ámexi, cristiano, ámexi'':
"Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondió:
"No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ningún mal te ha hecho, y los
turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que pueda
darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se
volvieron por donde entraron". "Ellos, señor, la sobresaltaron, como has dicho
-dije yo a su padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la quiero dar
pesadumbre: quédate en paz, y, con tu licencia, volveré, si fuere menester, por
yerbas a este jardín; que, según dice mi amo, en ninguno las hay mejores para
ensalada que en él". "Todas las que quisieres podrás volver -respondió Agi
Morato-, que mi hija no dice esto porque tú ni ninguno de los cristianos la
enojaban, sino que, por decir que los turcos se fuesen, dijo que tú te fueses, o
porque ya era hora que buscases tus yerbas".
»Con esto, me despedí al punto de entrambos; y ella, arrancándosele el alma, al
parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las yerbas, rodeé muy
bien y a mi placer todo el jardín: miré bien las entradas y salidas, y la
fortaleza de la casa, y la comodidad que se podía ofrecer para facilitar todo
nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de cuanto había pasado al
renegado y a mis compañeros; y ya no veía la hora de verme gozar sin sobresalto
del bien que en la hermosa y bella Zoraida la suerte me ofrecía.
»En fin, el tiempo se pasó, y se llegó el día y plazo de nosotros tan deseado;
y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta consideración y largo
discurso, muchas veces habíamos dado, tuvimos el buen suceso que deseábamos;
porque el viernes que se siguió al día que yo con Zoraida hablé en el jardín,
nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con la barca casi frontero de donde la
hermosísima Zoraida estaba. Ya los cristianos que habían de bogar el remo
estaban prevenidos y escondidos por diversas partes de todos aquellos
alrededores. Todos estaban suspensos y alborozados, aguardándome, deseosos ya de
embestir con el bajel que a los ojos tenían; porque ellos no sabían el concierto
del renegado, sino que pensaban que a fuerza de brazos habían de haber y ganar
la libertad, quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.
»Sucedió, pues, que, así como yo me mostré y mis compañeros, todos los demás
escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era ya a tiempo
que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaña ninguna persona
parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir primero por Zoraida, o
rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el remo en la barca. Y, estando
en esta duda, llegó a nosotros nuestro renegado diciéndonos que en qué nos
deteníamos, que ya era hora, y que todos sus moros estaban descuidados, y los
más dellos durmiendo. Dijímosle en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más
importaba era rendir primero el bajel, que se podía hacer con grandísima
facilidad y sin peligro alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida. Pareciónos
bien a todos lo que decía, y así, sin detenernos más, haciendo él la guía,
llegamos al bajel, y, saltando él dentro primero, metió mano a un alfanje, y
dijo en morisco: "Ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no quiere que le
cueste la vida". Ya, a este tiempo, habían entrado dentro casi todos los
cristianos. Los moros, que eran de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera a
su arráez, quedáronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a las
armas, que pocas o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna palabra,
maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo hicieron,
amenazando a los moros que si alzaban por alguna vía o manera la voz, que luego
al punto los pasarían todos a cuchillo.
»Hecho ya esto, quedándose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los que
quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la guía, fuimos al jardín de Agi
Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se abrió con
tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y así, con gran quietud y
silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la bellísima
Zoraida aguardándonos a una ventana, y, así como sintió gente, preguntó con voz
baja si éramos nizarani, como si dijera o preguntara si éramos cristianos. Yo le
respondí que sí, y que bajase. Cuando ella me conoció, no se detuvo un punto,
porque, sin responderme palabra, bajó en un instante, abrió la puerta y mostróse
a todos tan hermosa y ricamente vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que
yo la vi, le tomé una mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo mismo, y
mis dos camaradas; y los demás, que el caso no sabían, hicieron lo que vieron
que nosotros hacíamos, que no parecía sino que le dábamos las gracias y la
reconocíamos por señora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua
morisca si estaba su padre en el jardín. Ella respondió que sí y que dormía.
"Pues será menester despertalle -replicó el renegado-, y llevárnosle con
nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso jardín." "No -dijo
ella-, a mi padre no se ha de tocar en ningún modo, y en esta casa no hay otra
cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien veéis". Y, diciendo esto, se
volvió a entrar, diciendo que muy presto volvería; que nos estuviésemos quedos,
sin hacer ningún ruido. Preguntéle al renegado lo que con ella había pasado, el
cual me lo contó, a quien yo dije que en ninguna cosa se había de hacer más de
lo que Zoraida quisiese; la cual ya que volvía cargada con un cofrecillo lleno
de escudos de oro, tantos, que apenas lo podía sustentar, quiso la mala suerte
que su padre despertase en el ínterin y sintiese el ruido que andaba en el
jardín; y, asomándose a la ventana, luego conoció que todos los que en él
estaban eran cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó a
decir en arábigo: "¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, ladrones!"; por los
cuales gritos nos vimos todos puestos en grandísima y temerosa confusión. Pero
el renegado, viendo el peligro en que estábamos, y lo mucho que le importaba
salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandísima presteza, subió
donde Agi Morato estaba, y juntamente con él fueron algunos de nosotros; que yo
no osé desamparar a la Zoraida, que como desmayada se había dejado caer en mis
brazos. En resolución, los que subieron se dieron tan buena maña que en un
momento bajaron con Agi Morato, trayéndole atadas las manos y puesto un
pañizuelo en la boca, que no le dejaba hablar palabra, amenazándole que el
hablarla le había de costar la vida. Cuando su hija le vio, se cubrió los ojos
por no verle, y su padre quedó espantado, ignorando cuán de su voluntad se había
puesto en nuestras manos. Mas, entonces siendo más necesarios los pies, con
diligencia y presteza nos pusimos en la barca; que ya los que en ella habían
quedado nos esperaban, temerosos de algún mal suceso nuestro.
»Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos todos en la
barca, en la cual se le quitó al padre de Zoraida la atadura de las manos y el
paño de la boca; pero tornóle a decir el renegado que no hablase palabra, que le
quitarían la vida. Él, como vio allí a su hija, comenzó a suspirar
ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente la tenía abrazada, y que
ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda; pero, con todo esto,
callaba, porque no pusiesen en efeto las muchas amenazas que el renegado le
hacía. Viéndose, pues, Zoraida ya en la barca, y que queríamos dar los remos al
agua, y viendo allí a su padre y a los demás moros que atados estaban, le dijo
al renegado que me dijese le hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar
libertad a su padre, porque antes se arrojaría en la mar que ver delante de sus
ojos y por causa suya llevar cautivo a un padre que tanto la había querido. El
renegado me lo dijo; y yo respondí que era muy contento; pero él respondió que
no convenía, a causa que, si allí los dejaban apellidarían luego la tierra y
alborotarían la ciudad, y serían causa que saliesen a buscallos con algunas
fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera que no pudiésemos
escaparnos; que lo que se podría hacer era darles libertad en llegando a la
primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos, y Zoraida, a quien
se le dio cuenta, con las causas que nos movían a no hacer luego lo que quería,
también se satisfizo; y luego, con regocijado silencio y alegre diligencia, cada
uno de nuestros valientes remeros tomó su remo, y comenzamos, encomendándonos a
Dios de todo corazón, a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que es la
tierra de cristianos más cerca.
»Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo
picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso dejarnos
ir tierra a tierra la vuelta de Orán, no sin mucha pesadumbre nuestra, por no
ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa cae sesenta millas de
Argel. Y, asimismo, temíamos encontrar por aquel paraje alguna galeota de las
que de ordinario vienen con mercancía de Tetuán, aunque cada uno por sí, y todos
juntos, presumíamos de que, si se encontraba galeota de mercancía, como no fuese
de las que andan en corso, que no sólo no nos perderíamos, mas que tomaríamos
bajel donde con más seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en
tanto que se navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre,
y sentía yo que iba llamando a Lela Marién que nos ayudase.
»Bien habríamos navegado treinta millas, cuando nos amaneció, como tres tiros de
arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin nadie que nos
descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de brazos entrando un poco
en la mar, que ya estaba algo más sosegada; y, habiendo entrado casi dos leguas,
diose orden que se bogase a cuarteles en tanto que comíamos algo, que iba bien
proveída la barca, puesto que los que bogaban dijeron que no era aquél tiempo de
tomar reposo alguno, que les diesen de comer los que no bogaban, que ellos no
querían soltar los remos de las manos en manera alguna. Hízose ansí, y en esto
comenzó a soplar un viento largo, que nos obligó a hacer luego vela y a dejar el
remo, y enderezar a Orán, por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se
hizo con muchísima presteza; y así, a la vela, navegamos por más de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel que de
corso fuese.
»Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consoló diciéndoles
como no iban cautivos, que en la primera ocasión les darían libertad. Lo mismo
se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondió:
"Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y buen
término, ¡oh cristianos!, mas el darme libertad, no me tengáis por tan simple
que lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de quitármela para
volverla tan liberalmente, especialmente sabiendo quién soy yo, y el interese
que se os puede seguir de dármela; el cual interese, si le queréis poner nombre,
desde aquí os ofrezco todo aquello que quisiéredes por mí y por esa desdichada
hija mía, o si no, por ella sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma".
En diciendo esto, comenzó a llorar tan amargamente que a todos nos movió a
compasión, y forzó a Zoraida que le mirase; la cual, viéndole llorar, así se
enterneció que se levantó de mis pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su
rostro con el suyo, comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los que
allí íbamos le acompañamos en él. Pero, cuando su padre la vio adornada de
fiesta y con tantas joyas sobre sí, le dijo en su lengua: "¿Qué es esto, hija,
que ayer al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que
nos vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas
tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de solenizalle
con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores vestidos que yo supe y
pude darte cuando nos fue la ventura más favorable? Respóndeme a esto, que me
tiene más suspenso y admirado que la misma desgracia en que me hallo".
»Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella no le
respondía palabra. Pero, cuando él vio a un lado de la barca el cofrecillo donde
ella solía tener sus joyas, el cual sabía él bien que le había dejado en Argel,
y no traídole al jardín, quedó más confuso, y preguntóle que cómo aquel cofre
había venido a nuestras manos, y qué era lo que venía dentro. A lo cual el
renegado, sin aguardar que Zoraida le respondiese, le respondió: ''No te canses,
señor, en preguntar a Zoraida, tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te
responda te satisfaré a todas; y así, quiero que sepas que ella es cristiana, y
es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro
cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de
verse en este estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a
la vida y de la pena a la gloria''. ''¿Es verdad lo que éste dice, hija?'', dijo
el moro. ''Así es'', respondió Zoraida. ''¿Que, en efeto -replicó el viejo-, tú
eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos?'' A lo
cual respondió Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero no la que te ha
puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte
mal, sino a hacerme a mí bien''. ''Y ¿qué bien es el que te has hecho, hija?''
"Eso -respondió ella- pregúntaselo tú a Lela Marién, que ella te lo sabrá decir
mejor que no yo".
»Apenas hubo oído esto el moro, cuando, con una increíble presteza, se arrojó de
cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el vestido largo y
embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el agua. Dio voces Zoraida
que le sacasen, y así, acudimos luego todos, y, asiéndole de la almalafa, le
sacamos medio ahogado y sin sentido, de que recibió tanta pena Zoraida que, como
si fuera ya muerto, hacía sobre él un tierno y doloroso llanto. Volvímosle boca
abajo, volvió mucha agua, tornó en sí al cabo de dos horas, en las cuales,
habiéndose trocado el viento, nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de
remos, por no embestir en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a
una cala que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo que de los moros
es llamado el de La Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer
cristiana; y es tradición entre los moros que en aquel lugar está enterrada la
Cava, por quien se perdió España, porque cava en su lengua quiere decir mujer
mala, y rumía, cristiana; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo
cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella; puesto que
para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro
remedio, según andaba alterada la mar.
»Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jamás los remos de la mano;
comimos de lo que el renegado había proveído, y rogamos a Dios y a Nuestra
Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese para que
felicemente diésemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a suplicación de
Zoraida, como echásemos en tierra a su padre y a todos los demás moros que allí
atados venían, porque no le bastaba el ánimo, ni lo podían sufrir sus blandas
entrañas, ver delante de sus ojos atado a su padre y aquellos de su tierra
presos. Prometímosle de hacerlo así al tiempo de la partida, pues no corría
peligro el dejallos en aquel lugar, que era despoblado. No fueron tan vanas
nuestras oraciones que no fuesen oídas del cielo; que, en nuestro favor, luego
volvió el viento, tranquilo el mar, convidándonos a que tornásemos alegres a
proseguir nuestro comenzado viaje.
»Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de lo
que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre de
Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''¿Por qué pensáis, cristianos,
que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? ¿Pensáis que es por piedad
que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo que le dará mi
presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos deseos; ni penséis que la
ha movido a mudar religión entender ella que la vuestra a la nuestra se
aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se usa la deshonestidad más
libremente que en la nuestra''. Y, volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro
cristiano de entrambos brazos asido, porque algún desatino no hiciese, le dijo:
"¡Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada, en
poder destos perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora en que yo
te engendré, y malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!" Pero,
viendo yo que llevaba término de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en
tierra, y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones y lamentos, rogando
a Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando, por
habernos hecho a la vela, no podimos oír sus palabras, vimos sus obras, que eran
arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el suelo; mas una
vez esforzó la voz de tal manera que podimos entender que decía: "¡Vuelve,
amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese
dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en
esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!" Todo lo cual escuchaba
Zoraida, y todo lo sentía y lloraba, y no supo decirle ni respondelle palabra,
sino: "Plega a Alá, padre mío, que Lela Marién, que ha sido la causa de que yo
sea cristiana, ella te consuele en tu tristeza. Alá sabe bien que no pude hacer
otra cosa de la que he hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi
voluntad, pues, aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me
fuera imposible, según la priesa que me daba mi alma a poner por obra ésta que a
mí me parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala". Esto dijo, a
tiempo que ni su padre la oía, ni nosotros ya le veíamos; y así, consolando yo a
Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el proprio
viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro día al amanecer
en las riberas de España.
»Mas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser
acompañado o seguido de algún mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra
ventura, o quizá las maldiciones que el moro a su hija había echado, que siempre
se han de temer de cualquier padre que sean; quiso, digo, que estando ya
engolfados y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche, yendo con la vela
tendida de alto baja, frenillados los remos, porque el próspero viento nos
quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de la luna, que claramente
resplandecía, vimos cerca de nosotros un bajel redondo, que, con todas las velas
tendidas, llevando un poco a orza el timón, delante de nosotros atravesaba; y
esto tan cerca, que nos fue forzoso amainar por no embestirle, y ellos,
asimesmo, hicieron fuerza de timón para darnos lugar que pasásemos.
»Habíanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quién éramos, y adónde
navegábamos, y de dónde veníamos; pero, por preguntarnos esto en lengua
francesa, dijo nuestro renegado: ''Ninguno responda; porque éstos, sin duda, son
cosarios franceses, que hacen a toda ropa''. Por este advertimiento, ninguno
respondió palabra; y, habiendo pasado un poco delante, que ya el bajel quedaba
sotavento, de improviso soltaron dos piezas de artillería, y, a lo que parecía,
ambas venían con cadenas, porque con una cortaron nuestro árbol por medio, y
dieron con él y con la vela en la mar; y al momento, disparando otra pieza, vino
a dar la bala en mitad de nuestra barca, de modo que la abrió toda, sin hacer
otro mal alguno; pero, como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a
grandes voces a pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen,
porque nos anegábamos. Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la
mar, entraron en él hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y
cuerdas encendidas, y así llegaron junto al nuestro; y, viendo cuán pocos éramos
y cómo el bajel se hundía, nos recogieron, diciendo que, por haber usado de la
descortesía de no respondelles, nos había sucedido aquello.
Nuestro renegado tomó el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con él en la
mar, sin que ninguno echase de ver en lo que hacía. En resolución, todos pasamos
con los franceses, los cuales, después de haberse informado de todo aquello que
de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales enemigos, nos
despojaron de todo cuanto teníamos, y a Zoraida le quitaron hasta los carcajes
que traía en los pies. Pero no me daba a mí tanta pesadumbre la que a Zoraida
daban, como me la daba el temor que tenía de que habían de pasar del quitar de
las riquísimas y preciosísimas joyas al quitar de la joya que más valía y ella
más estimaba. Pero los deseos de aquella gente no se estienden a más que al
dinero, y desto jamás se vee harta su codicia; lo cual entonces llegó a tanto,
que aun hasta los vestidos de cautivos nos quitaran si de algún provecho les
fueran. Y hubo parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar
envueltos en una vela, porque tenían intención de tratar en algunos puertos de
España con nombre de que eran bretones, y si nos llevaban vivos, serían
castigados, siendo descubierto su hurto. Mas el capitán, que era el que había
despojado a mi querida Zoraida, dijo que él se contentaba con la presa que
tenía, y que no quería tocar en ningún puerto de España, sino pasar el estrecho
de Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la Rochela, de donde había
salido; y así, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su navío, y todo lo
necesario para la corta navegación que nos quedaba, como lo hicieron otra día,
ya a vista de tierra de España, con la cual vista, todas nuestras pesadumbres y
pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran pasado por
nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida.
»Cerca de mediodía podría ser cuando nos echaron en la barca, dándonos dos
barriles de agua y algún bizcocho; y el capitán, movido no sé de qué
misericordia, al embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta
escudos de oro, y no consintió que le quitasen sus soldados estos mesmos
vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; dímosles las gracias por
el bien que nos hacían, mostrándonos más agradecidos que quejosos; ellos se
hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho; nosotros, sin mirar a
otro norte que a la tierra que se nos mostraba delante, nos dimos tanta priesa a
bogar que al poner del sol estábamos tan cerca que bien pudiéramos, a nuestro
parecer, llegar antes que fuera muy noche; pero, por no parecer en aquella noche
la luna y el cielo mostrarse escuro, y por ignorar el paraje en que estábamos,
no nos pareció cosa segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les
parecía, diciendo que diésemos en ella, aunque fuese en unas peñas y lejos de
poblado, porque así aseguraríamos el temor que de razón se debía tener que por
allí anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería
y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a
dormir a sus casas. Pero, de los contrarios pareceres, el que se tomó fue que
nos llegásemos poco a poco, y que si el sosiego del mar lo concediese,
desembarcásemos donde pudiésemos.
»Hízose así, y poco antes de la media noche sería cuando llegamos al pie de una
disformísima y alta montaña, no tan junto al mar que no concediese un poco de
espacio para poder desembarcar cómodamente. Embestimos en la arena, salimos a
tierra, besamos el suelo, y, con lágrimas de muy alegrísimo contento, dimos
todos gracias a Dios, Señor Nuestro, por el bien tan incomparable que nos había
hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que tenía, tirámosla en tierra, y
subímonos un grandísimo trecho en la montaña, porque aún allí estábamos, y aún
no podíamos asegurar el pecho, ni acabábamos de creer que era tierra de
cristianos la que ya nos sostenía.
Amaneció más tarde, a mi parecer, de lo que quisiéramos. Acabamos de subir toda
la montaña, por ver si desde allí algún poblado se descubría, o algunas cabañas
de pastores; pero, aunque más tendimos la vista, ni poblado, ni persona, ni
senda, ni camino descubrimos. Con todo esto, determinamos de entrarnos la tierra
adentro, pues no podría ser menos sino que presto descubriésemos quien nos diese
noticia della. Pero lo que a mí más me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida
por aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros,
más le cansaba a ella mi cansancio que la reposaba su reposo; y así, nunca más
quiso que yo aquel trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegría,
llevándola yo siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debíamos de
haber andado, cuando llegó a nuestros oídos el son de una pequeña esquila, señal
clara que por allí cerca había ganado; y, mirando todos con atención si alguno
se parecía, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con grande reposo
y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos voces, y él, alzando
la cabeza, se puso ligeramente en pie, y, a lo que después supimos, los primeros
que a la vista se le ofrecieron fueron el renegado y Zoraida, y, como él los vio
en hábito de moros, pensó que todos los de la Berbería estaban sobre él; y,
metiéndose con estraña ligereza por el bosque adelante, comenzó a dar los
mayores gritos del mundo diciendo: ''¡Moros, moros hay en la tierra! ¡Moros,
moros! ¡Arma, arma!''
»Con estas voces quedamos todos confusos, y no sabíamos qué hacernos; pero,
considerando que las voces del pastor habían de alborotar la tierra, y que la
caballería de la costa había de venir luego a ver lo que era, acordamos que el
renegado se desnudase las ropas del turco y se vistiese un gilecuelco o casaca
de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se quedó en camisa; y así,
encomendándonos a Dios, fuimos por el mismo camino que vimos que el pastor
llevaba, esperando siempre cuándo había de dar sobre nosotros la caballería de
la costa. Y no nos engañó nuestro pensamiento, porque, aún no habrían pasado dos
horas cuando, habiendo ya salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos
hasta cincuenta caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a
nosotros se venían, y así como los vimos, nos estuvimos quedos aguardándolos;
pero, como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros que buscaban, tanto
pobre cristiano, quedaron confusos, y uno dellos nos preguntó si éramos nosotros
acaso la ocasión por que un pastor había apellidado al arma. ''Sí'', dije yo; y,
queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dónde veníamos y quién éramos, uno
de los cristianos que con nosotros venían conoció al jinete que nos había hecho
la pregunta, y dijo, sin dejarme a mí decir más palabra: ''¡Gracias sean dadas a
Dios, señores, que a tan buena parte nos ha conducido!, porque, si yo no me
engaño, la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga, si ya los años de mi
cautiverio no me han quitado de la memoria el acordarme que vos, señor, que nos
preguntáis quién somos, sois Pedro de Bustamante, tío mío''. Apenas hubo dicho
esto el cristiano cautivo, cuando el jinete se arrojó del caballo y vino a
abrazar al mozo, diciéndole: ''Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te conozco, y
ya te he llorado por muerto yo, y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que
aún viven; y Dios ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de
verte: ya sabíamos que estabas en Argel, y por las señales y muestras de tus
vestidos, y la de todos los desta compañía, comprehendo que habéis tenido
milagrosa libertad''. ''Así es -respondió el mozo-, y tiempo nos quedará para
contároslo todo''.
»Luego que los jinetes entendieron que éramos cristianos cautivos, se apearon de
sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo para llevarnos a la ciudad de
Vélez Málaga, que legua y media de allí estaba. Algunos dellos volvieron a
llevar la barca a la ciudad, diciéndoles dónde la habíamos dejado; otros nos
subieron a las ancas, y Zoraida fue en las del caballo del tío del cristiano.
Saliónos a recebir todo el pueblo, que ya de alguno que se había adelantado
sabían la nueva de nuestra venida. No se admiraban de ver cautivos libres, ni
moros cautivos, porque toda la gente de aquella costa está hecha a ver a los
unos y a los otros; pero admirábanse de la hermosura de Zoraida, la cual en
aquel instante y sazón estaba en su punto, ansí con el cansancio del camino como
con la alegría de verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse;
y esto le había sacado al rostro tales colores que, si no es que la afición
entonces me engañaba, osaré decir que más hermosa criatura no había en el mundo;
a lo menos, que yo la hubiese visto.
»Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida; y,
así como en ella entró Zoraida, dijo que allí había rostros que se parecían a
los de Lela Marién. Dijímosle que eran imágines suyas, y como mejor se pudo le
dio el renegado a entender lo que significaban, para que ella las adorase como
si verdaderamente fueran cada una dellas la misma Lela Marién que la había
hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un natural fácil y claro, entendió
luego cuanto acerca de las imágenes se le dijo. Desde allí nos llevaron y
repartieron a todos en diferentes casas del pueblo; pero al renegado, Zoraida y
a mí nos llevó el cristiano que vino con nosotros, y en casa de sus padres, que
medianamente eran acomodados de los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto
amor como a su mismo hijo.
»Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su
información de cuanto le convenía, se fue a la ciudad de Granada, a reducirse
por medio de la Santa Inquisición al gremio santísimo de la Iglesia; los demás
cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le pareció; solos quedamos
Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesía del francés le dio a
Zoraida, de los cuales compré este animal en que ella viene; y, sirviéndola yo
hasta agora de padre y escudero, y no de esposo, vamos con intención de ver si
mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos ha tenido más próspera ventura que
la mía, puesto que, por haberme hecho el cielo compañero de Zoraida, me parece
que ninguna otra suerte me pudiera venir, por buena que fuera, que más la
estimara. La paciencia con que Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza
trae consigo, y el deseo que muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal,
que me admira y me mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el
gusto que tengo de verme suyo y de que ella sea mía me lo turba y deshace no
saber si hallaré en mi tierra algún rincón donde recogella, y si habrán hecho el
tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos que
apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.» No tengo más, señores, que
deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, júzguenlo vuestros
buenos entendimientos; que de mí sé decir que quisiera habérosla contado más
brevemente, puesto que el temor de enfadaros más de cuatro circustancias me ha
quitado de la lengua.
Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras
muchas cosas dignas de saberse
Calló, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estraño suceso
ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso. Todo es
peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los
oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en escuchalle, que, aunque
nos hallara el día de mañana entretenidos en el mesmo cuento, holgáramos que de
nuevo se comenzara.
Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron, con todo
lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas y tan
verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho de sus voluntades.
Especialmente, le ofreció don Fernando que si quería volverse con él, que él
haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismo de Zoraida, y que
él, por su parte, le acomodaría de manera que pudiese entrar en su tierra con el
autoridad y cómodo que a su persona se debía. Todo lo agradeció cortesísimamente
el cautivo, pero no quiso acetar ninguno de sus liberales ofrecimientos.
En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta un coche, con
algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la ventera respondió que
no había en toda la venta un palmo desocupado.
-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían entrado-, no ha
de faltar para el señor oidor que aquí viene.
A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:
-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del señor
oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi marido nos
saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced. -Sea en buen hora -dijo
el escudero.
Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en el traje mostró
luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con las mangas
arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado había dicho. Traía de
la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis años, vestida de camino,
tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a todos puso en admiración su vista;
de suerte que, a no haber visto a Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la
venta estaban, creyeran que otra tal hermosura como la desta doncella
difícilmente pudiera hallarse. Hallóse don Quijote al entrar del oidor y de la
doncella, y, así como le vio, dijo:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo, que,
aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad en el mundo
que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas y letras traen
por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en
esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y manifestarse los
castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y abajarse las montañas, para
dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso, que aquí hallará
estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae consigo; aquí
hallará las armas en su punto y la hermosura en su estremo.
Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a mirar
muy de propósito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras; y, sin
hallar ningunas con que respondelle, se tornó a admirar de nuevo cuando vio
delante de sí a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas de los nuevos
güéspedes y a las que la ventera les había dado de la hermosura de la doncella,
habían venido a verla y a recebirla. Pero don Fernando, Cardenio y el cura le
hicieron más llanos y más cortesanos ofrecimientos. En efecto, el señor oidor
entró confuso, así de lo que veía como de lo que escuchaba, y las hermosas de la
venta dieron la bienllegada a la hermosa doncella.
En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda la que
allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le desatinaba;
y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y tanteado la comodidad de
la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado: que todas las mujeres se
entrasen en el camaranchón ya referido, y que los hombres se quedasen fuera,
como en su guarda. Y así, fue contento el oidor que su hija, que era la
doncella, se fuese con aquellas señoras, lo que ella hizo de muy buena gana. Y
con parte de la estrecha cama del ventero, y con la mitad de la que el oidor
traía, se acomodaron aquella noche mejor de lo que pensaban.
El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazón y
barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados que con él
venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criado le respondió
que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que había oído decir que
era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación y con lo que él había
visto se acabó de confirmar de que aquél era su hermano, que había seguido las
letras por consejo de su padre; y, alborotado y contento, llamando aparte a don
Fernando, a Cardenio y al cura, les contó lo que pasaba, certificándoles que
aquel oidor era su hermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído
por oidor a las Indias, en la Audiencia de Méjico. Supo también como aquella
doncella era su hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había
quedado muy rico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles
consejo qué modo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después de
descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía con buenas
entrañas.
-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto más, que no hay
pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recebido; porque el valor y
prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da indicios de ser
arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los casos de la fortuna en
su punto.
-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso, sino por rodeos,
dármele a conocer.
-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo que todos quedemos
satisfechos.
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto el
cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitad de la
cena dijo el cura:
-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada en
Costantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada era uno de
los valientes soldados y capitanes que había en toda la infantería española,
pero tanto cuanto tenía de esforzado y valeroso lo tenía de desdichado.
-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío? -preguntó el oidor.
-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma, y era natural de un lugar de
las montañas de León, el cual me contó un caso que a su padre con sus hermanos
le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tan verdadero como él, lo
tuviera por conseja de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego.
Porque me dijo que su padre había dividido su hacienda entre tres hijos que
tenía, y les había dado ciertos consejos, mejores que los de Catón. Y sé yo
decir que el que él escogió de venir a la guerra le había sucedido tan bien que
en pocos años, por su valor y esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha
virtud, subió a ser capitán de infantería, y a verse en camino y predicamento de
ser presto maestre de campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la
pudiera esperar y tener buena, allí la perdió, con perder la libertad en la
felicísima jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto.
Yo la perdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel, donde sé que le sucedió uno
de los más estraños casos que en el mundo han sucedido.
De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó lo que con
Zoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el oidor,
que ninguna vez había sido tan oidor como entonces. Sólo llegó el cura al punto
de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la barca venían, y la
pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora habían quedado; de los
cuales no había sabido en qué habían parado, ni si habían llegado a España, o
llevádolos los franceses a Francia.
Todo lo que el cura decía estaba escuchando, algo de allí desviado, el capitán,
y notaba todos los movimientos que su hermano hacía; el cual, viendo que ya el
cura había llegado al fin de su cuento, dando un grande suspiro y llenándosele
los ojos de agua, dijo:
-¡Oh, señor, si supiésedes las nuevas que me habéis contado, y cómo me tocan tan
en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas lágrimas que, contra
toda mi discreción y recato, me salen por los ojos! Ese capitán tan valeroso que
decís es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y de más altos pensamientos
que yo ni otro hermano menor mío, escogió el honroso y digno ejercicio de la
guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro padre nos propuso, según os
dijo vuestra camarada en la conseja que, a vuestro parecer, le oístes. Yo seguí
el de las letras, en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto en el grado
que me veis. Mi menor hermano está en el Pirú, tan rico que con lo que ha
enviado a mi padre y a mí ha satisfecho bien la parte que él se llevó, y aun
dado a las manos de mi padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo,
ansimesmo, he podido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios y
llegar al puesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con el deseo de
saber de su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la
muerte sus ojos hasta que él vea con vida a los de su hijo; del cual me
maravillo, siendo tan discreto, cómo en tantos trabajos y afliciones, o
prósperos sucesos, se haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; que si él
lo supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro de
la caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es de pensar
si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le habrán muerto por encubrir
su hurto. Esto todo será que yo prosiga mi viaje, no con aquel contento con que
le comencé, sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buen hermano mío, y quién
supiera agora dónde estabas; que yo te fuera a buscar y a librar de tus
trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh, quién llevara nuevas a nuestro
viejo padre de que tenías vida, aunque estuvieras en las mazmorras más
escondidas de Berbería; que de allí te sacaran sus riquezas, las de mi hermano y
las mías! ¡Oh Zoraida hermosa y liberal, quién pudiera pagar el bien que a un
hermano hiciste!; ¡quién pudiera hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas,
que tanto gusto a todos nos dieran!
Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta compasión con
las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oían le
acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima.
Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención y con lo que
deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, y así, se
levantó de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomó por la mano, y
tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor. Estaba esperando el
capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que, tomándole a él asimesmo
de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde el oidor y los demás
caballeros estaban, y dijo:
-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo el bien
que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano y a vuestra
buena cuñada. Éste que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, la hermosa mora
que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron en la estrecheza
que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestro buen pecho.
Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le puso ambas manos en los pechos
por mirarle algo más apartado; mas, cuando le acabó de conocer, le abrazó tan
estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento,que los más de los
que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas. Las palabras que
entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron, apenas creo que
pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en breves razones, se dieron
cuenta de sus sucesos; allí mostraron puesta en su punto la buena amistad de dos
hermanos; allí abrazó el oidor a Zoraida; allí la ofreció su hacienda; allí hizo
que la abrazase su hija; allí la cristiana hermosa y la mora hermosísima
renovaron las lágrimas de todos.
Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan
estraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería. Allí
concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano a Sevilla y
avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como pudiese, viniese a
hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le ser al oidor posible
dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de allí a un mes partía
la flota de Sevilla a la Nueva España, y fuérale de grande incomodidad perder el
viaje.
En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del cautivo;
y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada, acordaron de
recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se ofreció a hacer
la guardia del castillo, porque de algún gigante o otro mal andante follón no
fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de hermosura que en aquel castillo
se encerraba. Agradeciéronselo los que le conocían, y dieron al oidor cuenta del
humor estraño de don Quijote, de que no poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sólo él se
acomodó mejor que todos, echándose sobre los aparejos de su jumento, que le
costaron tan caros como adelante se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose como menos
mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta a hacer la centinela del
castillo, como lo había prometido.
Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos de las
damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas le prestasen
atento oído, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo lado dormía
doña Clara de Viedma, que ansí se llamaba la hija del oidor. Nadie podía
imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era una voz sola, sin que
la acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecía que cantaban en el
patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en esta confusión muy atentas,
llegó a la puerta del aposento Cardenio y dijo:
-Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que de tal
manera canta que encanta.
-Ya lo oímos, señor -respondió Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención posible,
entendió que lo que se cantaba era esto:
Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con
otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos
-Marinero soy de amor,
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro,
más bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro.
Yo no sé adónde me guía,
y así, navego confuso,
el alma a mirarla atenta,
cuidadosa y con descuido.
Recatos impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando más verla procuro.
¡Oh clara y luciente estrella,
en cuya lumbre me apuro!;
al punto que te me encubras,
será de mi muerte el punto.
Llegando el que cantaba a este punto, le pareció a Dorotea que no sería bien que
dejase Clara de oír una tan buena voz; y así, moviéndola a una y a otra parte,
la despertó diciéndole:
-Perdóname, niña, que te despierto, pues lo hago porque gustes de oír la mejor
voz que quizá habrás oído en toda tu vida.
Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió lo que Dorotea
le decía; y, volviéndoselo a preguntar, ella se lo volvió a decir, por lo cual
estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo oído dos versos que el que cantaba iba
prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan estraño como si de algún grave
accidente de cuartana estuviera enferma, y, abrazándose estrechamente con
Teodora, le dijo:
-¡Ay señora de mi alma y de mi vida!, ¿para qué me despertastes?; que el mayor
bien que la fortuna me podía hacer por ahora era tenerme cerrados los ojos y los
oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico.
-¿Qué es lo que dices, niña?; mira que dicen que el que canta es un mozo de
mulas.
-No es sino señor de lugares -respondió Clara-, y el que le tiene en mi alma con
tanta seguridad que si él no quiere dejalle, no le será quitado eternamente.
Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareciéndole que
se aventajaban en mucho a la discreción que sus pocos años prometían; y así, le
dijo:
-Habláis de modo, señora Clara, que no puedo entenderos: declaraos más y decidme
qué es lo que decís de alma y de lugares, y deste músico, cuya voz tan inquieta
os tiene. Pero no me digáis nada por ahora, que no quiero perder, por acudir a
vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oír al que canta; que me parece que
con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.
-Sea en buen hora -respondió Clara.
Y, por no oílle, se tapó con las manos entrambos oídos, de lo que también se
admiró Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que proseguían
en esta manera:
-Dulce esperanza mía,
que, rompiendo imposibles y malezas,
sigues firme la vía
que tú mesma te finges y aderezas:
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.
No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni vitoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna,
entregan, desvalidos,
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda
caras, es gran razón, y es trato justo,
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto;
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta.
Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y ansí, aunque con las mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual encendía
el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto y de tan
triste lloro. Y así, le volvió a preguntar qué era lo que le quería decir
denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese, abrazando
estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oído de Dorotea, que
seguramente podía hablar sin ser de otro sentida, y así le dijo:
-Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero natural del reino de
Aragón, señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi padre en
la Corte; y, aunque mi padre tenía las ventanas de su casa con lienzos en el
invierno y celosías en el verano, yo no sé lo que fue, ni lo que no, que este
caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en la iglesia o en otra
parte. Finalmente, él se enamoró de mí, y me lo dio a entender desde las
ventanas de su casa con tantas señas y con tantas lágrimas, que yo le hube de
creer, y aun querer, sin saber lo que me quería. Entre las señas que me hacía,
era una de juntarse la una mano con la otra, dándome a entender que se casaría
conmigo; y, aunque yo me holgaría mucho de que ansí fuera, como sola y sin
madre, no sabía con quién comunicallo, y así, lo dejé estar sin dalle otro favor
si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco
el lienzo o la celosía y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta fiesta, que
daba señales de volverse loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mi
padre, la cual él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó malo, a lo
que yo entiendo, de pesadumbre; y así, el día que nos partimos nunca pude verle
para despedirme dél, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos días que
caminábamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de aquí, le vi a
la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tan al natural que si yo
no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible conocelle. Conocíle,
admiréme y alegréme; él me miró a hurto de mi padre, de quien él siempre se
esconde cuando atraviesa por delante de mí en los caminos y en las posadas do
llegamos; y, como yo sé quién es, y considero que por amor de mí viene a pie y
con tanto trabajo, muérome de pesadumbre, y adonde él pone los pies pongo yo los
ojos. No sé con qué intención viene, ni cómo ha podido escaparse de su padre,
que le quiere estraordinariamente, porque no tiene otro heredero, y porque él lo
merece, como lo verá vuestra merced cuando le vea. Y más le sé decir: que todo
aquello que canta lo saca de su cabeza; que he oído decir que es muy gran
estudiante y poeta. Y hay más: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo
toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en
conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo
eso, le quiero de manera que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora mía,
todo lo que os puedo decir deste músico, cuya voz tanto os ha contentado; que en
sola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís, sino señor
de almas y lugares, como yo os he dicho.
-No digáis más, señora doña Clara -dijo a esta sazón Dorotea, y esto, besándola
mil veces-; no digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo día, que yo espero
en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el felice fin que
tan honestos principios merecen.
-¡Ay señora! -dijo doña Clara-, ¿qué fin se puede esperar, si su padre es tan
principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su hijo,
cuanto más esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por cuanto
hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me dejase; quizá
con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviaría la
pena que ahora llevo, aunque sé decir que este remedio que me imagino me ha de
aprovechar bien poco. No sé qué diablos ha sido esto, ni por dónde se ha entrado
este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan muchacho, que en verdad
que creo que somos de una edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis
años; que para el día de San Miguel que vendrá dice mi padre que los cumplo.
No pudo dejar de reírse Dorotea, oyendo cuán como niña hablaba doña Clara, a
quien dijo:
-Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá Dios y
medraremos, o mal me andarán las manos.
Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las cuales,
como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la
venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las dos de hacelle
alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates.
Es, pues, el caso que en toda la venta no había ventana que saliese al campo,
sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera. A este
agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba a
caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan dolientes y
profundos suspiros que parecía, que con cada uno se le arrancaba el alma. Y
asimesmo oyeron que decía con voz blanda, regalada y amorosa:
-¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de
la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y,
ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el
mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes en tu
cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte, de su voluntad ha
querido ponerse? Dame tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras! Quizá
con envidia de la suya la estás ahora mirando; que, o paseándose por alguna
galería de sus suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre algún balcón,
está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la
tormenta que por ella este mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de dar a mis
penas, qué sosiego a mi cuidado y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio
a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus
caballos, por madrugar y salir a ver a mi señora, así como la veas, suplícote
que de mi parte la saludes; pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz
en el rostro, que tendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera
ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las
riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces celoso y
enamorado.
A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento,
cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y a decirle:
-Señor mío, lléguese acá la vuestra merced si es servido.
A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la luna,
que entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujero que a él
le pareció ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las tengan tan
ricos castillos como él se imaginaba que era aquella venta; y luego en el
instante se le representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada,
la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor,
tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no mostrarse descortés y
desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y se llegó al agujero, y, así como
vio a las dos mozas, dijo:
-Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto vuestras amorosas
mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran
valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserable andante
caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su voluntad a
otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora
absoluta de su alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos en vuestro aposento, y
no queráis, con significarme más vuestros deseos, que yo me muestre más
desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en mí otra cosa con que
satisfaceros, que el mismo amor no sea, pedídmela; que yo os juro, por aquella
ausente enemiga dulce mía, de dárosla en continente, si bien me pidiésedes una
guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, o ya los mesmos
rayos del sol encerrados en una redoma.
-No ha menester nada deso mi señora, señor caballero -dijo a este punto
Maritornes.
-Pues, ¿qué ha menester, discreta dueña, vuestra señora? -respondió don Quijote.
-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar con
ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de su honor
que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja.
-¡Ya quisiera yo ver eso! -respondió don Quijote-; pero él se guardará bien
deso, si ya no quiere hacer el más desastrado fin que padre hizo en el mundo,
por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada hija.
Parecióle a Maritornes que sin duda don Quijote daría la mano que le habían
pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que había de hacer, se bajó del
agujero y se fue a la caballeriza, donde tomó el cabestro del jumento de Sancho
Panza, y con mucha presteza se volvió a su agujero, a tiempo que don Quijote se
había puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana
enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al darle la mano,
dijo:
-Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del
mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun
la de aquella que tiene entera posesión de todo mi cuerpo. No os la doy para que
la beséis, sino para que miréis la contestura de sus nervios, la trabazón de sus
músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacaréis qué tal debe
de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene.
-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y,
bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy
fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su muñeca, dijo:
-Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la
tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni
es bien que en tan poca parte venguéis el todo de vuestro enojo. Mirad que quien
quiere bien no se venga tan mal.
Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque, así
como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le dejaron
asido de manera que fue imposible soltarse.
Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el brazo
por el agujero y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta, con grandísimo
temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a otro, había de
quedar colgado del brazo; y así, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de
la paciencia y quietud de Rocinante bien se podía esperar que estaría sin
moverse un siglo entero.
En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las damas se habían ido, se
dio a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamento, como la vez
pasada, cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moro encantado del
arriero; y maldecía entre sí su poca discreción y discurso, pues, habiendo
salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se había aventurado a entrar en
él la segunda, siendo advertimiento de caballeros andantes que, cuando han
probado una aventura y no salido bien con ella, es señal que no está para ellos
guardada, sino para otros; y así, no tienen necesidad de probarla segunda vez.
Con todo esto, tiraba de su brazo, por ver si podía soltarse; mas él estaba tan
bien asido, que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con
tiento, porque Rocinante no se moviese; y, aunque él quisiera sentarse y ponerse
en la silla, no podía sino estar en pie, o arrancarse la mano.
Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza de
encantamento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el exagerar la
falta que haría en el mundo su presencia el tiempo que allí estuviese encantado,
que sin duda alguna se había creído que lo estaba; allí el acordarse de nuevo de
su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el llamar a su buen escudero Sancho
Panza, que, sepultado en sueño y tendido sobre el albarda de su jumento, no se
acordaba en aquel instante de la madre que lo había parido; allí llamó a los
sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; allí invocó a su buena amiga
Urganda, que le socorriese, y, finalmente, allí le tomó la mañana, tan
desesperado y confuso que bramaba como un toro; porque no esperaba él que con el
día se remediara su cuita, porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado.
Y hacíale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se movía, y creía que de
aquella suerte, sin comer ni beber ni dormir, habían de estar él y su caballo,
hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más
sabio encantador le desencantase.
Pero engañóse mucho en su creencia, porque, apenas comenzó a amanecer, cuando
llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados,
con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la venta, que aún
estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don Quijote desde donde
aún no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante y alta dijo:
-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis para qué llamar a
las puertas deste castillo; que asaz de claro está que a tales horas, o los que
están dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas hasta
que el sol esté tendido por todo el suelo. Desviaos afuera, y esperad que aclare
el día, y entonces veremos si será justo o no que os abran.
-¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste -dijo uno-, para obligarnos a
guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que somos
caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar
adelante, porque vamos de priesa.
-¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondió don Quijote.
-No sé de qué tenéis talle -respondió el otro-, pero sé que decís disparates en
llamar castillo a esta venta.
-Castillo es -replicó don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta provincia;
y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.
-Mejor fuera al revés -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza y la corona en
la mano. Y será, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna compañía de
representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y cetros que decís,
porque en una venta tan pequeña, y adonde se guarda tanto silencio como ésta, no
creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro.
-Sabéis poco del mundo -replicó don Quijote-, pues ignoráis los casos que suelen
acontecer en la caballería andante.
Cansábanse los compañeros que con el preguntante venían del coloquio que con don
Quijote pasaba, y así, tornaron a llamar con grande furia; y fue de modo que el
ventero despertó, y aun todos cuantos en la venta estaban; y así, se levantó a
preguntar quién llamaba. Sucedió en este tiempo que una de las cabalgaduras en
que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a Rocinante, que, melancólico
y triste, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor; y
como, en fin, era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de resentirse
y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias; y así, no se hubo movido
tanto cuanto, cuando se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando
de la silla, dieran con él en el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que
le causó tanto dolor que creyó o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le
arrancaba; porque él quedó tan cerca del suelo que con los estremos de las
puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como
sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y
estirábase cuanto podía por alcanzar al suelo: bien así como los que están en el
tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de
acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse, engañados de la
esperanza que se les representa, que con poco más que se estiren llegarán al
suelo.
Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta
En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de presto
las puertas de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quién tales gritos
daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya había
despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y
desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sostenía, y él dio
luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, llegándose a
él, le preguntaron qué tenía, que tales voces daba. Él, sin responder palabra,
se quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose en pie, subió sobre Rocinante,
embrazó su adarga, enristró su lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió
a medio galope, diciendo:
-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi señora
la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le rieto y
desafío a singular batalla.
Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero
el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y
que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.
Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho de
hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de tales y
tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El ventero
respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de ver en el
que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde había venido el
oidor, dijo:
-Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen que sigue;
quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y aun sería
bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las
bardas de los corrales.
-Así se hará -respondió uno dellos.
Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a rodear
la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué se hacían
aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel mozo cuyas señas
le habían dado.
Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que don
Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente
doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante,
y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche.
Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso dél, ni le
respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña; y si él hallara en
las ordenanzas de su caballería que lícitamente podía el caballero andante tomar
y emprender otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna
hasta acabar la que había prometido, él embistiera con todos, y les hiciera
responder mal de su grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien
comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y
estarse quedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquellos
caminantes; uno de los cuales halló al mancebo que buscaba, durmiendo al lado de
un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que le
hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:
-Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que
tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre
os crió.
Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio al que le tenía asido, y
luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal sobresalto, que no
acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y el criado prosiguió
diciendo:
-Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia y dar
la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor la dé al
otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por
vuestra ausencia.
-Pues, ¿cómo supo mi padre -dijo don Luis- que yo venía este camino y en este
traje?
-Un estudiante -respondió el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio que hacía
vuestro padre al punto que os echó de menos; y así, despachó a cuatro de sus
criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos
de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos, llevándoos
a los ojos que tanto os quieren.
-Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondió don Luis.
-¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en
volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.
Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto a quien
don Luis estaba; y, levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba a don
Fernando y a Cardenio, y a los demás, que ya vestido se habían; a los cuales
dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que
pasaban, y cómo le quería volver a casa de su padre, y el mozo no quería. Y con
esto, y con lo que dél sabían de la buena voz que el cielo le había dado,
vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente quién era, y aun de
ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y así, se fueron hacia la parte
donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.
Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara, toda turbada; y,
llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones la historia del
músico y de doña Clara, a quien él también dijo lo que pasaba de la venida a
buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando que lo dejase de
oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí que, si Dorotea no llegara a tenerla,
diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se volviesen al aposento,
que él procuraría poner remedio en todo, y ellas lo hicieron.
Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta y
rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto, volviese a
consolar a su padre. Él respondió que en ninguna manera lo podía hacer hasta dar
fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces
los criados, diciéndole que en ningún modo volverían sin él, y que le llevarían,
quisiese o no quisiese.
-Eso no haréis vosotros -replicó don Luis-, si no es llevándome muerto; aunque,
de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida.
Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la venta
estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura,
el barbero y don Quijote, que ya le pareció que no había necesidad de guardar
más el castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo, preguntó a los
que llevarle querían que qué les movía a querer llevar contra su voluntad aquel
muchacho.
-Muévenos -respondió uno de los cuatro- dar la vida a su padre, que por la
ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.
A esto dijo don Luis:
-No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas: yo soy libre, y volveré si me
diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.
-Harásela a vuestra merced la razón -respondió el hombre-; y, cuando ella no
bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer a lo que venimos y
lo que somos obligados.
-Sepamos qué es esto de raíz -dijo a este tiempo el oidor.
Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió:
-¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo de su
vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan indecente a
su calidad como vuestra merced puede ver?
Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y, abrazándole, dijo:
-¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que os
hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la
calidad vuestra?
Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder palabra. El
oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría bien; y, tomando por
la mano a don Luis, le apartó a una parte y le preguntó qué venida había sido
aquélla.
Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella noche
habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los
cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían; mas el
ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la
puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales palabras, que les
movió a que le respondiesen con los puños; y así, le comenzaron a dar tal mano,
que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y
su hija no vieron a otro más desocupado para poder socorrerle que a don Quijote,
a quien la hija de la ventera dijo:
-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi
pobre padre, que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.
A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:
-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido
de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi
palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es lo que ahora
diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor
que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido
licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella
me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.
-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro
mundo.
-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió don Quijote-;
que, como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro mundo; que de
allí le sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os
daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis más que
medianamente satisfechas.
Y sin decir más se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole con palabras
caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia
de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una
grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y él luego, embrazando su
adarga y poniendo mano a su espada, acudió a la puerta de la venta, adonde aún
todavía traían los dos huéspedes a mal traer al ventero; pero, así como llegó,
embazó y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la ventera le decían que en qué se
detenía, que socorriese a su señor y marido.
-Deténgome -dijo don Quijote- porque no me es lícito poner mano a la espada
contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho, que a él toca y
atañe esta defensa y venganza.
Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas y mojicones
muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera y
su hija, que se desesperaban de ver la cobardía de don Quijote, y de lo mal que
lo pasaba su marido, señor y padre.
Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el
que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás
cincuenta pasos, a ver qué fue lo que don Luis respondió al oidor, que le
dejamos aparte, preguntándole la causa de su venida a pie y de tan vil traje
vestido. A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las manos, como en señal de
que algún gran dolor le apretaba el corazón, y derramando lágrimas en grande
abundancia, le dijo:
-Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el
cielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hija
vuestra y señora mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad; y si la
vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide, en este mesmo día ha de ser
mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje,
para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero
al norte. Ella no sabe de mis deseos más de lo que ha podido entender de algunas
veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y
la nobleza de mis padres, y como yo soy su único heredero: si os parece que
éstas son partes para que os aventuréis a hacerme en todo venturoso, recebidme
luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no
gustare deste bien que yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para
deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades.
Calló, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedó en oírle
suspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y la discreción con que
don Luis le había descubierto su pensamiento, como de verse en punto que no
sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y así, no
respondió otra cosa sino que se sosegase por entonces, y entretuviese a sus
criados, que por aquel día no le volviesen, porque se tuviese tiempo para
considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las manos por fuerza don Luis,
y aun se las bañó con lágrimas, cosa que pudiera enternecer un corazón de
mármol, no sólo el del oidor, que, como discreto, ya había conocido cuán bien le
estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo quisiera
efetuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sabía que pretendía hacer
de título a su hijo.
Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues, por
persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían
pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de la
plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme,
ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote
quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que trocó con
los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a
Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la albarda, y así como la vio la
conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho, diciendo:
-¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis
aparejos que me robastes!
Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que le decían,
con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero que
le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que
tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal manera que todos los de la
venta acudieron al ruido y pendencia, y decía:
-¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere matar
este ladrón salteador de caminos!
-Mentís -respondió Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en buena
guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos.
Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se defendía y
ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de pro, y propuso
en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese,
por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la caballería. Entre
otras cosas que el barbero decía en el discurso de la pendencia, vino a decir:
-Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la
conozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que no me
dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo quedaré
por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me quitaron
también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que era señora de
un escudo.
Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniéndose entre los dos
y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto
hasta que la verdad se aclarase, dijo:
-¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está
este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo deMambrino,
el cual se lo quité yo en buena guerra, y me hice señor dél con ligítima y
lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto, que lo que en ello sabré
decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar los jaeces del
caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di, y él
los tomó, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no sabré dar otra razón
si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos de
la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca aquí el
yelmo que este buen hombre dice ser bacía.
-¡Pardiez, señor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba de nuestra intención
que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino como el jaez
deste buen hombre albarda!
-Haz lo que te mando -replicó don Quijote-, que no todas las cosas deste
castillo han de ser guiadas por encantamento.
Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y, así como don Quijote la vio, la
tomó en las manos y dijo:
-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es
bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que
profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni
quitado cosa alguna.
-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que mi señor le
ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin
ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy
bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.
Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la
albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad
-¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo que
afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino
yelmo?
-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer que miente,
si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.
Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el
humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para
que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:
-Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, y
tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todos los
instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos fui un
tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué es morrión, y
celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a los géneros de
armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remitiéndome siempre al
mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí delante y que este buen señor
tiene en las manos, no sólo no es bacía de barbero, pero está tan lejos de serlo
como está lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; también digo
que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero.
-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la babera.
-Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el
barbero.
Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor, si
no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su parte, a
la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso, que poco o
nada atendía a aquellos donaires.
-¡Válame Dios! -dijo a esta sazón el barbero burlado-; ¿que es posible que tanta
gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta que puede
poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea. Basta: si es
que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaez de caballo, como
este señor ha dicho.
-A mí albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso no me
entremeto.
-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no está en más de decirlo el señor don
Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señores y yo le damos
la ventaja.
-Por Dios, señores míos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estrañas las
cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, me han sucedido,
que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de lo que
en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto en él se trata va por
vía de encantamento. La primera vez me fatigó mucho un moro encantado que en él
hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros sus secuaces; y anoche estuve
colgado deste brazo casi dos horas, sin saber cómo ni cómo no vine a caer en
aquella desgracia. Así que, ponerme yo agora en cosa de tanta confusión a dar mi
parecer, será caer en juicio temerario. En lo que toca a lo que dicen que ésta
es bacía, y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero, en lo de declarar si ésa es
albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen
parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo
soy, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y
tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo
como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.
-No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor don Quijote ha
dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y, porque vaya
con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos señores, y de lo que
resultare daré entera y clara noticia.
Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materia de
grandísima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecía el mayor disparate
del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a don Luis ni más
ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegado a la venta, que
tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo eran. Pero el que más se
desesperaba era el barbero, cuya bacía, allí delante de sus ojos, se le había
vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya albarda pensaba sin duda alguna que se le
había de volver en jaez rico de caballo; y los unos y los otros se reían de ver
cómo andaba don Fernando tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído
para que en secreto declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien
tanto se había peleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a
don Quijote conocían, dijo en alta voz:
-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos pareceres,
porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que es
disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun
de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y
al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, y vos habéis alegado y probado
muy mal de vuestra parte.
-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras mercedes no
se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella me parece a mí
albarda, y no jaez; pero allá van leyes..., etcétera; y no digo más; y en verdad
que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de pecar no.
No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que los disparates de
don Quijote, el cual a esta sazón dijo:
-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien
Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
Uno de los cuatro dijo:
-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres de tan
buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, se atrevan a
decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas, como veo que lo
afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de misterio el porfiar una
cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma verdad y la misma experiencia;
porque, ¡voto a tal! -y arrojóle redondo-, que no me den a mí a entender cuantos
hoy viven en el mundo al revés de que ésta no sea bacía de barbero y ésta
albarda de asno.
-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.
-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si es o
no es albarda, como vuestras mercedes dicen.
Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la
pendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:
-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.
-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.
Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar tal
golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara allí
tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demás cuadrilleros, que
vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa
Hermandad.
El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a
don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa
revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso
mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros. Don Luis daba voces a sus
criados que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio, y a don
Fernando, que todos favorecían a don Quijote. El cura daba voces, la ventera
gritaba, su hija se afligía, Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa,
Luscinda suspensa y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho
molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo
porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el
oidor le defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,
midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar la
voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era llantos,
voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas,
mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitad deste caos, máquina
y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de don Quijote que se veía
metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante; y así dijo, con
voz que atronaba la venta:
-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si todos
quieren quedar con vida!
A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:
-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que alguna región
de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual, quiero que veáis
por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la
discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí se pelea por la espada, aquí
por el caballo, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos peleamos, y
todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra
merced, señor cura, y el uno sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y
pónganos en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquería que tanta
gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas.
Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y se veían
malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querían sosegarse; el
barbero sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y el albarda;
Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció como buen criado; los cuatro
criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuán poco les iba en no
estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían de castigar las insolencias de
aquel loco, que a cada paso le alborotaba la venta. Finalmente, el rumor se
apaciguó por entonces, la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y
la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.
Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión del oidor y del
cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se viniese
con ellos; y, en tanto que él con ellos se avenía, el oidor comunicó con don
Fernando, Cardenio y el cura qué debía hacer en aquel caso, contándoseles con
las razones que don Luis le había dicho. En fin, fue acordado que don Fernando
dijese a los criados de don Luis quién él era y cómo era su gusto que don Luis
se fuese con él al Andalucía, donde de su hermano el marqués sería estimado como
el valor de don Luis merecía; porque desta manera se sabía de la intención de
don Luis que no volvería por aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen
pedazos. Entendida, pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la
intención de don Luis, determinaron entre ellos que los tres se volviesen a
contar lo que pasaba a su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a
no dejalle hasta que ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les
ordenaba.
Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias, por la autoridad de
Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose el enemigo de la concordia
y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que había
granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordó de probar
otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.
Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído la
calidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de la
pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habían de
llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido y
pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos mandamientos
que traía para prender a algunos delincuentes, traía uno contra don Quijote, a
quien la Santa Hermandad había mandado prender, por la libertad que dio a los
galeotes, y como Sancho, con mucha razón, había temido.
Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijote traía
venían bien, y, sacando del seno un pergamino, topó con el que buscaba; y,
poniéndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a cada palabra que
leía ponía los ojos en don Quijote, y iba cotejando las señas del mandamiento
con el rostro de don Quijote, y halló que, sin duda alguna, era el que el
mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado, cuando, recogiendo su
pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y con la derecha asió a don
Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba alentar, y a grandes voces
decía:
-¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras, léase
este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de caminos.
Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero decía,
y cómo convenía con las señas con don Quijote; el cual, viéndose tratar mal de
aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto y crujiéndole los huesos
de su cuerpo, como mejor pudo él, asió al cuadrillero con entrambas manos de la
garganta, que, a no ser socorrido de sus compañeros, allí dejara la vida antes
que don Quijote la presa. El ventero, que por fuerza había de favorecer a los de
su oficio, acudió luego a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido
en pendencias, de nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y
su hija, pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo
lo que pasaba:
-¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste
castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en él!
Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de
entrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar del sayo del uno,
y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían; pero no por esto cesaban
los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a dársele atado y
entregado a toda su voluntad, porque así convenía al servicio del rey y de la
Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedían socorro y favor para hacer
aquella prisión de aquel robador y salteador de sendas y de carreras. Reíase de
oír decir estas razones don Quijote; y, con mucho sosiego, dijo:
-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad
a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los
caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna por vuestro bajo y
vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la
caballería andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis en
no reverenciar la sombra, cuanto más la asistencia, de cualquier caballero
andante! Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de
caminos con licencia de la Santa Hermandad; decidme: ¿quién fue el ignorante que
firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que
ignoró que son esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su
ley es su espada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue
el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero andante
el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería?
¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera,
portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué
castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote? ¿Qué rey no
le asentó a su mesa? ¿Qué doncella no se le aficionó y se le entregó rendida, a
todo su talante y voluntad? Y, finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay
ni habrá en el mundo, que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a
cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante?
Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad
de nuestro buen caballero don Quijote
En tanto que don Quijote esto decía, estaba persuadiendo el cura a los
cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por sus obras y
por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocio adelante, pues,
aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejar por loco; a lo que
respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgar de la locura de don
Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado, y que una vez preso,
siquiera le soltasen trecientas.
-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habéis de llevar, ni aun él
dejará llevarse, a lo que yo entiendo.
En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote hacer,
que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don
Quijote; y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser medianeros de
hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavía asistían con gran
rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron la
causa y fueron árbitros della, de tal modo que ambas partes quedaron, si no del
todo contentas, a lo menos en algo satisfechas, porque se trocaron las albardas,
y no las cinchas y jáquimas; y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el
cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho
reales, y el barbero le hizo una cédula del recibo y de no llamarse a engaño por
entonces, ni por siempre jamás amén.
Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y de más
tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los tres, y
que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le quería llevar; y, como
ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romper lanzas y a facilitar
dificultades en favor de los amantes de la venta y de los valientes della, quiso
llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso, porque los criados se contentaron
de cuanto don Luis quería; de que recibió tanto contento doña Clara, que ninguno
en aquella sazón la mirara al rostro que no conociera el regocijo de su alma.
Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, se
entristecía y alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes a cada
uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos los ojos y
traía colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasó por alto la dádiva y
recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el escote de don Quijote,
con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que no saldría de la
venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le pagase primero hasta el
último ardite. Todo lo apaciguó el cura, y lo pagó don Fernando, puesto que el
oidor, de muy buena voluntad, había también ofrecido la paga; y de tal manera
quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parecía la venta la discordia del
campo de Agramante, como don Quijote había dicho, sino la misma paz y quietud
del tiempo de Otaviano; de todo lo cual fue común opinión que se debían dar las
gracias a la buena intención y mucha elocuencia del señor cura y a la
incomparable liberalidad de don Fernando.
Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, así de
su escudero como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzado viaje y
dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado y escogido; y así,
con resoluta determinación se fue a poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le
consintió que hablase palabra hasta que se levantase; y él, por obedecella, se
puso en pie y le dijo:
-Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buena
ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la solicitud
del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas cosas se
muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde la celeridad y presteza
previene los discursos del enemigo, y alcanza la vitoria antes que el contrario
se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y preciosa señora, porque me parece
que la estada nuestra en este castillo ya es sin provecho, y podría sernos de
tanto daño que lo echásemos de ver algún día; porque, ¿quién sabe si por ocultas
espías y diligentes habrá sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a
destruille?; y, dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable
castillo o fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de
mi incansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y partámonos luego a la buena ventura; que no
está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde de verme con
vuestro contrario.
Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta de la
fermosa infanta; la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo de don
Quijote, le respondió desta manera:
-Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis tener de favorecerme en
mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo que el vuestro y mi
deseo se cumplan, para que veáis que hay agradecidas mujeres en el mundo. Y en
lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo más voluntad que la vuestra:
disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante; que la que una vez os entregó
la defensa de su persona y puso en vuestras manos la restauración de sus
señoríos no ha de querer ir contra lo que la vuestra prudencia ordenare.
-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues así es que una señora se me humilla,
no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella en su heredado trono. La
partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al deseo y al camino lo que
suele decirse que en la tardanza está el peligro. Y, pues no ha criado el cielo,
ni visto el infierno, ninguno que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a
Rocinante, y apareja tu jumento y el palafrén de la reina, y despidámonos del
castellano y destos señores, y vamos de aquí luego al punto.
Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y a
otra:
-¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con perdón
sea dicho de las tocadas honradas!
-¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo, que
pueda sonarse en menoscabo mío, villano?
-Si vuestra merced se enoja -respondió Sancho-, yo callaré, y dejaré de decir lo
que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado decir a su
señor.
-Di lo que quisieres -replicó don Quijote-, como tus palabras no se encaminen a
ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y si yo no le tengo,
hago como quien soy.
-No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! -respondió Sancho-, sino que yo tengo por
cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran reino
Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice, no se
anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza
y a cada traspuesta.
Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su
esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había cogido con los
labios parte del premio que merecían sus deseos (lo cual había visto Sancho, y
pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesana que de reina de
tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a Sancho, sino dejóle
proseguir en su plática, y él fue diciendo:
-Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y
pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros
trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme priesa a
que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén, pues será
mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.
¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote, oyendo
las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que, con voz
atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:
-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir
en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y
atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia,
monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de
bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro
que se debe a las reales personas! ¡Vete; no parezcas delante de mí, so pena de
mi ira!
Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todas partes, y
dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, señales todas de la ira que
encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundos ademanes quedó Sancho
tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo
de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo qué hacerse, sino volver las
espaldas y quitarse de la enojada presencia de su señor. Pero la discreta
Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor de don Quijote, dijo, para
templarle la ira:
-No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que
vuestro buen escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sin ocasión,
ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede sospechar que
levante testimonio a nadie; y así, se ha de creer, sin poner duda en ello, que,
como en este castillo, según vos, señor caballero, decís, todas las cosas van y
suceden por modo de encantamento, podría ser, digo, que Sancho hubiese visto por
esta diabólica vía lo que él dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad.
-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazón don Quijote-, que la vuestra
grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le puso delante a este
pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible verse de otro modo que
por el de encantos no fuera; que sé yo bien de la bondad e inocencia deste
desdichado, que no sabe levantar testimonios a nadie.
-Ansí es y ansí será -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced, señor
don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut erat in
principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio. Don Quijote
respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el cual vino muy
humilde, y, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo; y él se la dio, y,
después de habérsela dejado besar, le echó la bendición, diciendo:
-Agora acabarás de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas veces
te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por vía de
encantamento.
-Así lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmente
sucedió por vía ordinaria.
-No lo creas -respondió don Quijote-; que si así fuera, yo te vengara entonces,
y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quién tomar venganza de tu
agravio.
Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero lo contó, punto
por punto: la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rieron todos; y de
que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su amo que era
encantamento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho a tanto, que creyese no
ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engaño alguno, lo de haber sido
manteado por personas de carne y hueso, y no por fantasmas soñadas ni
imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba.
Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañía estaba
en la venta; y, pareciéndoles que ya era tiempo de partirse, dieron orden para
que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con don Quijote a
su aldea, con la invención de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el
cura y el barbero llevársele, como deseaban, y procurar la cura de su locura en
su tierra. Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes
que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron
una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente
don Quijote; y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y
los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura,
se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra,
de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel
castillo había visto.
Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendo y
descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y seguro de tal
acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y
los pies, de modo que, cuando él despertó con sobresalto, no pudo menearse, ni
hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de ver delante de sí tan
estraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su continua y desvariada
imaginación le representaba, y se creyó que todas aquellas figuras eran
fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba
encantado, pues no se podía menear ni defender: todo a punto como había pensado
que sucedería el cura, trazador desta máquina. Sólo Sancho, de todos los
presentes, estaba en su mesmo juicio y en su mesma figura; el cual, aunque le
faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo, no dejó de conocer
quién eran todas aquellas contrahechas figuras; mas no osó descoser su boca,
hasta ver en qué paraba aquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco
hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que,
trayendo allí la jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan
fuertemente que no se pudieran romper a dos tirones.
Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó una voz temerosa,
todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro, que
decía:
-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión en que
vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran
esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la
blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas
cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la
luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán las rumpantes garras del
valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos
vegadas la visita de las lucientes imágines con su rápido y natural curso. Y tú,
¡oh, el más noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en
rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar ansí
delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballería andante; que presto, si al
plasmador del mundo le place, te verás tan alto y tan sublimado que no te
conozcas, y no saldrán defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y
asegúrote, de parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como
lo verás por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero,
que conviene que vayas donde paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decir
otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.
Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después, con tan
tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por creer que era
verdad lo que oían.
Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque luego coligió de
todo en todo la significación de ella; y vio que le prometían el verse ayuntados
en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice
vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para gloria perpetua de la
Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó la voz, y, dando un gran
suspiro, dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruégote que
pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que no me
deje perecer en esta prisión donde agora me llevan, hasta ver cumplidas tan
alegres e incomparables promesas como son las que aquí se me han hecho; que,
como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel, y por alivio estas
cadenas que me ciñen, y no por duro campo de batalla este lecho en que me
acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en lo que toca a la
consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de su bondad y buen proceder
que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque, cuando no suceda, por la
suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la ínsula, o otra cosa
equivalente que le tengo prometida, por lo menos su salario no podrá perderse;
que en mi testamento, que ya está hecho, dejo declarado lo que se le ha de dar,
no conforme a sus muchos y buenos servicios, sino a la posibilidad mía.
Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento, y le besó entrambas las
manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.
Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el carro
de los bueyes.
Capítulo XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha,
con otros famosos sucesos
Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro, dijo:
-Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero jamás he
leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta
manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque
siempre los suelen llevar por los aires, con estraña ligereza, encerrados en
alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre algún
hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me lleven a mí agora sobre un carro
de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería y los
encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los
antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y
el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería
aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos
y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho hijo?
-No sé yo lo que me parece -respondió Sancho-, por no ser tan leído como vuestra
merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaría afirmar y jurar
que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católicas.
-¿Católicas? ¡Mi padre! -respondió don Quijote-. ¿Cómo han de ser católicas si
son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y
a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y pálpalos, y
verás como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste más de en la
apariencia.
-Par Dios, señor -replicó Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que aquí
anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de
la que yo he oído decir que tienen los demonios; porque, según se dice, todos
huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero éste huele a ámbar de media
legua.
Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a lo que
Sancho decía.
-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondió don Quijote-, porque te hago
saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores consigo, ellos
no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas,
sino malas y hidiondas. Y la razón es que como ellos, dondequiera que están,
traen el infierno consigo, y no pueden recebir género de alivio alguno en sus
tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que
ellos huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que dices huele a
ámbar, o tú te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por
demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando y
Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su invención, a
quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar con la partida; y,
llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase
el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha presteza.
Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le acompañasen
hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del arzón de la silla
de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía, y por señas mandó a
Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los
dos lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas. Pero, antes que se
moviese el carro, salió la ventera, su hija y Maritornes a despedirse de don
Quijote, fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Quijote
dijo:
-No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a los que
profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran, no me
tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de poco nombre
y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se
acuerde dellos. A los valerosos sí, que tienen envidiosos de su virtud y
valentía a muchos príncipes y a muchos otros caballeros, que procuran por malas
vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa que,
por sí sola, a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor,
Zoroastes, saldrá vencedora de todo trance, y dará de sí luz en el mundo, como
la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si algún desaguisado, por
descuido mío, os he fecho, que, de voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie;
y rogad a Dios me saque destas prisiones, donde algún mal intencionado
encantador me ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se me caerá de la
memoria las mercedes que en este castillo me habedes fecho, para gratificallas,
servillas y recompensallas como ellas merecen.
En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y el
barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán y de su
hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Dorotea y Luscinda.
Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos, diciendo don
Fernando al cura dónde había de escribirle para avisarle en lo que paraba don
Quijote, asegurándole que no habría cosa que más gusto le diese que saberlo; y
que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que él viese que podría darle
gusto, así de su casamiento como del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis,
y vuelta de Luscinda a su casa. El cura ofreció de hacer cuanto se le mandaba,
con toda puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a
nuevos ofrecimientos.
El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había
hallado en un aforro de la maleta donde se halló la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los
llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo
agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela y coligió
que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que también lo sería
aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la guardó, con
prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.
Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque no
fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el carro. Y
la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su dueño; a los
dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; seguía
luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detrás de todo
esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros,
como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando más de lo que
permitía el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las
manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y
tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.
Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que llegaron a
un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado para reposar y dar
pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el cura, fue de parecer el barbero que
caminasen un poco más, porque él sabía, detrás de un recuesto que cerca de allí
se mostraba, había un valle de más yerba y mucho mejor que aquel donde parar
querían. Tomóse el parecer del barbero, y así, tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta seis o
siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron
presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los bueyes, sino
como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar presto a sestear a
la venta, que menos de una legua de allí se parecía. Llegaron los diligentes a
los perezosos y saludáronse cortésmente; y uno de los que venían, que, en
resolución, era canónigo de Toledo y señor de los demás que le acompañaban,
viendo la concertada procesión del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura
y barbero, y más a don Quijote, enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de
preguntar qué significaba llevar aquel hombre de aquella manera; aunque ya se
había dado a entender, viendo las insignias de los cuadrilleros, que debía de
ser algún facinoroso salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la
Santa Hermandad. Uno de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta,
respondió ansí:
-Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo él, porque
nosotros no lo sabemos.
Oyó don Quijote la plática, y dijo:
-¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y perictos en
esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellos mis
desgracias, y si no, no hay para qué me canse en decillas.
Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responder de
modo que no fuese descubierto su artificio.
El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:
-En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas de
Villalpando. Ansí que, si no está más que en esto, seguramente podéis comunicar
conmigo lo que quisiéredes.
-A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero, señor caballero,
que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y fraude de malos
encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los
buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamás la Fama
se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y
pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India,
ginosofistas la Etiopía, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad
para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los
caballeros andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar a la
cumbre y alteza honrosa de las armas.
-Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazón el cura-; que
él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por la mala
intención de aquellos a quien la virtud enfada y la valentía enoja. Éste es,
señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oístes nombrar en algún
tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos serán escritas en bronces duros
y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia en escurecerlos y la
malicia en ocultarlos.
Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo, estuvo
por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber lo que le había acontencido;
y en la mesma admiración cayeron todos los que con él venían. En esto, Sancho
Panza, que se había acercado a oír la plática, para adobarlo todo, dijo:
-Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso de
ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su
entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y
como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ansí, ¿cómo quieren
hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído decir a muchas personas
que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van a la
mano, hablará más que treinta procuradores.
Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:
-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan estos nuevos encantamentos?
Pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro, y sepa que le
entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, donde reina la envidia no
puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la liberalidad. !Mal haya el
diablo!; que, si por su reverencia no fuera, ésta fuera ya la hora que mi señor
estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo fuera conde, por lo menos, pues
no se podía esperar otra cosa, así de la bondad de mi señor el de la Triste
Figura como de la grandeza de mis servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se
dice por ahí: que la rueda de la Fortuna anda más lista que una rueda de molino,
y que los que ayer estaban en pinganitos hoy están por el suelo. De mis hijos y
de mi mujer me pesa, pues cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre
por sus puertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le verán
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es más de
por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento que a mi señor
se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta prisión de mi amo,
y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes que mi señor don Quijote
deja de hacer en este tiempo que está preso.
-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. ¿También vos, Sancho,
sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que voy viendo que le habéis
de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tan encantado como él, por
lo que os toca de su humor y de su caballería! En mal punto os empreñastes de
sus promesas, y en mal hora se os entró en los cascos la ínsula que tanto
deseáis.
-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me dejaría
empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo
nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es
hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más
gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a
quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero; que no es todo
hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a
mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe
la verdad; y quédese aquí, porque es peor meneallo.
No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este mesmo
temor, había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante: que él le
diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto. Hízolo así
el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él: estuvo atento a todo aquello
que decirle quiso de la condición, vida, locura y costumbres de don Quijote,
contándole brevemente el principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de
sus sucesos, hasta haberlo puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban
de llevarle a su tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su
locura. Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina
historia de don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo:
-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la
república estos que llaman libros de caballerías; y, aunque he leído, llevado de
un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos,
jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me
parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más
éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a mí me parece, este género de
escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias,
que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar:
al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan
juntamente. Y, puesto que el principal intento de semejantes libros sea el
deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan
desaforados disparates; que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la
hermosura y concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la
imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y
descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues, ¿qué hermosura puede
haber, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un
libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y que,
cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la
parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contra ellos el señor
del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal
caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de su fuerte brazo? Pues, ¿qué
diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en
los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del
todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de
caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece
en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en
otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me
respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de
mentira, y que así, no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades,
responderles hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y
tanto más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de
suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo
los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un
mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer
el que huyere de la verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la
perfeción de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga
un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio
corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los
componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una
quimera o un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en
el estilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las
cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y
por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana, como a gente
inútil.
El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre de buen
entendimiento, y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que, por ser él
de su mesma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías, había quemado
todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el escrutinio que dellos
había hecho, y los que había condenado al fuego y dejado con vida, de que no
poco se rió el canónigo, y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales
libros, hallaba en ellos una cosa buena: que era el sujeto que ofrecían para que
un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso
campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo
naufragios, tormentas, rencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con
todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo
las astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el
esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora
un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta,
discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un
desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado;
representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya
puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en
las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si
quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía
de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de
Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad
de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón; y, finalmente, todas
aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora
poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.
-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que
tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios
y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura
muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es
enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada
destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico,
cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y
agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede
escrebirse en prosa como en verso.
Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de
caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio
-Así es como vuestra merced dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por esta
causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto semejantes
libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte y reglas por
donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso los dos
príncipes de la poesía griega y latina.
-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacer un
libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si
he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas. Y para hacer la
experiencia de si correspondían a mi estimación, las he comunicado con hombres
apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo
atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable
aprobación; pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme
que hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número de los
simples que de los prudentes; y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos
sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio
del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros.
Pero lo que más me le quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle,
fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se
representa, diciendo: "Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las
de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies
ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las
aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y
los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere
el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula
como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y
todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les
está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos, deste
modo vendrá a ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los
preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo". Y, aunque algunas
veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión
que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias
que hagan el arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados
en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que un
día dije a uno destos pertinaces: "Decidme, ¿no os acordáis que ha pocos años
que se representaron en España tres tragedias que compuso un famoso poeta destos
reinos, las cuales fueron tales, que admiraron, alegraron y suspendieron a todos
cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los
escogidos, y dieron más dineros a los representantes ellas tres solas que
treinta de las mejores que después acá se han hecho?" "Sin duda -respondió el
autor que digo-, que debe de decir vuestra merced por La Isabela, La Filis y La
Alejandra". "Por ésas digo -le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los
preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de
agradar a todo el mundo. Así que no está la falta en el vulgo, que pide
disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue
disparate La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la
del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que
de algunos entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y
para ganancia de los que las han representado". Y otras cosas añadí a éstas,
con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni convencido
para sacarle de su errado pensamiento.
-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo-dijo a esta sazón el cura-,
que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comedias que agora
se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque,
habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana,
ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan
son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Porque,
¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos que salir un niño en
mantillas en la primera cena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho
hombre barbado? Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde,
un lacayo rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona?
¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que la
primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en
Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así se
hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es
lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a ningún
mediano entendimiento que, fingiendo una acción que pasa en tiempo del rey
Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan
que fue el emperador Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó
la Casa Santa, como Godofre de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo
otro; y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de
historia, y mezclarle pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y
tiempos, y esto, no con trazas verisímiles, sino con patentes errores de todo
punto inexcusables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo
perfecto, y que lo demás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las
comedias divinas?: ¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas
apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun
en las humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que
parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman,
para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en
perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobrio de los
ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha puntualidad guardan
las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los
absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante disculpa desto
decir que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen,
permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad con
alguna honesta recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suele
engendrar la ociosidad; y que, pues éste se consigue con cualquier comedia,
buena o mala, no hay para qué poner leyes, ni estrechar a los que las componen y
representan a que las hagan como debían hacerse, pues, como he dicho, con
cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. A lo cual respondería yo
que este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación alguna, con las
comedias buenas que con las no tales; porque, de haber oído la comedia
artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado
con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con
los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la
virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del
que la escuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia que
todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas, como por
la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se representan. Y no tienen
la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que
conocen muy bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer;
pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad,
que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así,
el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su
obra le pide. Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene
lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la
perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que
después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse,
temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber
representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos
linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos más que no
digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que
examinase todas las comedias antes que se representasen (no sólo aquellas que se
hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en España),
sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase
representar comedia alguna; y, desta manera, los comediantes tendrían cuidado de
enviar las comedias a la Corte, y con seguridad podrían representallas, y
aquellos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían,
temorosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien lo
entiende; y desta manera se harían buenas comedias y se conseguiría
felicísimamente lo que en ellas se pretende: así el entretenimiento del pueblo,
como la opinión de los ingenios de España, el interés y seguridad de los
recitantes y el ahorro del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a
este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen,
sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia,
dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de los nuevos que
saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más
ocupados; pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y
flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación.
A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,
adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:
-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
-Así me lo parece a mí -respondió el cura.
Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarse con
ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les ofrecía. Y,
así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien ya iba aficionado,
y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote, mandó a algunos de sus
criados que se fuesen a la venta, que no lejos de allí estaba, y trujesen della
lo que hubiese de comer, para todos, porque él determinaba de sestear en aquel
lugar aquella tarde; a lo cual uno de sus criados respondió que el acémila del
repuesto, que ya debía de estar en la venta, traía recado bastante para no
obligar a no tomar de la venta más que cebada.
-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, y haced
volver la acémila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se llegó a
la jaula donde iba su amo, y le dijo:
-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca de su
encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los rostros son el
cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta traza de llevalle
desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra merced se les adelanta en
hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta verdad, síguese que no va
encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de lo cual le quiero preguntar una
cosa; y si me responde como creo que me ha de responder, tocará con la mano este
engaño y verá como no va encantado, sino trastornado el juicio.
-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo te
satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos que
allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotos y
conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean
realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y
entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me
han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los
encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán tomado las destos
nuestros amigos, para darte a ti ocasión de que pienses lo que piensas, y
ponerte en un laberinto de imaginaciones, que no aciertes a salir dél, aunque
tuvieses la soga de Teseo. Y también lo habrán hecho para que yo vacile en mi
entendimiento, y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si, por una
parte, tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y,
por otra, yo me veo enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran
sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o
piense sino que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en
todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí a
mañana.
-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿es posible
que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo, que no eche
de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisión y desgracia
tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues así es, yo le quiero
probar evidentemente como no va encantado. Si no, dígame, así Dios le saque
desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi señora Dulcinea cuando menos se
piense...
-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que ya te
he dicho que te responderé con toda puntualidad.
-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin añadir ni
quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la han de decir y
la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra merced las profesa,
debajo de título de caballeros andantes...
-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.
-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque hace al
caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que
vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha
venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te
responda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o mayores?
Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa que quiero decir
si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame
deste peligro, que no anda todo limpio!
Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su
señor don Quijote
-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como al
alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente suele
decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé qué tiene
fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo que le
preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se viene a sacar que
los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo
digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana que
vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y
responde a todo aquello que le preguntan.
-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que
yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de los tiempos
no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que voy
encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría
muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta
jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos
menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de
ahora precisa y estrema necesidad.
-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel, que yo
me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y probase de
nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va encantado,
según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra vez la suerte
de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para
volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, de
encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced tan
desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo.
-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó don Quijote-; y
cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te obedeceré en todo y
por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en el conocimiento de mi
desgracia.
En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya frescura
convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como don Quijote,
sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el cual rogó al cura que
permitiese que su señor saliese por un rato de la jaula, porque si no le dejaban
salir, no iría tan limpia aquella prisión como requiría la decencia de un tal
caballero como su amo. Entendióle el cura, y dijo que de muy buena gana haría lo
que le pedía si no temiera que, en viéndose su señor en libertad, había de hacer
de las suyas, y irse donde jamás gentes le viesen.
-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.
-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, como caballero,
de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más, que
el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su persona lo
que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se mueva de un
lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver en volandas. -Y que,
pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendo tan en provecho de todos;
y del no soltalle les protestaba que no podía dejar de fatigalles el olfato, si
de allí no se desviaban.
Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buena fe y
palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande manera de
verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo el cuerpo, y
luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas en las ancas, dijo:
-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos, que
presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor a cuestas; y yo,
encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al mundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, de donde
vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su escudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura, y de
que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimo entendimiento:
solamente venía a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en
tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, después de haberse sentado
todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del canónigo, le dijo:
-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga
y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el juicio de
modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste jaez, tan lejos
de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la verdad? Y ¿cómo es posible
que haya entendimiento humano que se dé a entender que ha habido en el mundo
aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero,
tanto emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafrén,
tanta doncella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes,
tantas inauditas aventuras, tanto género de encantamentos, tantas batallas,
tantos desaforados encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas
enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete,
tanto requiebro, tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan
disparatados casos como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que,
cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos
mentira y liviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de
lo que son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego
si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como a
inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da ocasión
que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades
como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se atreven a turbar los
ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de ver por
lo que con vuestra merced han hecho, pues le han traído a términos que sea
forzoso encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro de bueyes, como quien
trae o lleva algún león o algún tigre, de lugar en lugar, para ganar con él
dejando que le vean. ¡Ea, señor don Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al
gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de
darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde
en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,
llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de
caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un conde
Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández, Andalucía; un
Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez de Vargas, Jerez; un
Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya leción de sus valerosos
hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios
que los leyeren. Ésta sí será letura digna del buen entendimiento de vuestra
merced, señor don Quijote mío, de la cual saldrá erudito en la historia,
enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres,
valiente sin temeridad, osado sin cobardía, y todo esto, para honra de Dios,
provecho suyo y fama de la Mancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su
principio y origen.
Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,
cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen
espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a
querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que
todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles
para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más
mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la
caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha habido en el mundo
Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las
escrituras están llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a está
sazón el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales
libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y que me sería
mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que
mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra
una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que el que la
negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que vuestra merced
dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar a
entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los otros caballeros
aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el
sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio
puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue verdad lo de la
infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo de Fierabrás con la puente de Mantible,
que sucedió en el tiempo de Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como
es ahora de día? Y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni
Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino
por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de
Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son apócrifos los
amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, habiendo
personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que fue la
mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan ansí, que me
acuerdo yo que me decía una mi agüela de partes de mi padre, cuando veía alguna
dueña con tocas reverendas: "Aquélla, nieto, se parece a la dueña Quintañona";
de donde arguyo yo que la debió de conocer ella o, por lo menos, debió de
alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la
historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la
armería de los reyes la clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien
iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de
carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está
el cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,
déstos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente
lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con
el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y después, en la ciudad de
Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor
y lleno de honrosa fama; y las aventuras y desafíos que también acabaron en
Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia
yo deciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San
Polo. Niéguenme, asimesmo, que no fue a buscar las aventuras a Alemania don
Fernando de Guevara, donde se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del
duque de Austria; digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del
Paso; las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán,
caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,
déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a
decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.
Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de verdades y
mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas tocantes y
concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, le respondió:
-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra
merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes
españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de Francia, pero no
quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el arzobispo Turpín dellos
escribe; porque la verdad dello es que fueron caballeros escogidos por los reyes
de Francia, a quien llamaron pares por ser todos iguales en valor, en calidad y
en valentía; a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuesen y era como una
religión de las que ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone
que los que la profesan han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes
y bien nacidos; y, como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara,
decían en aquel tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce
iguales los que para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid
no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced
dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de
los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan corto de vista, que,
aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan
grande como vuestra merced ha dicho.
-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas, dicen
que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.
-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí, que
no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, no por eso
me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta turbamulta
de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que un hombre como vuestra
merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento,
se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las que
están escritas en los disparatados libros de caballerías.
Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo
tuvieron, con otros sucesos
-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresos con
licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que
con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los
pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y
caballeros, finalmente, de todo género de personas, de cualquier estado y
condición que sean, ¿habían de ser mentira?; y más llevando tanta apariencia de
verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad,
el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero
hizo, o caballeros hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y
créame que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos,
y verá el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que
ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago
de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas
serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y
espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que dice: "Tú,
caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres
alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de
tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así
no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y
contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negregura
yacen?" ¿Y que, apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa,
cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a
que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas,
encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y,
cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos
campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece
que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva;
ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles
compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y
no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los
intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas,
que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas
pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee una artificiosa
fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco
adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con las torcidas casas
blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre
ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una
variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí
la vence. Acullá de improviso se le descubre un fuerte castillo o vistoso
alcázar, cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas
de jacintos; finalmente, él es de tan admirable compostura que, con ser la
materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes,
de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más
que ver, después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo
un buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y tomar
luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido caballero que se
arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle palabra, dentro del rico
alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le parió, y bañarle con
templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una
camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y
echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele
valer una ciudad, y aun más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras
todo esto, le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto
concierto, que queda suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos,
toda de ámbar y de olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una
silla de marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un
maravilloso silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan
sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano?
¿Cuál será oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta
ni adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse
el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es
costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más hermosa
doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y
comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de cómo ella está encantada
en él, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que
van leyendo su historia? No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede
colegir que cualquiera parte que se lea, de cualquiera historia de caballero
andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y vuestra
merced créame, y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo le
destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la
tiene mala. De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy valiente,
comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente,
sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme
rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi
pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar
la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el
agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la
fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión
donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos,
especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre
del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido,
sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado.
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:
-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan prometido
de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no me falte a mí
habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído decir que hay
hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores, y les
dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el señor se
está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me desistiré de
todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.
-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar la renta;
empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado, y aquí entra
la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intención de acertar; que
si ésta falta en los principios, siempre irán errados los medios y los fines; y
así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del
discreto.
-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan presto
tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como otro, y
tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del
suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que quisiese, haría mi
gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en estando uno contento, no
tiene más que desear; y, no teniendo más que desear, acabóse; y el estado venga,
y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro.
-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso, hay
mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote:
-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el
grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y así,
puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que es uno de
los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote había
dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del Lago, de la
impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los libros que había
leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho, que con tanto ahínco
deseaba alcanzar el condado que su amo le había prometido.
Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por la
acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde yerba del
prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí, porque el
boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho. Y, estando
comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila, que por entre
unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban sonaba, y al mesmo instante
vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada
de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero dándole voces, y diciéndole
palabras a su uso, para que se detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva
cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como a favorecerse della, y
allí se detuvo. Llegó el cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera
capaz de discurso y entendimiento, le dijo:
-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de pie
cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa? Mas ¡qué
puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que mal haya vuestra
condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved, volved, amiga; que si
no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en vuestro aprisco, o con
vuestras compañeras; que si vos que las habéis de guardar y encaminar andáis tan
sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán parar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron, especialmente al
canónigo, que le dijo:
-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en volver
tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos decís, ha
de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a estorbarlo. Tomad
este bocado y bebed una vez, con que templaréis la cólera, y en tanto,
descansará la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y
luego dijo:
-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me tuviesen
vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen de misterio
las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no entienda cómo se ha
de tratar con los hombres y con las bestias.
-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que los montes
crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.
-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y para
que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que sin ser
rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un breve espacio
prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo que ese señor
(señalando al cura) ha dicho, y la mía.
A esto respondió don Quijote:
-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de caballería,
yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo harán todos
estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser amigos de curiosas
novedades que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como, sin duda,
pienso que lo ha de hacer vuestro cuento. Comenzad, pues, amigo, que todos
escucharemos.
-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don Quijote
que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le ofreciere, hasta
no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan
intricada que no aciertan a salir della en seis días; y si el hombre no va
harto, o bien proveídas las alforjas, allí se podrá quedar, como muchas veces se
queda, hecho carne momia.
-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y come
lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al alma su
refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.
-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos tenía,
diciéndole:
-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a nuestro
apero.
Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió ella
junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender que estaba
atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su historia desta
manera:
Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote
-«Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo era él
por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que le hacía
más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada hermosura, rara
discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba se admiraba de
ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían
enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en
la edad de diez y seis años fue hermosísima. La fama de su belleza se comenzó a
estender por todas las circunvecinas aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas
no más, si se estendió a las apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de
los reyes, y por los oídos de todo género de gente; que, como a cosa rara, o
como a imagen de milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su padre,
y guardábase ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden
a una doncella que las del recato proprio.
»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del pueblo
como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a quien tocaba
disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber determinarse a quién la
entregaría de los infinitos que le importunaban. Y, entre los muchos que tan
buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de
buen suceso conocer que el padre conocía quien yo era, el ser natural del mismo
pueblo, limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico y en
el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas partes la pidió también otro
del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner en balanza la voluntad del
padre, a quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien
empleada; y, por salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así
se llama la rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos
éramos iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en
estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas, sino que se
las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto. No sé yo el que
tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a entrambos con la poca edad de
su hija y con palabras generales, que ni le obligaban, ni nos desobligaba
tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de
los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está
pendiente; pero bien se deja entender que será desastrado.
»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre
labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía de las Italias, y de otras
diversas partes, de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo muchacho de
hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y
volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca, pintado con mil
colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de acero. Hoy se ponía
una gala y mañana otra; pero todas sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo.
La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y dándole el ocio lugar es la
misma malicia, lo notó, y contó punto por punto sus galas y preseas, y halló que
los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y medias; pero él
hacía tantos guisados e invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera
quien jurara que había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más
de veinte plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que de los
vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.
»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y allí
nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos iba
contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde
no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y
entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego
García de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con vitoria,
sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre. Por otra parte, mostraba
señales de heridas que, aunque no se divisaban, nos hacía entender que eran
arcabuzazos dados en diferentes rencuentros y faciones. Finalmente, con una no
vista arrogancia, llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y
decía que su padre era su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser
soldado, al mismo rey no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco
músico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la
hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y
así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua y
media de escritura.
»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este bravo,
este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces de Leandra,
desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza. Enamoróla el oropel
de sus vistosos trajes, encantáronla sus romances, que de cada uno que componía
daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las hazañas que él de sí mismo había
referido, y, finalmente, que así el diablo lo debía de tener ordenado, ella se
vino a enamorar dél, antes que en él naciese presunción de solicitalla. Y, como
en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel
que tiene de su parte el deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra
y Vicente; y, primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la
cuenta de su deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su
querido y amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el
soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de todas las muchas que él
se aplicaba.
»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dél noticia tuvieron;
yo quedé suspenso, Anselmo, atónito, el padre triste, sus parientes afrentados,
solícita la justicia, los cuadrilleros listos; tomáronse los caminos,
escudriñáronse los bosques y cuanto había, y, al cabo de tres días, hallaron a
la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin muchos
dineros y preciosísimas joyas que de su casa había sacado. Volviéronla a la
presencia del lastimado padre; preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio
que Vicente de la Roca la había engañado, y debajo de su palabra de ser su
esposo la persuadió que dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más
rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles;
y que ella, mal advertida y peor engañada, le había creído; y, robando a su
padre, se le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un
áspero monte, y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. Contó
también como el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó
en aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos.
»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase, no
haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a su hija
con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre.
El mismo día que pareció Leandra la despareció su padre de nuestros ojos, y la
llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está aquí cerca, esperando
que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión en que su hija se puso. Los
pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos
que no les iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los que
conocían su discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su
pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que,
por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.
»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin tener
cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz que a
ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra, crecía nuestra
tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas del soldado y
abominábamos del poco recato del padre de Leandra. Finalmente, Anselmo y yo nos
concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde él, apacentando una
gran cantidad de ovejas suyas proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras,
también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones,
o cantando juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando
solos y a solas comunicando con el cielo nuestras querellas.
»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han venido
a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son tantos, que
parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia, según está colmo
de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no se oiga el nombre de la
hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta;
aquél la condena por fácil y ligera; tal la absuelve y perdona, y tal la
justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición, y,
en fin, todos la deshonran, y todos la adoran, y de todos se estiende a tanto la
locura, que hay quien se queje de desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien
se lamente y sienta la rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a
nadie; porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay
hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de
algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de
Leandra dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se queja de
ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con versos donde
muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro camino más fácil,
y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres,
de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe
rompida, y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus fue
la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra cuando aquí
llegué; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi
apero. Ésta es la historia que prometí contaros; si he sido en el contarla
prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo mi majada, y en ella
tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas,
no menos a la vista que al gusto agradables.
Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor
General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le habían;
especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad notó la manera
con que le había contado, tan lejos de parecer rústico cabrero cuan cerca de
mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había dicho muy bien el cura en
decir que los montes criaban letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio; pero el
que más se mostró liberal en esto fue don Quijote, que le dijo:
-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos la
tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna, debe de
estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos
quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que hiciérades
della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las leyes de la
caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho desaguisado
alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de poder tanto la
fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de otro encantador mejor
intencionado, y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi
profesión, que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.
Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:
-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?
-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?
-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced dice;
puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil
hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.
-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois el vacío
y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta
que os parió.
Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con él al
cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las narices; mas el
cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras le maltrataban, sin
tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a todos aquellos que comiendo
estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole del cuello con entrambas manos,
no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no llegara en aquel punto, y le asiera
por las espaldas y diera con él encima de la mesa, quebrando platos, rompiendo
tazas y derramando y esparciendo cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio
libre, acudió a subirse sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro,
molido a coces de Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para
hacer alguna sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura;
mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,
sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llovía tanta sangre como del suyo.
Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo,
zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en pendencia están
trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se podía desasir de un
criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no ayudase.
En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes que
se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo volver los
rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se alborotó de oírle
fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su
voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y
fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más de por una
hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me
parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y don
Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio
a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco, a modo
de diciplinantes.
Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y por
todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese;
y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba venía en
procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había.
Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle por
la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó que era
cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante, el
acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que traían
cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos
follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó en las mientes, con
gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo andaba, quitándole del arzón
el freno y el adarga, y en un punto le enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada,
subió sobre Rocinante y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos los que
presentes estaban:
-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han
de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera
historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los diciplinantes,
bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle; mas no les fue
posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo:
-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le incitan
a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla es procesión
de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen
benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo que hace, que por esta
vez se puede decir que no es lo que sabe.
Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque la
oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la procesión, y paró
a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco, y, con turbada y ronca
voz, dijo:
-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.
Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de los
cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura de don
Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que notó y
descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:
-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van estos
hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos detengamos a oír
cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se diga.
-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéis
libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras
muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado le
habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes agravios, no
consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada libertad que
merece.
En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de ser
algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner pólvora a
la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando la espada,
arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus
compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando una horquilla o
bastón con que sustentaba las andas en tanto que descansaba; y, recibiendo en
ella una gran cuchillada que le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes,
con el último tercio, que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote
encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el
adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal
parado.
Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces a su
moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero encantado, que
no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida. Mas, lo que detuvo al
villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que don Quijote no bullía pie
ni mano; y así, creyendo que le había muerto, con priesa se alzó la túnica a la
cinta, y dio a huir por la campaña como un gamo.
Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él estaba; y
más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con ellos los
cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y hiciéronse todos un
remolino alrededor de la imagen; y, alzados los capirotes, empuñando las
diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban el asalto con determinación
de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a sus acometedores; pero la fortuna
lo hizo mejor que se pensaba, porque Sancho no hizo otra cosa que arrojarse
sobre el cuerpo de su señor, haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto
del mundo, creyendo que estaba muerto.
El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo conocimiento
puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El primer cura dio al
segundo, en dos razones, cuenta de quién era don Quijote, y así él como toda la
turba de los diciplinantes fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y
oyeron que Sancho Panza, con lágrimas en los ojos, decía:
-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus
tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la
Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de
malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal
sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada
la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con los soberbios y
arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas,
enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los
ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra que
dijo fue:
-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas
está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado, que ya
no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho
pedazos.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos a mi
aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos orden de
hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.
-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejar pasar
el mal influjo de las estrellas que agora corre.
El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo que
decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de Sancho
Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La procesión volvió
a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se despidió de todos; los
cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pagó lo que se les
debía. El canónigo pidió al cura le avisase el suceso de don Quijote, si sanaba
de su locura o si proseguía en ella, y con esto tomó licencia para seguir su
viaje. En fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y
barbero, don Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante, que a todo lo que había
visto estaba con tanta paciencia como su amo.
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con
su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días
llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que
acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual
atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro
venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron maravillados, y un
muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío
y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un
carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras
alzaron, las bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los
malditos libros de caballerías; todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a
don Quijote por sus puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza, que
ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así como vio a
Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno. Sancho
respondió que venía mejor que su amo.
-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?, ¿qué
saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?
-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas de más
momento y consideración.
-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas de más
consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se me
alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos
de vuestra ausencia.
-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta, que,
siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me
veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la
mejor que pueda hallarse.
-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas, decidme:
¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?
-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo verás,
mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus vasallos.
-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? –respondió Juana
Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino
porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.
-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más
gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante
buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a
gusto como el hombre querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y
nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia, porque de algunas
he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar
los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando
castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al
diablo, el maravedí.
Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y le
tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no acababa
de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina tuviese gran
cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que otra vez no se les
escapase, contando lo que había sido menester para traelle a su casa. Aquí
alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí se renovaron las maldiciones
de los libros de caballerías, allí pidieron al cielo que confundiese en el
centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente,
ellas quedaron confusas y temerosas de que se habían de ver sin su amo y tío en
el mesmo punto que tuviese alguna mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado
los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar
noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama ha
guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez que
salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en
aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen
entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la
alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que
tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los
cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se
habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos
castellanos, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura
de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho
Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y
elogios de su vida y costumbres.
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el
fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los
que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y buscar
todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo
crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan
validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho,
y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo menos de tanta
invención y pasatiempo.
Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en la
caja de plomo eran éstas:
LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,
HOC SCRIPSERUNT:
EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fría.
DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
In laudem Dulcineae del Toboso
Soneto
Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montïel, hasta el herboso
llano de Aranjüez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,
ella dejó, muriendo, de ser bella;
y él, aunque queda en mármores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.
DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y dél se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.
DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA
Soneto
DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
Aquí yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.
DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO
Epitafio
Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.
Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la
letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase.
Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y
que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de la tercera salida de don
Quijote.
Forsi altro canterà con miglior plectio.
Finis
Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha
TASA
Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que
residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los señores dél un libro
que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote de la Mancha,
Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso, le tasaron a cuatro
maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y tres pliegos, que al
dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos maravedís, y mandaron que
esta tasa se ponga al principio de cada volumen del dicho libro, para que se
sepa y entienda lo que por él se ha de pedir y llevar, sin que se exceda en ello
en manera alguna, como consta y parece por el auto y decreto original sobre ello
dado, y que queda en mi poder, a que me refiero; y de mandamiento de los dichos
señores del Consejo y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes,
di esta fee en Madrid, a veinte y uno días del mes de otubre del mil y
seiscientos y quince años.
Hernando de Vallejo.
FE DE ERRATAS
Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesto
por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de notar que no
corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de otubre, mil y
seiscientos y quince.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
APROBACIÓN
Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas costumbres,
antes es libro de mucho entretenimiento lícito, mezclado de mucha filosofía
moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a cinco de noviembre
de mil seiscientos y quince.
Doctor Gutierre de Cetina.
APROBACIÓN
Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he visto la Segunda parte de
don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no contiene cosa
contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres, antes, muchas de honesta
recreación y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a
sus repúblicas, pues aun en la severa de los lacedemonios levantaron estatua a
la risa, y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido
de Bosio, libro II De signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ánimos marchitos y
espíritus melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el
poeta diciendo:
Interpone tuis interdum gaudia curis,
lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso
y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el anzuelo de la
reprehensión, y cumpliendo con el acertado asunto en que pretende la expulsión
de los libros de caballerías, pues con su buena diligencia mañosamente
alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos, es obra muy digna de su
grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación, admiración y invidia de las
estrañas. Éste es mi parecer, salvo etc. En Madrid, a 17 de marzo de 1615.
El maestro Josef de Valdivielso.
APROBACIÓN
Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta villa de
Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda parte del
ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra,
y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni que disuene de la
decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales; antes, mucha erudición y
aprovechamiento, así en la continencia de su bien seguido asunto para extirpar
los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio había cundido más de
lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con
enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos;
y en la correción de vicios que generalmente toca, ocasionado de sus agudos
discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprehensión cristiana, que
aquel que fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y
sabroso de sus medicinas gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin
empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se
hallará, que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con lo
dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo imitar a
Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa y
desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio que
tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para seguirle,
hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no reprehensores, a lo
menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien entendidos, con el pueblo pierden
el crédito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los vicios que
arrojada e imprudentemente quisieren corregir en muy peor estado que antes, que
no todas las postemas a un mismo tiempo están dispuestas para admitir las
recetas o cauterios; antes, algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves
medicinas, con cuya aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de
resolverlas, término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el
rigor del hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean ver
el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y decencia como
por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido España, Francia,
Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en veinte y cinco de
febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don
Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la
visita que a Su Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar
cosas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses, de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses
como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes
del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más
validos; y, tocando acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas,
encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus
confinantes, se tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de
memoria la primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus
encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que
estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su
edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: ''Pues,
¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?''
Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y
dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga
abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el
mundo''. Bien creo que está, para censura, un poco larga; alguno dirá que toca
los límites de lisonjero elogio; mas la verdad de lo que cortamente digo deshace
en el crítico la sospecha y en mí el cuidado; además que el día de hoy no se
lisonjea a quien no tiene con qué cebar el pico del adulador, que, aunque
afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras. En
Madrid, a veinte y siete de febrero de mil y seiscientos y quince.
El licenciado Márquez Torres.
PRIVILEGIO
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, de
la cual hacíades presentación, y, por ser libro de historia agradable y honesta,
y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos suplicastes os mandásemos dar
licencia para le poder imprimir y privilegio por veinte años, o como la nuestra
merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho
libro se hizo la diligencia que la premática por nos sobre ello fecha dispone,
fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y
nos tuvímoslo por bien. Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por
tiempo y espacio de diez años, cumplidos primeros siguientes, que corran y se
cuenten desde el día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la
persona que para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y
vender el dicho libro que desuso se hace mención; y por la presente damos
licencia y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombráredes para
que durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en él residen, con que antes y
primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho original,
para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o traigáis fe en
pública forma cómo, por corretor por nos nombrado, se vio y corrigió la dicha
impresión por el dicho original, y más al dicho impresor que ansí imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer pliego dél, ni entregue más de un
solo libro con el original al autor y persona a cuya costa lo imprimiere, ni a
otra alguna, para efecto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero
el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo, y estando
hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego,
en el cual imediatamente ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y
erratas, ni lo podáis vender ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que
esté el dicho libro en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las
penas contenidas en la dicha premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello
disponen; y más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia
no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dél tuviere, y más
incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo contrario
hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra Cámara, y la
otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte par el
que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo, presidentes, oidores de las
nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y
Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de todas las ciudades, villas y
lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a cada uno en su juridición, ansí a
los que agora son como a los que serán de aquí adelante, que vos guarden y
cumplan esta nuestra cédula y merced, que ansí vos hacemos, y contra ella no
vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil
maravedís para la nuestra Cámara. Dada en Madrid, a treinta días del mes de
marzo de mil y seiscientos y quince años.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor:
Pedro de Contreras.
PRÓLOGO AL LECTOR
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre,
o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y
vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen que se
engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar
este contento; que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más
humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que
lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el
pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo
que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si
hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi
manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que
vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis
heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo
menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes
haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los
pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear
la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con
el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.
He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me describa
qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no
conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y, siendo esto así,
como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por
añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo
dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y
la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor
autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son
buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.
Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido, y
que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a
campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como
si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si, por ventura, llegares a
conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado: que bien sé lo que
son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en
el entendimiento que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama
como dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero
que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:
«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio
loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y, en
cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le
cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba
el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y, en
teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba,
diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: "¿Pensarán vuestras
mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?"»
¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?
Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también es de
loco y de perro:
«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en topando
algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el
peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres
calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó la carga, fue uno un
perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la
cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una vara
de medir, y salió al loco y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba
decía: "Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi
perro?" Y, repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho
una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la
plaza; al cabo del cual tiempo, volvió con su invención y con más carga.
Llegábase donde estaba el perro, y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin
querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: "Este es podenco: ¡guarda!"
En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía
que eran podencos; y así, no soltó más el canto.»
Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se atreverá a
soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros
que las peñas.
Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con
su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de La
Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y Cristo con
todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad, bien
conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame
la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y
siquiera no haya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más
libros que tienen letras las Coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin
que los solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por
más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto
en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza
puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud
dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la
estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el
consiguiente, favorecida. Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino
advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco
es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te
doy a don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también
que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de
nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas,
hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo.
Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la
segunda parte de Galatea.
DEDICATORIA
AL CONDE DE LEMOS
Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas que
representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba calzadas las
espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y ahora digo que se las
ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá llega, me parece que habré
hecho algún servicio a Vuestra Excelencia, porque es mucha la priesa que de
infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y la náusea que ha
causado otro don Quijote, que, con nombre de segunda parte, se ha disfrazado y
corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande
emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una
carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase,
porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería
que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente
con esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.
Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de
costa. Respondióme que ni por pensamiento. "Pues, hermano -le respondí yo-, vos
os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que venís
despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además
que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y
monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande conde de Lemos, que, sin tantos
titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced
que la que yo acierto a desear".
Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia los
Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro
meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra
lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me
arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos,
ha de llegar al estremo de bondad posible.
Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará Persiles
para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de Vuestra
Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y quince.
Criado de Vuestra Excelencia,
Miguel de Cervantes Saavedra.
Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote
cerca de su enfermedad
Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin
verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero no por
esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta
con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón
y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura. Las
cuales dijeron que así lo hacían, y lo harían, con la voluntad y cuidado
posible, porque echaban de ver que su señor por momentos iba dando muestras de
estar en su entero juicio; de lo cual recibieron los dos gran contento, por
parecerles que habían acertado en haberle traído encantado en el carro de los
bueyes, como se contó en la primera parte desta tan grande como puntual
historia, en su último capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer
esperiencia de su mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y
acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse
a peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla de
bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y amojamado,
que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien recebidos,
preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con mucho juicio y
con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática vinieron a tratar en
esto que llaman razón de estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y
condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada
uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón flamante; y
de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto
en una fragua, y sacado otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta
discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos esaminadores
creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era falsa o
verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas que habían
venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto que el Turco
bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio, ni adónde había
de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que casi cada año nos toca
arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y Su Majestad había hecho
proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta. A esto respondió don
Quijote:
-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su Majestad la
hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:
-¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te despeñas de
la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad!
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura, preguntó
a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía era bien se
hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de los muchos
advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
-El mío, señor rapador -dijo don Quijote-, no será impertinente, sino
perteneciente.
-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.
-Pues el mío -respondió don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sino el más
fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en pensamiento de
arbitrante alguno.
-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote -dijo el cura.
-No querría -dijo don Quijote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciese mañana
en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las gracias y el
premio de mi trabajo.
-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante de Dios, de
no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre terrenal,
juramento que aprendí del romance del cura que en el prefacio avisó al rey del
ladrón que le había robado las cien doblas y la su mula la andariega.
-No sé historias -dijo don Quijote-, pero sé que es bueno ese juramento, en fee
de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en este caso
no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don Quijote.
-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.
-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¿Hay más, sino mandar Su
Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado todos
los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen sino media
docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a destruir toda la
potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y vayan conmigo. ¿Por
ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de
docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran
hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas historias están llenas destas
maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que no quiero decir para otro, de
vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de los del inumerable linaje de
Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy viviera y con el Turco se afrontara, a
fee que no le arrendara la ganancia! Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará
alguno que, si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, a lo menos no
les será inferior en el ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señor volver
a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y cuan
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:
-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve
que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana de
contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él
comenzó desta manera:
-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna, pero,
aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco.
Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se dio a entender
que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al
arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase
sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya
cobrado el juicio perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su
hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta
la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó a un
capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que aquel
licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si le
pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el
capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que, puesto
que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba
con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras
discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole. Quiso hacerla el
capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora y más, y en todo
aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada; antes, habló tan
atentadamente, que el capellán fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y
entre otras cosas que el loco le dijo fue que el retor le tenía ojeriza, por no
perder los regalos que sus parientes le hacían porque dijese que aún estaba
loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia
tenía era su mucha hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y
dudaban de la merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en
hombre. Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se determinó a
llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de
aquel negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los vestidos
con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor que mirase lo
que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se estaba loco. No
sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y advertimientos del
retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor, viendo ser orden del
arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y,
como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por
caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compañeros los locos. El
capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos que en la casa había.
Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el
licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y
quieto, le dijo: "Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que
ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del poder
de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza en Él,
que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá a él si en
Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y cómalos en
todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que
todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros
llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento en los infortunios
apoca la salud y acarrea la muerte".
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra jaula,
frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja donde estaba
echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba
sano y cuerdo. El licenciado respondió: "Yo soy, hermano, el que me voy; que ya
no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los
cielos, que tan grande merced me han hecho". "Mirad lo que decís, licenciado,
no os engañe el diablo -replicó el loco-; sosegad el pie, y estaos quedito en
vuestra casa, y ahorraréis la vuelta". "Yo sé que estoy bueno -replicó el
licenciado-, y no habrá para qué tornar a andar estaciones". "¿Vos bueno? -
dijo el loco-: agora bien, ello dirá; andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter,
cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy
comete Sevilla, en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un
tal castigo en ella, que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos,
amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo,
soy Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a
este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su distrito y
contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el día y punto en que
ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo
loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover como pensar ahorcarme".
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos, pero
nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le
dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de lo que este
loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que soy Neptuno,
el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y
fuere menester''. A lo que respondió el capellán: ''Con todo eso, señor Neptuno,
no será bien enojar al señor Júpiter: vuestra merced se quede en su casa, que
otro día, cuando haya más comodidad y más espacio, volveremos por vuestra
merced''. Rióse el retor y los presentes, por cuya risa se medio corrió el
capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»
-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don Quijote-, que, por venir aquí
como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor rapista, y
cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible que vuestra
merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor
a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal
recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro
que nadie me tenga por discreto no lo siendo; sólo me fatigo por dar a entender
al mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde
campeaba la orden de la andante caballería. Pero no es merecedora la depravada
edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los
andantes caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y
pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los más de los
caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay
caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas
armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño,
como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que, saliendo deste
bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa
del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando en ella y en su orilla
un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón
se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le
suben al cielo y ya le bajan al abismo; y él, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas
distante del lugar donde se embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida,
le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces.
Mas agora, ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el
vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de
las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que el
famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de Inglaterra?; ¿quién
más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién más galán que Lisuarte de
Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador que don Belianís?; ¿quién más
intrépido que Perión de Gaula, o quién más acometedor de peligros que Felixmarte
de Hircania, o quién más sincero que Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don
Cirongilio de Tracia?; ¿quién más bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que
el rey Sobrino?; ¿quién más atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que
Roldán?; y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy
los duques de Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y
otros muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y ahorrara de
mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con esto, no quiero
quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si su Júpiter, como ha
dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que lloveré cuando se me antojare.
Digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo.
-En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto, y así
me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra merced
sentirse.
-Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera quedar
con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo que aquí el
señor don Quijote ha dicho.
-Para otras cosas más -respondió don Quijote- tiene licencia el señor cura; y
así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la conciencia
escrupulosa.
-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es que no
me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sido real y
verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino que todo es
ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres despiertos, o, por
mejor decir, medio dormidos.
-Ése es otro error -respondió don Quijote- en que han caído muchos, que no creen
que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces, con diversas
gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad este casi común
engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y otras sí,
sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es tan cierta, que
estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de Gaula, que era un hombre
alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y presto en deponer
la ira; y del modo que he delineado a Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y
descubrir todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe,
que, por la aprehensión que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y
por las hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por
buena filosofía sus faciones, sus colores y estaturas.
-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote –preguntó el
barbero-, debía de ser el gigante Morgante?
-En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, si los ha
habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo
en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel
filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de altura, que es una
desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se han hallado canillas y
espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus dueños,
y tan grandes como grandes torres; que la geometría saca esta verdad de duda.
Pero, con todo esto, no sabré decir con certidumbre qué tamaño tuviese Morgante,
aunque imagino que no debió de ser muy alto; y muéveme a ser deste parecer
hallar en la historia donde se hace mención particular de sus hazañas que muchas
veces dormía debajo de techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está
que no era desmesurada su grandeza.
-Así es -dijo el cura.
El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que qué
sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán, y de los
demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros andantes.
-De Reinaldos -respondió don Quijote- me atrevo a decir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y colérico en
demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o Rotolando, o
Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias, soy de parecer y
me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno
de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora; corto de
razones, pero muy comedido y bien criado.
-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó el cura-
, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y dejase por la
gala, brío y donaire que debía de tener el morillo barbiponiente a quien ella se
entregó; y anduvo discreta de adamar antes la blandura de Medoro que la aspereza
de Roldán.
-Esa Angélica -respondió don Quijote-, señor cura, fue una doncella destraída,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias
como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil valientes y mil
discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni nombre
que el que le pudo dar de agradecido la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no atreverse, o por no querer
cantar lo que a esta señora le sucedió después de su ruin entrego, que no
debieron ser cosas demasiadamente honestas, la dejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro, quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman vates,
que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después acá, un
famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta
castellano cantó su hermosura.
-Dígame, señor don Quijote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habido algún
poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre tantos como la
han alabado?
-Bien creo yo -respondió don Quijote- que si Sacripante o Roldán fueran poetas,
que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y natural de los
poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas –o fingidas, en efeto, de
aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus pensamientos-, vengarse con
sátiras y libelos (venganza, por cierto, indigna de pechos generosos), pero
hasta agora no ha llegado a mi noticia ningún verso infamatorio contra la señora
Angélica, que trujo revuelto el mundo.
-¡Milagro! -dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la
conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el barbero
eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza, que pugnaba por
entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta:
-¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que vos
sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por esos
andurriales.
A lo que Sancho respondió:
-Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos andurriales
soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras os engañáis en la
mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una
ínsula, que hasta agora la espero.
-Malas ínsulas te ahoguen -respondió la sobrina-, Sancho maldito. Y ¿qué son
ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?
-No es de comer -replicó Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.
-Con todo eso -dijo el ama-, no entraréis acá, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y dejaos de
pretender ínsulas ni ínsulos.
Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres; pero
don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún montón de
maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien a su crédito,
le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar. Entró Sancho, y el
cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya salud desesperaron,
viendo cuán puesto estaba en sus desvariados pensamientos, y cuán embebido en la
simplicidad de sus malandantes caballerías; y así, dijo el cura al barbero:
-Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra
vez a volar la ribera.
No pongo yo duda en eso -respondió el barbero-, pero no me maravillo tanto de la
locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan creído tiene
aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco cuantos desengaños
pueden imaginarse.
-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que para
esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que parece que
los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras del señor, sin
las necedades del criado, no valían un ardite.
-Así es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los dos.
-Yo seguro -respondió el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta después,
que no son de condición que dejarán de escucharlo.
En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando solos, le
dijo:
-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de
tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos, juntos
fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido
por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto es
lo que te llevo de ventaja.
-Eso estaba puesto en razón -respondió Sancho-, porque, según vuestra merced
dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus
escuderos.
-Engáñaste, Sancho -dijo don Quijote-; según aquello, quando caput dolet...,
etcétera.
-No entiendo otra lengua que la mía -respondió Sancho.
-Quiero decir -dijo don Quijote- que, cuando la cabeza duele, todos los miembros
duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres
mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de
doler, y a mí el tuyo.
-Así había de ser -dijo Sancho-, pero cuando a mí me manteaban como a miembro,
se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin
sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a dolerse del mal de
la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse dellos.
-¿Querrás tú decir agora, Sancho -respondió don Quijote-, que no me dolía yo
cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses; pues más
dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto
aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y
dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi
valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asumpto
que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?
Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos;
y esto me has de decir sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de
los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia,
sin que la adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero
que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades
serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que, de las que
ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho, para que
discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que
supieres de lo que te he preguntado.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, con condición que
vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en
cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a mi noticia.
-En ninguna manera me enojaré -respondió don Quijote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.
-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced por
grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que, no
conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y
se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un
trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los
hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que
dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.
-Eso -dijo don Quijote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las armas
que del tiempo.
-En lo que toca -prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y asumpto de
vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco, pero gracioso";
otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortés, pero impertinente"; y por
aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan
hueso sano.
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-: dondequiera que está la virtud en eminente
grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de
ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y
valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus
vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el
renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De
Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don
Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente
rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas
calumnias de buenos, bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has
dicho.
-¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! -replicó Sancho.
-Pues, ¿hay más? -preguntó don Quijote.
-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas y pan
pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las
caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga
todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de Bartolomé
Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a
dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra
merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me
mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea
del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de
espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada
de lo que quieren escribir.
-Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller
Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la
historia se llama Cide Hamete Berenjena!
-Ese nombre es de moro -respondió don Quijote.
-Así será -respondió Sancho-, porque por la mayor parte he oído decir que los
moros son amigos de berenjenas.
-Tú debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que
en arábigo quiere decir señor.
-Bien podría ser -replicó Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le haga
venir aquí, iré por él en volandas.
-Harásme mucho placer, amigo -dijo don Quijote-, que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.
-Pues yo voy por él -respondió Sancho.
Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de allí
a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.
Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho
Panza y el bachiller Sansón Carrasco
Pensativo además quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de quien
esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había dicho Sancho; y
no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún no estaba enjuta en
la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que había muerto, y ya
querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías. Con todo eso, imaginó
que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de encantamento las habrá dado a
la estampa: si amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las más señaladas
de caballero andante; si enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más
viles que de algún vil escudero se hubiesen escrito, puesto -decía entre sí- que
nunca hazañas de escuderos se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal
historia hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza había de ser
grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera.
Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era moro,
según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad alguna,
porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese
tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en menoscabo y perjuicio
de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado
su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado, menospreciando reinas,
emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo a raya los ímpetus de los
naturales movimientos; y así, envuelto y revuelto en estas y otras muchas
imaginaciones, le hallaron Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con
mucha cortesía.
Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy
gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta
veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales
todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo
mostró en viendo a don Quijote, poniéndose delante dél de rodillas, diciéndole:
-Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, por el
hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro
primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que
ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete
Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el
curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar
castellano, para universal entretenimiento de las gentes.
Hízole levantar don Quijote, y dijo:
-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el que la
compuso?
-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoy están
impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal,
Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está
imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni
lengua donde no se traduzga.
-Una de las cosas -dijo a esta sazón don Quijote- que más debe de dar contento a
un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las
lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre porque, siendo
al contrario, ninguna muerte se le igualará.
-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo vuestra
merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su
lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo la
gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los peligros, la
paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las desgracias como en
las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan platónicos de vuestra
merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.
-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oído llamar con don a mi señora
Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada
la historia.
-No es objeción de importancia ésa -respondió Carrasco.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; pero dígame vuestra merced, señor
bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?
-En eso -respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay diferentes
gustos: unos se atienen a la aventura de los
molinos de viento, que a vuestra
merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste, a la
descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de
carneros; aquél encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno
dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que
ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaíno.
-Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventura de
los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el
golfo?
-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lo dice y
todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.
-En la manta no hice yo cabriolas -respondió Sancho-; en el aire sí, y aun más
de las que yo quisiera.
-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo que
no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías, las cuales
nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.
-Con todo eso -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído la historia
que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los
infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote.
-Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.
-También pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las acciones
que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si
han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan
piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe
Homero.
-Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron, sino
como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.
-Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro -dijo Sancho-, a buen
seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque nunca a su
merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen a mí de todo el
cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice el mismo señor mío, del
dolor de la cabeza han de participar los miembros.
-Socarrón sois, Sancho -respondió don Quijote-. A fee que no os falta memoria
cuando vos queréis tenerla.
-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado –dijo Sancho-,
no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las costillas.
-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrumpáis al señor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida
historia.
-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.
-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.
-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso, y no
acabaremos en toda la vida.
-Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller-, si no sois vos la segunda
persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablar a vos que al
más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga que anduvistes
demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el gobierno de aquella
ínsula, ofrecida por el señor don Quijote, que está presente.
-Aún hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras más fuere entrando en
edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará más idóneo y más hábil
para ser gobernador que no está agora.
-Por Dios, señor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los años que
tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en que la dicha
ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre para
gobernarla.
-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se hará bien, y quizá
mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad
de Dios.
-Así es verdad -dijo Sansón-, que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho mil
islas que gobernar, cuanto más una.
-Gobernador he visto por ahí -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a la
suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con plata.
-Ésos no son gobernadores de ínsulas -replicó Sansón-, sino de otros gobiernos
más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de saber
gramática.
-Con la grama bien me avendría yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me tiro ni
me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en las manos de
Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo, señor bachiller
Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el autor de la historia
haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosas que de mí se cuentan; que
a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de
cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír los sordos.
-Eso fuera hacer milagros -respondió Sansón.
-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cómo habla o cómo escribe
de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene al magín.
-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que su
autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por mala ni
por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la
historia de su merced del señor don Quijote.
-Yo apostaré -replicó Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.
-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia,
sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún discurso, se puso a
escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al
cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo que saliere''. Tal vez pintaba
un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras
góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo". Y así debe de ser de mi
historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.
-Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar
en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y
los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida
de todo género de gentes, que, apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen:
"allí va Rocinante". Y los que más se han dado a su letura son los pajes: no hay
antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman si otros le
dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del
más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto,
porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que católico.
-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades, sino
mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados,
como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor a valerse de
novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los míos: sin duda se
debió de atener al refrán: "De paja y de heno...", etcétera. Pues en verdad que
en sólo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos
deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande que el
que pueden hacer todas las obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor
bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que
sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y
escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia
es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es
simple. La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde
está la verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay
algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.
-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.
-No hay duda en eso -replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los
que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en
dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.
-La causa deso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran despacio,
fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama
del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas,
los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos
que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos
ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.
-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos teólogos hay que no
son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o sobras de
los que predican.
-Todo eso es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que los
tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse
a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si aliquando
bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz
de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a
ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura
del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone
el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal,
que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.
-El que de mí trata -dijo don Quijote-, a pocos habrá contentado.
-Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos son
los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y dolo en la
memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el
rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se infiere de lo escrito que se
le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mesmo jumento, sin
haber parecido. También dicen que se le olvidó poner lo que Sancho hizo de
aquellos cien escudos que halló en la maleta en Sierra Morena, que nunca más los
nombra, y hay muchos que desean saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que
es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra.
Sancho respondió:
-Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de lo añejo,
me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo me aguarda; en
acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestra merced y a todo el
mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida del jumento como del
gasto de los cien escudos.
Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.
Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él. Tuvo
el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par de pichones,
tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco, acabóse el
banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la plática pasada.
Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse
Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento, dijo:
-A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se
me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo de la
Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la aventura sin
ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi señor y
yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor arrimado a su lanza, y yo
sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a
dormir como si fuera sobre cuatro colchones de pluma; especialmente yo dormí con
tan pesado sueño, que quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y suspenderme
sobre cuatro estacas que puso a los cuatro lados de la albarda, de manera que me
dejó a caballo sobre ella, y me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo
sintiese.
-Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención le
sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado Brunelo.
-Amaneció -prosiguió Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando, faltando
las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el jumento, y no le
vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una lamentación, que si no la puso
el autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo
de no sé cuántos días, viniendo con la señora princesa Micomicona, conocí mi
asno, y que venía sobre él en hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel
embustero y grandísimo maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.
-No está en eso el yerro -replicó Sansón-, sino en que, antes de haber parecido
el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo rucio.
-A eso -dijo Sancho-, no sé qué responder, sino que el historiador se engañó, o
ya sería descuido del impresor.
-Así es, sin duda -dijo Sansón-; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;
¿deshiciéronse?
Respondió Sancho:
-Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y ellos
han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he
andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo de tanto tiempo,
volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura me esperaba; y si
hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al mismo rey en presona, y
nadie tiene para qué meterse en si truje o no truje, si gasté o no gasté; que si
los palos que me dieron en estos viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque no
se tasaran sino a cuatro maravedís cada uno, en otros cien escudos no había para
pagarme la mitad; y cada uno meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo
blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun
peor muchas veces.
-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si otra
vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que será
realzarla un buen coto más de lo que ella se está.
-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó don
Quijote.
-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de la importancia de
las ya referidas.
-Y por ventura -dijo don Quijote-, ¿promete el autor segunda parte?
-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la
tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque algunos
dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las cosas de don
Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber segunda parte; aunque
algunos que son más joviales que saturninos dicen: "Vengan más quijotadas:
embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos
contentamos".
-Y ¿a qué se atiene el autor?
-A que -respondió Sansón-, en hallando que halle la historia, que él va buscando
con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa, llevado más del
interés que de darla se le sigue que de otra alabanza alguna.
A lo que dijo Sancho:
-¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no
hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se
hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren. Atienda ese señor
moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no
sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que
nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos el pie al herrar, y verá del que
cosqueamos. Lo que yo sé decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos
de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es
uso y costumbre de los buenos andantes caballeros.
No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos
relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por felicísimo
agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida; y,
declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su
jornada; el cual le respondió que era su parecer que fuese al reino de Aragón y
a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos días, se habían de hacer unas
solenísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama
sobre todos los caballeros aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del
mundo. Alabóle ser honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que
anduviese más atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era
suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y
socorriese en sus desventuras.
-Deso es lo que yo reniego, señor Sansón -dijo a este punto Sancho-, que así
acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media docena
de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay de acometer y
tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, y cierra, España!" Y más,
que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los estremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía; y si esto
es así, no quiero que huya sin tener para qué, ni que acometa cuando la demasía
pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi señor que si me ha de llevar
consigo, ha de ser con condición que él se lo ha de batallar todo, y que yo no
he de estar obligado a otra cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a
su limpieza y a su regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada, aunque sea contra villanos
malandrines de hacha y capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no
pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás
sirvió a caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y
buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced dice
que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no me la
diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de Dios; y
más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernado que siendo
gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene aparejada el
diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas? Sancho
nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de buenas a buenas, sin
mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el cielo alguna ínsula, o otra
cosa semejante, no soy tan necio que la desechase; que también se dice: "Cuando
te dieren la vaquilla, corre con la soguilla"; y "Cuando viene el bien, mételo
en tu casa".
-Vos, hermano Sancho -dijo Carrasco-, habéis hablado como un catedrático; pero,
con todo eso, confiad en Dios y en el señor don Quijote, que os ha de dar un
reino, no que una ínsula.
-Tanto es lo de más como lo de menos -respondió Sancho-; aunque sé decir al
señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto, que yo
he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir reinos y gobernar
ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.
-Mirad, Sancho -dijo Sansón-, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser
que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.
-Eso allá se ha de entender -respondió Sancho- con los que nacieron en las
malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de
cristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, que
sabrá usar de desagradecimiento con alguno!
-Dios lo haga -dijo don Quijote-, y ello dirá cuando el gobierno venga; que ya
me parece que le trayo entre los ojos.
Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle
unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea
del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada verso había de poner
una letra de su nombre, de manera que al fin de los versos, juntando las
primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.
El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas que había
en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría de componer
los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su composición, a
causa que las letras que contenían el nombre eran diez y siete; y que si hacía
cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una letra; y si de a cinco, a
quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres letras; pero, con todo eso,
procuraría embeber una letra lo mejor que pudiese, de manera que en las cuatro
castellanas se incluyese el nombre de Dulcinea del Toboso.
-Ha de ser así en todo caso -dijo don Quijote-; que si allí no va el nombre
patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron los
metros.
Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó don
Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese
Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y valerosa
determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió, encargando a don
Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le avisase, habiendo comodidad;
y así, se despidieron, y Sancho fue a poner en orden lo necesario para su
jornada.
Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y
su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación
(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que
le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que
se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene
por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por
cumplir con lo que a su oficio debía; y así, prosiguió diciendo:)
Llegó Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoció su alegría
a tiro de ballesta; tanto, que la obligó a preguntarle:
-¿Qué traés, Sancho amigo, que tan alegre venís?
A lo que él respondió:
-Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento como
muestro.
-No os entiendo, marido -replicó ella-, y no sé qué queréis decir en eso de que
os holgáredes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer tonta, no sé
yo quién recibe gusto de no tenerle.
-Mirad, Teresa -respondió Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado de
volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera salir a
buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere así mi
necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré hallar
otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el haberme de
apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y
en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía hacer a
poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría fuera más firme y
valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; así
que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.
-Mirad, Sancho -replicó Teresa-: después que os hicistes miembro de caballero
andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.
-Basta que me entienda Dios, mujer -respondió Sancho-, que Él es el entendedor
de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana, que os conviene
tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que esté para armas tomar:
dobladle los piensos, requerid la albarda y las demás jarcias, porque no vamos a
bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con
endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun
todo esto fuera flores de cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y
con moros encantados.
-Bien creo yo, marido -replicó Teresa-, que los escuderos andantes no comen el
pan de balde; y así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de tanta
mala ventura.
-Yo os digo, mujer -respondió Sancho-, que si no pensase antes de mucho tiempo
verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.
-Eso no, marido mío -dijo Teresa-: viva la gallina, aunque sea con su pepita;
vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno
salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora, y
sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido.
Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y
de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la
hambre; y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad,
Sancho: si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de
vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón
que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la
Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la
casamos; que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien
abarraganada.
-A buena fe -respondió Sancho- que si Dios me llega a tener algo qué de
gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no la
alcancen sino con llamarla señora.
-Eso no, Sancho -respondió Teresa-: casadla con su igual, que es lo más
acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda de
catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una doña
tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil
faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.
-Calla, boba -dijo Sancho-, que todo será usarlo dos o tres años; que después le
vendrá el señorío y la gravedad como de molde; y cuando no, ¿qué importa? Séase
ella señoría, y venga lo que viniere.
-Medíos, Sancho, con vuestro estado -respondió Teresa-; no os queráis alzar a
mayores, y advertid al refrán que dice: "Al hijo de tu vecino, límpiale las
narices y métele en tu casa". ¡Por cierto, que sería gentil cosa casar a nuestra
María con un condazo, o con caballerote que, cuando se le antojase, la pusiese
como nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la
pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso, por cierto, he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo; que ahí está
Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos, y sé
que no mira de mal ojo a la mochacha; y con éste, que es nuestro igual, estará
bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos,
padres y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre
todos nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios
grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.
-Ven acá, bestia y mujer de Barrabás -replicó Sancho-: ¿por qué quieres tú
ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me dé
nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa: siempre he oído decir a mis mayores
que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si
se le pasa. Y no sería bien que ahora, que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dejémonos llevar deste viento favorable que nos sopla.
(Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el tradutor
desta historia que tenía por apócrifo este capítulo.)
-¿No te parece, animalia -prosiguió Sancho-, que será bien dar con mi cuerpo en
algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y cásese a Mari Sancha
con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña Teresa Panza, y te
sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y despecho
de las hidalgas del pueblo. ¡No, sino estaos siempre en un ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento! Y en esto no hablemos más, que Sanchica ha de
ser condesa, aunque tú más me digas.
-¿Veis cuanto decís, marido? -respondió Teresa-. Pues, con todo eso, temo que
este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que quisiéredes,
ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será ello con voluntad
ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo
ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y
escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo
se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a
buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren
leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que
pese tanto que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren
andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ''¡Mirad qué
entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y
iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya
hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos''. Si
Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar
ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y
entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni yo, por el siglo de mi madre, que no
nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna
quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con
vuestro don Quijote a vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras
malas venturas, que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por
cierto, quién le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.
-Ahora digo -replicó Sancho- que tienes algún familiar en ese cuerpo. ¡Válate
Dios, la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin tener pies ni
cabeza! ¿Qué tiene que ver el Cascajo, los broches, los refranes y el entono con
lo que yo digo? Ven acá, mentecata e ignorante (que así te puedo llamar, pues no
entiendes mis razones y vas huyendo de la dicha): si yo dijera que mi hija se
arrojara de una torre abajo, o que se fuera por esos mundos, como se quiso ir la
infanta doña Urraca, tenías razón de no venir con mi gusto; pero si en dos
paletas, y en menos de un abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una
señoría a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en
peana, y en un estrado de más almohadas de velludo que tuvieron moros en su
linaje los Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?
-¿Sabéis por qué, marido? -respondió Teresa-; por el refrán que dice: "¡Quien te
cubre, te descubre!" Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el
rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y
el maldecir, y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas
calles a montones, como enjambres de abejas.
-Mira, Teresa -respondió Sancho-, y escucha lo que agora quiero decirte; quizá
no lo habrás oído en todos los días de tu vida, y yo agora no hablo de mío; que
todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador que la Cuaresma
pasada predicó en este pueblo, el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas las
cosas presentes que los ojos están mirando se presentan, están y asisten en
nuestra memoria mucho mejor y con más vehemencia que las cosas pasadas.
(Todas estas razones que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien dice
el tradutor que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad de
Sancho. El cual prosiguió diciendo:)
-De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos
vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y
convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel instante nos
represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la cual inominia, ahora
sea de pobreza o de linaje, como ya pasó, no es, y sólo es lo que vemos
presente. Y si éste a quien la fortuna sacó del borrador de su bajeza (que por
estas mesmas razones lo dijo el padre) a la alteza de su prosperidad, fuere bien
criado, liberal y cortés con todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos que
por antigüedad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde
de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de
quien ninguna próspera fortuna está segura.
-Yo no os entiendo, marido -replicó Teresa-: haced lo que quisiéredes, y no me
quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en
hacer lo que decís...
-Resuelto has de decir, mujer -dijo Sancho-, y no revuelto.
-No os pongáis a disputar, marido, conmigo -respondió Teresa-. Yo hablo como
Dios es servido, y no me meto en más dibujos; y digo que si estáis porfiando en
tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde agora
le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los hijos hereden y aprendan los
oficios de sus padres.
-En teniendo gobierno -dijo Sancho-, enviaré por él por la posta, y te enviaré
dineros, que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a los
gobernadores cuando no los tienen; y vístele de modo que disimule lo que es y
parezca lo que ha de ser.
-Enviad vos dinero -dijo Teresa-, que yo os lo vistiré como un palmito.
-En efecto, quedamos de acuerdo -dijo Sancho- de que ha de ser condesa nuestra
hija.
-El día que yo la viere condesa -respondió Teresa-, ése haré cuenta que la
entierro, pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta
carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos
porros.
Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a
Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que, ya que la hubiese de hacer condesa,
la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y
Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su partida.
Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y es
uno de los importantes capítulos de toda la historia
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente
referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote, que por
mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse la vez
tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante caballería:
procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal pensamiento, pero
todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con todo esto, entre otras
muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:
-En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está
quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima
en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo
desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.
A lo que respondió don Quijote:
-Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de responder
Su Majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me escusara de responder a
tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le dan; que uno de los
mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados
a escuchar a todos y a responder a todos; y así, no querría yo que cosas mías le
diesen pesadumbre.
A lo que dijo el ama:
-Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?
-Sí -respondió don Quijote-, y muchos; y es razón que los haya, para adorno de
la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.
-Pues, ¿no sería vuesa merced -replicó ella- uno de los que a pie quedo
sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?
-Mira, amiga -respondió don Quijote-: no todos los caballeros pueden ser
cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de
todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos caballeros, va mucha
diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus
aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando
un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero
nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las
inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la
tierra con nuestros mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados,
sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin
mirar en niñerías, ni en las leyes de los desafíos; si lleva, o no lleva, más
corta la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias, o algún engaño
encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras
ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona a
persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de saber más: que el buen caballero
andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo tocan, sino pasan
las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que
los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada ojo como una
gran rueda de molino y más ardiendo que un horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna; antes con gentil continente y con intrépido corazón
los ha de acometer y embestir, y, si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en
un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto
pescado que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de
espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con
puntas asimismo de acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he
dicho, ama mía, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y
sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por
mejor decir, primera especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus
historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un reino,
sino de muchos.
-¡Ah, señor mío! -dijo a esta sazón la sobrina-; advierta vuestra merced que
todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus
historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de
las buenas costumbres.
-Por el Dios que me sustenta -dijo don Quijote-, que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo
en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo. ¿Cómo que
es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se
atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes?
¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a buen seguro que él te
perdonara, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo, y, demás,
grande amparador de las doncellas; mas, tal te pudiera haber oído que no te
fuera bien dello, que no todos son corteses ni bien mirados: algunos hay
follones y descomedidos. Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en
todo: que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero
no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que
revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta
mueren por parecer hombres bajos; aquéllos se llevantan o con la ambición o con
la virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de
caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones.
-¡Válame Dios! -dijo la sobrina-. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor tío,
que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e irse a
predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera tan grande y
en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo,
que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad
agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo; porque, aunque lo
puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!
-Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices -respondió don Quijote-, y cosas
te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por no mezclar
lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro suertes de
linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que
son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se fueron estendiendo y
dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron principios
grandes, y los fueron conservando y los conservan y mantienen en el ser que
comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta,
como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en
nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su basa o asiento no
es nada; otros hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno ni
razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente
plebeya y ordinaria. De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron
a la grandeza que agora conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de
un humilde y bajo pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos.
Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla,
serán ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,
sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados
pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de
ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma,
con toda la caterva, si es que se le puede dar este nombre, de infinitos
príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos
estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los
que les dieron principio, pues no será posible hallar agora ninguno de sus
decendientes, y si le hallásemos, sería en bajo y humilde estado. Del linaje
plebeyo no tengo qué decir, sino que sirve sólo de acrecentar el número de los
que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo
dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre
los linajes, y que solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en
la virtud, y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas
y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el
rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le
hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino
el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar
que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y
comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo,
caritativo; que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará
tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y
tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza
fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos
caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y
honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas
que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del
planeta Marte; así que, casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo
de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no
quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre
todo, mi voluntad desea. Pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que
son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se
alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino
del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la
virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en
la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que
Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.
-¡Ay, desdichada de mí -dijo la sobrina-, que también mi señor es poeta!.
Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que
supiera fabricar una casa como una jaula.
Yo te prometo, sobrina -respondió don Quijote-, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que
yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y
palillos de dientes.
A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quién llamaba, respondió
Sancho Panza que él era; y, apenas le hubo conocido el ama, cuando corrió a
esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina, salió a
recebirle con los brazos abiertos su señor don Quijote, y encerráronse los dos
en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no le hace ventaja el pasado.
Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos
famosísimos
Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en la
cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había de salir la
resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de congoja y
pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que, por
ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le podría persuadir a que dejase
tan desvariado propósito.
Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante sus
pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas
y sobresaltadas, le dijo:
-¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le quiere
arrancar el alma?
-No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!
-Y ¿por dónde se sale, señora? -preguntó Sansón-. ¿Hásele roto alguna parte de
su cuerpo?
-No se sale -respondió ella-, sino por la puerta de su locura. Quiero decir,
señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta será la
tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no puedo
entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado
sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido
y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que estaba encantado; y
venía tal el triste, que no le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo,
los ojos hundidos en los últimos camaranchones del celebro, que, para haberle de
volver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos, como lo sabe Dios y
todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejaran mentir.
-Eso creo yo muy bien -respondió el bachiller-; que ellas son tan buenas, tan
gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si reventasen. En
efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno, sino
el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?
-No, señor -respondió ella.
-Pues no tenga pena -respondió el bachiller-, sino váyase en hora buena a su
casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de camino, vaya
rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo iré luego allá, y
verá maravillas.
-¡Cuitada de mí! -replicó el ama-; ¿la oración de Santa Apolonia dice vuestra
merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha
sino de los cascos.
-Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo, pues
sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear -respondió
Carrasco.
Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a
comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones que
con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.
Dijo Sancho a su amo:
-Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced
adonde quisiere llevarme.
-Reducida has de decir, Sancho -dijo don Quijote-, que no relucida.
-Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado a
vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero
decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: "Sancho, o diablo, no te
entiendo"; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan
fócil...
-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé qué quiere decir
soy tan fócil.
-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- soy tan así.
-Menos te entiendo agora -replicó don Quijote.
-Pues si no me puede entender -respondió Sancho-, no sé cómo lo diga: no sé más,
y Dios sea conmigo.
-Ya, ya caigo -respondió don Quijote- en ello: tú quieres decir que eres tan
dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te
enseñare.
-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me caló y me entendió, sino
que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.
-Podrá ser -replicó don Quijote-. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?
-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma
que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no le
toma es loco.
-Y yo lo digo también -respondió don Quijote-. Decid, Sancho amigo; pasá
adelante, que habláis hoy de perlas.
-Es el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor sabe, todos estamos
sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el
cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de
vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, y, cuando llega
a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va depriesa y no la harán
detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni mitras, según es pública voz y
fama, y según nos lo dicen por esos púlpitos.
-Todo eso es verdad -dijo don Quijote-, pero no sé dónde vas a parar.
-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me señale salario conocido de lo
que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me
pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o
nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano, poco o
mucho que sea, que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un
mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. Verdad sea que si sucediese,
lo cual ni lo creo ni lo espero, que vuesa merced me diese la ínsula que me
tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que
no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se
descuente de mi salario gata por cantidad.
-Sancho amigo -respondió don Quijote-, a las veces, tan buena suele ser una gata
como una rata.
-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostaré que había de decir rata, y no gata; pero
no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.
-Y tan entendido -respondió don Quijote- que he penetrado lo último de tus
pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus
refranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y
mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar cada mes, o
cada año; pero yo he leído todas o las más de sus historias, y no me acuerdo
haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su
escudero. Sólo sé que todos servían a merced, y que, cuando menos se lo
pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban
premiados con una ínsula, o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban
con título y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis
de volver a servirme, sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus
términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo
escusado. Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra
Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced
conmigo, bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le
falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buena
esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera,
Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como
llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no queréis venir a
merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os
haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más obedientes, más solícitos,
y no tan empachados ni tan habladores como vos.
Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se le
cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él
por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y pensativo, entró
Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía a su
señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó Sansón, socarrón famoso, y,
abrazándole como la vez primera y con voz levantada, le dijo:
-¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh
honor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde más
largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento y
estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus deseos, ni
jamás se les cumpla lo que mal desearen.
Y, volviéndose al ama, le dijo:
-Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yo sé
que es determinación precisa de las esferas que el señor don Quijote vuelva a
ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi conciencia si
no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más tiempo encogida y
detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su ánimo valentísimo,
porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos, el amparo de los
huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de las viudas y el arrimo de las
casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
orden de la caballería andante. ¡Ea, señor don Quijote mío, hermoso y bravo,
antes hoy que mañana se ponga vuestra merced y su grandeza en camino; y si
alguna cosa faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con
mi persona y hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de
escudero, lo tendré a felicísima ventura!
A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:
-¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se ofrece
a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y
regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de su persona,
ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como del frío, así de la
hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser
escudero de un caballero andante. Pero no permita el cielo que, por seguir mi
gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las letras y el vaso de las ciencias, y
tronque la palma eminente de las buenas y liberales artes. Quédese el nuevo
Sansón en su patria, y, honrándola, honre juntamente las canas de sus ancianos
padres; que yo con cualquier escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna
de venir conmigo.
-Sí digno -respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y
prosiguió-: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía deshecha;
sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe todo el mundo,
y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien yo deciendo, y más,
que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y por más buenas palabras,
el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced; y si me he puesto en
cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha sido por complacer a mi
mujer; la cual, cuando toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo que tanto
apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere;
pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy
hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa,
pese a quien pesare; y así, no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene
su testamento con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos
luego en camino, porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su
conciencia le lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese
mundo; y yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan
bien y mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los
pasados y presentes tiempos.
Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho Panza;
que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca creyó que era
tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahora testamento y
codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y codicilo que no se
pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, y confirmólo por uno de los
más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo entre sí que tales dos locos
como amo y mozo no se habrían visto en el mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo, se ordenó que de
allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría lugar de aderezar lo
necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras
dijo don Quijote que la había de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no se
la negaría un amigo suyo que la tenía, puesto que estaba más escura por el orín
y el moho que clara y limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no tuvieron
cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo de las
endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su
señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra vez saliese, fue
hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del
barbero, con quien él antes lo había comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de lo
que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don
Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese, sino el
bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino
del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su antiguo
rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica, y la bolsa de
dineros que le dio don Quijote para lo que se ofreciese. Abrazóle Sansón, y
suplicóle le avisase de su buena o mala suerte, para alegrarse con ésta o
entristecerse con aquélla, como las leyes de su amistad pedían. Prometióselo don
Quijote, dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad
del Toboso.
Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su
señora Dulcinea del Toboso
"¡Bendito sea el poderoso Alá! -dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo
capítulo-. ¡Bendito sea Alá!", repite tres veces; y dice que da estas
bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho, y que los
letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este punto
comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su escudero; persuádeles
que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan los
ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso
comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y no es mucho lo
que pide para tanto como él promete; y así prosigue diciendo:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón, cuando
comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de entrambos, caballero
y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero; aunque, si se ha
de contar la verdad, más fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los
relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar
y ponerse encima de la de su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria
que él se sabía, puesto que la historia no lo declara; sólo le oyeron decir que,
cuando tropezaba o caía, se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar
o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y,
aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote:
-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad de
la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo
determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la
bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual licencia pienso y
tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque
ninguna cosa desta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse
favorecidos de sus damas.
-Yo así lo creo -respondió Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestra
merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recebir
su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la
vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las nuevas de las
sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el corazón de Sierra
Morena.
-¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho -dijo don Quijote-, adonde o
por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y hermosura? No
debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o como las llaman, de ricos
y reales palacios.
-Todo pudo ser -respondió Sancho-, pero a mí bardas me parecieron, si no es que
soy falto de memoria.
-Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don Quijote-, que como yo la vea, eso
se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de
jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos
alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que quede único y
sin igual en la discreción y en la valentía.
-Pues en verdad, señor -respondió Sancho-, que cuando yo vi ese sol de la señora
Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos
algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que
dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le
escureció.
-¡Que todavía das, Sancho -dijo don Quijote-, en decir, en pensar, en creer y en
porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y
ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y
entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal se te
acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las
labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del
Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde
aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de
oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi
señora cuando tú la viste; sino que la envidia que algún mal encantador debe de
tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en
diferentes figuras que ellas tienen; y así, temo que, en aquella historia que
dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún
sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad
mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la
continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite
consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias.
-Eso es lo que yo digo también -respondió Sancho-, y pienso que en esa leyenda o
historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había visto debe de
andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote, aquí y allí,
barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ningún
encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado; bien es verdad que
soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos asomos de bellaco, pero todo lo
cubre y tapa la gran capa de la simpleza mía, siempre natural y nunca
artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo,
firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa
Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos,
debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus
escritos. Pero digan lo que quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; aunque, por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano
en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.
-Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedió a un famoso poeta
destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las
damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo
era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de las demás, se quejó al
poeta, diciéndole que qué había visto en ella para no ponerla en el número de
las otras, y que alargase la sátira, y la pusiese en el ensanche; si no, que
mirase para lo que había nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no digan
dueñas, y ella quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame. También
viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo
famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque
quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le
nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato.
También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con un
caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que
en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor
vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha
quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama
de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores: él es de hechura de una
media naranja, grandísimo en estremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que
está en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con él y
a su lado un caballero romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella
gran máquina y memorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya,
dijo al emperador: "Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con
vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí fama
eterna en el mundo". "Yo os agradezco -respondió el emperador- el no haber
puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré yo en
ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os mando que jamás
me habléis, ni estéis donde yo estuviere". Y, tras estas palabras, le hizo una
gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en
gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de
todas armas, en la profundidad del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a
Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que
apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se
le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos,
¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles
guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes
y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen,
puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de
atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones
etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable
siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con
el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras
no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana, que
profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la
generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del
ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar
que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas
las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre
cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se
alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.
-Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho -dijo Sancho- lo he entendido
muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me sorbiese una duda
que agora en este punto me ha venido a la memoria.
-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don Quijote-. Di en buen hora, que yo
responderé lo que supiere.
-Dígame, señor -prosiguió Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esos
caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?
-Los gentiles -respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los
cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el cielo.
-Está bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los
cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están
adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de
piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?
A lo que respondió don Quijote:
-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos: las
cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de
desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San Pedro; al
emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena
aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Santángel en
Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo
por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni
otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas ni con otras
ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
-A eso voy -replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un
muerto, o matar a un gigante?
-La respuesta está en la mano -respondió don Quijote-: más es resucitar a un
muerto.
-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, da vista
a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus
sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de
rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo,
que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes
ha habido en el mundo.
-También confieso esa verdad -respondió don Quijote.
-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto -
respondió Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que, con
aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la
devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos o sus
reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos,
adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares...
-¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo don Quijote.
-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de
ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron
dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban
sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más
veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey,
nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde
frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; mas
alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a
gigantes, ora a vestiglos o a endrigos.
-Todo eso es así -respondió don Quijote-, pero no todos podemos ser frailes, y
muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la
caballería; caballeros santos hay en la gloria.
-Sí -respondió Sancho-, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo
que caballeros andantes.
-Eso es -respondió don Quijote- porque es mayor el número de los religiosos que
el de los caballeros.
-Muchos son los andantes -dijo Sancho.
-Muchos -respondió don Quijote-, pero pocos los que merecen nombre de
caballeros.
En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día
siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a
don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del
Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le
entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la
había visto, como no la había visto su señor; de modo que el uno por verla, y el
otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qué había
de hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote
entrar en la ciudad entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se
quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas
llegan.
Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá
Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron
el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio,
porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele
decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo
escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban
el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba un jumento, gruñían
puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el
silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero;
pero, con todo esto, dijo a Sancho:
-Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemos
despierta.
-¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol -respondió Sancho-, que en el que
yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?
-Debía de estar retirada, entonces -respondió don Quijote-, en algún pequeño
apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y
costumbre de las altas señoras y princesas.
-Señor -dijo Sancho-, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar
la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallar la puerta
abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran,
metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan, y llaman, y
entran a cualquier hora, por tarde que sea?
-Hallemos primero una por una el alcázar -replicó don Quijote-, que entonces yo
te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte, Sancho, que yo veo
poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de
hacer el palacio de Dulcinea.
-Pues guíe vuestra merced -respondió Sancho-: quizá será así; aunque yo lo veré
con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es
ahora de día.
Guió don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que
hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no
era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
-Con la iglesia hemos dado, Sancho.
-Ya lo veo -respondió Sancho-; y plega a Dios que no demos con nuestra
sepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más,
habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta
señora ha de estar en una callejuela sin salida.
-¡Maldito seas de Dios, mentecato! -dijo don Quijote-. ¿Adónde has tú hallado
que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?
-Señor -respondió Sancho-, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el Toboso
edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así, suplico a
vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen:
podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que le vea yo comido de
perros, que así nos trae corridos y asendereados.
-Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora -dijo don Quijote-, y
tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.
-Yo me reportaré -respondió Sancho-; pero, ¿con qué paciencia podré llevar que
quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra ama, la haya
de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándola vuestra merced, que la
debe de haber visto millares de veces?
-Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven acá, hereje: ¿no te he
dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par
Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy
enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?
-Ahora lo oigo -respondió Sancho-; y digo que, pues vuestra merced no la ha
visto, ni yo tampoco...
-Eso no puede ser -replicó don Quijote-; que, por lo menos, ya me has dicho tú
que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la carta que le
envié contigo.
-No se atenga a eso, señor -respondió Sancho-, porque le hago saber que también
fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque, así sé yo quién es la
señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.
-Sancho, Sancho -respondió don Quijote-, tiempos hay de burlar, y tiempos donde
caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a la
señora de mi alma has tú de decir también que ni la has hablado ni visto, siendo
tan al revés como sabes.
Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban
uno con dos mulas, que, por el ruido que hacía el arado, que arrastraba por el
suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a
ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance
que dicen:
Mala la hubistes, franceses,
en esa de Roncesvalles.
-Que me maten, Sancho -dijo, en oyéndole, don Quijote-, si nos ha de suceder
cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?
-Sí oigo -respondió Sancho-; pero, ¿qué hace a nuestro propósito la caza de
Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para
sucedernos bien o mal en nuestro negocio.
Llegó, en esto, el labrador, a quien don Quijote preguntó:
-¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí
los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?
-Señor -respondió el mozo-, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este
pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa
frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos, o cualquier dellos,
sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de
todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en todo él no vive
princesa alguna; muchas señoras, sí, principales, que cada una en su casa puede
ser princesa.
-Pues entre ésas -dijo don Quijote- debe de estar, amigo, ésta por quien te
pregunto.
-Podría ser -respondió el mozo-; y adiós, que ya viene el alba.
Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso a su
señor y asaz mal contento, le dijo:
-Señor, ya se viene a más andar el día, y no será acertado dejar que nos halle
el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, y que
vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de día,
y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alcázar o palacio
de mi señora, y asaz sería de desdichado si no le hallase; y, hallándole,
hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo queda vuestra merced esperando que
le dé orden y traza para verla, sin menoscabo de su honra y fama.
-Has dicho, Sancho -dijo don Quijote-, mil sentencias encerradas en el círculo
de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de
bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, que tú volverás,
como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuya discreción y cortesía
espero más que milagrosos favores.
Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira de
la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra Morena; y así,
dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una
floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó en tanto que Sancho volvía a la
ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva
atención y nuevo crédito.
Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la
señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo cuenta,
dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído,
porque las locuras de don Quijote llegaron aquí al término y raya de las mayores
que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros de ballesta más allá de las
mayores. Finalmente, aunque con este miedo y recelo, las escribió de la misma
manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la
verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso. Y
tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la
mentira como el aceite sobre el agua.
Y así, prosiguiendo su historia, dice que, así como don Quijote se emboscó en la
floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver a la
ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de su parte a
su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero, y se
dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperar por ella felicísimos
sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas. Encargóse Sancho de
hacerlo así como se le mandaba, y de traerle tan buena respuesta como le trujo
la vez primera.
-Anda, hijo -replicó don Quijote-, y no te turbes cuando te vieres ante la luz
del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del
mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el
tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi
nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico
de su autoridad; y si está en pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora
sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si
la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello
para componerle, aunque no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus
acciones y movimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré
yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al
fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre
los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus
amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en
lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía, y
vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga
soledad en que me dejas.
-Yo iré y volveré presto -dijo Sancho-; y ensanche vuestra merced, señor mío,
ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana, y
considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que
donde no hay tocinos, no hay estacas; y también se dice: donde no piensa, salta
la liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de
mi señora, agora que es de día los pienso hallar, cuando menos los piense, y
hallados, déjenme a mí con ella.
-Por cierto, Sancho -dijo don Quijote-, que siempre traes tus refranes tan a
pelo de lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.
Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don Quijote se quedó
a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno
de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho
Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor que él quedaba; y
tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo
que don Quijote no parecía, se apeó del jumento, y, sentándose al pie de un
árbol, comenzó a hablar consigo mesmo y a decirse:
-Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún
jumento que se le haya perdido? "No, por cierto". Pues, ¿qué va a buscar?
"Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la
hermosura y a todo el cielo junto". Y ¿adónde pensáis hallar eso que decís,
Sancho? "¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso". Y bien: ¿y de parte de quién
la vais a buscar? ''De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que
desface los tuertos, y da de comer al que ha sed, y de beber al que ha hambre''.
Todo eso está muy bien. Y ¿sabéis su casa, Sancho? ''Mi amo dice que han de ser
unos reales palacios o unos soberbios alcázares''. Y ¿habéisla visto algún día
por ventura? ''Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás''. Y ¿paréceos que fuera
acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con
intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas,
viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano?
''En verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, y
que mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, non''. No os fiéis en eso, Sancho,
porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y no consiente cosquillas
de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura. ''¡Oxte, puto!
¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto
ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por
Rávena, o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mí en
esto, que otro no!''
Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a decirse:
-Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de cuyo
yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo,
por mil señales, he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo
en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero
el refrán que dice: "Dime con quién andas, decirte he quién eres", y el otro de
"No con quien naces, sino con quien paces". Siendo, pues, loco, como lo es, y de
locura que las más veces toma unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro
y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los
molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de
carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy
difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es
la señora Dulcinea; y, cuando él no lo crea, juraré yo; y si él jurare, tornaré
yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la
mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quizá con esta porfía acabaré
con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo cuán mal recado
le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de
estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura por hacerle mal y
daño.
Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien
acabado su negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a que don
Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; y sucedióle
todo tan bien que, cuando se levantó para subir en el rucio, vio que del Toboso
hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres pollinos, o pollinas,
que el autor no lo declara, aunque más se puede creer que eran borricas, por ser
ordinaria caballería de las aldeanas; pero, como no va mucho en esto, no hay
para qué detenernos en averiguarlo. En resolución: así como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su señor don Quijote, y hallóle
suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don Quijote le vio, le
dijo:
-¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o con negra?
-Mejor será -respondió Sancho- que vuesa merced le señale con almagre, como
rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.
-De ese modo -replicó don Quijote-, buenas nuevas traes.
-Tan buenas -respondió Sancho-, que no tiene más que hacer vuesa merced sino
picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea del Toboso, que
con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.
-¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? -dijo don Quijote-. Mira no me
engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas.
-¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced -respondió Sancho-, y más estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá venir a la princesa,
nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Sus doncellas y
ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas son diamantes,
todas rubíes, todas telas de brocado de más de diez altos; los cabellos, sueltos
por las espaldas, que son otros tantos rayos del sol que andan jugando con el
viento; y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres cananeas remendadas, que no
hay más que ver.
-Hacaneas querrás decir, Sancho.
-Poca diferencia hay -respondió Sancho- de cananeas a hacaneas; pero, vengan
sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se puedan
desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma los sentidos.
-Vamos, Sancho hijo -respondió don Quijote-; y, en albricias destas no esperadas
como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura
que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieren
las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de
nuestro pueblo.
-A las crías me atengo -respondió Sancho-, porque de ser buenos los despojos de
la primera aventura no está muy cierto.
Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas.
Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a
las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las había dejado fuera
de la ciudad.
-¿Cómo fuera de la ciudad? -respondió-. ¿Por ventura tiene vuesa merced los ojos
en el colodrillo, que no vee que son éstas, las que aquí vienen,
resplandecientes como el mismo sol a mediodía?
-Yo no veo, Sancho -dijo don Quijote-, sino a tres labradoras sobre tres
borricos.
-¡Agora me libre Dios del diablo! -respondió Sancho-. Y ¿es posible que tres
hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le parezcan a
vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal fuese
verdad!
-Pues yo te digo, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que es tan verdad que son
borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a
mí tales me parecen.
-Calle, señor -dijo Sancho-, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos,
y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.
Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas; y, apeándose del
rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y, hincando
ambas rodillas en el suelo, dijo:
-Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea
servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero vuestro, que
allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de verse ante vuestra
magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el asendereado
caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la
Triste Figura.
A esta sazón, ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba
con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y,
como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque
era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los
labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres
tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su
compañera; pero, rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohína,
dijo:
-Apártense nora en tal del camino, y déjenmos pasar, que vamos de priesa.
A lo que respondió Sancho:
-¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimo corazón no
se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y
sustento de la andante caballería?
Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:
-Mas, ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad con qué se vienen los
señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar
pullas como ellos! Vayan su camino, e déjenmos hacer el nueso, y serles ha sano.
-Levántate, Sancho -dijo a este punto don Quijote-, que ya veo que la Fortuna,
de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún
contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del
valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste
afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha
puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha
mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora
pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para
hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente,
echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura
hago, la humildad con que mi alma te adora.
-¡Tomá que mi agüelo! -respondió la aldeana-. ¡Amiguita soy yo de oír
resquebrajos! Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.
Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo.
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando,
picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el
prado adelante. Y, como la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba
más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, de manera que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote, acudió a levantarla, y Sancho
a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga de la pollina.
Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don Quijote levantar a su encantada
señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una
corridica, y, puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su
cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como
si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:
-¡Vive Roque, que es la señora nuestra ama más ligera que un acotán, y que puede
enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mejicano! El arzón trasero
de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una
cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren como el viento.
Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras
ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de
media legua. Siguiólas don Quijote con la vista, y, cuando vio que no parecían,
volviéndose a Sancho, le dijo:
-Sancho, ¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde
se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar
del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nací
para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y
asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has también de advertir, Sancho, que
no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea,
sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la
de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y
entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegé a subir a Dulcinea
sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de
ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.
-¡Oh canalla! -gritó a esta sazón Sancho- ¡Oh encantadores aciagos y
malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como
sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo,
y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el
olor; que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella
fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su
hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio
derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro
y largos de más de un palmo.
-A ese lunar -dijo don Quijote-, según la correspondencia que tienen entre sí
los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del
muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muy luengos para
lunares son pelos de la grandeza que has significado.
-Pues yo sé decir a vuestra merced -respondió Sancho- que le parecían allí como
nacidos.
-Yo lo creo, amigo -replicó don Quijote-, porque ninguna cosa puso la naturaleza
en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares
como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas
resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a mí me pareció albarda, que tú
aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?
-No era -respondió Sancho- sino silla a la jineta, con una cubierta de campo que
vale la mitad de un reino, según es de rica.
-¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! -dijo don Quijote-. Ahora torno a decir, y
diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres.
Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las
sandeces de su amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después de otras
muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias, y
siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen
hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen
hacerse. Pero, antes que allá llegasen, les sucedieron cosas que, por muchas,
grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas, como se verá adelante.
Capítulo XI.
De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote
con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte
Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala
burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la
mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su
ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin
sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se
le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerba de que aquellos campos
abundaban. De su embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole:
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres;
pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se
reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y
muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué
diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos aquí, o en Francia? Mas
que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud
de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la
tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-; calla, digo, y
no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su desgracia y
desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen los malos ha
nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál es el
corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-, pues la viste en la
entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbarte la
vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se endereza
la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que
tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo
que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas
perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste,
Sancho, tomando los ojos por los dientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí su hermosura
como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios, que Él es el
sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal
mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad,
embuste y bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras; que es
pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa merced venza a algún gigante o otro
caballero, y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora
Dulcinea: ¿adónde la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero
caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos
bausanes, buscando a mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la
calle, no la conocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá el encantamento a quitar
el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros;
y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe, haremos la experiencia
si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto
les hubiere sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha
dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y
si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia más será de vuesa
merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros
por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras
aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico
destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que
salió al través del camino, cargada de los más diversos y estraños personajes y
figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero
era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la
misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y
pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro,
en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero
armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un
sombrero lleno de plumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de
diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera
alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró
don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con
este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso
delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora, dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a
dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca
de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho
en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del
Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en
aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cerca y escusar el
trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos
vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel;
aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquél, de
Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto,
porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced
desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda
puntualidad; que, como soy demonio, todo se me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así como vi este
carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digo que es
menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad
con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que
pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde
mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras
la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía, que
venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo
traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don
Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a
dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó a
Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron
los huesos de su notomía. Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de
ser derribado, saltó del rucio, y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él
llegó, ya estaba en tierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al
suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus
atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote, cuando el
demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y, sacudiéndole con ellas,
el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña
hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su
rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría
primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo más con él
el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía
levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él
tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran
a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno.
Con esta perpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más
maltrecho de lo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase con él en los
más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que la carreta va
despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió Sancho-: vuestra merced
temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y
vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a
don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se
volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento de aquel
demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó Sancho-, y tome mi
consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida.
Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen,
todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías
reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen
unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demonio farsante
alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.
Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender cómo
se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería a los
escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los de la
carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía, en un
instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se
cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don Quijote en las
puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo
escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las
piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué modo los
acometería con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo, llegó Sancho,
y, viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señor mío,
que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no
es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y también se ha de
considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un
ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan
los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no le mueve a estarse
quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los que allí están, aunque
parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debe
mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como
otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti,
Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha
hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar venganza de nadie, pues no es
de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yo acabaré con mi
asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir
pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-, Sancho bueno, Sancho
discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos
a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo esta tierra de talle,
que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su
escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este felice
fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al
saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el día siguiente, le
sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la
pasada.
Capítulo XII.
De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con
el bravo Caballero de los Espejos
La noche que siguió al día del rencuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y
su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión de
Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del rucio, y entre la
cena dijo Sancho a su señor:
-Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias los
despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las crías
de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre
volando.
-Todavía -respondió don Quijote-, si tú, Sancho, me dejaras acometer, como yo
quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la
Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara al redropelo y
te las pusiera en las manos.
-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes –respondió Sancho
Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que los atavíos
de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma
comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y
por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen,
porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos
un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida
humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y
lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has
visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y
pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián,
otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto,
otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos
della, quedan todos los recitantes iguales.
-Sí he visto -respondió Sancho.
-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste mundo,
donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas
cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin,
que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
-¡Brava comparación! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que yo no la haya oído
muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura
el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en acabándose el juego,
todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como
dar con la vida en la sepultura.
-Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y más
discreto.
-Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced -respondió
Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y
cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversación de
vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco
ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y
con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no
desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha
hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle ser verdad lo
que decía de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba de manera que le
admiraba; puesto que todas o las más veces que Sancho quería hablar de oposición
y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad al
profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más elegante y memorioso
era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de lo que trataba, como se
habrá visto y se habrá notado en el discurso desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho le
vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía cuando
quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quitó
la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su señor que, en el tiempo
que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de techado, no desaliñase a
Rocinante: antigua usanza establecida y guardada de los andantes caballeros,
quitar el freno y colgarle del arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla al
caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al
rucio, cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan trabada, que hay
fama, por tradición de padres a hijos, que el autor desta verdadera historia
hizo particulares capítulos della; mas que, por guardar la decencia y decoro que
a tan heroica historia se debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se
descuida deste su prosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se
juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y
satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le
sobraba de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al
suelo, se solían estar de aquella manera tres días; a lo menos, todo el tiempo
que les dejaban, o no les compelía la hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la amistad a
la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se podía
echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad destos
dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben
guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber
comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las bestias han
recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de
importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y
el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la
providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote
dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo había pasado,
cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levantándose con
sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido procedía, y vio que
eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla, dijo
al otro:
-Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este sitio
abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester mis
amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, al
arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señal por
donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y, llegándose a
Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió en su
acuerdo, y con voz baja le dijo:
-Hermano Sancho, aventura tenemos.
-Dios nos la dé buena -respondió Sancho-; y ¿adónde está, señor mío, su merced
de esa señora aventura?
-¿Adónde, Sancho? -replicó don Quijote-; vuelve los ojos y mira, y verás allí
tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no debe de
estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el
suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
-Pues ¿en qué halla vuesa merced -dijo Sancho- que ésta sea aventura?
-No quiero yo decir -respondió don Quijote- que ésta sea aventura del todo, sino
principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escucha, que, a
lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y, según escupe y se
desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
-A buena fe que es así -respondió Sancho-, y que debe de ser caballero
enamorado.
-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Y
escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que
canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que no
era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos, oyeron que
lo que cantó fue este soneto:
-Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su
canto el Caballero del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente y
lastimada, dijo:
-¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que será posible,
serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en
continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo
caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa del
mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios,
todos los castellanos, y, finalmente, todos los caballeros de la Mancha?
-Eso no -dijo a esta sazón don Quijote-, que yo soy de la Mancha y nunca tal he
confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de
mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, que desvaría. Pero,
escuchemos: quizá se declarará más.
-Si hará -replicó Sancho-, que término lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero del Bosque que hablaban
cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, y dijo con voz
sonora y comedida:
-¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de los contentos,
o la del de los afligidos?
-De los afligidos -respondió don Quijote.
-Pues lléguese a mí -respondió el del Bosque-, y hará cuenta que se llega a la
mesma tristeza y a la aflición mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y
Sancho ni más ni menos.
El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
-Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los que
profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar, donde
la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias
de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
-Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen su
propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha
ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. De lo que
contaste poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor
que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena
paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas.
-Por ventura, señor caballero -preguntó el del Bosque a don Quijote-, ¿sois
enamorado?
-Por desventura lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños que nacen de
los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que por
desdichas.
-Así es la verdad -replicó el del Bosque-, si no nos turbasen la razón y el
entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.
-Nunca fui desdeñado de mi señora -respondió don Quijote.
-No, por cierto -dijo Sancho, que allí junto estaba-, porque es mi señora como
una borrega mansa: es más blanda que una manteca.
-¿Es vuestro escudero éste? -preguntó el del Bosque.
-Sí es -respondió don Quijote.
-Nunca he visto yo escudero -replicó el del Bosque- que se atreva a hablar donde
habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y
no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.
-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro
tan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
-Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y
dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas, contándose las
historias de sus amores; que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y
no las han de haber acabado.
-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le diré a vuestra merced quién soy, para
que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso
coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.
Capítulo XIII.
Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el
discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos
Divididos estaban caballeros y escuderos: éstos contándose sus vidas, y aquéllos
sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego
prosigue el de los amos; y así, dice que, apartándose un poco dellos, el del
Bosque dijo a Sancho:
-Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que somos
escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor de
nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestros
primeros padres.
-También se puede decir -añadió Sancho- que lo comemos en el yelo de nuestros
cuerpos; porque, ¿quién más calor y más frío que los miserables escuderos de la
andante caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos, con pan son
menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no es
del viento que sopla.
-Todo eso se puede llevar y conllevar -dijo el del Bosque-, con la esperanza que
tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el caballero
andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se verá premiado
con un hermoso gobierno de cualque ínsula, o con un condado de buen parecer.
-Yo -replicó Sancho- ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de
alguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido muchas y
diversas veces.
-Yo -dijo el del Bosque-, con un canonicato quedaré satisfecho de mis servicios,
y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!
-Debe de ser -dijo Sancho- su amo de vuesa merced caballero a lo eclesiástico, y
podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el mío es meramente lego,
aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejar personas discretas, aunque, a
mi parecer mal intencionadas, que procurase ser arzobispo; pero él no quiso sino
ser emperador, y yo estaba entonces temblando si le venía en voluntad de ser de
la Iglesia, por no hallarme suficiente de tener beneficios por ella; porque le
hago saber a vuesa merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de
la Iglesia.
-Pues en verdad que lo yerra vuesa merced -dijo el del Bosque-, a causa que los
gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos, algunos
pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el más erguido y bien dispuesto trae
consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades, que pone sobre sus
hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor sería que los que
profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos a nuestras casas, y allí nos
entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos, cazando o pescando;
que, ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín, y un
par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?
-A mí no me falta nada deso -respondió Sancho-: verdad es que no tengo rocín,
pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo. Mala pascua
me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen
cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendrá vuesa merced el valor de mi
rucio, que rucio es el color de mi jumento. Pues galgos no me habían de faltar,
habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que entonces es la caza más gustosa
cuando se hace a costa ajena.
-Real y verdaderamente -respondió el del Bosque-, señor escudero, que tengo
propuesto y determinado de dejar estas borracherías destos caballeros, y
retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tres orientales
perlas.
-Dos tengo yo -dijo Sancho-, que se pueden presentar al Papa en persona,
especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere servido,
aunque a pesar de su madre.
-Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? -preguntó el del Bosque.
-Quince años, dos más a menos -respondió Sancho-, pero es tan grande como una
lanza, y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.
-Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo para ser condesa, sino para
ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la
bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
-Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios
quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, para haberse
criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me
parecen muy concertadas esas palabras.
-¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó el del Bosque- de achaque
de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una
buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien
hecha, suele decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!?"
Y aquello que parece vituperio, en aquel término, es alabanza notable; y renegad
vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a
sus padres loores semejantes.
-Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma razón podía echar
vuestra merced a mí y hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo
cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes alabanzas, y para
volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si
me saca deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez,
cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé un día en el
corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone ante los ojos aquí, allí, acá no,
sino acullá, un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco
con la mano, y me abrazo con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo
rentas, y vivo como un príncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen
fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de
quien sé que tiene más de loco que de caballero.
-Por eso -respondió el del Bosque- dicen que la codicia rompe el saco; y si va a
tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de aquellos
que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno"; pues, porque cobre otro caballero el
juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando lo que no sé si después
de hallado le ha de salir a los hocicos.
-Y ¿es enamorado, por dicha?
-Sí -dijo el del Bosque-: de una tal Casildea de Vandalia, la más cruda y la más
asada señora que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea del pie de la
crudeza, que otros mayores embustes le gruñen en las entrañas, y ello dirá antes
de muchas horas.
-No hay camino tan llano -replicó Sancho- que no tenga algún tropezón o
barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas; más
acompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción. Mas si es
verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele
servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a
otro amo tan tonto como el mío.
-Tonto, pero valiente -respondió el del Bosque-, y más bellaco que tonto y que
valiente.
-Eso no es el mío -respondió Sancho-: digo, que no tiene nada de bellaco; antes
tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni
tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del
día; y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me
amaño a dejarle, por más disparates que haga.
-Con todo eso, hermano y señor -dijo el del Bosque-, si el ciego guía al ciego,
ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen compás de
pies, y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan aventuras no siempre
las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de saliva pegajosa y algo
seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo:
-Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero
yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal como
bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una
empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar,
tan grande que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de
cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
-Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?
-Pues, ¿qué se pensaba? -respondió el otro-. ¿Soy yo por ventura algún escudero
de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva
consigo cuando va de camino un general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de
suelta. Y dijo:
-Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico
y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de
encantamento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado, que
sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar
con ello a un gigante, a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y
otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño, y a la
opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de
mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo.
-Por mi fe, hermano -replicó el del Bosque-, que yo no tengo hecho el estómago a
tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se lo hayan con sus
opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren.
Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no;
y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil
besos y mil abrazos.
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta
a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de
beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:
-¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis
alabado este vino llamándole hideputa?
-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar
hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero
dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?
-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y
que tiene algunos años de ancianidad.
-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino que se me fuera a mí por
alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo
un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome
a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las
vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no
hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más
excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual
les sucedió lo que ahora diré: «Diéronles a los dos a probar del vino de una
cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El
uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las
narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más
sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no
tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con
todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el
tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave
pequeña, pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea vuestra merced si
quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.
-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando aventuras;
y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas,
que allí nos hallará Dios, si Él quiere.
-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos
entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo
necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela
fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los
bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por
ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste
Figura.
Capítulo XIV.
Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque
Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva, dice la
historia que el del Bosque dijo a don Quijote:
-Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o, por mejor
decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin par Casildea de Vandalia.
Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpo como en el
estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues, que voy contando,
pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su
madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros, prometiéndome al fin de cada
uno que en el fin del otro llegaría el de mi esperanza; pero así se han ido
eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo sé cuál ha de ser el
último que dé principio al cumplimiento de mis buenos deseos. Una vez me mandó
que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que
es tan valiente y fuerte como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la
más movible y voltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela estar
queda y a raya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez
también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los
valientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes que a
caballeros. Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra,
peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación de lo que en
aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la Giralda, pesé
los Toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz lo escondido de su
abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes,
vivos que vivos. En resolución, últimamente me ha mandado que discurra por todas
las provincias de España y haga confesar a todos los andantes caballeros que por
ellas vagaren que ella sola es la más aventajada en hermosura de cuantas hoy
viven, y que yo soy el más valiente y el más bien enamorado caballero del orbe;
en cuya demanda he andado ya la mayor parte de España, y en ella he vencido
muchos caballeros que se han atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me
precio y ufano es de haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso
caballero don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi
Casildea que su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido
todos los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha
vencido a todos; y, habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se
ha transferido y pasado a mi persona;
y tanto el vencedor es más honrado,
cuanto más el vencido es reputado;
así que, ya corren por mi cuenta y son mías las inumerables hazañas del ya
referido don Quijote.
Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo mil veces
por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el pico de la lengua; pero
reportóse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca su mentira;
y así, sosegadamente le dijo:
-De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más caballeros
andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya
vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fuese otro
que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.
-¿Cómo no? -replicó el del Bosque-. Por el cielo que nos cubre, que peleé con
don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro,
estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de
bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero de la
Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; oprime el
lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante, y, finalmente,
tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo
Aldonza Lorenzo; como la mía, que, por llamarse Casilda y ser de la Andalucía,
yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar
mi verdad, aquí está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.
-Sosegaos, señor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que decir os
quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo que en
este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mi misma
persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no
puedo pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otra parte, veo con
los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si ya no fuese que
como él tiene muchos enemigos encantadores, especialmente uno que de ordinario
le persigue, no haya alguno dellos tomado su figura para dejarse vencer, por
defraudarle de la fama que sus altas caballerías le tienen granjeada y adquirida
por todo lo descubierto de la tierra. Y, para confirmación desto, quiero también
que sepáis que los tales encantadores sus contrarios no ha más de dos días que
transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una
aldeana soez y baja, y desta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo
esto no basta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo don
Quijote, que la sustentará con sus armas a pie, o a caballo, o de cualquiera
suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando qué
resolución tomaría el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismo sosegada,
respondió y dijo:
-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don Quijote, pudo
venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros en vuestro propio
ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan sus fechos de armas
ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día, para que el sol vea
nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra batalla que el vencido ha de
quedar a la voluntad del vencedor, para que haga dél todo lo que quisiere, con
tal que sea decente a caballero lo que se le ordenare.
-Soy más que contento desa condición y convenencia -respondió don Quijote.
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron
roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.
Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque, en
saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular y desigual
batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso de la salud de
su amo, por las valentías que había oído decir del suyo al escudero del Bosque;
pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado, que ya
todos tres caballos y el rucio se habían olido, y estaban todos juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la Andalucía,
cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano sobre mano en
tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté advertido que mientras nuestros
dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear y hacernos astillas.
-Esa costumbre, señor escudero -respondió Sancho-, allá puede correr y pasar con
los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de los caballeros
andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi amo semejante
costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la andante caballería.
Cuanto más, que yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los
escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino
pagar la pena que estuviere puesta a los tales pacíficos escuderos, que yo
aseguro que no pase de dos libras de cera, y más quiero pagar las tales libras,
que sé que me costarán menos que las hilas que podré gastar en curarme la
cabeza, que ya me la cuento por partida y dividida en dos partes. Hay más: que
me imposibilita el reñir el no tener espada, pues en mi vida me la puse.
-Para eso sé yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo aquí dos talegas
de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis vos la una, y yo la otra, y riñiremos a
talegazos, con armas iguales.
-Desa manera, sea en buena hora -respondió Sancho-, porque antes servirá la tal
pelea de despolvorearnos que de herirnos.
-No ha de ser así -replicó el otro-, porque se han de echar dentro de las
talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y
pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nos podremos
atalegar sin hacernos mal ni daño.
-¡Mirad, cuerpo de mi padre -respondió Sancho-, qué martas cebollinas, o qué
copos de algodón cardado pone en las talegas, para no quedar molidos los cascos
y hechos alheña los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos de seda, sepa,
señor mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y allá se lo hayan, y
bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas,
sin que andemos buscando apetites para que se acaben antes de llegar su sazón y
término y que se cayan de maduras.
-Con todo -replicó el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media hora.
-Eso no -respondió Sancho-: no seré yo tan descortés ni tan desagradecido, que
con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima que sea;
cuanto más que, estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha de amañar a
reñir a secas?
-Para eso -dijo el del Bosque- yo daré un suficiente remedio: y es que, antes
que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra merced y le daré
tres o cuatro bofetadas, que dé con él a mis pies, con las cuales le haré
despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.
-Contra ese corte sé yo otro -respondió Sancho-, que no le va en zaga: cogeré yo
un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme la cólera, haré yo
dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el
otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el
rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque lo más acertado sería
dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie el alma de nadie, y tal
suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Dios bendijo la paz y maldijo las
riñas, porque si un gato acosado, encerrado y apretado se vuelve en león, yo,
que soy hombre, Dios sabe en lo que podré volverme; y así, desde ahora intimo a
vuestra merced, señor escudero, que corra por su cuenta todo el mal y daño que
de nuestra pendencia resultare.
-Está bien -replicó el del Bosque-. Amanecerá Dios y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados
pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la norabuena y
saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del oriente iba
descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número
infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía
asimesmo que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces
destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos,
alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida. Mas, apenas dio
lugar la claridad del día para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera
que se ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque,
que era tan grande que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en
efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de
verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de
la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el
rostro, que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con
alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que
despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada la celada, de modo
que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y no muy alto
de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela, al
parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de
resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso;
volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas;
la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era grandísima y gruesa, y de un hierro
acerado de más de un palmo.
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado que el ya
dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por eso temió, como
Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero de los Espejos:
-Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, por ella
os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de vuestro
rostro responde a la de vuestra disposición.
-O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero –respondió el
de los Espejos-, os quedará tiempo y espacio demasiado para verme; y si ahora no
satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notable agravio a la
hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en alzarme la
visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.
-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podéis decirme si
soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecéis, como se parece un
huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero, según vos decís que le
persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido o no.
-Eso me basta a mí -respondió don Quijote- para que crea vuestro engaño; empero,
para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos; que, en menos tiempo
que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si mi señora y mi brazo me
valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido don Quijote
que pensáis.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió las
riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para volver a
encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no se había
apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los Espejos, y,
partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:
-Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que el
vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.
-Ya la sé -respondió don Quijote-; con tal que lo que se le impusiere y mandare
al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de la caballería.
-Así se entiende -respondió el de los Espejos.
Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas narices del
escudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzgó por
algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el mundo.
Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar solo con el
narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas narices en las suyas
sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del miedo, tendido en el
suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de Rocinante; y, cuando le
pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:
-Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse me ayude
a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor, mejor que
desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de hacer con este
caballero.
-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir en
andamio por ver sin peligro los toros.
-La verdad que diga -respondió Sancho-, las desaforadas narices de aquel
escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto a
él.
-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, también me
asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque, tomó el
de los Espejos del campo lo que le pareció necesario; y, creyendo que lo mismo
habría hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra señal que los
avisase, volvió las riendas a su caballo -que no era más ligero ni de mejor
parecer que Rocinante-, y, a todo su correr, que era un mediano trote, iba a
encontrar a su enemigo; pero, viéndole ocupado en la subida de Sancho, detuvo
las riendas y paróse en la mitad de la carrera, de lo que el caballo quedó
agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse. Don Quijote, que le pareció que
ya su enemigo venía volando, arrimó reciamente las espuelas a las trasijadas
ijadas de Rocinante, y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que
esta sola vez se conoció haber corrido algo, porque todas las demás siempre
fueron trotes declarados; y con esta no vista furia llegó donde el de los
Espejos estaba hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le
pudiese mover un solo dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera.
En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario embarazado con
su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvo lugar de
ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos inconvenientes, a
salvamano y sin peligro alguno, encontró al de los Espejos con tanta fuerza, que
mal de su grado le hizo venir al suelo por las ancas del caballo, dando tal
caída, que, sin mover pie ni mano, dio señales de que estaba muerto.
Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque y a toda priesa
vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de Rocinante, fue sobre el de los
Espejos, y, quitándole las lazadas del yelmo para ver si era muerto y para que
le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio... ¿Quién podrá decir lo que vio,
sin causar admiración, maravilla y espanto a los que lo oyeren? Vio, dice la
historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la misma
fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesma del bachiller Sansón Carrasco; y,
así como la vio, en altas voces dijo:
-¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija, hijo, y
advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los encantadores!
Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó a hacerse
mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba muestras de estar
vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
-Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no, vuesa merced hinque y meta la
espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco; quizá matará
en él a alguno de sus enemigos los encantadores.
-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho, llegó el
escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le habían hecho, y a
grandes voces dijo:
-Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que tiene a los pies
es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.
Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:
-¿Y las narices?
A lo que él respondió:
-Aquí las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz, de máscara,
de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole más y más Sancho, con voz
admirativa y grande, dijo:
-¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?
-Y ¡cómo si lo soy! -respondió el ya desnarigado escudero-: Tomé Cecial soy,
compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustes y enredos
por donde soy aquí venido; y en tanto, pedid y suplicad al señor vuestro amo que
no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los Espejos, que a sus pies
tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado del bachiller
Sansón Carrasco, nuestro compatrioto.
En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, le puso
la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:
-Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso se
aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás de esto habéis de
prometer, si de esta contienda y caída quedárades con vida, de ir a la ciudad
del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para que haga de vos lo
que más en voluntad le viniere; y si os dejare en la vuestra, asimismo habéis de
volver a buscarme, que el rastro de mis hazañas os servirá de guía que os traiga
donde yo estuviere, y a decirme lo que con ella hubiéredes pasado; condiciones
que, conforme a las que pusimos antes de nuestra batalla, no salen de los
términos de la andante caballería.
-Confieso -dijo el caído caballero- que vale más el zapato descosido y sucio de
la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de
Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la vuestra, y daros entera
y particular cuenta de lo que me pedís.
-También habéis de confesar y creer -añadió don Quijote- que aquel caballero que
vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le
parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón
Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me le han
puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu de mi cólera, y para
que use blandamente de la gloria del vencimiento.
-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís -
respondió el derrengado caballero-. Dejadme levantar, os ruego, si es que lo
permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene.
Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero, del cual no apartaba
los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas respuestas le daban manifiestas
señales de que verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; mas la aprehensión
que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores habían
mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco, no
le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojos estaba mirando. Finalmente,
se quedaron con este engaño amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero,
mohínos y malandantes, se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de
buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle las costillas. Don Quijote y
Sancho volvieron a proseguir su camino de Zaragoza, donde los deja la historia,
por dar cuenta de quién era el Caballero de los Espejos y su narigante escudero.
Capítulo XV.
Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los
Espejos y su escudero
En estremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber alcanzado
vitoria de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el de los
Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el encantamento de su
señora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese,
so pena de no serlo, a darle razón de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero
uno pensaba don Quijote y otro el de los Espejos, puesto que por entonces no era
otro su pensamiento sino buscar donde bizmarse, como se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don
Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías, fue por haber entrado
primero en bureo con el cura y el barbero sobre qué medio se podría tomar para
reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que
le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo consejo salió, por voto común
de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote, pues
el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese al camino como caballero
andante, y trabase batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese,
teniéndolo por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase
a merced del vencedor; y así vencido don Quijote, le había de mandar el
bachiller caballero se volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos
años, o hasta tanto que por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que
don Quijote vencido cumpliría indubitablemente, por no contravenir y faltar a
las leyes de la caballería, y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le
olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún
conveniente remedio.
Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero Tomé Cecial, compadre y vecino de
Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armóse Sansón como queda
referido y Tomé Cecial acomodó sobre sus naturales narices las falsas y de
máscara ya dichas, porque no fuese conocido de su compadre cuando se viesen; y
así, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote, y llegaron casi a
hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente, dieron con ellos
en el bosque, donde les sucedió todo lo que el prudente ha leído; y si no fuera
por los pensamientos extraordinarios de don Quijote, que se dio a entender que
el bachiller no era el bachiller, el señor bachiller quedara imposibilitado para
siempre de graduarse de licenciado, por no haber hallado nidos donde pensó
hallar pájaros.
Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos y el mal paradero que
había tenido su camino, dijo al bachiller:
-Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con facilidad
se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las más veces se sale
della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos: él se va sano y riendo, vuesa merced
queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cuál es más loco: ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su voluntad?
A lo que respondió Sansón:
-La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza lo
será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiere.
-Pues así es -dijo Tomé Cecial-, yo fui por mi voluntad loco cuando quise
hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero dejar de serlo y
volverme a mi casa.
-Eso os cumple -respondió Sansón-, porque pensar que yo he de volver a la mía,
hasta haber molido a palos a don Quijote, es pensar en lo escusado; y no me
llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la
venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más piadosos
discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue
ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón desgraciado. Tomé
Cecial se volvió y le dejó, y él quedó imaginando su venganza; y la historia
vuelve a hablar dél a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con don
Quijote.
Capítulo XVI.
De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de
la Mancha
Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote su
jornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante más
valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin
conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía en poco
a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los inumerables palos que
en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni de la pedrada que le
derribó la mitad de los dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni
del atrevimiento y lluvia de estacas de los yangüeses. Finalmente, decía entre
sí que si él hallara arte, modo o manera como desencantar a su señora Dulcinea,
no invidiara a la mayor ventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso
caballero andante de los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo
ocupado, cuando Sancho le dijo:
-¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre los ojos las desaforadas
narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?
-Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el
bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial, tu compadre?
-No sé qué me diga a eso -respondió Sancho-; sólo sé que las señas que me dio de
mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la cara,
quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto muchas
veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el tono de la habla era
todo uno.
-Estemos a razón, Sancho -replicó don Quijote-. Ven acá: ¿en qué consideración
puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como caballero andante,
armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo
por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival,
o hace él profesión de las armas, para tener invidia a la fama que yo por ellas
he ganado?
-Pues, ¿qué diremos, señor -respondió Sancho-, a esto de parecerse tanto aquel
caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero a Tomé
Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced ha dicho,
¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?
-Todo es artificio y traza -respondió don Quijote- de los malignos magos que me
persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en la
contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro de mi
amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre los filos de
mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de mi corazón, y desta
manera quedase con vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la
mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia que no te
dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los encantadores mudar unos rostros
en otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos días
que viste por tus mismos ojos la hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en
toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una
zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que
el perverso encantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es
mucho que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la
gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo; porque,
en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de mi enemigo.
-Dios sabe la verdad de todo -respondió Sancho.
Y como él sabía que la transformación de Dulcinea había sido traza y embeleco
suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por
no decir alguna palabra que descubriese su embuste.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el
mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de
paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo
terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de
morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y
oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas,
sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas que, por hacer labor con
todo el vestido, parecían mejor que si fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos,
el caminante los saludó cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo;
pero don Quijote le dijo:
-Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no importa
el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.
-En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo, si no fuera
por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese caballo.
-Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-, bien puede tener las riendas
a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado del mundo:
jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó
a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez que puede
vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos platos, a
buen seguro que el caballo no la arrostre.
Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don
Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón
delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a don
Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de
chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro,
aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura
daba a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante manera
ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de su caballo,
la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su
ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en
aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el caminante le
miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tan cortés y tan amigo
de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le salió al camino,
diciéndole:
-Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de
las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado;
pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy
caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los
brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar
la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo
allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi
deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos
y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así, por mis
valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi
todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi
historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el
cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en
una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el
Caballero de la Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen,
esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla
presente quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta
lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez
de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante,
habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.
Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en
responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le
dijo:
-Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no
habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto; que,
puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lo podría
quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso y
maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el mundo, y
que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo persuadir que
haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre
casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera
visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que con esa historia, que vuesa
merced dice que está impresa, de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán
puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes, de que
estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres y tan en perjuicio y
descrédito de las buenas historias.
-Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de si son fingidas, o no,
las historias de los andantes caballeros.
-Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas las tales
historias?
-Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí; que si nuestra jornada
dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse
con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.
Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don Quijote
debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero,
antes que se divertiesen en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese
quién era, pues él le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que
respondió el del Verde Gabán:
-Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar
donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y
es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y
con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni
halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta
seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos
y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de
mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de
honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con
la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis
vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y
aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí
se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los
otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer
alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y
vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado;
procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra
Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del
hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer
milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas
veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:
-¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?
-Déjenme besar -respondió Sancho-, porque me parece vuesa merced el primer santo
a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.
-No soy santo -respondió el hidalgo-, sino gran pecador; vos sí, hermano, que
debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.
Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la
profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego. Preguntóle
don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que ponían
el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento
de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener
muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
-Yo, señor don Quijote -respondió el hidalgo-, tengo un hijo, que, a no tenerle,
quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea malo, sino
porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los
seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega; y, cuando
quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la
poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es posible hacerle arrostrar
la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la
teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde
nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras
sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo
bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no,
en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos
de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los
referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los
modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño que muestra
tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el
hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que
son de justa literaria.
A todo lo cual respondió don Quijote:
-Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de
querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a
los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la
buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes
sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de
forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque
el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane
lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se
lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le
vieren inclinado; y, aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es
de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a
mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo
hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas
doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y
todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser
manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas
ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal
virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable
precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes
sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya
no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y
artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo,
incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no
penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde;
que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en
número de vulgo. Y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere
a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas
del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía
de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es
ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no
escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las
estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así, razón
sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se
desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni
aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor,
imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que
son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y
despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede haber yerro;
porque, según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre
de su madre el poeta natural sale poeta; y, con aquella inclinación que le dio
el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que
dijo: est Deus in nobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se
ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el
arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,
sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la
naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de mi
plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su
estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y
habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias, que es el de
las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas,
las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan,
honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los
peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que
perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere
sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, como tan
elegantemente él lo hizo, alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la
invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios,
con que no señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una
malicia, se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el
poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es
lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales
serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa ciencia de
la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y
los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el
rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales
coronas veen honrados y adornadas sus sienes.
Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto, que
fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a la mitad
desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino
a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban ordeñando unas
ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satisfecho en
estremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don
Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro
lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura, a
grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. El cual Sancho,
oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó
donde su amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.
Capítulo XVII.
De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo
llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de
los leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el
yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían; y,
acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué
traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en
la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el
cual, en llegando, le dijo:
-Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es
alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no
descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas
pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su
Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito, siempre
creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más
aventuras, y así, respondió al hidalgo:
-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba,
que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo,
ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de
sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y,
sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó en la
cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el
suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto,
que dijo a Sancho:
-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me
derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en
verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora
quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me
ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor no
hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada por ver qué
cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas
blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas dijo:
-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me
has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:
-Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero cómalos
el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento
de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A la fe,
señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que
me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa
inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele,
las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío
en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo
requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la
pusiera en mi estómago que en la celada.
-Todo puede ser -dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,
después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la
encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la
lanza, dijo:
-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo
Satanás en persona.
Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el
carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote
delante y dijo:
-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas
son aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el
general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son
del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.
-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.
-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-, que no han
pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y
he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en
esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque
no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto
donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:
-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de
ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones!
Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas
bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don
Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los
envían.
-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-, dado ha señal de quién es
nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y
madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y díjole:
-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don
Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer
pedazos a todos.
-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-, que teméis, y creéis que
se ha de tomar con tan fieros animales?
-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.
-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.
Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las
jaulas, le dijo:
-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que
prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan;
porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de
locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no vienen contra vuesa
merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos
ni impedirles su viaje.
-Váyase vuesa merced, señor hidalgo -respondió don Quijote-, a entender con su
perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste
es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.
Y, volviéndose al leonero, le dijo:
-¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta
lanza os he de coser con el carro!
El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:
-Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas
y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me
las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino
este carro y estas mulas.
-¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote-, apéate y desunce, y haz lo que
quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta
diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes voces:
-Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las
jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y
daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios
y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que
yo seguro estoy que no me han de hacer daño.
Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar
a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo
que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se
engañaba.
-Ahora, señor -replicó don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyente desta
que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal
empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los
molinos
de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que
había acometido en todo el discurso de su vida.
-Mire, señor -decía Sancho-, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que
yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león
verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es
mayor que una montaña.
-El miedo, a lo menos -respondió don Quijote-, te le hará parecer mayor que la
mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro
antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.
A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de
dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán
oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse
con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual,
volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al
hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas,
procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones
se desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba
en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba menguada la hora en
que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse
dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el
leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a
intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió
que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo
sería de poco fruto, y que se diese priesa.
En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a
caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se
espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la
lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con
maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro,
encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia
exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote
de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo,
segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles
caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué
razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te
convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a
pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del
perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás
aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las
africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego,
que yo los dejo aquí en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos''.
Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo
de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don
Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la
desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera
jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza
extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue
revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse
todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de
lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto,
sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos
brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote
lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las
manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más
comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas, después de
haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó
sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar
en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos
y le irritase para echarle fuera.
-Eso no haré yo -respondió el leonero-, porque si yo le instigo, el primero a
quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente
con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no
quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está
salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el
día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún
bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a
su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la
infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.
-Así es verdad -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame por
testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer;
conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvíle a
esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y
Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como
he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu
boca esta hazaña.
Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo
con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a
llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en
tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la señal del
blanco paño, dijo:
-Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote; y,
perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde
claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba. Finalmente,
volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero:
-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú,
Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo
que por mí se han detenido.
-Ésos daré yo de muy buena gana -respondió Sancho-; pero, ¿qué se han hecho los
leones? ¿Son muertos, o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda,
exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el
león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un
buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel
caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese,
como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había
permitido que la puerta se cerrase.
-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan
contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura,
pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.
Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don
Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña
al mismo rey, cuando en la corte se viese.
-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero
de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie,
vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y
en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los
nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán
prosiguieron el suyo.
En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a
mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole que era un
cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado a su noticia la
primera parte de su historia; que si la hubiera leído, cesara la admiración en
que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura;
pero, como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que
hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado,
temerario y tonto. Y decía entre sí:
-¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y darse a
entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿qué mayor temeridad y
disparate que querer pelear por fuerza con leones?
Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:
-¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su
opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque
mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que
vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle
parecido. Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la mitad
de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien
parece un caballero, armado de resplandecientes armas, pasar la tela en alegres
justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en
ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede
decir, honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor
un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las
encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas
aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por
alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante,
socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano caballero,
requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus
particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su
rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su
mesa; concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y
magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y desta manera cumplirá con sus
precisas obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo;
éntrese en los más intricados laberintos; acometa a cada paso lo imposible;
resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del
verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no
le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que
buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y
verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la
andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me
pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el acometer
los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser
temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que
está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad;
pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario,
que no que baje y toque en el punto de cobarde; que así como es más fácil venir
el pródigo a ser liberal que al avaro, así es más fácil dar el temerario en
verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y, en esto
de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de
perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los
que lo oyen "el tal caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero
es tímido y cobarde".
-Digo, señor don Quijote -respondió don Diego-, que todo lo que vuesa merced ha
dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si
las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el
pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo. Y démonos priesa, que
se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará vuestra merced
del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que
suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.
-Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego- respondió don
Quijote.
Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde cuando
llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba el
Caballero del Verde Gabán.
Capítulo XVIII.
De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del
Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las
armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la
bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que,
por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada
Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba,
dijo:
-¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quería!
¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi
mayor amargura!
Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre había
salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la estraña figura
de don Quijote; el cual, apeándose de Rocinante, fue con mucha cortesía a
pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo:
-Recebid, señora, con vuestro sólito agrado al señor don Quijote de la Mancha,
que es el que tenéis delante, andante caballero y el más valiente y el más
discreto que tiene el mundo.
La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho amor y
de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con asaz de discretas y comedidas
razones. Casi los mismos comedimientos pasó con el estudiante, que, en oyéndole
hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.
Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,
pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico;
pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la
historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.
Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en
jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era valona a
lo estudiantil, sin almidón y sin randas; los borceguíes eran datilados, y
encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendía de un tahalí de lobos
marinos; que es opinión que muchos años fue enfermo de los riñones; cubrióse un
herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo, con cinco calderos, o seis,
de agua, que en la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se lavó la
cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero, merced a la
golosina de Sancho y a la compra de sus negros requesones, que tan blanco
pusieron a su amo. Con los referidos atavíos, y con gentil donaire y gallardía,
salió don Quijote a otra sala, donde el estudiante le estaba esperando para
entretenerle en tanto que las mesas se ponían; que, por la venida de tan noble
huésped, quería la señora doña Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los
que a su casa llegasen.
En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que así
se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:
-¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha traído a
casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero andante, a mí y a mi
madre nos tiene suspensos.
-No sé lo que te diga, hijo -respondió don Diego-; sólo te sabré decir que le he
visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan discretas que
borran y deshacen sus hechos: háblale tú, y toma el pulso a lo que sabe, y, pues
eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo que más puesto en razón
estuviere; aunque, para decir verdad, antes le tengo por loco que por cuerdo.
Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho, y,
entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don Lorenzo:
-El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia de la
rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre todo, que es
vuesa merced un gran poeta.
-Poeta, bien podrá ser -respondió don Lorenzo-, pero grande, ni por pensamiento.
Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a leer los buenos
poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de grande que mi padre
dice.
-No me parece mal esa humildad -respondió don Quijote-, porque no hay poeta que
no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.
-No hay regla sin excepción -respondió don Lorenzo-, y alguno habrá que lo sea y
no lo piense.
-Pocos -respondió don Quijote-; pero dígame vuesa merced: ¿qué versos son los
que agora trae entre manos, que me ha dicho el señor su padre que le traen algo
inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me entiende algo de achaque
de glosas, y holgaría saberlos; y si es que son de justa literaria, procure
vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva el
favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia,
y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero,
al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto,
gran personaje es el nombre de primero.
-Hasta ahora -dijo entre sí don Lorenzo-, no os podré yo juzgar por loco; vamos
adelante.
Y díjole:
-Paréceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?
-La de la caballería andante -respondió don Quijote-, que es tan buena como la
de la poesía, y aun dos deditos más.
-No sé qué ciencia sea ésa -replicó don Lorenzo-, y hasta ahora no ha llegado a
mi noticia.
-Es una ciencia -replicó don Quijote- que encierra en sí todas o las más
ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y saber
las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada uno lo que
es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber dar razón de la
cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera que le fuere
pedido; ha de ser médico y principalmente herbolario, para conocer en mitad de
los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar las heridas,
que no ha de andar el caballero andante a cada triquete buscando quien se las
cure; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas cuántas horas son
pasadas de la noche, y en qué parte y en qué clima del mundo se halla; ha de
saber las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas;
y, dejando aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y
cardinales, decendiendo a otras menudencias, digo que ha de saber nadar como
dicen que nadaba el peje Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y
aderezar la silla y el freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a
Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras,
liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos,
caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque
le cueste la vida el defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se
compone un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, señor don Lorenzo,
si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y
si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas se
enseñan.
-Si eso es así -replicó don Lorenzo-, yo digo que se aventaja esa ciencia a
todas.
-¿Cómo si es así? -respondió don Quijote.
Lo que yo quiero decir -dijo don Lorenzo- es que dudo que haya habido, ni que
los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.
-Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora -respondió don Quijote-: que
la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de que no ha habido en él
caballeros andantes; y, por parecerme a mí que si el cielo milagrosamente no les
da a entender la verdad de que los hubo y de que los hay, cualquier trabajo que
se tome ha de ser en vano, como muchas veces me lo ha mostrado la experiencia,
no quiero detenerme agora en sacar a vuesa merced del error que con los muchos
tiene; lo que pienso hacer es el rogar al cielo le saque dél, y le dé a entender
cuán provechosos y cuán necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en
los pasados siglos, y cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero
triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el
regalo.
-Escapado se nos ha nuestro huésped -dijo a esta sazón entre sí don Lorenzo-,
pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no lo
creyese.
Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don Diego a
su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo que él
respondió:
-No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos escribanos
tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos.
Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino
que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que
más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa
había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles, y
dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don
Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que él respondió que, por
no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan
y cuando no se los piden los vomitan,...
-...yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo por ejercitar
el ingenio la he hecho.
-Un amigo y discreto -respondió don Quijote- era de parecer que no se había de
cansar nadie en glosar versos; y la razón, decía él, era que jamás la glosa
podía llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa fuera de la
intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba; y más, que las leyes de
la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufrían interrogantes, ni dijo,
ni diré, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido, con otras ataduras y
estrechezas con que van atados los que glosan, como vuestra merced debe de
saber.
-Verdaderamente, señor don Quijote -dijo don Lorenzo-, que deseo coger a vuestra
merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza de entre las
manos como anguila.
-No entiendo -respondió don Quijote- lo que vuestra merced dice ni quiere decir
en eso del deslizarme.
-Yo me daré a entender -respondió don Lorenzo-; y por ahora esté vuesa merced
atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:
¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...!
Glosa
Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me vees,
Fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso,
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya estendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o volviese el tiempo ya.
Vivo en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo:
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.
En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote, y, en
voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo,
dijo:
-¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor
poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como
dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy
vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo
que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas
jamás atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido,
algunos versos mayores, que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro
admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote,
aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te estiendes, y
cuán dilatados límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó
don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo de don Quijote, diciéndole
este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe:
Soneto
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
-¡Bendito sea Dios! -dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don Lorenzo-,
que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta,
como lo es vuesa merced, señor mío; que así me lo da a entender el artificio
deste soneto.
Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de
los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía la merced y
buen tratamiento que en su casa había recebido; pero que, por no parecer bien
que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al regalo, se quería ir
a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de quien tenía noticia que
aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase
el día de las justas de Zaragoza, que era el de su derecha derrota; y que
primero había de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan
admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo
asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas
comúnmente de Ruidera.
Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le dijeron que
tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le
servirían con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su
persona y la honrosa profesión suya.
Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como triste y
aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la abundancia de la casa
de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se usa en las florestas,
despoblados, y a la estrecheza de sus mal proveídas alforjas. Con todo esto, las
llenó y colmó de lo más necesario que le pareció; y al despedirse dijo don
Quijote a don Lorenzo:
-No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a decir,
que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para llegar a la
inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer otra cosa sino dejar
a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima de la
andante caballería, bastante para hacerle emperador en daca las pajas.
Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y más con
las que añadió, diciendo:
-Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo, para enseñarle cómo
se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios, virtudes
anejas a la profesión que yo profeso; pero, pues no lo pide su poca edad, ni lo
querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento con advertirle a
vuesa merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se guía más por el parecer
ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le
parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño.
De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don Quijote,
ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de acudir de todo
en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las tenía por fin y
blanco de sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y comedimientos, y, con la
buena licencia de la señora del castillo, don Quijote y Sancho, sobre Rocinante
y el rucio, se partieron.
Capítulo XIX.
Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en
verdad graciosos sucesos
Poco trecho se había alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuando
encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre
cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes traía, como
en portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, al parecer, un poco de
grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el otro no traía otra cosa que
dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los labradores
traían otras cosas, que daban indicio y señal que venían de alguna villa grande,
donde las habían comprado, y las llevaban a su aldea; y así estudiantes como
labradores cayeron en la misma admiración en que caían todos aquellos que la vez
primera veían a don Quijote, y morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera
del uso de los otros hombres.
Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que llevaban, que era el
mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el paso,
porque caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos, en breves
razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era de caballero
andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes del mundo. Díjoles
que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y por el apelativo, el
Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores era hablarles en griego o
en jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego entendieron la flaqueza
del celebro de don Quijote; pero, con todo eso, le miraban con admiración y con
respecto, y uno dellos le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como no le
suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga con nosotros:
verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoy se habrán
celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.
-No son -respondió el estudiante- sino de un labrador y una labradora: él, el
más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto los hombres.
El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo, porque se han de
celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia, a quien por
excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama Camacho el rico;
ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos; ambos para en uno,
aunque algunos curiosos que tienen de memoria los linajes de todo el mundo
quieren decir que el de la hermosa Quiteria se aventaja al de Camacho; pero ya
no se mira en esto, que las riquezas son poderosas de soldar muchas quiebras. En
efecto, el tal Camacho es liberal y hásele antojado de enramar y cubrir todo el
prado por arriba, de tal suerte que el sol se ha de ver en trabajo si quiere
entrar a visitar las yerbas verdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimesmo
maheridas danzas, así de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo
quien los repique y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un
juicio los que tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras
muchas que he dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las
que imagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal
vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de la de
los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar al mundo los ya
olvidados amores de Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria desde
sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a su deseo con mil
honestos favores, tanto, que se contaban por entretenimiento en el pueblo los
amores de los dos niños Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el
padre de Quiteria de estorbar a Basilio la ordinaria entrada que en su casa
tenía; y, por quitarse de andar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a
su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que
no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las
verdades sin invidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de
barra, luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta
más que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una
calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega una
espada como el más pintado.
-Por esa sola gracia -dijo a esta sazón don Quijote-, merecía ese mancebo no
sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra, si fuera
hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran.
-¡A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido callando
y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con su igual,
ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja con su pareja". Lo que yo quisiera
es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se casara con esa señora
Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a decir al revés, los que
estorban que se casen los que bien se quieren.
-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,
quitaríase la eleción y juridición a los padres de casar sus hijos con quien y
cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los maridos, tal
habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la calle,
a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado espadachín; que el
amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan
necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está muy a peligro de
errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle.
Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino
busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse; pues, ¿por qué no
hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte,
y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas
partes, como es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es
mercaduría que una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es
accidente inseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez
le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en esta
materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda más que
decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó don
Quijote, que:
-De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supo que
la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le han visto reír
ni hablar razón concertada, y siempre anda pensativo y triste, hablando entre sí
mismo, con que da ciertas y claras señales de que se le ha vuelto el juicio:
come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y en lo que duerme, si
duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como animal bruto; mira de cuando
en cuando al cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra, con tal
embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el aire le mueve la ropa.
En fin, él da tales muestras de tener apasionado el corazón, que tememos todos
los que le conocemos que el dar el sí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la
sentencia de su muerte.
-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da la medicina;
nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas hay, y en una, y
aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo a un
mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día. Y
díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja
de la Fortuna? No, por cierto; y entre el sí y el no de la mujer no me atrevería
yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría. Denme a mí que Quiteria
quiera de buen corazón y de buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él un
saco de buena ventura: que el amor, según yo he oído decir, mira con unos
antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas
perlas.
-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-; que cuando
comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el mesmo
Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de rodajas, ni de
otra cosa ninguna?
-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla que mis
sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y sé
que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa merced,
señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.
-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del buen
lenguaje, que Dios te confunda.
-No se apunte vuestra merced conmigo -respondió Sancho-, pues sabe que no me he
criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado o quito
alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no hay para qué obligar al
sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten
en el aire en esto del hablar polido.
-Así es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que se crían
en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el día por el
claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro, el
propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan
nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la
discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. Yo,
señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en Salamanca, y pícome algún
tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes.
-Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la lengua
-dijo el otro estudiante-, vos llevárades el primero en licencias, como
llevastes cola.
-Mirad, bachiller -respondió el licenciado-: vos estáis en la más errada opinión
del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.
-Para mí no es opinión, sino verdad asentada -replicó Corchuelo-; y si queréis
que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidad hay, yo pulsos y
fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no es poco, os harán confesar
que yo no me engaño. Apeaos, y usad de vuestro compás de pies, de vuestros
círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yo espero de haceros ver estrellas a
mediodía con mi destreza moderna y zafia, en quien espero, después de Dios, que
está por nacer hombre que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el
mundo a quien yo no le haga perder tierra.
-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-; aunque
podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes el pie, allí os
abriesen la sepultura: quiero decir que allí quedásedes muerto por la
despreciada destreza.
-Ahora se verá -respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia de una de las
espadas que llevaba el licenciado en el suyo.
-No ha de ser así -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser el
maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del camino,
a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y compás de pies, se
iba contra Corchuelo, que contra él se vino, lanzando, como decirse suele, fuego
por los ojos. Los otros dos labradores del acompañamiento, sin apearse de sus
pollinas, sirvieron de aspetatores en la mortal tragedia. Las cuchilladas,
estocadas, altibajos, reveses y mandobles que tiraba Corchuelo eran sin número,
más espesas que hígado y más menudas que granizo. Arremetía como un león
irritado, pero salíale al encuentro un tapaboca de la zapatilla de la espada del
licenciado, que en mitad de su furia le detenía, y se la hacía besar como si
fuera reliquia, aunque no con tanta devoción como las reliquias deben y suelen
besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones de una media
sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos, como colas de
pulpo; derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera que de despecho,
cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojóla por el aire con
tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era escribano, que fue
por ella, dio después por testimonio que la alongó de sí casi tres cuartos de
legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda
verdad cómo la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho, le dijo:
-Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelante no
ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra, pues tiene
edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he oído decir que
meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
-Yo me contento -respondió Corchuelo- de haber caído de mi burra, y de que me
haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.
Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes, y no
queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, por parecerle que
tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegar temprano a la aldea de
Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las excelencias de
la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas figuras y
demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la bondad de la
ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba delante
del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes estrellas. Oyeron,
asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos, como de flautas,
tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas; y cuando llegaron cerca
vieron que los árboles de una enramada, que a mano habían puesto a la entrada
del pueblo, estaban todos llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento,
que entonces no soplaba sino tan manso que no tenía fuerza para mover las hojas
de los árboles. Los músicos eran los regocijadores de la boda, que en diversas
cuadrillas por aquel agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y
otros tocando la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía
sino que por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el
contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de hacer en
aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las exequias de
Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo pidieron así el
labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa, bastantísima a su parecer,
ser costumbre de los caballeros andantes dormir por los campos y florestas antes
que en los poblados, aunque fuese debajo de dorados techos; y con esto, se
desvió un poco del camino, bien contra la voluntad de Sancho, viniéndosele a la
memoria el buen alojamiento que había tenido en el castillo o casa de don Diego.
Capítulo XX.
Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso
de Basilio el pobre
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el ardor de
sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando
don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su
escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto por don Quijote, antes
que le despertase, le dijo:
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues sin
tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te persiguen
encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra vez, y lo diré
otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de tu dama, ni te
desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para
comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición te inquieta,
ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se
estienden a más que a pensar tu jumento; que el de tu persona sobre mis hombros
le tienes puesto: contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los
señores. Duerme el criado, y está velando el señor, pensando cómo le ha de
sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de
bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino
al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la
fertilidad y abundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto si don
Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó, en fin,
soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de
torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan,
para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, por ver
lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él pobre y casárase
con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarse por las nubes? A
la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que
hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré un brazo que puede Camacho
envolver en reales a Basilio; y si esto es así, como debe de ser, bien boba
fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado, y le
puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de
Basilio. Sobre un buen tiro de barra o sobre una gentil treta de espada no dan
un cuartillo de vino en la taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles,
mas que las tenga el conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre
quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen
cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del
mundo es el dinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que concluyas con tu
arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada paso
comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todo le
gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiérase acordar de
los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez saliésemos de casa:
uno dellos fue que me había de dejar hablar todo aquello que quisiese, con que
no fuese contra el prójimo ni contra la autoridad de vuesa merced; y hasta agora
me parece que no he contravenido contra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo; y, puesto
que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que anoche
oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se celebrarán en
el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y la
albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando por la
enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de
un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un
mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se
habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias
tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así embebían y encerraban en sí
carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya
sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para
sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos
géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos
llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan
blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos,
puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de
aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de masa, que con dos
valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera de preparada
miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes
y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y
pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle sabor y
enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por
libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca.
Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante que podía
sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba:
primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién él tomara de
bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques;
y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las
tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra
cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y, con corteses y hambrientas
razones, le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A
lo que el cocinero respondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre,
merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una
gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco debéis
de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las medias
tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora del
yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el contento
de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo, por una
parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce hermosísimas
yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los
petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los cuales, en concertado
tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el prado, con regocijada
algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa
del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la hubieran
visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su Quiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada muchas y
diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta veinte y
cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de delgado y
blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias colores de fina
seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las
yeguas si se había herido alguno de los danzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y con
tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes danzas,
ninguna le había parecido tan bien como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas que,
al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años, vestidas
todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte sueltos, pero
todos tan rubios, que con los del sol podían tener competencia, sobre los cuales
traían guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas.
Guiábalas un venerable viejo y una anciana matrona, pero más ligeros y sueltos
que sus años prometían. Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en
los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se
mostraban las mejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era de
ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el dios
Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco, aljaba y
saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda. Las ninfas que
al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco y letras grandes,
escritos sus nombres: poesía era el título de la primera, el de la segunda
discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta valentía; del modo
mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía liberalidad el título
de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el de la tercera y el de la
cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía un castillo de madera, a quien
tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido de verde,
tan al natural, que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y
en todas cuatro partes de sus cuadros traía escrito: castillo del buen recato.
Hacíanles el son cuatro diestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos y
flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del
castillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a su
puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los
tamborinos, y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber
hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del castillo,
dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y, después
de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos escuadras, y
cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos
ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote -que la tenía grande- los ya
referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con gentil
donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el Amor por delante del castillo,
disparaba por alto sus flechas, pero el Interés quebraba en él alcancías
doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un bolsón,
que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar lleno de
dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaron las tablas y
se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa alguna. Llegó el
Interés con las figuras de su valía, y, echándola una gran cadena de oro al
cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto por el Amor y
sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y todas las demostraciones que
hacían eran al son de los tamborinos, bailando y danzando concertadamente.
Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales con mucha presteza volvieron a armar
y a encajar las tablas del castillo, y la doncella se encerró en él como de
nuevo, y con esto se acabó la danza con gran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto y
ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil
caletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo de Camacho que de
Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico que
de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y las
riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y de
aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollas de
Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las de
Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una, comenzó
a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes, y
tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una
agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía;
y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al
saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Así que
vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes espumas
gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio serán, si viene a
mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había cortada
para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo antes que me
muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced se muera
estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no hable
palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del Juicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don Quijote-, nunca llegará tu
silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar en tu
vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue el día de
mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, ni aun cuando estés
bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en la descarnada,
digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero; y a nuestro cura
he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las
humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre:
no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes,
edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las
siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba; y no
parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque
tiene hambre canina, que nunca se harta; y, aunque no tiene barriga, da a
entender que está hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos
viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no te dejes
caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus rústicos términos
es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote, Sancho que si como tienes
buen natural y discreción, pudieras tomar un púlpito en la mano y irte por ese
mundo predicando lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé otras tologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender ni
alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú, que
temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no se meta
en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso soy yo de
Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar esta espuma,
que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la
otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan buenos
alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si no lo
impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
Capítulo XXI.
Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos
sucesos
Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo
antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle los
de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los novios, que,
rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones, venían acompañados del
cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la gente más lucida de los
lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a la novia,
dijo:
-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.
¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos
corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y montas
que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que es de raso!;
pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no medre yo si no
son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras blancas como una
cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh hideputa, y qué
cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas luengos ni más rubios en
toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la
comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mesmo
parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en
mi ánima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de
Flandes.
Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,
fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosa jamás.
Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la mala noche que
siempre pasan las novias en componerse para el día venidero de sus bodas. Íbanse
acercando a un teatro que a un lado del prado estaba, adornado de alfombras y
ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, y de donde habían de mirar las
danzas y las invenciones; y, a la sazón que llegaban al puesto, oyeron a sus
espaldas grandes voces, y una que decía:
-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.
A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba un
hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí a llamas.
Venía coronado -como se vio luego- con una corona de funesto ciprés; en las
manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fue conocido de todos por
el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos, esperando en qué habían de
parar sus voces y sus palabras, temiendo algún mal suceso de su venida en sazón
semejante.
Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,
hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,
mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca, estas
razones dijo:
-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que profesamos,
que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente no ignoras que, por
esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes de mi fortuna, no
he querido dejar de guardar el decoro que a tu honra convenía; pero tú, echando
a las espaldas todas las obligaciones que debes a mi buen deseo, quieres hacer
señor de lo que es mío a otro, cuyas riquezas le sirven no sólo de buena
fortuna, sino de bonísima ventura. Y para que la tenga colmada, y no como yo
pienso que la merece, sino como se la quieren dar los cielos, yo, por mis manos,
desharé el imposible o el inconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí
de por medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y
felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de
su dicha y le puso en la sepultura!
Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y, quedándose
la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a un mediano estoque que
en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamar empuñadura en el suelo, con
ligero desenfado y determinado propósito se arrojó sobre él, y en un punto
mostró la punta sangrienta a las espaldas, con la mitad del acerada cuchilla,
quedando el triste bañado en su sangre y tendido en el suelo, de sus mismas
armas traspasado.
Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y lastimosa
desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió a favorecerle y le tomó en
sus brazos, y halló que aún no había espirado. Quisiéronle sacar el estoque,
pero el cura, que estaba presente, fue de parecer que no se le sacasen antes de
confesarle, porque el sacársele y el espirar sería todo a un tiempo. Pero,
volviendo un poco en sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo:
-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la mano de
esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues en ella alcancé el
bien de ser tuyo.
El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes que a
los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de sus pecados y
de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio que en ninguna manera
se confesaría si primero Quiteria no le daba la mano de ser su esposa: que aquel
contento le adobaría la voluntad y le daría aliento para confesarse.
En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo que Basilio
pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera, y que el
señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria viuda del
valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:
-Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que el pronunciarle,
pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.
Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué hacer ni
qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas, pidiéndole que
consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque su alma no se
perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron, y aun forzaron, a
decir que si Quiteria quería dársela, que él se contentaba, pues todo era
dilatar por un momento el cumplimiento de sus deseos.
Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas, y
otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobre Basilio; y
ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua, mostraba que ni sabía
ni podía, ni quería responder palabra; ni la respondiera si el cura no la dijera
que se determinase presto en lo que había de hacer, porque tenía Basilio ya el
alma en los dientes, y no daba lugar a esperar inresolutas determinaciones.
Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al parecer
triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos, el aliento
corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de Quiteria, dando
muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Llegó, en fin, Quiteria, y,
puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y no por palabras. Desencajó los
ojos Basilio, y, mirándola atentamente, le dijo:
-¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de
servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para
llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender el dolor
que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra de la muerte!
Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano que me pides y
quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme de nuevo, sino que
confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la
das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que en un trance como éste me
engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas verdades ha tratado contigo.
Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban que
cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta y toda
vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:
-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la más libre que
tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si es que me la das
de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste la calamidad en que tu
discurso acelerado te ha puesto.
-Sí doy -respondió Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claro
entendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tu
esposo.
-Y yo por tu esposa -respondió Quiteria-, ahora vivas largos años, ahora te
lleven de mis brazos a la sepultura.
-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, mucho
habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi
parecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y
lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del
nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta ligereza se
levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque, a quien servía
de vaina su cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples que
curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:
-¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
-¡No milagro, milagro, sino industria, industria!
El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida, y
halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de Basilio, sino
por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado
tenía; preparada la sangre, según después se supo, de modo que no se helase.
Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieron por
burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes,
oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser
valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que
de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso, de lo que
quedó Camacho y sus valedores tan corridos que remitieron su venganza a las
manos, y, desenvainando muchas espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo favor en
un instante se desenvainaron casi otras tantas. Y, tomando la delantera a
caballo don Quijote, con la lanza sobre el brazo y bien cubierto de su escudo,
se hacía dar lugar de todos. Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron
semejantes fechurías, se acogió a las tinajas, donde había sacado su agradable
espuma, pareciéndole aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en
respeto. Don Quijote, a grandes voces, decía:
-Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios que el
amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como
en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para
vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por
buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea,
como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada. Quiteria era de Basilio,
y Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos. Camacho
es rico, y podrá comprar su gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no
tiene más desta oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que
a los dos que Dios junta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare,
primero ha de pasar por la punta desta lanza.
Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en todos
los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginación de Camacho
el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un instante; y así,
tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era varón prudente y bien
intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de su parcialidad pacíficos y
sosegados; en señal de lo cual volvieron las espadas a sus lugares, culpando más
a la facilidad de Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo discurso
Camacho que si Quiteria quería bien a Basilio doncella, también le quisiera
casada, y que debía de dar gracias al cielo, más por habérsela quitado que por
habérsela dado.
Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de
Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía la burla, ni
la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como si realmente se
desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces; y
así, se fueron a la aldea de Basilio, que también los pobres virtuosos y
discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como los ricos tienen quien los
lisonjee y acompañe.
Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de pelo en
pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitado de
aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la noche;
y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla de Basilio
iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba en el alma,
cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero llevaba, le
representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; y así, congojado y
pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio, siguió las huellas de
Rocinante.
Capítulo XXII.
Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de
Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el
valeroso don Quijote de la Mancha
Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don Quijote,
obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, y al par de la
valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en las armas y por un
Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refociló tres días a costa de los
novios, de los cuales se supo que no fue traza comunicada con la hermosa
Quiteria el herirse fingidamente, sino industria de Basilio, esperando della el
mesmo suceso que se había visto; bien es verdad que confesó que había dado parte
de su pensamiento a algunos de sus amigos, para que al tiempo necesario
favoreciesen su intención y abonasen su engaño.
-No se pueden ni deben llamar engaños -dijo don Quijote- los que ponen la mira
en virtuosos fines.
Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia, advirtiendo que
el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la continua necesidad,
porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está
en posesión de la cosa amada, contra quien son enemigos opuestos y declarados la
necesidad y la pobreza; y que todo esto decía con intención de que se dejase el
señor Basilio de ejercitar las habilidades que sabe, que, aunque le daban fama,
no le daban dineros, y que atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e
industriosos, que nunca faltan a los prudentes y aplicados.
-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en tener
mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La
mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser coronada con laureles
y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por sí sola, atrae las
voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a señuelo gustoso se le abaten
las águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura se le
junta la necesidad y la estrecheza, también la embisten los cuervos, los milanos
y las otras aves de rapiña; y la que está a tantos encuentros firme bien merece
llamarse corona de su marido. Mirad, discreto Basilio -añadió don Quijote-:
opinión fue de no sé qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer
buena, y daba por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena
era la suya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha
venido en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al que
me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiese casar.
Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda, porque la
buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con
parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas y
libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa,
fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en aquella bondad; pero si la
traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla: que no es muy hacedero pasar de
un estremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso.
Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir que
podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelante predicando
lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentencias y a dar
consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos en cada dedo, y
andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablo por caballero
andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que sólo podía saber
aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa donde no pique y deje de
meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:
-¿Qué murmuras, Sancho?
-No digo nada, ni murmuro de nada -respondió Sancho-; sólo estaba diciendo entre
mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antes que me
casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".
-¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.
-No es muy mala -respondió Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es tan
buena como yo quisiera.
-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en efecto,
es madre de tus hijos.
-No nos debemos nada -respondió Sancho-, que también ella dice mal de mí cuando
se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala el mesmo
Satanás.
Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese
una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía gran deseo de
entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella
se decían por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un
primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el
cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría
las lagunas de Ruidera, famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda
España; y díjole que llevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era
mozo que sabía hacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes.
Finalmente, el primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado
tapete o arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus
alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas, y,
encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino, tomando
la derrota de la famosa cueva de Montesinos.
En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran sus
ejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que su profesión era
ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros para dar a la estampa,
todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república; que el uno
se intitulaba el de las libreas, donde pinta setecientas y tres libreas, con sus
colores, motes y cifras, de donde podían sacar y tomar las que quisiesen en
tiempo de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando
de nadie, ni lambicando, como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus
deseos e intenciones.
-Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les
convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo también, a
quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención nueva y rara;
porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de
Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra, de Córdoba,
quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y
Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de
la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que
alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo
Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosas, que es
de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir
Polidoro de gran sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo.
Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el
mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo
declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco autores:
porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil el tal libro a
todo el mundo.
Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:
-Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus libros:
¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el primero que se
rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser nuestro padre Adán?
-Sí sería -respondió el primo-, porque Adán no hay duda sino que tuvo cabeza y
cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo, alguna vez se
rascaría.
-Así lo creo yo -respondió Sancho-; pero dígame ahora: ¿quién fue el primer
volteador del mundo?
-En verdad, hermano -respondió el primo-, que no me sabré determinar por ahora,
hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mis libros, y
yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser ésta la postrera.
-Pues mire, señor -replicó Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora he caído
en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador del mundo
fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino volteando hasta
los abismos.
-Tienes razón, amigo -dijo el primo.
Y dijo don Quijote:
-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.
-Calle, señor -replicó Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar y a
responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntar necedades y
responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de vecinos.
-Más has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos que
se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no
importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.
En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se
albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde
allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba
determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para atarse y
descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba; y
así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la tarde,
llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y
cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo
la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al
cual los dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y, en tanto que le
fajaban y ceñían, le dijo Sancho:
-Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni
se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a
vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser
peor que mazmorra.
-Ata y calla -respondió don Quijote-, que tal empresa como aquésta, Sancho
amigo, para mí estaba guardada.
Y entonces dijo la guía:
-Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con cien
ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de
mis Transformaciones.
-En manos está el pandero que le sabrá bien tañer -respondió Sancho Panza.
Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arnés, sino
sobre el jubón de armar-, dijo don Quijote:
-Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón pequeño,
que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido se entendiera que
todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a la mano de Dios,
que me guíe.
Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo, pidiendo a
Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer, peligrosa y nueva
aventura, y en voz alta dijo luego:
-¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del
Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste
tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son
otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto le he
menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se
me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me favoreces, no habrá
imposible a quien yo no acometa y acabe.
Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse, ni
hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas, y así,
poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que
a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una
infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa, que
dieron con don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico
cristiano, lo tuviera a mala señal y escusara de encerrarse en lugar semejante.
Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras aves
noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna espantosa;
y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él mil cruces,
dijo:
-¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata
y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de
acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin
cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en esta escuridad que
buscas!
Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.
Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la daban
poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían, dejaron de
oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y fueron de parecer
de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar más cuerda. Con todo eso,
se detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio volvieron a recoger la
soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal que les hizo imaginar que don
Quijote se quedaba dentro; y, creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y
tiraba con mucha priesa por desengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta brazas,
sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las diez vieron
distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole:
-Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se quedaba
allá para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron que traía
cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y
desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron y
revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió en sí,
desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara; y,
mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:
-Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable
vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de
conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, o se
marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh mal ferido
Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha
ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros
hermosos ojos!
Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía como si
con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese a entender
lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había visto.
-¿Infierno le llamáis? -dijo don Quijote-; pues no le llaméis ansí, porque no lo
merece, como luego veréis.
Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieron la
arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus
alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y cenaron,
todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:
-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.
Capítulo XXIII.
De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que
había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza
hace que se tenga esta aventura por apócrifa
Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz
escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y
pesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:
-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha
mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran
carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que
lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y
espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y
colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin llevar cierto
ni determinado camino; y así, determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di
voces, pidiéndoos que no descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero
no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della
una rosca o rimero, me senté sobre él, pensativo además, considerando lo que
hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en
este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño
profundísimo; y, cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté
dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede
criar la naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé
los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;
con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo
el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el
sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que
yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real
y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y
claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por
ellas salía y hacía mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de
bayeta morada, que por el suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos
una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa
negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna,
sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces
asimismo como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y
la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y
luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la
Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para
que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde
has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser
acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Ven conmigo, señor
clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar
solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor perpetua, porque soy el mismo
Montesinos, de quien la cueva toma nombre''. Apenas me dijo que era Montesinos,
cuando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba:
que él había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de
su grande amigo Durandarte y llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó
al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga,
porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.
-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puñal de Ramón de Hoces, el
sevillano.
-No sé -prosiguió don Quijote-, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de
Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos
años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y
contesto de la historia.
-Así es -respondió el primo-; prosiga vuestra merced, señor don Quijote, que le
escucho con el mayor gusto del mundo.
-No con menor lo cuento yo -respondió don Quijote-; y así, digo que el venerable
Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja,
fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol, con
gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a
largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en
otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha
(que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su
dueño) puesta sobre el lado del corazón, y, antes que preguntase nada a
Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: ''Éste es mi
amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su
tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas,
Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo
creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que
el diablo. El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es que sé,
tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis
brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en
verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los naturales, el que tiene
mayor corazón es dotado de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo
esto así, y que realmente murió este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira
de cuando en cuando, como si estuviese vivo?'' Esto dicho, el mísero Durandarte,
dando una gran voz, dijo:
¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado
caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, señor Durandarte,
carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de nuestra
pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima
parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas; yo partí con él de
carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra, con
tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas
la sangre que tenían, de haberos andado en las entrañas; y, por más señas, primo
de mi alma, en el primero lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco
de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo
menos amojamado, a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y
conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete
hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos
tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de
quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus
hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín
dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los
vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de Ruidera; las
siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una
orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo
asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mesmo nombre;
el cual, cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo,
fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las
entrañas de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su natural
corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le
vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y
con otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con
todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se
precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y
desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo,
¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino
que no me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo
sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a
vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que tenéis aquí en
vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran caballero de quien
tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel don Quijote de la Mancha,
digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha
resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y
favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados; que las grandes hazañas
para los grandes hombres están guardadas''. ''Y cuando así no sea -respondió el
lastimado Durandarte con voz desmayada y baja-, cuando así no sea, ¡oh primo!,
digo, paciencia y barajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado
silencio, sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi
por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras
de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre
las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora,
que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan
tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el
mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca
grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría,
mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas
almendras; traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude
divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome
Montesinos como toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte
y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última,
que traía el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la
cual con sus doncellas cuatro días en la semana hacían aquella procesión y
cantaban, o, por mejor decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el
lastimado corazón de su primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan
hermosa como tenía la fama, era la causa las malas noches y peores días que en
aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color
quebradiza. ''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal
mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le
tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por el que
de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia
de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura,
donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos
contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Cepos quedos! -dije yo entonces-, señor
don Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda
comparación es odiosa, y así, no hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin
par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y
quien ha sido, y quédese aquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote,
perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir
que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí
haber entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para
que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''. Con
esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del
sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.
-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cómo vuestra merced no se subió sobre el
vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas, sin dejarle
pelo en ellas.
-No, Sancho amigo -respondió don Quijote-, no me estaba a mí bien hacer eso,
porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean
caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que
no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los
dos pasamos.
A esta sazón dijo el primo:
-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo
como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido
tanto.
-¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.
-Poco más de una hora -respondió Sancho.
-Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció y amaneció, y
tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he
estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.
-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que le
han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora,
debe de parecer allá tres días con sus noches.
-Así será -respondió don Quijote.
-Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? -preguntó el primo.
-No me he desayunado de bocado -respondió don Quijote-, ni aun he tenido hambre,
ni por pensamiento.
-Y los encantados, ¿comen? -dijo el primo.
-No comen -respondió don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es
opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
-¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? -preguntó Sancho.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; a lo menos, en estos tres días que yo
he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
-Aquí encaja bien el refrán -dijo Sancho- de dime con quién andas, decirte he
quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes, mirad si
es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme
vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme
Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.
-¿Cómo no? -dijo el primo-, pues ¿había de mentir el señor don Quijote, que,
aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto millón de
mentiras?
-Yo no creo que mi señor miente -respondió Sancho.
-Si no, ¿qué crees? -le preguntó don Quijote.
-Creo -respondió Sancho- que aquel Merlín, o aquellos encantadores que
encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y comunicado
allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa máquina que nos ha
contado, y todo aquello que por contar le queda.
-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don Quijote-, pero no es así, porque lo
que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos. Pero,
¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas cosas y
maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus tiempos te las
iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas deste lugar, me
mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y
brincando como cabras; y, apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin
par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían
con ella, que hablamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las
conocía, respondióme que no, pero que él imaginaba que debían de ser algunas
señoras principales encantadas, que pocos días había que en aquellos prados
habían parecido; y que no me maravillase desto, porque allí estaban otras muchas
señoras de los pasados y presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas
figuras, entre las cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona,
escanciando el vino a Lanzarote, cuando de Bretaña vino.
Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio, o morirse
de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto de Dulcinea, de quien
él había sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acabó de conocer
indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio y loco de todo punto; y
así, le dijo:
-En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro
patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor Montesinos,
que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero
juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a
cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.
-Como te conozco, Sancho -respondió don Quijote-, no hago caso de tus palabras.
-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replicó Sancho-, siquiera me hiera,
siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso decir si en
las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced, ahora que
estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Y si la habló,
¿qué dijo, y qué le respondió?
-Conocíla -respondió don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traía
cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, me
volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara una
jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que no me
cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba la hora donde me
convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que, andando el tiempo, se
me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y Belerma y Durandarte, con
todos los que allí estaban; pero lo que más pena me dio, de las que allí vi y
noté, fue que, estándome diciendo Montesinos estas razones, se llegó a mí por un
lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de la sin ventura
Dulcinea, y, llenos los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi
señora Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra
merced se la haga de hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran
necesidad, asimismo suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea
servido de prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo,
media docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra
de volvérselos con mucha brevedad''. Suspendióme y admiróme el tal recado, y,
volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ''¿Es posible, señor Montesinos,
que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que él me respondió:
''Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, que ésta que llaman
necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a todos alcanza, y aun
hasta los encantados no perdona; y, pues la señora Dulcinea del Toboso envía a
pedir esos seis reales, y la prenda es buena, según parece, no hay sino
dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en algún grande aprieto''.
''Prenda, no la tomaré yo -le respondí-, ni menos le daré lo que pide, porque no
tengo sino solos cuatro reales''; los cuales le di (que fueron los que tú,
Sancho, me diste el otro día para dar limosna a los pobres que topase por los
caminos), y le dije: ''Decid, amiga mía, a vuesa señora que a mí me pesa en el
alma de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar para remediarlos; y que le
hago saber que yo no puedo ni debo tener salud careciendo de su agradable vista
y discreta conversación, y que le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea
servida su merced de dejarse ver y tratar deste su cautivo servidor y
asendereado caballero. Diréisle también que, cuando menos se lo piense, oirá
decir como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués
de Mantua, de vengar a su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en
mitad de la montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras
zarandajas que allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de
andar las siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el
infante don Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y más, debe
vuestra merced a mi señora'', me respondió la doncella. Y, tomando los cuatro
reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se levantó
dos varas de medir en el aire.
-¡Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. ¿Es posible que
tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza los encantadores y
encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor en una tan
disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que vuestra merced mire
por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades que le tienen
menguado y descabalado el sentido!
-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y, como no
estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de
dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho,
y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las
que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.
Capítulo XXIV.
Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias
al verdadero entendimiento desta grande historia
Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió su
primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la aventura de
la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de mano del mesmo
Hamete, estas mismas razones:
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don Quijote
le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito: la
razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y
verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por
verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que don
Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de
sus tiempos, no es posible; que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por
otra parte, considero que él la contó y la dijo con todas las circunstancias
dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de
disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin
afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo que
él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las
aventuras que había leído en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de
su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su señora Dulcinea
del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición blanda que entonces
mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que
merecían molerle a palos; porque realmente le pareció que había andado
atrevidillo con su señor, a quien le dijo:
-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que
con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La
primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La
segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las
mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el
Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la antigüedad de los
naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno,
según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte,
cuando, al cabo de aquel grande espacio que estuvo hablando con él Montesinos,
él despertó diciendo: ''Paciencia y barajar''; y esta razón y modo de hablar no
la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del
referido emperador Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el
otro libro que voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la
invención de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de
los naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta
es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta ahora
ignorado de las gentes.
-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, ya que
Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros, que
lo dudo, a quién piensa dirigirlos.
-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.
-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al
trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir la
falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas, quizá
despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese esto aquí
para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos esta noche.
-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace su habitación
un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser un buen
cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita tiene una
pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es
capaz de recibir huéspedes.
-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.
-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son los que
agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas
de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por decir bien de
aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al rigor y estrecheza
de entonces no llegan las penitencias de los de agora; pero no por esto dejan de
ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los juzgo; y, cuando todo corra
turbio, menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a pie,
caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de lanzas y de
alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo. Don Quijote le
dijo:
-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese macho ha
menester.
-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas que veis que
aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no detenerme, y a Dios.
Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la venta que está más arriba de
la ermita pienso alojar esta noche; y si es que hacéis este mesmo camino, allí
me hallaréis, donde os contaré maravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle
qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era algo curioso y
siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó que al momento se
partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde
quisiera el primo que se quedaran.
Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de la
venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a don
Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho Panza,
cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el
primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no
estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en la ermita
hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo tenía, pero que si
querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino, donde la
hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego, y
cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho toparon un
mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa; y así, le
alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto un bulto o
envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían de ser los
calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque traía puesta una
ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las
medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso de corte; la edad llegaría a
diez y ocho o diez y nueve años; alegre de rostro, y, al parecer, ágil de su
persona. Iba cantando seguidillas, para entretener el trabajo del camino. Cuando
llegaron a él, acababa de cantar una, que el primo tomó de memoria, que dicen
que decía:
A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:
-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno? Sepamos, si
es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy es a
la guerra.
-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.
-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me podré
honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y, así por esto
como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas compañías de infantería
que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi plaza, y no faltarán bagajes
en que caminar de allí adelante hasta el embarcadero, que dicen ha de ser en
Cartagena. Y más quiero tener por amo y por señor al rey, y servirle en la
guerra, que no a un pelón en la corte.
-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.
-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal personaje -
respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso tiene el servir a
los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o capitanes, o con algún
buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví siempre a catarriberas y a
gente advenediza, de ración y quitación tan mísera y atenuada, que en pagar el
almidonar un cuello se consumía la mitad della; y sería tenido a milagro que un
paje aventurero alcanzase alguna siquiera razonable ventura.
-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que en los
años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale de alguna
religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus vestidos, así me
volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios a que venían a la
corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que por sola ostentación
habían dado.
-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con todo
eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena intención
como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho
que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor natural,
especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanzan, si no
más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras, como yo tengo dicho
muchas veces; que, puesto que han fundado más mayorazgos las letras que las
armas, todavía llevan un no sé qué los de las armas a los de las letras, con un
sí sé qué de esplendor que se halla en ellos, que los aventaja a todos. Y esto
que ahora le quiero decir llévelo en la memoria, que le será de mucho provecho y
alivio en sus trabajos; y es que, aparte la imaginación de los sucesos adversos
que le podrán venir, que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena,
el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso
emperador romano, cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de
repente y no prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento
del verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o ya de
un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y
acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado muerto en la
batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama el buen soldado
cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandarle pueden. Y
advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que algalia, y
que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y
estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la
podrá menoscabar la pobreza; cuanto más, que ya se va dando orden cómo se
entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque no es bien que
se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus
negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y, echándolos de casa con título
de libres, los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte. Y por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas
deste mi caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana
seguiréis el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en la
venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:
-¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales, tantas y
tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles
que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dirá.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por castillo,
como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó al ventero por
el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió que en la caballeriza
estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus jumentos el primo y Sancho,
dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de la caballeriza.
Capítulo XXV.
Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del
titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino
No se le cocía el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta oír y saber las
maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar donde el
ventero le había dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo caso le
dijese luego lo que le había de decir después, acerca de lo que le había
preguntado en el camino. El hombre le respondió:
-Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas: déjeme
vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que yo le diré
cosas que le admiren.
-No quede por eso -respondió don Quijote-, que yo os ayudaré a todo.
Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que obligó
al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía; y, sentándose en un
poyo y don Quijote junto a él, teniendo por senado y auditorio al primo, al
paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir desta manera:
-«Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media desta
venta sucedió que a un regidor dél, por industria y engaño de una muchacha
criada suya, y esto es largo de contar, le faltó un asno, y, aunque el tal
regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue posible. Quince días
serían pasados, según es pública voz y fama,- que el asno faltaba, cuando,
estando en la plaza el regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo le dijo:
''Dadme albricias, compadre, que vuestro jumento ha parecido''. ''Yo os las
mando y buenas, compadre -respondió el otro-, pero sepamos dónde ha parecido''.
''En el monte -respondió el hallador-, le vi esta mañana, sin albarda y sin
aparejo alguno, y tan flaco que era una compasión miralle. Quísele antecoger
delante de mí y traérosle, pero está ya tan montaraz y tan huraño, que, cuando
llegé a él, se fue huyendo y se entró en lo más escondido del monte. Si queréis
que volvamos los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que
luego vuelvo''. ''Mucho placer me haréis -dijo el del jumento-, e yo procuraré
pagároslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la mesma
manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que están enterados en
la verdad deste caso. En resolución, los dos regidores, a pie y mano a mano, se
fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde pensaron hallar el asno, no
le hallaron, ni pareció por todos aquellos contornos, aunque más le buscaron.
Viendo, pues, que no parecía, dijo el regidor que le había visto al otro:
''Mirad, compadre: una traza me ha venido al pensamiento, con la cual sin duda
alguna podremos descubrir este animal, aunque esté metido en las entrañas de la
tierra, no que del monte; y es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos
sabéis algún tanto, dad el hecho por concluido''. ''¿Algún tanto decís,
compadre? -dijo el otro-; por Dios, que no dé la ventaja a nadie, ni aun a los
mesmos asnos''. ''Ahora lo veremos -respondió el regidor segundo-, porque tengo
determinado que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que
le rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos y rebuznaré
yo, y no podrá ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que está
en el monte''. A lo que respondió el dueño del jumento: ''Digo, compadre, que la
traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y, dividiéndose los dos
según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo rebuznaron, y cada uno
engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento
había parecido; y, en viéndose, dijo el perdidoso: ''¿Es posible, compadre, que
no fue mi asno el que rebuznó?'' ''No fue, sino yo'', respondió el otro. ''Ahora
digo -dijo el dueño-, que de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia,
en cuanto toca al rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más
propia''. ''Esas alabanzas y encarecimiento -respondió el de la traza-, mejor os
atañen y tocan a vos que a mí, compadre; que por el Dios que me crió que podéis
dar dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo; porque
el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás; los
dejos, muchos y apresurados, y, en resolución, yo me doy por vencido y os rindo
la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo -respondió el
dueño-, que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y pensaré que sé
alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que pensara que rebuznaba
bien, nunca entendí que llegaba el estremo que decís''. ''También diré yo ahora
-respondió el segundo- que hay raras habilidades perdidas en el mundo, y que son
mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras -
respondió el dueño-, si no es en casos semejantes como el que traemos entre
manos, no nos pueden servir en otros, y aun en éste plega a Dios que nos sean de
provecho''. Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a
cada paso se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por contraseño
que, para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte sin
que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas, ¿cómo había de
responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del bosque,
comido de lobos? Y, en viéndole, dijo su dueño: ''Ya me maravillaba yo de que él
no respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos oyera, o no fuera
asno; pero, a trueco de haberos oído rebuznar con tanta gracia, compadre, doy
por bien empleado el trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he hallado
muerto''. ''En buena mano está, compadre -respondió el otro-, pues si bien canta
el abad, no le va en zaga el monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se
volvieron a su aldea, adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto
les había acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro
en el rebuznar; todo lo cual se supo y se estendió por los lugares
circunvecinos. Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar
rencillas y discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes
quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en viendo
a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dándoles en rostro con el rebuzno de
nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en manos y en
bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el rebuzno de en uno
en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales del pueblo del
rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de los blancos; y ha
llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas veces con mano armada y
formado escuadrón han salido contra los burladores los burlados a darse la
batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor ni vergüenza. Yo creo que
mañana o esotro día han de salir en campaña los de mi pueblo, que son los del
rebuzno, contra otro lugar que está a dos leguas del nuestro, que es uno de los
que más nos persiguen: y, por salir bien apercebidos, llevo compradas estas
lanzas y alabardas que habéis visto.» Y éstas son las maravillas que dije que os
había de contar, y si no os lo han parecido, no sé otras.
Y con esto dio fin a su plática el buen hombre; y, en esto, entró por la puerta
de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y jubón, y con
voz levantada dijo:
-Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de la
libertad de Melisendra.
-¡Cuerpo de tal -dijo el ventero-, que aquí está el señor mase Pedro! Buena
noche se nos apareja.
Olvidábaseme de decir como el tal mase Pedro traía cubierto el ojo izquierdo, y
casi medio carrillo, con un parche de tafetán verde, señal que todo aquel lado
debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió, diciendo:
-Sea bien venido vuestra merced, señor mase Pedro. ¿Adónde está el mono y
el retablo, que no los veo?
-Ya llegan cerca -respondió el todo camuza-, sino que yo me he adelantado, a
saber si hay posada.
-Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor mase Pedro -
respondió el ventero-; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta noche en
la venta que pagará el verle y las habilidades del mono.
-Sea en buen hora -respondió el del parche-, que yo moderaré el precio, y con
sola la costa me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine la carreta
donde viene el mono y el retablo.
Y luego se volvió a salir de la venta.
Preguntó luego don Quijote al ventero qué mase Pedro era aquél, y qué retablo y
qué mono traía. A lo que respondió el ventero:
-Éste es un famoso titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de
Aragón enseñando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don Gaiferos,
que es una de las mejores y más bien representadas historias que de muchos años
a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo consigo un mono de la más
rara habilidad que se vio entre monos, ni se imaginó entre hombres, porque si le
preguntan algo, está atento a lo que le preguntan y luego salta sobre los
hombros de su amo, y, llegándosele al oído, le dice la respuesta de lo que le
preguntan, y maese Pedro la declara luego; y de las cosas pasadas dice mucho más
que de las que están por venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en
las más no yerra, de modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo.
Dos reales lleva por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si
responde el amo por él, después de haberle hablado al oído; y así, se cree que
el tal maese Pedro esta riquísimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y
bon compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que
doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.
En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta venía el retablo, y el mono,
grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y, apenas
le vio don Quijote, cuando le preguntó:
-Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de ser de
nosotros?. Y vea aquí mis dos reales.
Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el mono,
y dijo:
-Señor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que están por venir;
de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.
-¡Voto a Rus -dijo Sancho-, no dé yo un ardite porque me digan lo que por mí ha
pasado!; porque, ¿quién lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo porque me
digan lo que sé, sería una gran necedad; pero, pues sabe las cosas presentes, he
aquí mis dos reales, y dígame el señor monísimo qué hace ahora mi mujer Teresa
Panza, y en qué se entretiene.
No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:
-No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los
servicios.
Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un brinco
se le puso el mono en él, y, llegando la boca al oído, daba diente con diente
muy apriesa; y, habiendo hecho este ademán por espacio de un credo, de otro
brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandísima priesa, se fue maese
Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y, abrazándole las piernas, dijo:
-Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos colunas de Hércules,
¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante caballería!; ¡oh no
jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, ánimo de los
desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los caídos, báculo y consuelo
de todos los desdichados!
Quedó pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atónito el paje,
abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados todos los
que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguió diciendo:
-Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del
mundo, alégrate, que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta es la hora en que
ella está rastrillando una libra de lino, y, por más señas, tiene a su lado
izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqué de vino, con que se
entretiene en su trabajo.
-Eso creo yo muy bien -respondió Sancho-, porque es ella una bienaventurada, y,
a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta Andandona, que, según mi señor,
fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es mi Teresa de aquellas que no se dejan
mal pasar, aunque sea a costa de sus herederos.
-Ahora digo -dijo a esta sazón don Quijote-, que el que lee mucho y anda mucho,
vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, ¿qué persuasión fuera bastante para
persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por
mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de la Mancha que este buen
animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún tanto en mis alabanzas; pero
comoquiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y
compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos, y mal a ninguno.
-Si yo tuviera dineros -dijo el paje-, preguntara al señor mono qué me ha de
suceder en la peregrinación que llevo.
A lo que respondió maese Pedro, que ya se había levantado de los pies de don
Quijote:
-Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si respondiera,
no importara no haber dineros; que, por servicio del señor don Quijote, que está
presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y agora, porque se lo debo, y
por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar placer a cuantos están en la
venta, sin paga alguna.
Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, señaló el lugar donde se podía
poner el retablo, que en un punto fue hecho.
Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle
no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni las pasadas
cosas; y así, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se retiró don
Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde, sin ser oídos de nadie,
le dijo:
-Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraña habilidad deste mono, y hallo
por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener hecho pacto,
tácito o espreso, con el demonio.
-Si el patio es espeso y del demonio -dijo Sancho-, sin duda debe de ser muy
sucio patio; pero, ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos patios?
-No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho algún
concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con que gane
de comer, y después que esté rico le dará su alma, que es lo que este universal
enemigo pretende. Y háceme creer esto el ver que el mono no responde sino a las
cosas pasadas o presentes, y la sabiduría del diablo no se puede estender a más,
que las por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas veces; que a
solo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para Él no hay
pasado ni porvenir, que todo es presente. Y, siendo esto así, como lo es, está
claro que este mono habla con el estilo del diablo; y estoy maravillado cómo no
le han acusado al Santo Oficio, y examinádole y sacádole de cuajo en virtud de
quién adivina; porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él
alzan, ni saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se
usan en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no
presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando
a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia. De
una señora sé yo que preguntó a uno destos figureros que si una perrilla de
falda pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría, y cuántos y de qué color
serían los perros que pariese. A lo que el señor judiciario, después de haber
alzado la figura, respondió que la perrica se empreñaría, y pariría tres
perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de mezcla, con tal condición
que la tal perra se cubriese entre las once y doce del día, o de la noche, y que
fuese en lunes o en sábado; y lo que sucedió fue que de allí a dos días se moría
la perra de ahíta, y el señor levantador quedó acreditado en el lugar por
acertadísimo judiciario, como lo quedan todos o los más levantadores.
-Con todo eso, querría -dijo Sancho- que vuestra merced dijese a maese Pedro
preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pasó en la cueva de
Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de vuestra merced, que todo fue
embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soñadas.
-Todo podría ser -respondió don Quijote-, pero yo haré lo que me aconsejas,
puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.
Estando en esto, llegó maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya
estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo merecía.
Don Quijote le comunicó su pensamiento, y le rogó preguntase luego a su mono le
dijese si ciertas cosas que había pasado en la cueva de Montesinos habían sido
soñadas o verdaderas; porque a él le parecía que tenían de todo. A lo que maese
Pedro, sin responder palabra, volvió a traer el mono, y, puesto delante de don
Quijote y de Sancho, dijo:
-Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le
pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.
Y, haciéndole la acostumbrada señal, el mono se le subió en el hombro izquierdo,
y, hablándole, al parecer, en el oído, dijo luego maese Pedro:
-El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasó, en la dicha
cueva son falsas, y parte verisímiles; y que esto es lo que sabe, y no otra
cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere saber más, que
el viernes venidero responderá a todo lo que se le preguntare, que por ahora se
le ha acabado la virtud, que no le vendrá hasta el viernes, como dicho tiene.
-¿No lo decía yo -dijo Sancho-, que no se me podía asentar que todo lo que vuesa
merced, señor mío, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era verdad, ni
aun la mitad?
-Los sucesos lo dirán, Sancho -respondió don Quijote-; que el tiempo,
descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la luz del
sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra. Y, por hora, baste esto, y
vámonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mí tengo que debe de
tener alguna novedad.
-¿Cómo alguna? -respondió maese Pedro-: sesenta mil encierra en sí este mi
retablo; dígole a vuesa merced, mi señor don Quijote, que es una de las cosas
más de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis; y manos a
labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y que mostrar.
Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo puesto
y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas, que le
hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió maese Pedro dentro dél,
que era el que había de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un
muchacho, criado del maese Pedro, para servir de intérprete y declarador de los
misterios del tal retablo: tenía una varilla en la mano, con que señalaba las
figuras que salían.
Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero del
retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los mejores
lugares, el trujamán comenzó a decir lo que oirá y verá el que le oyere o viere
el capítulo siguiente.
Capítulo XXVI.
Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con
otras cosas en verdad harto buenas
Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos los
que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas, cuando se
oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y dispararse mucha
artillería, cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó la voz el muchacho, y
dijo:
-Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al
pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles que andan
en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata de la libertad
que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en
España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces
la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas mercedes allí cómo está jugando a
las tablas don Gaiferos, según aquello que se canta:
Jugando está a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado.
Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las manos,
es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el cual, mohíno
de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y adviertan con la
vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que le quiere dar con el
ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que dicen que se los dio,
y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchas cosas acerca del peligro
que corría su honra en no procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo:
''Harto os he dicho: miradlo''.
Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y deja
despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de la cólera,
lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y a don Roldán,
su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo don Roldán no se la quiere
prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa en que se pone; pero el
valeroso enojado no lo quiere aceptar; antes, dice que él solo es bastante para
sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el más hondo centro de la tierra;
y, con esto, se entra a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras
mercedes los ojos a aquella torre que allí parece, que se presupone que es una
de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella
dama que en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra,
que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veen aquel
moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las
espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y
la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárselos con la blanca manga de su
camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si
ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren también cómo aquel grave moro que
está en aquellos corredores es el rey Marsilio de Sansueña; el cual, por haber
visto la insolencia del moro, puesto que era un pariente y gran privado suyo, le
mandó luego prender, y que le den docientos azotes, llevándole por las calles
acostumbradas de la ciudad,
con chilladores delante
y envaramiento detrás;
y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no habiendo
sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay "traslado a la
parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.
-Niño, niño -dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestra
historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que, para
sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.
También dijo maese Pedro desde dentro:
-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será
lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se
suelen quebrar de sotiles.
-Yo lo haré así -respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo-: Esta figura que
aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de don
Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, con
mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de la torre, y
habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quien pasó todas
aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad;
las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el
fastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes
alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y más
ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del caballo
de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del
faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en el aire, sin
poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre en las mayores
necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se rasgará o no el rico
faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar al suelo, y luego, de un
brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y la
manda que se tenga fuertemente y le eche los brazos por las espaldas, de modo
que los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la señora
Melisendra acostumbrada a semejantes caballerías. Veis también cómo los
relinchos del caballo dan señales que va contento con la valiente y hermosa
carga que lleva en su señor y en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas y
salen de la ciudad, y alegres y regocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz,
oh par sin par de verdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada
patria, sin que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de
vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de
Néstor sean, que os quedan de la vida!
Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:
-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.
No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:
-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la
bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio, el
cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudad se
hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las mezquitas
suenan.
-¡Eso no! -dijo a esta sazón don Quijote-: en esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales, y
un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto de sonar campanas
en Sansueña sin duda que es un gran disparate.
Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:
-No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas
tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi de
ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo
eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo con aplauso, sino
con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que, como yo llene mi
talego, si quiere represente más impropiedades que tiene átomos el sol.
-Así es la verdad -replicó don Quijote.
Y el muchacho dijo:
-Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los
dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan
y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar, y
los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo
espetáculo.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle
ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, en voz alta, dijo:
-No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan
famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal
nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto al
retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas
sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando
a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si
maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más
facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro,
diciendo:
-Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba,
destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. ¡Mire,
pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda!
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y
reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con todo el
retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras:
el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la
cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por
los tejados de la ventana, temió el primo, acobardóse el paje, y hasta el mesmo
Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la
borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues,
el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:
-Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen, ni
quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes:
miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de
la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya la hora que los hubieran
alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución,
¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!
-¡Vivan en hora buena -dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro-, y muera
yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui señor de España...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es mía!
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos
y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y,
sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de
sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada deste señor caballero, de
quien se dice que ampara pupilos, y endereza tuertos, y hace otras obras
caritativas; y en mí solo ha venido a faltar su intención generosa, que sean
benditos y alabados los cielos, allá donde tienen más levantados sus asientos.
En fin, el Caballero de la Triste Figura había de ser aquel que había de
desfigurar las mías.
Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:
-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porque te
hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que
si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo sabrá y te lo
querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
-Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que me ha
deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia, porque no se
puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo
restituye.
-Así es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sé que tenga nada vuestro,
maese Pedro.
-¿Cómo no? -respondió maese Pedro-; y estas reliquias que están por este duro y
estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerza invencible dese
poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y ¿con quién me
sustentaba yo sino con ellos?
-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchas veces
he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las
figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en
las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a
mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que
Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y
Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteró la cólera, y, por cumplir con mi
profesión de caballero andante, quise dar ayuda y favor a los que huían, y con
este buen propósito hice lo que habéis visto; si me ha salido al revés, no es
culpa mía, sino de los malos que me persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro,
aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea
maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a
pagárselo luego, en buena y corriente moneda castellana.
Inclinósele maese Pedro, diciéndole:
-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote de la
Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y menesterosos
vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán medianeros y
apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen o podían valer las ya
deshechas figuras.
El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó del
suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:
-Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, me
parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro
reales y medio.
-¡Adelante! -dijo don Quijote.
-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguió maese Pedro, tomando en las
manos al partido emperador Carlomagno-, no sería mucho que pidiese yo cinco
reales y un cuartillo.
-No es poco -dijo Sancho.
-Ni mucho -replicó el ventero-; médiese la partida y señálensele cinco reales.
-Dénsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no está en un cuartillo
más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto maese Pedro, que se
hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre.
-Por esta figura -dijo maese Pedro- que está sin narices y un ojo menos, que es
de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce
maravedís.
-Aun ahí sería el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendra con
su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en que iban, a
mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay para qué venderme a mí
el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando la
otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna
tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor maese Pedro, y caminemos todos
con pie llano y con intención sana. Y prosiga.
Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema,
no quiso que se le escapase; y así, le dijo:
-Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían; y
así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento y bien pagado.
Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que después
los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las partes, que
llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto, que luego lo
desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono.
-Dáselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; y
docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que la
señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los
suyos.
-Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero no habrá
diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de
forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.
En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en
buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.
Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya
después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje:
el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su camino, para ayuda
del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a
entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a quien él conocía muy bien, y
así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo las reliquias de su retablo y a su
mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no conocía a don
Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad. Finalmente,
Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las
ocho del día dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir;
que así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la
declaración desta famosa historia.
Capítulo XXVII.
Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el
mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como
él quisiera y como lo tenía pensado
Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este
capítulo: "Juro como católico cristiano..."; a lo que su traductor dice que el
jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era,
no quiso decir otra cosa sino que, así como el católico cristiano cuando jura,
jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si
jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de don Quijote,
especialmente en decir quién era maese Pedro, y quién el mono adivino que traía
admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.
Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera parte desta
historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes, dio
libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Ginés
de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que
hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo
en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a
muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de emprenta. Pero, en
resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de
la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le
sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho, como se ha
contado. Este Ginés, pues, temeroso de no ser hallado de la justicia, que le
buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron
tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos, determinó
pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio
de titerero; que esto y el jugar de manos lo sabía hacer por estremo.
Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería compró
aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se le subiese en el
hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto, antes que entrase en
el lugar donde entraba con su retablo y mono, se informaba en el lugar más
cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas particulares hubiesen sucedido en
el tal lugar, y a qué personas; y, llevándolas bien en la memoria, lo primero
que hacía era mostrar su retablo, el cual unas veces era de una historia, y
otras de otra; pero todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra,
proponía las habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo
pasado y lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la
respuesta de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según
tomaba el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien
él sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada
por no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dicho tal y
tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba crédito inefable,
y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan discreto, respondía de
manera que las respuestas venían bien con las preguntas; y, como nadie le
apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba su mono, a todos hacía monas, y
llenaba sus esqueros.
Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo
conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho Panza, y
a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro si don Quijote
bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al rey Marsilio y destruyó
toda su caballería, como queda dicho en el antecedente capítulo.
Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.
Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salido de la
venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todos aquellos
contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba tiempo para
todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con esta intención siguió su
camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerle cosa digna de ponerse en
escritura, hasta que al tercero, al subir de una loma, oyó un gran rumor de
atambores, de trompetas y arcabuces. Al principio pensó que algún tercio de
soldados pasaba por aquella parte, y por verlos picó a Rocinante y subió la loma
arriba; y cuando estuvo en la cumbre, vio al pie della, a su parecer, más de
docientos hombres armados de diferentes suertes de armas, como si dijésemos
lanzones, ballestas, partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y
muchas rodelas. Bajó del recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que
distintamente vio las banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en
ellas traían, especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco
venía, en el cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco,
la cabeza levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura
como si estuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes
estos dos versos:
No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.
Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser del pueblo del
rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el estandarte venía
escrito. Díjole también que el que les había dado noticia de aquel caso se había
errado en decir que dos regidores habían sido los que rebuznaron; pero que,
según los versos del estandarte, no habían sido sino alcaldes. A lo que
respondió Sancho Panza:
-Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que
entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y así,
se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace al caso a la
verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores, como ellos una
por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznar un alcalde como un
regidor.
Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear con otro
que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buena vecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que nunca
fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón le recogieron en
medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don Quijote, alzando la
visera, con gentil brío y continente, llegó hasta el estandarte del asno, y allí
se le pusieron alrededor todos los más principales del ejército, por verle,
admirados con la admiración acostumbrada en que caían todos aquellos que la vez
primera le miraban. Don Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que
ninguno le hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio,
y, rompiendo el suyo, alzó la voz y dijo:
-Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáis un
razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y enfada; que
si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré un sello en mi boca
y echaré una mordaza a mi lengua.
Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le escucharían.
Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:
Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas, y
cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los
menesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os mueve a
tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y, habiendo
discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro negocio, hallo,
según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros por afrentados,
porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero, si no es retándole
de traidor por junto, porque no sabe en particular quién cometió la traición por
que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego Ordóñez de Lara, que retó a todo
el pueblo zamorano, porque ignoraba que solo Vellido Dolfos había cometido la
traición de matar a su rey; y así, retó a todos, y a todos tocaba la venganza y
la respuesta; aunque bien es verdad que el señor don Diego anduvo algo
demasiado, y aun pasó muy adelante de los límites del reto, porque no tenía para
qué retar a los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por
nacer, ni a las otras menudencias que allí se declaran; pero, ¡vaya!, pues
cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la
corrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,
provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no hay para
qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es; porque,
¡bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se
lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de otros
nombres y apellidos que andan por ahí en boca de los muchachos y de gente de
poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, que todos estos insignes pueblos se
corriesen y vengasen, y anduviesen contino hechas las espadas sacabuches a
cualquier pendencia, por pequeña que fuese! No, no, ni Dios lo permita o quiera.
Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de
tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas
y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender
su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de
su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y
si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en
defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden agregar
algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar las armas;
pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de
afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto
más, que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea,
va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que
hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen;
mandamiento que, aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para
aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu;
porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede
mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga
liviana; y así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla.
Así que, mis señores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y
humanas a sosegarse.
-El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si este mi amo no es
tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.
Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiere en
medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó la mano
por él, diciendo:
-Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero de la
Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo muy
atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto trata y
aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y ordenanzas de
lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacer sino dejarse
llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuanto más, que ello se
está dicho que es necedad correrse por sólo oír un rebuzno, que yo me acuerdo,
cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie
me fuese a la mano, y con tanta gracia y propiedad que, en rebuznando yo,
rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por eso dejaba de ser hijo de mis
padres, que eran honradísimos; y, aunque por esta habilidad era invidiado de más
de cuatro de los estirados de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se
vea que digo verdad, esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar:
que, una vez aprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente, que
todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto a él,
creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la mano tenía, y diole
tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con Sancho Panza en el
suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho, arremetió al que le había
dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos los que se pusieron en medio,
que no fue posible vengarle; antes, viendo que llovía sobre él un nublado de
piedras, y que le amenazaban mil encaradas ballestas y no menos cantidad de
arcabuces, volvió las riendas a Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se
salió de entre ellos, encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel
peligro le librase, temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las
espaldas y le saliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le
faltaba.
Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho le
pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras su amo, no
porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las huellas de
Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues, don Quijote buen
trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y atendióle, viendo que ninguno
le seguía.
Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salido a la
batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si
ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y
sitio un trofeo.
Capítulo XXVIII.
De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si
las lee con atención
Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones
prudentes guardarse para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en don Quijote,
el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas intenciones de aquel
indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y, sin acordarse de Sancho ni del
peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuanto le pareció que bastaba para
estar seguro. Seguíale Sancho, atravesado en su jumento, como queda referido.
Llegó, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al llegar, se dejó caer del rucio a
los pies de Rocinante, todo ansioso, todo molido y todo apaleado. Apeóse don
Quijote para catarle las feridas; pero, como le hallase sano de los pies a la
cabeza, con asaz cólera le dijo:
-¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y ¿dónde hallastes vos ser
bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos, ¿qué
contrapunto se había de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a Dios, Sancho,
que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per signum crucis con
un alfanje.
-No estoy para responder -respondió Sancho-, porque me parece que hablo por las
espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que yo pondré silencio en mis rebuznos,
pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y dejan a sus
buenos escuderos molidos como alheña, o como cibera, en poder de sus enemigos.
-No huye el que se retira -respondió don Quijote-, porque has de saber, Sancho,
que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama
temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a
su ánimo. Y así, yo confieso que me he retirado, pero no huido; y en esto he
imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos mejores, y desto
están las historias llenas, las cuales, por no serte a ti de provecho ni a mí de
gusto, no te las refiero ahora.
En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual asimismo
subió en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una alameda que hasta
un cuarto de legua de allí se parecía. De cuando en cuando daba Sancho unos ayes
profundísimos y unos gemidos dolorosos; y, preguntándole don Quijote la causa de
tan amargo sentimiento, respondió que, desde la punta del espinazo hasta la nuca
del celebro, le dolía de manera que le sacaba de sentido.
-La causa dese dolor debe de ser, sin duda -dijo don Quijote-, que, como era el
palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas las espaldas, donde
entran todas esas partes que te duelen; y si más te cogiera, más te doliera.
-¡Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y que
me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan encubierta estaba la
causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo todo aquello
que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún pudiera ser que se
anduviera adivinando el porqué me dolían, pero dolerme lo que me molieron no es
mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga, y cada
día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compañía que con
vuestra merced tengo; porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras
ciento volveremos a los manteamientos de marras y a otras muchacherías, que si
ahora me han salido a las espaldas, después me saldrán a los ojos. Harto mejor
haría yo, sino que soy un bárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda mi vida;
harto mejor haría yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a
mis hijos, y sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no
andarme tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no
las tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, ¡tomadme el dormir! Contad,
hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes más, tomad otros
tantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro buen
talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la
andante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de tales
tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De los presentes
no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los tengo respeto, y
porque sé que sabe vuesa merced un punto más que el diablo en cuanto habla y en
cuanto piensa.
-Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho -dijo don Quijote-: que ahora que
vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo
vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere al pensamiento y a
la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada, tendré yo por gusto el
enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si tanto deseáis volveros a vuestra
casa con vuestra mujer y hijos, no permita Dios que yo os lo impida; dineros
tenéis míos: mirad cuánto ha que esta tercera vez salimos de nuestro pueblo, y
mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes, y pagaos de vuestra mano.
-Cuando yo servía -respondió Sancho- a Tomé Carrasco, el padre del bachiller
Sansón Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados ganaba cada mes,
amén de la comida; con vuestra merced no sé lo que puedo ganar, puesto que sé
que tiene más trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve a un
labrador; que, en resolución, los que servimos a labradores, por mucho que
trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en
cama, en la cual no he dormido después que ha que sirvo a vuestra merced. Si no
ha sido el tiempo breve que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira
que tuve con la espuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y
dormí en casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al
cielo abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con
rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de
fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.
-Confieso -dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad. ¿Cuánto
parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?
-A mi parecer -dijo Sancho-, con dos reales más que vuestra merced añadiese cada
mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi trabajo; pero,
en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra merced me tiene
hecha de darme el gobierno de una ínsula, sería justo que se me añadiesen otros
seis reales, que por todos serían treinta.
-Está muy bien -replicó don Quijote-; y, conforme al salario que vos os habéis
señalado, 23 días ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho, rata por
cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho, de vuestra
mano.
-¡Oh, cuerpo de mí! -dijo Sancho-, que va vuestra merced muy errado en esta
cuenta, porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde el día que
vuestra merced me la prometió hasta la presente hora en que estamos.
-Pues, ¿qué tanto ha, Sancho, que os la prometí? -dijo don Quijote.
-Si yo mal no me acuerdo -respondió Sancho-, debe de haber más de veinte años,
tres días más a menos.
Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenzó a reír muy de gana, y
dijo:
-Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas,
sino dos meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha veinte años que te prometí la
ínsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios el dinero que
tienes mío; y si esto es así, y tú gustas dello, desde aquí te lo doy, y buen
provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal escudero, holgaréme de
quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador de las ordenanzas
escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has visto tú, o leído, que ningún
escudero de caballero andante se haya puesto con su señor en tanto más cuánto me
habéis de dar cada mes porque os sirva? Éntrate, éntrate, malandrín, follón y
vestiglo, que todo lo pareces; éntrate, digo, por el mare magnum de sus
historias, y si hallares que algún escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí
has dicho, quiero que me le claves en la frente, y, por añadidura, me hagas
cuatro mamonas selladas en mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al
rucio, y vuélvete a tu casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más
adelante conmigo. ¡Oh pan mal conocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre
que tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en
estado, y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora
te vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la
mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es la miel...
etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se te acabe el
curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a su último término
que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.
Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales
vituperios le decía, y compungióse de manera que le vinieron las lágrimas a los
ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:
-Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de la cola;
si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré
como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone
y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más
procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra y se enmienda, a Dios se
encomienda.
-Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio.
Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de aquí
adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón, y te
alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se
tarda, no se imposibilita.
Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza.
Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodó al pie de un olmo,
y Sancho al de una haya; que estos tales árboles y otros sus semejantes siempre
tienen pies, y no manos. Sancho pasó la noche penosamente, porque el varapalo se
hacía más sentir con el sereno. Don Quijote la pasó en sus continuas memorias;
pero, con todo eso, dieron los ojos al sueño, y al salir del alba siguieron su
camino buscando las riberas del famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará
en el capítulo venidero.
Capítulo XXIX.
De la famosa aventura del barco encantado
Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la
alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto
a don Quijote, porque contempló y miró en él la amenidad de sus riberas, la
claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia de sus líquidos
cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil amorosos pensamientos.
Especialmente fue y vino en lo que había visto en la cueva de Montesinos; que,
puesto que el mono de maese Pedro le había dicho que parte de aquellas cosas
eran verdad y parte mentira, él se atenía más a las verdaderas que a las
mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las tenía por la mesma mentira.
Yendo, pues, desta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin remos
ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol
que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes, y no vio persona
alguna; y luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que lo
mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase muy bien, juntas,
al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle Sancho la causa de
aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don Quijote:
-Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derechamente y sin poder
ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a que entre en él, y
vaya en él a dar socorro a algún caballero, o a otra necesitada y principal
persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque éste es estilo
de los libros de las historias caballerescas y de los encantadores que en ellas
se entremeten y platican: cuando algún caballero está puesto en algún trabajo,
que no puede ser librado dél sino por la mano de otro caballero, puesto que
estén distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y aun más, o le arrebatan
en una nube o le deparan un barco donde se entre, y en menos de un abrir y
cerrar de ojos le llevan, o por los aires, o por la mar, donde quieren y adonde
es menester su ayuda; así que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el
mesmo efecto; y esto es tan verdad como es ahora de día; y antes que éste se
pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos guíe, que
no dejaré de embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.
-Pues así es -respondió Sancho-, y vuestra merced quiere dar a cada paso en
estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza,
atendiendo al refrán "haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa";
pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi conciencia, quiero
advertir a vuestra merced que a mí me parece que este tal barco no es de los
encantados, sino de algunos pescadores deste río, porque en él se pescan las
mejores sabogas del mundo.
Esto decía, mientras ataba las bestias, Sancho, dejándolas a la proteción y
amparo de los encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le dijo que
no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los llevaría a
ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos.
-No entiendo eso de logicuos -dijo Sancho-, ni he oído tal vocablo en todos los
días de mi vida.
-Longincuos -respondió don Quijote- quiere decir apartados; y no es maravilla
que no lo entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como algunos que
presumen que lo saben, y lo ignoran.
-Ya están atados -replicó Sancho-. ¿Qué hemos de hacer ahora?
-¿Qué? -respondió don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir,
embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.
Y, dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se fue
apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas
dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna cosa le
dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por
desatarse, y díjole a su señor:
-El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en
libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos, quedaos en paz, y
la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a
vuestra presencia!
Y, en esto, comenzó a llorar tan amargamente que don Quijote, mohíno y colérico,
le dijo:
-¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas?
¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta,
menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas
caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla,
como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde en breve
espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado,
por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un
astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos
caminado; aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado, o pasaremos presto, por la
línea equinocial, que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual
distancia.
-Y cuando lleguemos a esa leña que vuestra merced dice -preguntó Sancho-,
¿cuánto habremos caminado?
-Mucho -replicó don Quijote-, porque de trecientos y sesenta grados que contiene
el globo, del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fue el
mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la línea
que he dicho.
-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a
una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo.
Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al
cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:
-Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a las
Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la
línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les
mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán,
si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si
topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no, pasado habemos.
-Yo no creo nada deso -respondió Sancho-, pero, con todo, haré lo que vuesa
merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias,
pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco
varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas dos varas, porque allí
están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira,
como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una
hormiga.
-Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que tú no
sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas, polos,
solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la
esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas,
vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto y qué de
imágines hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te
tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de
papel liso y blanco.
Tentóse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva
izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:
-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con
muchas leguas.
-Pues ¿qué? -preguntó don Quijote-, ¿has topado algo?
-¡Y aun algos! -respondió Sancho.
Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual
sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le
moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el
mismo curso del agua, blando entonces y suave.
En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban; y
apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
-¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe
de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada,
para cuyo socorro soy aquí traído.
-¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? -dijo
Sancho-. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se
muele el trigo?
-Calla, Sancho -dijo don Quijote-; que, aunque parecen aceñas, no lo son; y ya
te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los
encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser realmente, sino
que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea,
único refugio de mis esperanzas.
En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a
caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que
vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal de las
ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a detenerle, y,
como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la
harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:
-¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis, ahogaros
y haceros pedazos en estas ruedas?
-¿No te dije yo, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que habíamos llegado
donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y
follones me salen al encuentro, mira cuántos vestiglos se me oponen, mira
cuántas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!
Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los
molineros, diciéndoles:
-Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la
persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de
cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha,
llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservada por
orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.
Y, diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra
los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas sandeces, se
pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y
canal de las ruedas.
Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan
manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los molineros,
que, oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no de manera que
dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en
el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque
el peso de las armas le llevó al fondo dos veces; y si no fuera por los
molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí
había sido Troya para los dos.
Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de
rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con una
larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y
acometimientos de su señor.
Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho pedazos
las ruedas de las aceñas; y, viéndole roto, acometieron a desnudar a Sancho, y a
pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego, como si no hubiera
pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de
bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o
personas que en aquel su castillo estaban oprimidas.
-¿Qué personas o qué castillo dice -respondió uno de los molineros-, hombre sin
juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a estas
aceñas?
-¡Basta! -dijo entre sí don Quijote-. Aquí será predicar en desierto querer
reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en esta aventura
se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que
el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro dio conmigo al través.
Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de
otras. Yo no puedo más.
Y, alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:
-Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados,
perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de
vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta
aventura.
En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco cincuenta
reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:
-A dos barcadas como éstas, daremos con todo el caudal al fondo.
Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan
fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a dó
se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía; y, teniéndolos
por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus
ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, don Quijote y Sancho, y este
fin tuvo la aventura del encantado barco.
Capítulo XXX.
De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora
Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero,
especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero,
pareciéndole que todo lo que dél se quitaba era quitárselo a él de las niñas de
sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo y se apartaron
del famoso río, don Quijote sepultado en los pensamientos de sus amores, y
Sancho en los de su acrecentamiento, que por entonces le parecía que estaba bien
lejos de tenerle; porque, maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las
acciones de su amo, todas o las más, eran disparates, y buscaba ocasión de que,
sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su señor, un día se desgarrase y
se fuese a su casa. Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo que él
temía.
Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol y al salir de una selva, tendió
don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último dél vio gente, y,
llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería. Llegóse más, y entre
ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada
de guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo
vestida de verde, tan bizarra y ricamente que la misma bizarría venía
transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor, señal que dio a
entender a don Quijote ser aquélla alguna gran señora, que debía serlo de todos
aquellos cazadores, como era la verdad; y así, dijo a Sancho:
-Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo, el
Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su
grandeza me da licencia, se las iré a besar, y a servirla en cuanto mis fuerzas
pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no
encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.
-¡Hallado os le habéis el encajador! -respondió Sancho-. ¡A mí con eso! ¡Sí, que
no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas y crecidas señoras en
esta vida!
-Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea -replicó don Quijote-, yo no sé
que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.
-Así es verdad -respondió Sancho-, pero al buen pagador no le duelen prendas, y
en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a mí no hay que decirme
ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco.
-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios te guíe.
Partió Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y llegó donde la bella
cazadora estaba, y, apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:
-Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece, llamado el Caballero de los
Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su casa Sancho
Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se llamaba el de la
Triste Figura, envía por mí a decir a vuestra grandeza sea servida de darle
licencia para que, con su propósito y beneplácito y consentimiento, él venga a
poner en obra su deseo, que no es otro, según él dice y yo pienso, que de servir
a vuestra encumbrada altanería y fermosura; que en dársela vuestra señoría hará
cosa que redunde en su pro, y él recibirá señaladísima merced y contento.
-Por cierto, buen escudero -respondió la señora-, vos habéis dado la embajada
vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas piden.
Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste
Figura, de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que esté de hinojos;
levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga mucho en hora buena a
servirse de mí y del duque mi marido, en una casa de placer que aquí tenemos.
Levantóse Sancho admirado, así de la hermosura de la buena señora como de su
mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que tenía noticia de su
señor el Caballero de la Triste Figura, y que si no le había llamado el de los
Leones, debía de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntóle la duquesa,
cuyo título aún no se sabe:
-Decidme, hermano escudero: este vuestro señor, ¿no es uno de quien anda impresa
una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que
tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
-El mesmo es, señora -respondió Sancho-; y aquel escudero suyo que anda, o debe
de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que
me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa.
-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano Panza, y decid a
vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido a mis estados, y que
ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo gusto volvió a su amo,
a quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantando con sus
rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire y cortesía.
Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose bien en los estribos, acomodóse la
visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedo fue a besar las manos a la
duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su marido, le contó, en tanto que
don Quijote llegaba, toda la embajada suya; y los dos, por haber leído la
primera parte desta historia y haber entendido por ella el disparatado humor de
don Quijote, con grandísimo gusto y con deseo de conocerle le atendían, con
prosupuesto de seguirle el humor y conceder con él en cuanto les dijese,
tratándole como a caballero andante los días que con ellos se detuviese, con
todas las ceremonias acostumbradas en los libros de caballerías, que ellos
habían leído, y aun les eran muy aficionados.
En esto, llegó don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse,
acudió Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al apearse del
rucio, se le asió un pie en una soga del albarda, de tal modo que no fue posible
desenredarle, antes quedó colgado dél, con la boca y los pechos en el suelo. Don
Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo,
pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó de golpe el cuerpo, y
llevóse tras sí la silla de Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y la
silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya y de muchas maldiciones que
entre dientes echó al desdichado de Sancho, que aún todavía tenía el pie en la
corma.
El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero, los
cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando y como
pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el duque no lo
consintió en ninguna manera, antes, apeándose de su caballo, fue a abrazar a don
Quijote, diciéndole:
-A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera que vuesa
merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto; pero descuidos
de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.
-El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe -respondió don Quijote-, es
imposible ser malo, aunque mi caída no parara hasta el profundo de los abismos,
pues de allí me levantara y me sacara la gloria de haberos visto. Mi escudero,
que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que ata y cincha
una silla para que esté firme; pero, comoquiera que yo me halle, caído o
levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al servicio vuestro y al de mi
señora la duquesa, digna consorte vuestra, y digna señora de la hermosura y
universal princesa de la cortesía.
-¡Pasito, mi señor don Quijote de la Mancha! -dijo el duque-, que adonde está mi
señora doña Dulcinea del Toboso no es razón que se alaben otras fermosuras.
Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del lazo, y, hallándose allí cerca,
antes que su amo respondiese, dijo:
-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del
Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he oído decir
que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro, y el
que hace un vaso hermoso también puede hacer dos, y tres y ciento; dígolo porque
mi señora la duquesa a fee que no va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del
Toboso.
Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:
-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero más
hablador ni más gracioso del que yo tengo, y él me sacará verdadero si algunos
días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.
A lo que respondió la duquesa:
-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal que
es discreto; que las gracias y los donaires, señor don Quijote, como vuesa
merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buen Sancho es
gracioso y donairoso, desde aquí le confirmo por discreto.
-Y hablador -añadió don Quijote.
-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se pueden decir con
pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el gran
Caballero de la Triste Figura...
-De los Leones ha de decir vuestra alteza -dijo Sancho-, que ya no hay Triste
Figura, ni figuro.
-Sea el de los Leones -prosiguió el duque-. Digo que venga el señor Caballero de
los Leones a un castillo mío que está aquí cerca, donde se le hará el
acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo y la duquesa
solemos hacer a todos los caballeros andantes que a él llegan.
Ya en esto, Sancho había aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y,
subiendo en él don Quijote, y el duque en un hermoso caballo, pusieron a la
duquesa en medio y encaminaron al castillo. Mandó la duquesa a Sancho que fuese
junto a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones. No se hizo de
rogar Sancho, y entretejióse entre los tres, y hizo cuarto en la conversación,
con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran ventura acoger en
su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.
Capítulo XXXI.
Que trata de muchas y grandes cosas
Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho, viéndose, a su parecer, en
privanza con la duquesa, porque se le figuraba que había de hallar en su
castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a
la buena vida; y así, tomaba la ocasión por la melena en esto del regalarse cada
y cuando que se le ofrecía.
Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillo
llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo que
habían de tratar a don Quijote; el cual, como llegó con la duquesa a las puertas
del castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros, vestidos
hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimo raso carmesí, y,
cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto, le dijeron:
-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el caso;
pero, en efecto, venció la porfía de la duquesa, y no quiso decender o bajar del
palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no se hallaba digna de dar a
tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salió el duque a apearla; y al
entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas doncellas y echaron sobre los
hombros a don Quijote un gran manto de finísima escarlata, y en un instante se
coronaron todos los corredores del patio de criados y criadas de aquellos
señores, diciendo a grandes voces:
-¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!
Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre
los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue el primer día
que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no
fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los
tales caballeros en los pasados siglos.
Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa y se entró en el
castillo; y, remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se llegó
a una reverenda dueña, que con otras a recebir a la duquesa había salido, y con
voz baja le dijo:
-Señora González, o como es su gracia de vuesa merced...
-Doña Rodríguez de Grijalba me llamo -respondió la dueña-. ¿Qué es lo que
mandáis, hermano?
A lo que respondió Sancho:
-Querría que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo, donde
hallará un asno rucio mío; vuesa merced sea servida de mandarle poner, o
ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso, y no se
hallará a estar solo en ninguna de las maneras.
-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondió la dueña-, ¡medradas estamos!
Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá os trujo, y tened
cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa no estamos acostumbradas a
semejantes haciendas.
-Pues en verdad -respondió Sancho- que he oído yo decir a mi señor, que es
zahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino;
y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín del señor
Lanzarote.
-Hermano, si sois juglar -replicó la dueña-, guardad vuestras gracias para donde
lo parezcan y se os paguen, que de mi no podréis llevar sino una higa.
-¡Aun bien -respondió Sancho- que será bien madura, pues no perderá vuesa merced
la quínola de sus años por punto menos!
-Hijo de puta -dijo la dueña, toda ya encendida en cólera-, si soy vieja o no, a
Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y, volviendo y viendo a la
dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quién las
había.
-Aquí las he -respondió la dueña- con este buen hombre, que me ha pedido
encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que está a la
puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sé dónde, que
unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y, sobre todo,
por buen término me ha llamado vieja.
-Eso tuviera yo por afrenta -respondió la duquesa-, más que cuantas pudieran
decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
-Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellas tocas
más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.
-Malos sean los que me quedan por vivir -respondió Sancho-, si lo dije por
tanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento, que
me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a la señora
doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
-¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?
-Señor -respondió Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera que
estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé dél; y si en la caballeriza
se me acordara, allí hablara.
A lo que dijo el duque:
-Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se le
dará recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratará como a su
mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo alto
y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de oro y de
brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y
advertidas del duque y de la duquesa de lo que habían de hacer, y de cómo habían
de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese que le trataban como
caballero andante. Quedó don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos
greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto, tendido, con las quijadas, que
por de dentro se besaba la una con la otra; figura que, a no tener cuenta las
doncellas que le servían con disimular la risa -que fue una de las precisas
órdenes que sus señores les habían dado-, reventaran riendo.
Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintió,
diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como la
valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándose con él
en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió la camisa; y,
viéndose solo con Sancho, le dijo:
-Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar y afrentar a
una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla? ¿Tiempos eran
aquéllos para acordarte del rucio, o señores son éstos para dejar mal pasar a
las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho,
que te reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta
de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto
más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que
una de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que
se sirven de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, y
malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano, o un mentecato
gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra?
No, no, Sancho amigo, huye, huye destos inconvinientes, que quien tropieza en
hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado.
Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la
boca, y advierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor
de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse la lengua,
antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él
se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se
descubriría quién ellos eran.
Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón de
escarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde que las doncellas le
dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las doncellas
puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle
aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y ceremonias.
Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya los
señores le aguardaban. Cogiéronle en medio, y, lleno de pompa y majestad, le
llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro
servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recebirle, y
con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernan las casas de los
príncipes; destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo
han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se
mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que
ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables; destos tales, digo
que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recebir a don
Quijote. Hiciéronse mil corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don
Quijote en medio, se fueron a sentar a la mesa.
Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lo
rehusó, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar. El
eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a su señor
aquellos príncipes le hacían; y, viendo las muchas ceremonias y ruegos que
pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la
mesa, dijo:
-Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo
acerca desto de los asientos.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló, creyendo sin duda
alguna que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho y entendióle, y dijo:
-No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que diga cosa que no
venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco ha vuesa
merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.
-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondió don Quijote-; di lo que quisieres,
como lo digas presto.
-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi señor don Quijote,
que está presente, no me dejará mentir.
-Por mí -replicó don Quijote-, miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yo no te
iré a la mano, pero mira lo que vas a decir.
-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, como se
verá por la obra.
-Bien será -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden echar de aquí a este
tonto, que dirá mil patochadas.
-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar de mí Sancho un
punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto.
-Discretos días -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crédito que de
mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste:
«Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los
Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija
de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la
Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo
que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido
Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero...» ¿No es verdad todo
esto, señor nuestro amo? Dígalo, por su vida, porque estos señores no me tengan
por algún hablador mentiroso.
-Hasta ahora -dijo el eclesiástico-, más os tengo por hablador que por
mentiroso, pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré.
-Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar de decir que
debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas camino de
no acabar en dos días.
-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a mí placer; antes, le ha
de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; que si
tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mi vida.
-«Digo, pues, señores míos -prosiguió Sancho-, que este tal hidalgo, que yo
conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de
ballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.»
-Adelante, hermano -dijo a esta sazón el religioso-, que camino lleváis de no
parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.
-A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido -respondió Sancho-. «Y así,
digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo convidador, que buen
poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte
de un ángel, que yo no me hallé presente, que había ido por aquel tiempo a segar
a Tembleque...»
-Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que, sin enterrar al
hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento.
-«Es, pues, el caso -replicó Sancho- que, estando los dos para asentarse a la
mesa, que parece que ahora los veo más que nunca...»
Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba tomar el buen religioso
de la dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento, y don Quijote se
estaba consumiendo en cólera y en rabia.
-«Digo, así -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho, los dos para sentarse a
la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la cabecera de la mesa,
y el hidalgo porfiaba también que el labrador la tomase, porque en su casa se
había de hacer lo que él mandase; pero el labrador, que presumía de cortés y
bien criado, jamás quiso, hasta que el hidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos
sobre los hombros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole: ''Sentaos,
majagranzas, que adondequiera que yo me siente será vuestra cabecera''.» Y éste
es el cuento, y en verdad que creo que no ha sido aquí traído fuera de
propósito.
Púsose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le
parecían; los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de
correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de plática y
hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntó la duquesa a don
Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y que si le había enviado
aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar
de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
-Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin.
Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la
habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que
imaginar se puede?
-No sé -dijo Sancho Panza-, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo; a
lo menos, en la ligereza y en el brincar bien sé yo que no dará ella la ventaja
a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una
borrica como si fuera un gato.
-¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? -preguntó el duque.
-Y ¡cómo si la he visto! -respondió Sancho-. Pues, ¿quién diablos sino yo fue el
primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi
padre!
El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en
la cuenta de que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha, cuya historia leía
el duque de ordinario, y él se lo había reprehendido muchas veces, diciéndole
que era disparate leer tales disparates; y, enterándose ser verdad lo que
sospechaba, con mucha cólera, hablando con el duque, le dijo:
-Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo que
hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama, imagino
yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea,
dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.
Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:
-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois
caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en hora
buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si
los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo,
papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde,
nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde
hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni
toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?
Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y, viendo que
ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y alborotado
rostro, se puso en pie y dijo...
Pero esta respuesta capítulo por sí merece.
Capítulo XXXII.
De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con
otros graves y graciosos sucesos
Levantado, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como
azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:
-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo y el respeto que
siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa tienen y atan las manos
de mi justo enojo; y, así por lo que he dicho como por saber que saben todos que
las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua,
entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar
antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien
intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos,
el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites
de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener conocimiento del pecado que se
reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame
vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y
vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y
de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino
a troche moche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y,
habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto
más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito,
meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros
andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta
en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde
los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los
caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por
afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca
entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite:
caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el
ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y
baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera
religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la
caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra.
Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido
gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso
que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados
viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las
enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el
que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado
bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.
-¡Bien, por Dios! -dijo Sancho-. No diga más vuestra merced, señor y amo mío, en
su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que perseverar
en el mundo. Y más, que, negando este señor, como ha negado, que no ha habido en
el mundo, ni los hay, caballeros andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las
cosas que ha dicho?
-¿Por ventura -dijo el eclesiástico- sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que
dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula?
-Sí soy -respondió Sancho-; y soy quien la merece tan bien como otro cualquiera;
soy quien "júntate a los buenos y serás uno dellos", y soy yo de aquellos "no
con quien naces, sino con quien paces", y de los "quien a buen árbol se arrima,
buena sombra le cobija". Yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que
ando en su compañía, y he de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva
yo: que ni a él le faltarán imperios que mandar ni a mí ínsulas que gobernar.
-No, por cierto, Sancho amigo -dijo a esta sazón el duque-, que yo, en nombre
del señor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de nones, de no
pequeña calidad.
-Híncate de rodillas, Sancho -dijo don Quijote-, y besa los pies a Su Excelencia
por la merced que te ha hecho.
Hízolo así Sancho; lo cual visto por el eclesiástico, se levantó de la mesa,
mohíno además, diciendo:
-Por el hábito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra
Excelencia como estos pecadores. ¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues los
cuerdos canonizan sus locuras! Quédese Vuestra Excelencia con ellos; que, en
tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en la mía, y me escusaré de
reprehender lo que no puedo remediar.
Y, sin decir más ni comer más, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los
ruegos de los duques; aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa que
su impertinente cólera le había causado. Acabó de reír y dijo a don Quijote:
-Vuesa merced, señor Caballero de los Leones, ha respondido por sí tan altamente
que no le queda cosa por satisfacer deste que, aunque parece agravio, no lo es
en ninguna manera; porque, así como no agravian las mujeres, no agravian los
eclesiásticos, como vuesa merced mejor sabe.
-Así es -respondió don Quijote-, y la causa es que el que no puede ser agraviado
no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niños y los eclesiásticos, como no
pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados; porque entre
el agravio y la afrenta hay esta diferencia, como mejor Vuestra Excelencia sabe:
la afrenta viene de parte de quien la puede hacer, y la hace y la sustenta; el
agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Sea ejemplo: está uno
en la calle descuidado, llegan diez con mano armada, y, dándole de palos, pone
mano a la espada y hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le
opone, y no le deja salir con su intención, que es de vengarse; este tal queda
agraviado, pero no afrentado. Y lo mesmo confirmará otro ejemplo: está uno
vuelto de espaldas, llega otro y dale de palos, y en dándoselos huye y no
espera, y el otro le sigue y no alcanza; este que recibió los palos, recibió
agravio, mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le
dio los palos, aunque se los dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se
estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado agraviado y
afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traición; afrentado, porque
el que le dio sustentó lo que había hecho, sin volver las espaldas y a pie
quedo. Y así, según las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, mas
no afrentado; porque los niños no sienten, ni las mujeres, ni pueden huir, ni
tienen para qué esperar, y lo mesmo los constituidos en la sacra religión,
porque estos tres géneros de gente carecen de armas ofensivas y defensivas; y
así, aunque naturalmente estén obligados a defenderse, no lo están para ofender
a nadie. Y, aunque poco ha dije que yo podía estar agraviado, agora digo que no,
en ninguna manera, porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar;
por las cuales razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre
me ha dicho; sólo quisiera que esperara algún poco, para darle a entender en el
error en que está en pensar y decir que no ha habido, ni los hay, caballeros
andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amadís, o uno de los infinitos de su
linaje, yo sé que no le fuera bien a su merced.
-Eso juro yo bien -dijo Sancho-: cuchillada le hubieran dado que le abrieran de
arriba abajo como una granada, o como a un melón muy maduro. ¡Bonitos eran ellos
para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada, que tengo por cierto que
si Reinaldos de Montalbán hubiera oído estas razones al hombrecito, tapaboca le
hubiera dado que no hablara más en tres años. ¡No, sino tomárase con ellos y
viera cómo escapaba de sus manos!
Perecía de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le tenía
por más gracioso y por más loco que a su amo; y muchos hubo en aquel tiempo que
fueron deste mismo parecer. Finalmente, don Quijote se sosegó, y la comida se
acabó, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro doncellas, la una con una
fuente de plata, y la otra con un aguamanil, asimismo de plata, y la otra con
dos blanquísimas y riquísimas toallas al hombro, y la cuarta descubiertos los
brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos -que sin duda eran blancas- una
redonda pella de jabón napolitano. Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y
desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin
hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza
de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y así tendió la suya
todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella
del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que
no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el
rostro y por los ojos del obediente caballero, tanto, que se los hicieron cerrar
por fuerza.
El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando en
qué había de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera, cuando le
tuvo con un palmo de jabonadura, fingió que se le había acabado el agua, y mandó
a la del aguamanil fuese por ella, que el señor don Quijote esperaría. Hízolo
así, y quedó don Quijote con la más estraña figura y más para hacer reír que se
pudiera imaginar.
Mirábanle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le veían con
media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos cerrados y las
barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha discreción poder disimular la
risa; las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, sin osar mirar a sus
señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa en el cuerpo, y no sabían a
qué acudir: o a castigar el atrevimiento de las muchachas, o darles premio por
el gusto que recibían de ver a don Quijote de aquella suerte.
Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don Quijote, y
luego la que traía las toallas le limpió y le enjugó muy reposadamente; y,
haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda inclinación y reverencia,
se querían ir; pero el duque, porque don Quijote no cayese en la burla, llamó a
la doncella de la fuente, diciéndole:
-Venid y lavadme a mí, y mirad que no se os acabe el agua.
La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al duque como a don
Quijote, y, dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dejándole enjuto
y limpio, haciendo reverencias se fueron. Después se supo que había jurado el
duque que si a él no le lavaran como a don Quijote, había de castigar su
desenvoltura, lo cual habían enmendado discretamente con haberle a él jabonado.
Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí:
-¡Válame Dios! ¿Si será también usanza en esta tierra lavar las barbas a los
escuderos como a los caballeros? Porque, en Dios y en mi ánima que lo he bien
menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendría a más beneficio.
-¿Qué decís entre vos, Sancho? -preguntó la duquesa.
-Digo, señora -respondió él-, que en las cortes de los otros príncipes siempre
he oído decir que en levantando los manteles dan agua a las manos, pero no lejía
a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, por ver mucho; aunque también
dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de pasar, puesto que pasar por un
lavatorio de éstos antes es gusto que trabajo.
-No tengáis pena, amigo Sancho -dijo la duquesa-, que yo haré que mis doncellas
os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.
-Con las barbas me contento -respondió Sancho-, por ahora a lo menos, que
andando el tiempo, Dios dijo lo que será.
-Mirad, maestresala -dijo la duquesa-, lo que el buen Sancho pide, y cumplidle
su voluntad al pie de la letra.
El maestresala respondió que en todo sería servido el señor Sancho, y con esto
se fue a comer, y llevó consigo a Sancho, quedándose a la mesa los duques y don
Quijote, hablando en muchas y diversas cosas; pero todas tocantes al ejercicio
de las armas y de la andante caballería.
La duquesa rogó a don Quijote que le delinease y describiese, pues parecía tener
felice memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso; que,
según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por entendido que debía de
ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Sospiró don
Quijote, oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo:
-Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza,
aquí, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo
que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la viera en él toda
retratada; pero, ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por
punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna
de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles
de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y
grabarla en tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica ciceroniana y
demostina para alabarla?
-¿Qué quiere decir demostina, señor don Quijote -preguntó la duquesa-, que es
vocablo que no le he oído en todos los días de mi vida?
-Retórica demostina -respondió don Quijote- es lo mismo que decir retórica de
Demóstenes, como ciceroniana, de Cicerón, que fueron los dos mayores retóricos
del mundo.
-Así es -dijo el duque-, y habéis andado deslumbrada en la tal pregunta. Pero,
con todo eso, nos daría gran gusto el señor don Quijote si nos la pintase; que a
buen seguro que, aunque sea en rasguño y bosquejo, que ella salga tal, que la
tengan invidia las más hermosas.
-Sí hiciera, por cierto -respondió don Quijote-, si no me la hubiera borrado de
la idea la desgracia que poco ha que le sucedió, que es tal, que más estoy para
llorarla que para describirla; porque habrán de saber vuestras grandezas que,
yendo los días pasados a besarle las manos, y a recebir su bendición,
beneplácito y licencia para esta tercera salida, hallé otra de la que buscaba:
halléla encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de
ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de
reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del
Toboso en una villana de Sayago.
-¡Válame Dios! -dando una gran voz, dijo a este instante el duque-. ¿Quién ha
sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado dél la belleza que le
alegraba, el donaire que le entretenía y la honestidad que le acreditaba?
-¿Quién? -respondió don Quijote-. ¿Quién puede ser sino algún maligno encantador
de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo
para escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar
los fechos de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me
persiguen y encantadores me persiguirán hasta dar conmigo y con mis altas
caballerías en el profundo abismo del olvido; y en aquella parte me dañan y
hieren donde veen que más lo siento, porque quitarle a un caballero andante su
dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el
sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo
a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el
edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.
-No hay más que decir -dijo la duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de dar
crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha
salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige,
si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y
que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa
merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas
gracias y perfeciones que quiso.
-En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-. Dios sabe si hay Dulcinea o
no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las
cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a
mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga
en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son:
hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por
cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que
sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de
perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.
-Así es -dijo el duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que
diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde
se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en el Toboso o fuera
dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de
la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas,
con las Madásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas las historias
que vuesa merced bien sabe.
-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus obras, y
que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un
humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más, que Dulcinea tiene un
jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de
una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se estiende, y, aunque no
formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.
-Digo, señor don Quijote -dijo la duquesa-, que en todo cuanto vuestra merced
dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que
yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al
duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy
día, y es hermosa, y principalmente nacida y merecedora que un tal caballero
como es el señor don Quijote la sirva; que es lo más que puedo ni sé encarecer.
Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza
contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal
Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced
le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que
era rubión: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.
A lo que respondió don Quijote:
-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me
suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros
andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los
hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador invidioso; y,
como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos,
uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro de ser de tan impenetrables
carnes que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce
Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta
del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo, y
no con otra suerte de arma alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en
Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo
entre los brazos y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules
a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir
de lo dicho, que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no poder
ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes
blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado, que ya me he
visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme,
si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues de aquél me libré, quiero
creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y así, viendo estos
encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en
las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea,
por quien yo vivo; y así, creo que, cuando mi escudero le llevó mi embajada, se
la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar
trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino
granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras
magnitudes cómo, viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios
de Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto Sancho, mi escudero, en su mesma
figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea,
y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y, pues yo no estoy
encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la
ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis
enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino
estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del
cernido ni del ahecho de Dulcinea; que, pues a mí me la mudaron, no es maravilla
que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos
linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen
seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será
famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y
España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que
entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos
escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades
tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento; tiene
malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo;
duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale
con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría
con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en
duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho
merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que
atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el
rey con sus alcabalas; y más, que ya por muchas experiencias sabemos que no es
menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay
por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque
está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les
faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los
gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale
yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el
estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la
ínsula que gobernare.
A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote, cuando
oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio; y a deshora entró
Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, y tras él muchos
mozos, o, por mejor decir, pícaros de cocina y otra gente menuda, y uno venía
con un artesoncillo de agua, que en la color y poca limpieza mostraba ser de
fregar; seguíale y perseguíale el de la artesa, y procuraba con toda solicitud
ponérsela y encajársela debajo de las barbas, y otro pícaro mostraba querérselas
lavar.
-¿Qué es esto, hermanos? -preguntó la duquesa-. ¿Qué es esto? ¿Qué queréis a ese
buen hombre? ¿Cómo y no consideráis que está electo gobernador?
A lo que respondió el pícaro barbero:
-No quiere este señor dejarse lavar, como es usanza, y como se la lavó el duque
mi señor y el señor su amo.
-Sí quiero -respondió Sancho con mucha cólera-, pero querría que fuese con
toallas más limpias, con lejía mas clara y con manos no tan sucias; que no hay
tanta diferencia de mí a mi amo, que a él le laven con agua de ángeles y a mí
con lejía de diablos. Las usanzas de las tierras y de los palacios de los
príncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre, pero la costumbre del
lavatorio que aquí se usa peor es que de diciplinantes. Yo estoy limpio de
barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el que se llegare a
lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, hablando con el
debido acatamiento, le daré tal puñada que le deje el puño engastado en los
cascos; que estas tales ceremonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos
de huéspedes.
Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la cólera y oyendo las razones de
Sancho, pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeliñado con la
jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y así, haciendo
una profunda reverencia a los duques, como que les pedía licencia para hablar,
con voz reposada dijo a la canalla:
-¡Hola, señores caballeros! Vuesas mercedes dejen al mancebo, y vuélvanse por
donde vinieron, o por otra parte si se les antojare, que mi escudero es limpio
tanto como otro, y esas artesillas son para él estrechas y penantes búcaros.
Tomen mi consejo y déjenle, porque ni él ni yo sabemos de achaque de burlas.
Cogióle la razón de la boca Sancho, y prosiguió diciendo:
-¡No, sino lléguense a hacer burla del mostrenco, que así lo sufriré como ahora
es de noche! Traigan aquí un peine, o lo que quisieren, y almohácenme estas
barbas, y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me trasquilen a
cruces.
A esta sazón, sin dejar la risa, dijo la duquesa:
-Sancho Panza tiene razón en todo cuanto ha dicho, y la tendrá en todo cuanto
dijere: él es limpio, y, como él dice, no tiene necesidad de lavarse; y si
nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma, cuanto más, que vosotros,
ministros de la limpieza, habéis andado demasiadamente de remisos y descuidados,
y no sé si diga atrevidos, a traer a tal personaje y a tales barbas, en lugar de
fuentes y aguamaniles de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y dornajos
de palo y rodillas de aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no
podéis dejar, como malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenéis con
los escuderos de los andantes caballeros.
Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que venía con ellos,
que la duquesa hablaba de veras; y así, quitaron el cernadero del pecho de
Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron; el cual,
viéndose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a hincar de rodillas
ante la duquesa y dijo:
-De grandes señoras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra merced hoy
me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear verme armado
caballero andante, para ocuparme todos los días de mi vida en servir a tan alta
señora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy, hijos tengo y de
escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a vuestra grandeza,
menos tardaré yo en obedecer que vuestra señoría en mandar.
-Bien parece, Sancho -respondió la duquesa-, que habéis aprendido a ser cortés
en la escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero decir, que os habéis
criado a los pechos del señor don Quijote, que debe de ser la nata de los
comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como vos decís. Bien
haya tal señor y tal criado: el uno, por norte de la andante caballería; y el
otro, por estrella de la escuderil fidelidad. Levantaos, Sancho amigo, que yo
satisfaré vuestras cortesías con hacer que el duque mi señor, lo más presto que
pudiere, os cumpla la merced prometida del gobierno.
Con esto cesó la plática, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la duquesa
pidió a Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, viniese a pasar la tarde
con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondió que,
aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro o cinco horas las
siestas del verano, que, por servir a su bondad, él procuraría con todas sus
fuerzas no dormir aquel día ninguna, y vendría obediente a su mandado, y fuese.
El duque dio nuevas órdenes como se tratase a don Quijote como a caballero
andante, sin salir un punto del estilo como cuentan que se trataban los antiguos
caballeros.
Capítulo XXXIII.
De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas
pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note
Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmió aquella siesta, sino que, por
cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con el gusto
que tenía de oírle, le hizo sentar junto a sí en una silla baja, aunque Sancho,
de puro bien criado, no quería sentarse; pero la duquesa le dijo que se sentase
como gobernador y hablase como escudero, puesto que por entrambas cosas merecía
el mismo escaño del Cid Ruy Díaz Campeador.
Encogió Sancho los hombros, obedeció y sentóse, y todas las doncellas y dueñas
de la duquesa la rodearon, atentas, con grandísimo silencio, a escuchar lo que
diría; pero la duquesa fue la que habló primero, diciendo:
-Ahora que estamos solos, y que aquí no nos oye nadie, querría yo que el señor
gobernador me asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la historia que del
gran don Quijote anda ya impresa; una de las cuales dudas es que, pues el buen
Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le llevó
la carta del señor don Quijote, porque se quedó en el libro de memoria en Sierra
Morena, cómo se atrevió a fingir la respuesta, y aquello de que la halló
ahechando trigo, siendo todo burla y mentira, y tan en daño de la buena opinión
de la sin par Dulcinea, y todas que no vienen bien con la calidad y fidelidad de
los buenos escuderos.
A estas razones, sin responder con alguna, se levantó Sancho de la silla, y, con
pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios, anduvo por
toda la sala levantando los doseles; y luego, esto hecho, se volvió a sentar y
dijo:
-Ahora, señora mía, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera de
los circunstantes, sin temor ni sobresalto responderé a lo que se me ha
preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es que
yo tengo a mi señor don Quijote por loco rematado, puesto que algunas veces dice
cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan
discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo Satanás no las podría
decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y sin escrúpulo, a mí se me
ha asentado que es un mentecato. Pues, como yo tengo esto en el magín, me atrevo
a hacerle creer lo que no lleva pies ni cabeza, como fue aquello de la respuesta
de la carta, y lo de habrá seis o ocho días, que aún no está en historia;
conviene a saber: lo del encanto de mi señora doña Dulcinea, que le he dado a
entender que está encantada, no siendo más verdad que por los cerros de Úbeda.
Rogóle la duquesa que le contase aquel encantamento o burla, y Sancho se lo
contó todo del mesmo modo que había pasado, de que no poco gusto recibieron los
oyentes; y, prosiguiendo en su plática, dijo la duquesa:
-De lo que el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escrúpulo en el
alma y un cierto susurro llega a mis oídos, que me dice: Pues don Quijote de
la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su escudero lo conoce,
y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a las vanas promesas suyas,
sin duda alguna debe de ser él más loco y tonto que su amo; y, siendo esto así,
como lo es, mal contado te será, señora duquesa, si al tal Sancho Panza le das
ínsula que gobierne, porque el que no sabe gobernarse a sí, ¿cómo sabrá gobernar
a otros?
-Par Dios, señora -dijo Sancho-, que ese escrúpulo viene con parto derecho; pero
dígale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco que dice
verdad: que si yo fuera discreto, días ha que había de haber dejado a mi amo.
Pero ésta fue mi suerte, y ésta mi malandanza; no puedo más, seguirle tengo:
somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome
sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y así, es imposible que nos pueda
apartar otro suceso que el de la pala y azadón. Y si vuestra altanería no
quisiere que se me dé el prometido gobierno, de menos me hizo Dios, y podría ser
que el no dármele redundase en pro de mi conciencia; que, maguera tonto, se me
entiende aquel refrán de por su mal le nacieron alas a la hormiga; y aun
podría ser que se fuese más aína Sancho escudero al cielo, que no Sancho
gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en Francia; y de noche todos los gatos
son pardos, y asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se
ha desayunado; y no hay estómago que sea un palmo mayor que otro, el cual se
puede llenar, como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo
tienen a Dios por su proveedor y despensero; y más calientan cuatro varas de
paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia; y al dejar este mundo y
meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el
jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa que el del
sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo
todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos pese
y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra señoría no me quisiere dar la
ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por discreto; y yo he oído decir que
detrás de la cruz está el diablo, y que no es oro todo lo que reluce, y que de
entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Wamba para ser rey de
España, y de entre los brocados, pasatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo para
ser comido de culebras, si es que las trovas de los romances antiguos no
mienten.
-Y ¡cómo que no mienten! -dijo a esta sazón doña Rodríguez la dueña, que era una
de las escuchantes-: que un romance hay que dice que metieron al rey Rodrigo,
vivo vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que de allí a dos
días dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz doliente y baja:
Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había;
y, según esto, mucha razón tiene este señor en decir que quiere más ser más
labrador que rey, si le han de comer sabandijas.
No pudo la duquesa tener la risa, oyendo la simplicidad de su dueña, ni dejó de
admirarse en oír las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:
-Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero procura
cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y marido, aunque no es
de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y así, cumplirá la palabra de
la prometida ínsula, a pesar de la invidia y de la malicia del mundo. Esté
Sancho de buen ánimo, que cuando menos lo piense se verá sentado en la silla de
su ínsula y en la de su estado, y empuñará su gobierno, que con otro de brocado
de tres altos lo deseche. Lo que yo le encargo es que mire cómo gobierna sus
vasallos, advirtiendo que todos son leales y bien nacidos.
-Eso de gobernarlos bien -respondió Sancho- no hay para qué encargármelo, porque
yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres; y a quien cuece y
amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no me han de echar dado
falso; soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y sé despabilarme a sus
tiempos, y no consiento que me anden musarañas ante los ojos, porque sé dónde me
aprieta el zapato: dígolo porque los buenos tendrán conmigo mano y concavidad, y
los malos, ni pie ni entrada. Y paréceme a mí que en esto de los gobiernos todo
es comenzar, y podría ser que a quince días de gobernador me comiese las manos
tras el oficio y supiese más dél que de la labor del campo, en que me he criado.
-Vos tenéis razón razón, Sancho -dijo la duquesa-, que nadie nace enseñado, y de
los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero, volviendo a la
plática que poco ha tratábamos del encanto de la señora Dulcinea, tengo por cosa
cierta y más que averiguada que aquella imaginación que Sancho tuvo de burlar a
su señor y darle a entender que la labradora era Dulcinea, y que si su señor no
la conocía debía de ser por estar encantada, toda fue invención de alguno de los
encantadores que al señor don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo
sé de buena parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es
Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el
engañado; y no hay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca
vimos; y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos acá encantadores que nos
quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y sencillamente, sin
enredos ni máquinas; y créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea
del Toboso, que está encantada como la madre que la parió; y cuando menos nos
pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces saldrá Sancho del
engaño en que vive.
-Bien puede ser todo eso -dijo Sancho Panza-; y agora quiero creer lo que mi amo
cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora
Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la había visto
cuando la encanté por solo mi gusto; y todo debió de ser al revés, como vuesa
merced, señora mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir
que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan
loco que con tan flaca y magra persuasión como la mía creyese una cosa tan fuera
de todo término. Pero, señora, no por esto será bien que vuestra bondad me tenga
por malévolo, pues no está obligado un porro como yo a taladrar los pensamientos
y malicias de los pésimos encantadores: yo fingí aquello por escaparme de las
riñas de mi señor don Quijote, y no con intención de ofenderle; y si ha salido
al revés, Dios está en el cielo, que juzga los corazones.
-Así es la verdad -dijo la duquesa-; pero dígame agora, Sancho, qué es esto que
dice de la cueva de Montesinos, que gustaría saberlo.
Entonces Sancho Panza le contó punto por punto lo que queda dicho acerca de la
tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa, dijo:
-Deste suceso se puede inferir que, pues el gran don Quijote dice que vio allí a
la mesma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda es Dulcinea,
y que andan por aquí los encantadores muy listos y demasiadamente curiosos.
-Eso digo yo -dijo Sancho Panza-, que si mi señora Dulcinea del Toboso está
encantada, su daño; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi amo,
que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una labradora,
y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgué; y si aquélla era
Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por mí, o sobre ello,
morena. No, sino ándense a cada triquete conmigo a dime y direte, "Sancho lo
dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornó y Sancho volvió", como si Sancho fuese algún
quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese
mundo adelante, según me dijo Sansón Carrasco, que, por lo menos, es persona
bachillerada por Salamanca, y los tales no pueden mentir si no es cuando se les
antoja o les viene muy a cuento; así que, no hay para qué nadie se tome conmigo,
y pues que tengo buena fama, y, según oí decir a mi señor, que más vale el buen
nombre que las muchas riquezas, encájenme ese gobierno y verán maravillas; que
quien ha sido buen escudero será buen gobernador.
-Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho -dijo la duquesa- son sentencias
catonianas, o, por lo menos, sacadas de las mesmas entrañas del mismo Micael
Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su modo, debajo de
mala capa suele haber buen bebedor.
-En verdad, señora -respondió Sancho-, que en mi vida he bebido de malicia; con
sed bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita: bebo cuando tengo gana,
y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o
malcriado; que a un brindis de un amigo, ¿qué corazón ha de haber tan de mármol
que no haga la razón? Pero, aunque las calzo, no las ensucio; cuanto más, que
los escuderos de los caballeros andantes, casi de ordinario beben agua, porque
siempre andan por florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una
misericordia de vino, si dan por ella un ojo.
-Yo lo creo así -respondió la duquesa-. Y por ahora, váyase Sancho a reposar,
que después hablaremos más largo y daremos orden como vaya presto a encajarse,
como él dice, aquel gobierno.
De nuevo le besó las manos Sancho a la duquesa, y le suplicó le hiciese merced
de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de sus ojos.
-¿Qué rucio es éste? -preguntó la duquesa.
-Mi asno -respondió Sancho-, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta señora dueña le rogué, cuando entré en este castillo,
tuviese cuenta con él, y azoróse de manera como si la hubiera dicho que era fea
o vieja, debiendo ser más propio y natural de las dueñas pensar jumentos que
autorizar las salas. ¡Oh, válame Dios, y cuán mal estaba con estas señoras un
hidalgo de mi lugar!
-Sería algún villano -dijo doña Rodríguez, la dueña-, que si él fuera hidalgo y
bien nacido, él las pusiera sobre el cuerno de la luna.
-Agora bien -dijo la duquesa-, no haya más: calle doña Rodríguez y sosiéguese el
señor Panza, y quédese a mi cargo el regalo del rucio; que, por ser alhaja de
Sancho, le pondré yo sobre las niñas de mis ojos.
-En la caballeriza basta que esté -respondió Sancho-, que sobre las niñas de los
ojos de vuestra grandeza ni él ni yo somos dignos de estar sólo un momento, y
así lo consintiría yo como darme de puñaladas; que, aunque dice mi señor que en
las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de menos, en las
jumentiles y así niñas se ha de ir con el compás en la mano y con medido
término.
-Llévele -dijo la duquesa- Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.
-No piense vuesa merced, señora duquesa, que ha dicho mucho -dijo Sancho-; que
yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el mío no
sería cosa nueva.
Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y,
enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con él había
pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don Quijote
que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el cual le
hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en
esta grande historia se contienen.
Capítulo XXXIV.
Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de
desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más
famosas deste libro
Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversación de don
Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirmándose en la intención que tenían de
hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras,
tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado de la cueva de
Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que más la duquesa se
admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta que hubiese venido a creer
ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso estuviese encantada, habiendo sido
él mesmo el encantador y el embustero de aquel negocio); y así, habiendo dado
orden a sus criados de todo lo que habían de hacer, de allí a seis días le
llevaron a caza de montería, con tanto aparato de monteros y cazadores como
pudiera llevar un rey coronado. Diéronle a don Quijote un vestido de monte y a
Sancho otro verde, de finísimo paño; pero don Quijote no se le quiso poner,
diciendo que otro día había de volver al duro ejercicio de las armas y que no
podía llevar consigo guardarropas ni reposterías. Sancho sí tomó el que le
dieron, con intención de venderle en la primera ocasión que pudiese.
Llegado, pues, el esperado día, armóse don Quijote, vistióse Sancho, y, encima
de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se metió entre la
tropa de los monteros. La duquesa salió bizarramente aderezada, y don Quijote,
de puro cortés y comedido, tomó la rienda de su palafrén, aunque el duque no
quería consentirlo, y, finalmente, llegaron a un bosque que entre dos altísimas
montañas estaba, donde, tomados los puestos, paranzas y veredas, y repartida la
gente por diferentes puestos, se comenzó la caza con grande estruendo, grita y
vocería, de manera que unos a otros no podían oírse, así por el ladrido de los
perros como por el son de las bocinas.
Apeóse la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en un puesto
por donde ella sabía que solían venir algunos jabalíes. Apeóse asimismo el duque
y don Quijote, y pusiéronse a sus lados; Sancho se puso detrás de todos, sin
apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque no le sucediese algún
desmán. Y, apenas habían sentado el pie y puesto en ala con otros muchos criados
suyos, cuando, acosado de los perros y seguido de los cazadores, vieron que
hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y
arrojando espuma por la boca; y en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano
a su espada, se adelantó a recebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su
venablo; pero a todos se adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara.
Sólo Sancho, en viendo al valiente animal, desamparó al rucio y dio a correr
cuanto pudo, y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes,
estando ya a la mitad dél, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se desgajó la rama, y, al venir al
suelo, se quedó en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder llegar al
suelo. Y, viéndose así, y que el sayo verde se le rasgaba, y pareciéndole que si
aquel fiero animal allí allegaba le podía alcanzar, comenzó a dar tantos gritos
y a pedir socorro con tanto ahínco, que todos los que le oían y no le veían
creyeron que estaba entre los dientes de alguna fiera.
Finalmente, el colmilludo jabalí quedó atravesado de las cuchillas de muchos
venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza don Quijote a los
gritos de Sancho, que ya por ellos le había conocido, viole pendiente de la
encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a él, que no le desamparó en su
calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al
rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre los
dos se guardaban.
Llegó don Quijote y descolgó a Sancho; el cual, viéndose libre y en el suelo,
miró lo desgarrado del sayo de monte, y pesóle en el alma; que pensó que tenía
en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabalí poderoso sobre una
acémila, y, cubriéndole con matas de romero y con ramas de mirto, le llevaron,
como en señal de vitoriosos despojos, a unas grandes tiendas de campaña que en
la mitad del bosque estaban puestas, donde hallaron las mesas en orden y la
comida aderezada, tan sumptuosa y grande, que se echaba bien de ver en ella la
grandeza y magnificencia de quien la daba. Sancho, mostrando las llagas a la
duquesa de su roto vestido, dijo:
-Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de
verse en este estremo. Yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animal que,
si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo haber oído
cantar un romance antiguo que dice:
De los osos seas comido,
como Favila el nombrado.
-Ése fue un rey godo -dijo don Quijote-, que, yendo a caza de montería, le comió
un oso.
-Eso es lo que yo digo -respondió Sancho-: que no querría yo que los príncipes y
los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece
que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido
delito alguno.
-Antes os engañáis, Sancho -respondió el duque-, porque el ejercicio de la caza
de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro
alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias,
insidias para vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos
y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las
fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio
que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que
él tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros géneros de caza,
excepto el de la volatería, que también es sólo para reyes y grandes señores.
Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión, y, cuando seáis gobernador, ocupaos en
la caza y veréis como os vale un pan por ciento.
-Eso no -respondió Sancho-: el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa.
¡Bueno sería que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y él estuviese en
el monte holgándose! ¡Así enhoramala andaría el gobierno! Mía fe, señor, la caza
y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que para los gobernadores.
En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al triunfo envidado las pascuas, y
a los bolos los domingos y fiestas; que esas cazas ni cazos no dicen con mi
condición ni hacen con mi conciencia.
-Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay gran trecho.
-Haya lo que hubiere -replicó Sancho-, que al buen pagador no le duelen prendas,
y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas llevan pies, que
no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo hago lo que debo con
buena intención, sin duda que gobernaré mejor que un gerifalte. ¡No, sino
pónganme el dedo en la boca y verán si aprieto o no!
-¡Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito -dijo don Quijote-,
y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, donde yo te vea hablar
sin refranes una razón corriente y concertada! Vuestras grandezas dejen a este
tonto, señores míos, que les molerá las almas, no sólo puestas entre dos, sino
entre dos mil refranes, traídos tan a sazón y tan a tiempo cuanto le dé Dios a
él la salud, o a mí si los querría escuchar.
-Los refranes de Sancho Panza -dijo la duquesa-, puesto que son más que los del
Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad de las
sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque sean mejor
traídos y con más sazón acomodados.
Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al bosque, y
en requerir algunas paranzas, y presto, se les pasó el día y se les vino la
noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazón del tiempo pedía, que era en la
mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo consigo ayudó mucho a la
intención de los duques; y, así como comenzó a anochecer, un poco más adelante
del crepúsculo, a deshora pareció que todo el bosque por todas cuatro partes se
ardía, y luego se oyeron por aquí y por allí, y por acá y por acullá, infinitas
cornetas y otros instrumentos de guerra, como de muchas tropas de caballería que
por el bosque pasaba. La luz del fuego, el son de los bélicos instrumentos, casi
cegaron y atronaron los ojos y los oídos de los circunstantes, y aun de todos
los que en el bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de
moros cuando entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron
tambores, resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa,
que no tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos
intrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse la duquesa, admiróse don Quijote,
tembló Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores de la causa
se espantaron. Con el temor les cogió el silencio, y un postillón que en traje
de demonio les pasó por delante, tocando en voz de corneta un hueco y
desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son despedía.
-¡Hola, hermano correo! -dijo el duque-, ¿quién sois, adónde vais, y qué gente
de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?
A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:
-Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que por
aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro triunfante traen
a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el gallardo francés
Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser desencantada la tal
señora.
-Si vos fuérades diablo, como decís y como vuestra figura muestra, ya hubiérades
conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le tenéis delante.
-En Dios y en mi conciencia -respondió el Diablo- que no miraba en ello, porque
traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la principal a que
venía se me olvidaba.
-Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora yo
tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.
Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:
-A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo), me
envía el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandándome que de su
parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa que trae
consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la que es
menester para desencantarla. Y, por no ser para más mi venida, no ha de ser más
mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ángeles buenos con estos
señores.
Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno, y volvió las espaldas y fuese,
sin esperar respuesta de ninguno.
Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en
Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuviese encantada
Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o no lo que le
había pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en estos
pensamientos, el duque le dijo:
-¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?
-Pues ¿no? -respondió él-. Aquí esperaré intrépido y fuerte, si me viniese a
embestir todo el infierno.
-Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaré yo
aquí como en Flandes -dijo Sancho.
En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por el
bosque, bien así como discurren por el cielo las exhalaciones secas de la
tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oyóse asimismo un
espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen
traer los carros de bueyes, de cuyo chirrío áspero y continuado se dice que
huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. Añadióse a toda esta
tempestad otra que las aumentó todas, que fue que parecía verdaderamente que a
las cuatro partes del bosque se estaban dando a un mismo tiempo cuatro
rencuentros o batallas, porque allí sonaba el duro estruendo de espantosa
artillería, acullá se disparaban infinitas escopetas, cerca casi sonaban las
voces de los combatientes, lejos se reiteraban los lililíes agarenos.
Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas,
los tambores, la artillería, los arcabuces, y, sobre todo, el temeroso ruido de
los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y tan horrendo, que fue
menester que don Quijote se valiese de todo su corazón para sufrirle; pero el de
Sancho vino a tierra, y dio con él desmayado en las faldas de la duquesa, la
cual le recibió en ellas, y a gran priesa mandó que le echasen agua en el
rostro. Hízose así, y él volvió en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las
rechinantes ruedas llegaba a aquel puesto.
Tirábanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en cada
cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro
venía hecho un asiento alto, sobre el cual venía sentado un venerable viejo, con
una barba más blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le pasaba de la
cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocací, que, por venir el
carro lleno de infinitas luces, se podía bien divisar y discernir todo lo que en
él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos del mesmo bocací, con tan feos
rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez, cerró los ojos por no verlos
otra. Llegando, pues, el carro a igualar al puesto, se levantó de su alto
asiento el viejo venerable, y, puesto en pie, dando una gran voz, dijo:
-Yo soy el sabio Lirgandeo.
Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carro de
la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el carro se
detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:
-Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.
Y pasó adelante.
Luego, por el mismo continente, llegó otro carro; pero el que venía sentado en
el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de mala catadura,
el cual, al llegar, levantándose en pie, como los otros, dijo con voz más ronca
y más endiablada:
-Yo soy Arcaláus el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su
parentela.
Y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y cesó
el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sino un son de
una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró, y lo tuvo a
buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba:
-Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.
-Tampoco donde hay luces y claridad -respondió la duquesa.
A lo que replicó Sancho:
-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y
bien podría ser que nos abrasasen, pero la música siempre es indicio de
regocijos y de fiestas.
-Ello dirá -dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.
Y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.
Capítulo XXXV.
Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto
de Dulcinea, con otros admirables sucesos
Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de los
que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas, empero, de
lienzo blanco, y sobre cada una venía un diciplinante de luz, asimesmo vestido
de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la mano. Era el carro dos
veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los lados, y encima dél, ocupaban
doce otros diciplinantes albos como la nieve, todos con sus hachas encendidas,
vista que admiraba y espantaba juntamente; y en un levantado trono venía sentada
una ninfa, vestida de mil velos de tela de plata, brillando por todos ellos
infinitas hojas de argentería de oro, que la hacían, si no rica, a lo menos
vistosamente vestida. Traía el rostro cubierto con un transparente y delicado
cendal, de modo que, sin impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubría un
hermosísimo rostro de doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir
la belleza y los años, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez
y siete.
Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de las que llaman rozagantes,
hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al punto que llegó
el carro a estar frente a frente de los duques y de don Quijote, cesó la música
de las chirimías, y luego la de las arpas y laúdes que en el carro sonaban; y,
levantándose en pie la figura de la ropa, la apartó a entrambos lados, y,
quitándose el velo del rostro, descubrió patentemente ser la mesma figura de la
muerte, descarnada y fea, de que don Quijote recibió pesadumbre y Sancho miedo,
y los duques hicieron algún sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta
muerte viva, con voz algo dormida y con lengua no muy despierta, comenzó a decir
desta manera:
-Yo soy Merlín, aquel que las historias
dicen que tuve por mi padre al diablo
(mentira autorizada de los tiempos),
príncipe de la Mágica y monarca
y archivo de la ciencia zoroástrica,
émulo a las edades y a los siglos
que solapar pretenden las hazañas
de los andantes bravos caballeros
a quien yo tuve y tengo gran cariño.
Y, puesto que es de los encantadores,
de los magos o mágicos contino
dura la condición, áspera y fuerte,
la mía es tierna, blanda y amorosa,
y amiga de hacer bien a todas gentes.
En las cavernas lóbregas de Dite,
donde estaba mi alma entretenida
en formar ciertos rombos y caráteres,
llegó la voz doliente de la bella
y sin par Dulcinea del Toboso.
Supe su encantamento y su desgracia,
y su trasformación de gentil dama
en rústica aldeana; condolíme,
y, encerrando mi espíritu en el hueco
desta espantosa y fiera notomía,
después de haber revuelto cien mil libros
desta mi ciencia endemoniada y torpe,
vengo a dar el remedio que conviene
a tamaño dolor, a mal tamaño.
¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo ¡oh varón, como se debe
por jamás alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso,
es menester que Sancho, tu escudero,
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.
-¡Voto a tal! -dijo a esta sazón Sancho-. No digo yo tres mil azotes, pero así
me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar!
¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el
señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del
Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!
-Tomaros he yo -dijo don Quijote-, don villano, harto de ajos, y amarraros he a
un árbol, desnudo como vuestra madre os parió; y no digo yo tres mil y
trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados que no
se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os
arrancaré el alma.
Oyendo lo cual Merlín, dijo:
-No ha de ser así, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han de ser
por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere; que no se le
pone término señalado; pero permítesele que si él quisiere redemir su vejación
por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se los dé ajena mano, aunque
sea algo pesada.
-Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar -replicó Sancho-: a mí no me ha de
tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la señora Dulcinea del Toboso, para
que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo sí, que es parte
suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo suyo, se
puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su
desencanto; pero, ¿azotarme yo...? ¡Abernuncio!
Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando, levantándose en pie la argentada
ninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el sutil velo del
rostro, le descubrió tal, que a todos pareció mas que demasiadamente hermoso, y,
con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando derechamente con
Sancho Panza, dijo:
-¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas
guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón desuellacaras, que te arrojaras
de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del género humano, que te
comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te
persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con algún truculento y agudo
alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo; pero hacer
caso de tres mil y trecientos azotes, que no hay niño de la doctrina, por ruin
que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva, espanta a todas las
entrañas piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que lo
vinieren a saber con el discurso del tiempo. Pon, ¡oh miserable y endurecido
animal!, pon, digo, esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niñas destos
míos, comparados a rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo y madeja
a madeja, haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis
mejillas. Muévate, socarrón y malintencionado monstro, que la edad tan florida
mía, que aún se está todavía en el diez y... de los años, pues tengo diez y
nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de una
rústica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que me ha
hecho el señor Merlín, que está presente, sólo porque te enternezca mi belleza;
que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodón los riscos, y los
tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión indómito, y saca de harón
ese brío, que a sólo comer y más comer te inclina, y pon en libertad la lisura
de mis carnes, la mansedumbre de mi condición y la belleza de mi faz; y si por
mí no quieres ablandarte ni reducirte a algún razonable término, hazlo por ese
pobre caballero que a tu lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el
alma, que la tiene atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que
no espera sino tu rígida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para
volverse al estómago.
Tentóse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviéndose al duque:
-Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.
-¿Qué decís vos a esto, Sancho? -preguntó la duquesa.
-Digo, señora -respondió Sancho-, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio.
-Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís -dijo el duque.
-Déjeme vuestra grandeza -respondió Sancho-, que no estoy agora para mirar en
sotilezas ni en letras más a menos; porque me tienen tan turbado estos azotes
que me han de dar, o me tengo de dar, que no sé lo que me digo, ni lo que me
hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcina del Toboso
adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que me abra las
carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito, con una tiramira
de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura son mis carnes de
bronce, o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué canasta de ropa blanca,
de camisas, de tocadores y de escarpines, anque no los gasto, trae delante de sí
para ablandarme, sino un vituperio y otro, sabiendo aquel refrán que dicen por
ahí, que un asno cargado de oro sube ligero por una montaña, y que dádivas
quebrantan peñas, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale un "toma"
que dos "te daré"? Pues el señor mi amo, que había de traerme la mano por el
cerro y halagarme para que yo me hiciese de lana y de algodón cardado, dice que
si me coge me amarrará desnudo a un árbol y me doblará la parada de los azotes;
y habían de considerar estos lastimados señores que no solamente piden que se
azote un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con guindas".
Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a tener
crianza, que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un
buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y
vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello como
de volverme cacique.
-Pues en verdad, amigo Sancho -dijo el duque-, que si no os ablandáis más que
una breva madura, que no habéis de empuñar el gobierno. ¡Bueno sería que yo
enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se
doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos,
imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o vos habéis
de ser azotado, o os han de azotar, o no habéis de ser gobernador.
-Señor -respondió Sancho-, ¿no se me darían dos días de término para pensar lo
que me está mejor?
-No, en ninguna manera -dijo Merlín-; aquí, en este instante y en este lugar, ha
de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcinea volverá a la cueva
de Montesinos y a su prístino estado de labradora, o ya, en el ser que está,
será llevada a los Elíseos Campos, donde estará esperando se cumpla el número
del vápulo.
-Ea, buen Sancho -dijo la duquesa-, buen ánimo y buena correspondencia al pan
que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar,
por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí, hijo, desta
azotaina, y váyase el diablo para diablo y el temor para mezquino; que un buen
corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.
A estas razones respondió con éstas disparatadas Sancho, que, hablando con
Merlín, le preguntó:
-Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo y dio a
mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que le esperase
aquí, porque venía a dar orden de que la señora doña Dulcinea del Toboso se
desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus semejas.
A lo cual respondió Merlín:
-El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco: yo le envié
en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mío, porque
Montesinos se está en su cueva entendiendo, o, por mejor decir, esperando su
desencanto, que aún le falta la cola por desollar. Si os debe algo, o tenéis
alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y pondré donde vos más
quisiéredes. Y, por agora, acabad de dar el sí desta diciplina, y creedme que os
será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo: para el alma, por
la caridad con que la haréis; para el cuerpo, porque yo sé que sois de
complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un poco de sangre.
-Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos -replicó
Sancho-; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy
contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con condición que me los
tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los días
ni en el tiempo; y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea posible,
porque goce el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso,
pues, según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de
ser también condición que no he de estar obligado a sacarme sangre con la
diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo, se me han de tomar en
cuenta. Iten, que si me errare en el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo,
ha de tener cuidado de contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me
sobran.
-De las sobras no habrá que avisar -respondió Merlín-, porque, llegando al cabal
número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, y vendrá a
buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun premios, por
la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras ni de las
faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de la
cabeza.
-¡Ea, pues, a la mano de Dios! -dijo Sancho-. Yo consiento en mi mala ventura;
digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.
Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música de
las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don Quijote se
colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas. La
duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron muestras de haber recebido
grandísimo contento, y el carro comenzó a caminar; y, al pasar, la hermosa
Dulcinea inclinó la cabeza a los duques y hizo una gran reverencia a Sancho.
Y ya, en esto, se venía a más andar el alba, alegre y risueña: las florecillas
de los campos se descollaban y erguían, y los líquidos cristales de los
arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a
los ríos que los esperaban. La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la
luz serena, cada uno por sí y todos juntos, daban manifiestas señales que el
día, que al aurora venía pisando las faldas, había de ser sereno y claro. Y,
satisfechos los duques de la caza y de haber conseguido su intención tan
discreta y felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar
en sus burlas, que para ellos no había veras que más gusto les diesen.
Capítulo XXXVI.
Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada aventura de la
dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza
escribió a su mujer Teresa Panza
Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual hizo
la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada, compuso los
versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con intervención de
sus señores, ordenó otra del más gracioso y estraño artificio que puede
imaginarse.
Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la
penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí, y que
aquella noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la duquesa que con qué se
los había dado. Respondió que con la mano.
-Eso -replicó la duquesa- más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo para
mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura; menester será que
el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de canelones, que se
dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la
libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea por tan poco precio; y
advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no
tienen mérito ni valen nada.
A lo que respondió Sancho:
-Déme vuestra señoría alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me daré con
él como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que, aunque soy
rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no será bien que yo
me descríe por el provecho ajeno.
-Sea en buena hora -respondió la duquesa-: yo os daré mañana una diciplina que
os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes, como si
fueran sus hermanas propias.
A lo que dijo Sancho:
-Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima, que yo tengo escrita una carta a
mi mujer Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me ha sucedido después que
me aparté della; aquí la tengo en el seno, que no le falta más de ponerle el
sobreescrito; querría que vuestra discreción la leyese, porque me parece que va
conforme a lo de gobernador, digo, al modo que deben de escribir los
gobernadores.
-¿Y quién la notó? -preguntó la duquesa.
-¿Quién la había de notar sino yo, pecador de mí? -respondió Sancho.
-¿Y escribístesla vos? -dijo la duquesa.
-Ni por pienso -respondió Sancho-, porque yo no sé leer ni escribir, puesto que
sé firmar.
-Veámosla -dijo la duquesa-, que a buen seguro que vos mostréis en ella la
calidad y suficiencia de vuestro ingenio.
Sacó Sancho una carta abierta del seno, y, tomándola la duquesa, vio que decía
desta manera:
Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer
Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo,
buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, por ahora; otra
vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche,
que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer de un
gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los zancajos! Ahí te envío un vestido
verde de cazador, que me dio mi señora la duquesa; acomódale en modo que sirva
de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote, mi amo, según he oído decir en
esta tierra, es un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no le voy en
zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merlín ha echado mano
de mí para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza
Lorenzo: con tres mil y trecientos azotes, menos cinco, que me he de dar,
quedará desencantada como la madre que la parió. No dirás desto nada a nadie,
porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro.
De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de
hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con
este mesmo deseo; tomaréle el pulso, y avisaréte si has de venir a estar conmigo
o no. El rucio está bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar,
aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi señora te besa mil veces las
manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos cueste ni
valga más barata, según dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido
Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras,
pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está el que repica, y todo saldrá
en la colada del gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una
vez le pruebo, que me tengo de comer las manos tras él; y si así fuese, no me
costaría muy barato, aunque los estropeados y mancos ya se tienen su calonjía en
la limosna que piden; así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de
buena ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. Deste
castillo, a veinte de julio de 1614.
Tu marido el gobernador,
Sancho Panza.
En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:
-En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir o
dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha de dar,
sabiendo él, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi señor, se le
prometió, no se soñaba haber azotes en el mundo; la otra es que se muestra en
ella muy codicioso, y no querría que orégano fuese, porque la codicia rompe el
saco, y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada.
-Yo no lo digo por tanto, señora -respondió Sancho-; y si a vuesa merced le
parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer otra
nueva, y podría ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.
-No, no -replicó la duquesa-, buena está ésta, y quiero que el duque la vea.
Con esto se fueron a un jardín, donde habían de comer aquel día. Mostró la
duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibió grandísimo contento.
Comieron, y después de alzado los manteles, y después de haberse entretenido un
buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, a deshora se oyó el son
tristísimo de un pífaro y el de un ronco y destemplado tambor. Todos mostraron
alborotarse con la confusa, marcial y triste armonía, especialmente don Quijote,
que no cabía en su asiento de puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino
que el miedo le llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la
duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y
malencólico. Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín
adelante dos hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba
por el suelo; éstos venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de
negro. A su lado venía el pífaro, negro y pizmiento como los demás. Seguía a los
tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con una
negrísima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Por encima de la
loba le ceñía y atravesaba un ancho tahelí, también negro, de quien pendía un
desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Venía cubierto el rostro con
un trasparente velo negro, por quien se entreparecía una longísima barba, blanca
como la nieve. Movía el paso al son de los tambores con mucha gravedad y reposo.
En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y su acompañamiento pudiera y pudo
suspender a todos aquellos que sin conocerle le miraron.
Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas ante
el duque, que en pie, con los demás que allí estaban, le atendía; pero el duque
en ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo así el
espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó el antifaz del rostro y hizo
patente la más horrenda, la más larga, la más blanca y más poblada barba que
hasta entonces humanos ojos habían visto, y luego desencajó y arrancó del ancho
y dilatado pecho una voz grave y sonora, y, poniendo los ojos en el duque, dijo:
-Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca; soy
escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Dueña Dolorida, de
parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es que la vuestra
magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para entrar a decirle su
cuita, que es una de las más nuevas y más admirables que el más cuitado
pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero quiere saber si está en este
vuestro castillo el valeroso y jamás vencido caballero don Quijote de la Mancha,
en cuya busca viene a pie y sin desayunarse desde el reino de Candaya hasta este
vuestro estado, cosa que se puede y debe tener a milagro o a fuerza de
encantamento. Ella queda a la puerta desta fortaleza o casa de campo, y no
aguarda para entrar sino vuestro beneplácito. Dije.
Y tosió luego y manoseóse la barba de arriba abajo con entrambas manos, y con
mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:
-Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, ha muchos días que tenemos
noticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien los
encantadores la hacen llamar la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendo escudero,
decirle que entre y que aquí está el valiente caballero don Quijote de la
Mancha, de cuya condición generosa puede prometerse con seguridad todo amparo y
toda ayuda; y asimismo le podréis decir de mi parte que si mi favor le fuere
necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a dársele el ser
caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer a toda suerte de mujeres,
en especial a las dueñas viudas, menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su
señoría.
Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al
pífaro y tambores señal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que había
entrado, se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados de su presencia
y compostura. Y, volviéndose el duque a don Quijote, le dijo:
-En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de la
ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto
porque apenas ha seis días que la vuestra bondad está en este castillo, cuando
ya os vienen a buscar de lueñas y apartadas tierras, y no en carrozas ni en
dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los afligidos, confiados que
han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio de sus cuitas y trabajos, merced
a vuestras grandes hazañas, que corren y rodean todo lo descubierto de la
tierra.
-Quisiera yo, señor duque -respondió don Quijote-, que estuviera aquí presente
aquel bendito religioso que a la mesa el otro día mostró tener tan mal talante y
tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que viera por vista de
ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo: tocara, por lo menos,
con la mano que los extraordinariamente afligidos y desconsolados, en casos
grandes y en desdichas inormes no van a buscar su remedio a las casas de los
letrados, ni a la de los sacristanes de las aldeas, ni al caballero que nunca ha
acertado a salir de los términos de su lugar, ni al perezoso cortesano que antes
busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y hazañas para
que otros las cuenten y las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de
las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en
ninguna suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de
serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier
desmán y trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta
dueña y pida lo que quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de mi
brazo y en la intrépida resolución de mi animoso espíritu.
Capítulo XXXVII.
Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida
En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cuán bien iba respondiendo a
su intención don Quijote, y a esta sazón dijo Sancho:
-No querría yo que esta señora dueña pusiese algún tropiezo a la promesa de mi
gobierno, porque yo he oído decir a un boticario toledano que hablaba como un
silguero que donde interviniesen dueñas no podía suceder cosa buena. ¡Válame
Dios, y qué mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que yo saco que, pues
todas las dueñas son enfadosas e impertinentes, de cualquiera calidad y
condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas, como han dicho que es esta
condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas, colas y
faldas, todo es uno.
-Calla, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que, pues esta señora dueña de tan
lueñes tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario tenía
en su número, cuanto más que ésta es condesa, y cuando las condesas sirven de
dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus casas son
señorísimas que se sirven de otras dueñas.
A esto respondió doña Rodríguez, que se halló presente:
-Dueñas tiene mi señora la duquesa en su servicio, que pudieran ser condesas si
la fortuna quisiera, pero allá van leyes do quieren reyes; y nadie diga mal de
las dueñas, y más de las antiguas y doncellas; que, aunque yo no lo soy, bien se
me alcanza y se me trasluce la ventaja que hace una dueña doncella a una dueña
viuda; y quien a nosotras trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano.
-Con todo eso -replicó Sancho-, hay tanto que trasquilar en las dueñas, según mi
barbero, cuanto será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.
-Siempre los escuderos -respondió doña Rodríguez- son enemigos nuestros; que,
como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratos que no
rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras, desenterrándonos los
huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a los leños movibles, que, mal
que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las casas principales, aunque
muramos de hambre y cubramos con un negro monjil nuestras delicadas o no
delicadas carnes, como quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en día de
procesión. A fe que si me fuera dado, y el tiempo lo pidiera, que yo diera a
entender, no sólo a los presentes, sino a todo el mundo, cómo no hay virtud que
no se encierre en una dueña.
-Yo creo -dijo la duquesa- que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy
grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás
dueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, y desarraigar la
que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.
A lo que Sancho respondió:
-Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los váguidos de
escudero, y no se me da por cuantas dueñas hay un cabrahígo.
Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran que el pífaro y los
tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Dolorida entraba.
Preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recebirla, pues era condesa y
persona principal.
-Por lo que tiene de condesa -respondió Sancho, antes que el duque respondiese-,
bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero por lo de dueña,
soy de parecer que no se muevan un paso.
-¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? -dijo don Quijote.
-¿Quién, señor? -respondió Sancho-. Yo me meto, que puedo meterme, como escudero
que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de vuesa merced, que
es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda la cortesanía; y en
estas cosas, según he oído decir a vuesa merced, tanto se pierde por carta de
más como por carta de menos; y al buen entendedor, pocas palabras.
-Así es, como Sancho dice -dijo el duque-: veremos el talle de la condesa, y por
él tantearemos la cortesía que se le debe.
En esto, entraron los tambores y el pífaro, como la vez primera.
Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro, siguiendo
la mesma aventura, que es una de las más notables de la historia.
Capítulo XXXVIII.
Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña
Dolorida
Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta
cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos
monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas blancas de
delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjil descubrían. Tras
ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín
de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que, a venir
frisada, descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de
Martos. La cola, o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las
cuales se sustentaban en las manos de tres pajes, asimesmo vestidos de luto,
haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos acutos que
las tres puntas formaban, por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda
miraron que por ella se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la
condesa de las Tres Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su
propio apellido se llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado
muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa
Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación
de sus nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta
condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el
Trifaldi.
Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los rostros
con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados
que ninguna cosa se traslucían.
Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y don
Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión miraban.
Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual la Dolorida se
adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual el duque, la duquesa
y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a recebirla. Ella, puesta las
rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca que sutil y dilicada, dijo:
-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su criado;
digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaré a responder a
lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha me ha llevado el
entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues cuanto más le busco
menos le hallo.
-Sin él estaría -respondió el duque-, señora condesa, el que no descubriese por
vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor de toda la
nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadas ceremonias.
Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a la duquesa,
la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la Trifaldi y
de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta que ellas de su grado
y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de
romper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:
-Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos
circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos pechos
acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella es tal, que es
bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes, y a molificar
los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero, antes que salga a
la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera que me hicieran
sabidora si está en este gremio, corro y compañía el acendradísimo caballero don
Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza.
-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aquí esta, y el don
Quijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que
quisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros
servidorísimos.
En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida dueña,
dijo:
-Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanza de
remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están las
mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro servicio. Yo
soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda suerte de
menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester, señora, captar
benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sin rodeos, decir
vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si no remediarlos, dolerse
dellos.
Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los pies de
don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:
-Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser los que
son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar, de cuyos
pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso andante,
cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de los Amadises,
Esplandianes y Belianises!
Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de las manos,
le dijo:
-¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en los
presentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de
Trifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que en
servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros que
han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tu bondad
fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego favorezca a
esta humilísima y desdichadísima condesa.
A lo que respondió Sancho:
-De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba de vuestro
escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes tenga yo mi alma
cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las barbas de acá poco o
nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias, yo rogaré a mi amo, que sé
que me quiere bien, y más agora que me ha menester para cierto negocio, que
favorezca y ayude a vuesa merced en todo lo que pudiere. Vuesa merced desembaúle
su cuita y cuéntenosla, y deje hacer, que todos nos entenderemos.
Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habían tomado
el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza y disimulación de la
Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:
-«Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del Sur,
dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doña Maguncia, viuda
del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon
a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual dicha infanta Antonomasia
se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y la
más principal dueña de su madre. Sucedió, pues, que, yendo días y viniendo días,
la niña Antonomasia llegó a edad de catorce años, con tan gran perfeción de
hermosura, que no la pudo subir más de punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora
que la discreción era mocosa! Así era discreta como bella, y era la más bella
del mundo, y lo es, si ya los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la
han cortado la estambre de la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los
cielos que se haga tanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo
del más hermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe
encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, así
naturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientos al
cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba, confiado
en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades y gracias, y
facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras grandezas, si no
lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía hablar, y más que era
poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a
hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en estrema necesidad, que todas
estas partes y gracias son bastantes a derribar una montaña, no que una delicada
doncella. Pero toda su gentileza y buen donaire y todas sus gracias y
habilidades fueran poca o ninguna parte para rendir la fortaleza de mi niña, si
el ladrón desuellacaras no usara del remedio de rendirme a mí primero. Primero
quiso el malandrín y desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el
gusto, para que yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que
guardaba. En resolución: él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad
con no sé qué dijes y brincos que me dio, pero lo que más me hizo postrar y dar
conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desde una
reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no me acuerdo,
decían:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga.
Parecióme la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo, desde
entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes versos, he
considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habían de desterrar
los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos, porque escriben
unas coplas, no como las del marqués de Mantua, que entretienen y hacen llorar
los niños y a las mujeres, sino unas agudezas que, a modo de blandas espinas, os
atraviesan el alma, y como rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido. Y
otra vez cantó:
Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.
Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos
suspenden. Pues, ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso que en
Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí era el
brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos y,
finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así, digo, señores míos, que los
tales trovadores con justo título los debían desterrar a las islas de los
Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino los simples que los alaban y las
bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que debía, no me habían de
mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad aquel decir:
"Vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza,
pártome y quédome", con otros imposibles desta ralea, de que están sus escritos
llenos. Pues, ¿qué cuando prometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana,
los caballos del Sol, del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el
bálsamo? Aquí es donde ellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer
lo que jamás piensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí,
desdichada! ¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas,
teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no
me rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas, sino
mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el camino y
desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es el nombre del
referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se halló una y muy muchas
veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañada Antonomasia, debajo del
título de verdadero esposo; que, aunque pecadora, no consintiera que sin ser su
marido la llegara a la vira de la suela de sus zapatillas. ¡No, no, eso no: el
matrimonio ha de ir adelante en cualquier negocio destos que por mí se tratare!
Solamente hubo un daño en este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser
don Clavijo un caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya
he dicho, del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad
de mi recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a más
andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar
en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz el mal recado,
don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia, en fe de una
cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notada por mi ingenio,
con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla. Hiciéronse las
diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario la confesión a la
señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de un alguacil de corte muy
honrado...»
A esta sazón, dijo Sancho:
-También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo que
puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesa merced priesa,
señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin desta tan larga
historia.
-Sí haré -respondió la condesa.
Capítulo XXXIX.
Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia
De cualquiera palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como se
desesperaba don Quijote; y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguió
diciendo:
-«En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se estaba
siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración, el vicario
sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por su legítima esposa, de lo
que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia, madre de la infanta Antonomasia,
que dentro de tres días la enterramos.»
-Debió de morir, sin duda -dijo Sancho.
-¡Claro está! -respondió Trifaldín-, que en Candaya no se entierran las personas
vivas, sino las muertas.
-Ya se ha visto, señor escudero -replicó Sancho-, enterrar un desmayado creyendo
ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada a desmayarse
antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian, y no fue tan
grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle tanto. Cuando se
hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otro criado de su casa,
como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuera el daño sin remedio;
pero el haberse casado con un caballero tan gentilhombre y tan entendido como
aquí nos le han pintado, en verdad en verdad que, aunque fue necedad, no fue tan
grande como se piensa; porque, según las reglas de mi señor, que está presente y
no me dejará mentir, así como se hacen de los hombres letrados los obispos, se
pueden hacer de los caballeros, y más si son andantes, los reyes y los
emperadores.
-Razón tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero andante, como
tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor señor del
mundo. Pero, pase adelante la señora Dolorida, que a mí se me trasluce que le
falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.
-Y ¡cómo si queda lo amargo! -respondió la condesa-, y tan amargo que en su
comparación son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, la
reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra y
apenas le dimos el último vale, cuando, quis talia fando temperet a lachrymis?,
puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de la reina el
gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser cruel era
encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su cormana, y por
castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de la demasía de
Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura: a ella, convertida en
una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un metal no conocido,
y entre los dos está un padrón, asimismo de metal, y en él escritas en lengua
siríaca unas letras que, habiéndose declarado en la candayesca, y ahora en la
castellana, encierran esta sentencia: "No cobrarán su primera forma estos dos
atrevidos amantes hasta que el valeroso manchego venga conmigo a las manos en
singular batalla, que para solo su gran valor guardan los hados esta nunca vista
aventura". Hecho esto, sacó de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y,
asiéndome a mí por los cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme
cercen la cabeza. Turbéme, pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo
estremo, pero, con todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y
doliente, le dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución
de tan riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de
palacio, que fueron estas que están presentes, y, después de haber exagerado
nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas, sus malas mañas y
peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía, dijo que no quería
con pena capital castigarnos, sino con otras penas dilatadas, que nos diesen una
muerte civil y continua; y, en aquel mismo momento y punto que acabó de decir
esto, sentimos todas que se nos abrían los poros de la cara, y que por toda ella
nos punzaban como con puntas de agujas. Acudimos luego con las manos a los
rostros, y hallámonos de la manera que ahora veréis.»
Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que cubiertas
venían, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas, cuáles rubias,
cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de cuya vista mostraron
quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don Quijote y Sancho, y
atónitos todos los presentes.
Y la Trifaldi prosiguió:
-«Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de Malambruno,
cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas
cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos hubiera
derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras caras con esta
borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, señores míos (y esto que voy
a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos fuentes, pero la consideración
de nuestra desgracia, y los mares que hasta aquí han llovido, los tienen sin
humor y secos como aristas, y así, lo diré sin lágrimas), digo, pues, que
¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué padre o qué madre se dolerá della?
¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuando tiene la tez lisa y el rostro martirizado
con mil suertes de menjurjes y mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué
hará cuando descubra hecho un bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en
desdichado punto nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!»
Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.
Capítulo XL.
De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta
memorable historia
Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como ésta
deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la
curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por menuda
que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los pensamientos,
descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara las dudas, resuelve
los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta. ¡Oh
autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho
Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para
gusto y general pasatiempo de los vivientes.
Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida, dijo:
-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los
Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su
pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases, por
no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otro género
de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera
mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad de las narices
de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles barbas? Apostaré yo
que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.
-Así es la verdad, señor -respondió una de las doce-, que no tenemos hacienda
para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras por remedio ahorrativo
de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y aplicándolos a los rostros, y
tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de piedra; que,
puesto que hay en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y
a pulir las cejas y hacer otros menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las
dueñas de mi señora por jamás quisimos admitirlas, porque las más oliscan a
terceras, habiendo dejado de ser primas; y si por el señor don Quijote no somos
remediadas, con barbas nos llevarán a la sepultura.
-Yo me pelaría las mías -dijo don Quijote- en tierra de moros, si no remediase
las vuestras.
A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:
-El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó a
mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis sentidos; y
así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,
-Por mí no quedará -respondió don Quijote-: ved, señora, qué es lo que tengo de
hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.
-Es el caso -respondió la Dolorida -que desde aquí al reino de Candaya, si se va
por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y
por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es también de
saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero
nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto mejor y con menos
malicias que las que son de retorno, porque ha de ser aquel mesmo caballo de
madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a la linda Magalona, el cual
caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y
vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le
llevan. Este tal caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel
sabio Merlín; prestósele a Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes
viajes, y robó, como se ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas
por el aire, dejando embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le
prestaba sino a quien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres
hasta ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado
Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes,
que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y
mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el tal caballo ni
come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por los aires, sin
tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la
mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado; por lo cual la
linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera en él.
A esto dijo Sancho:
-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero
por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.
Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:
-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia,
antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra presencia, porque
él me significó que la señal que me daría por donde yo entendiese que había
hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese con
comodidad y presteza.
-Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho.
La Dolorida respondió:
-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor parte,
estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta alguna robada
doncella.
-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene ese caballo.
-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte, que se
llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del
furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de
Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa,
como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el
caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, entró en la
batalla donde perdió la vida y el reino.
-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos
nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.
-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho, porque se
llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la
clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina; y así, en
cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.
-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o con qué
jáquima se gobierna?
-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola a una
parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere, o ya por
los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el
que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.
-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir en él, ni
en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que apenas puedo
tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la mesma seda, y querrían
ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin cojín ni almohada alguna!
Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie: cada cual se rape
como más le viniere a cuento, que yo no pienso acompañar a mi señor en tan largo
viaje. Cuanto más, que yo no debo de hacer al caso para el rapamiento destas
barbas como lo soy para el desencanto de mi señora Dulcinea.
-Sí sois, amigo -respondió la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestra presencia,
entiendo que no haremos nada.
-¡Aquí del rey! -dijo Sancho-: ¿qué tienen que ver los escuderos con las
aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban, y
hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los
historiadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con ayuda de
fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla". Pero, ¡que
escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabó la aventura de
los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su escudero, que se halló
presente a todo, como si no fuera en el mundo! Ahora, señores, vuelvo a decir
que mi señor se puede ir solo, y buen provecho le haga, que yo me quedaré aquí,
en compañía de la duquesa mi señora, y podría ser que cuando volviese hallase
mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en
los ratos ociosos y desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra
pelo.
-Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho, porque os
lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor tan poblados
los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.
-¡Aquí del rey otra vez! -replicó Sancho-. Cuando esta caridad se hiciera por
algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina, pudiera el
hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por quitar las barbas
a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas con barbas, desde la mayor
hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más repulgada.
-Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vais tras
la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; que dueñas hay
en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está mi doña Rodríguez,
que no me dejará decir otra cosa.
-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodríguez-, que Dios sabe la verdad de
todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las dueñas, también nos
parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues Dios nos echó en el mundo,
Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo, y no a las barbas de nadie.
-Ahora bien, señora Rodríguez -dijo don Quijote-, y señora Trifaldi y compañía,
yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas, que Sancho
hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viese con Malambruno;
que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase a vuestras mercedes
como mi espada raparía de los hombros la cabeza de Malambruno; que Dios sufre a
los malos, pero no para siempre.
-¡Ay! -dijo a esta sazón la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes, e
infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo y amparo
del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios, murmurado de
escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que en la flor de su
edad no se metió primero a ser monja que a dueña. ¡Desdichadas de nosotras las
dueñas, que, aunque vengamos por línea recta, de varón en varón, del mismo
Héctor el troyano, no dejaran de echaros un vos nuestras señoras, si pensasen
por ello ser reinas! ¡Oh gigante Malambruno, que, aunque eres encantador, eres
certísimo en tus promesas!, envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra
desdicha se acabe, que si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de
nuestra ventura!
Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los ojos
de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en su corazón
de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si es que en ello
consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.
Capítulo XLI.
De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura
Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso caballo
Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote, pareciéndole que,
pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era el caballero para quien
estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno no osaba venir con él a
singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora entraron por el jardín cuatro
salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran
caballo de madera. Pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los salvajes dijo:
-Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.
-Aquí -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.
Y el salvaje prosiguió diciendo:
-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso
Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra malicia,
será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el cuello trae
puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende Malambruno; pero,
porque la alteza y sublimidad del camino no les cause váguidos, se han de cubrir
los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su
viaje.
Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por donde
habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi con lágrimas dijo a
don Quijote:
-Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo
está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo
dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino en que subas
en él con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo viaje.
-Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin
ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme: tanta es la gana
que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y mondas.
-Eso no haré yo -dijo Sancho-, ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera;
y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien
puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas señoras otro modo
de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar de andar por los
aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda
paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo tres mil y tantas leguas
de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante se enoja, tardaremos en
dar la vuelta media docena de años, y ya ni habrá ínsula ni ínsulos en el mundo
que me conozan; y, pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro, y
que cuando te dieren la vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas
destas señoras, que bien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien me
estoy en esta casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien
espero como es verme gobernador.
A lo que el duque dijo:
-Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:
raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la
arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y, pues vos sabéis que sé yo
que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se granjee con
alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo quiero llevar por este
gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a dar cima y cabo a esta
memorable aventura; que ahora volváis sobre Clavileño con la brevedad que su
ligereza promete, ora la contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho
romero, de mesón en mesón y de venta en venta, siempre que volviéredes hallaréis
vuestra ínsula donde la dejáis, y a vuestros insulanos con el mesmo deseo de
recebiros por su gobernador que siempre han tenido, y mi voluntad será la mesma;
y no pongáis duda en esta verdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio
al deseo que de serviros tengo.
-No más, señor -dijo Sancho-: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a
cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a
Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a
Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan.
A lo que respondió Trifaldi:
-Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, que Malambruno,
aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos con mucha sagacidad
y con mucho tiento, sin meterse con nadie.
-¡Ea, pues -dijo Sancho-, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!
-Desde la memorable aventura de los batanes -dijo don Quijote-, nunca he visto a
Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como otros, su
pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero llegaos aquí,
Sancho, que con licencia destos señores os quiero hablar aparte dos palabras.
Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las
manos, le dijo:
-Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios cuándo
volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los negocios; así,
querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa
necesaria para el camino, y, en un daca las pajas, te dieses, a buena cuenta de
los tres mil y trecientos azotes a que estás obligado, siquiera quinientos, que
dados te los tendrás, que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.
-¡Par Dios -dijo Sancho-, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como
aquello que dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!" ¿Ahora que
tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que me lastime las
posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced razón. Vamos ahora a
rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a vuestra merced, como quien
soy, de darme tanta priesa a salir de mi obligación, que vuestra merced se
contente, y no le digo más.
Y don Quijote respondió:
-Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás,
porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.
-No soy verde, sino moreno -dijo Sancho-, pero aunque fuera de mezcla, cumpliera
mi palabra.
Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
-Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por
nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar de
engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de lo que
imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá escurecer malicia
alguna.
-Vamos, señor -dijo Sancho-, que las barbas y lágrimas destas señoras las tengo
clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta verlas en su
primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yo tengo de ir a las
ancas, claro está que primero sube el de la silla.
-Así es la verdad -replicó don Quijote.
Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le cubriese muy
bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a descubrir y dijo:
-Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya,
que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas, el
cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la total ruina de
Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en su estómago.
-No hay para qué -dijo la Dolorida-, que yo le fío y sé que Malambruno no tiene
nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote, suba sin pavor
alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.
Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su seguridad
sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar, subió sobre
Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y, como no tenía
estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de tapiz flamenco
pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y poco a poco llegó a
subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las halló algo
duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si fuese posible, le acomodasen
de algún cojín o de alguna almohada, aunque fuese del estrado de su señora la
duquesa, o del lecho de algún paje, porque las ancas de aquel caballo más
parecían de mármol que de leño.
A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría sobre
sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que así no
sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y, diciendo ''a Dios'', se dejó
vendar los ojos, y, ya después de vendados, se volvió a descubrir, y, mirando a
todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel
trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque Dios deparase quien
por ellos los dijese cuando en semejantes trances se viesen. A lo que dijo don
Quijote:
-Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de la
vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde
criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió, no a
la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las historias? Y yo,
que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, que oprimió este
mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado, y no te
salga a la boca el temor que tienes, a lo menos en presencia mía.
-Tápenme -respondió Sancho-; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni que
sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos
que den con nosotros en Peralvillo?
Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó la
clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las dueñas y
cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:
-¡Dios te guíe, valeroso caballero!
-¡Dios sea contigo, escudero intrépido!
-¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!
-¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!
-¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor tu
caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su padre!
Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los brazos, le
dijo:
-Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no
parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?
-No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van fuera
de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me
aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te
espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en
cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar.
Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento
llevamos en popa.
-Así es la verdad -respondió Sancho-, que por este lado me da un viento tan
recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.
Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien
trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no
le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.
Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:
-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire,
adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los
rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos
subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta
clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,
pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor,
dijo:
-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una
gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y
ver en qué parte estamos.
-No hagas tal -respondió don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del
licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,
caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se
apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y
asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde
dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por
el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y se vio tan
cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y
que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para
qué descubrirnos; que, el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y
quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el
reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por
más que se remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos
del jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.
-No sé lo que es -respondió Sancho Panza-, sólo sé decir que si la señora
Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy tierna
de carnes.
Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del
jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar remate a la
estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con
unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló
por los aires, con estraño ruido, y dio con don Quijote y con Sancho Panza en el
suelo, medio chamuscados.
En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado escuadrón de
las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados,
tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos, y, mirando
a todas partes, quedaron atónitos de verse en el mesmo jardín de donde habían
partido y de ver tendido por tierra tanto número de gente; y creció más su
admiración cuando a un lado del jardín vieron hincada una gran lanza en el suelo
y pendiente della y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en
el cual, con grandes letras de oro, estaba escrito lo siguiente:
El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la
condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y compañía, con
sólo intentarla.
Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de
las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia en su
prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la blanca paloma se
verá libre de los pestíferos girifaltes que la persiguen, y en brazos de su
querido arrullador; que así está ordenado por el sabio Merlín, protoencantador
de los encantadores.
Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió que
del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo de que con
tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su pasada tez los
rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue adonde el duque y
la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la mano al duque, le dijo:
-¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es ya
acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en aquel padrón
está puesto.
El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue volviendo
en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el jardín estaban
caídos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi se podían dar a
entender haberles acontecido de veras lo que tan bien sabían fingir de burlas.
Leyó el duque el cartel con los ojos medio cerrados, y luego, con los brazos
abiertos, fue a abrazar a don Quijote, diciéndole ser el más buen caballero que
en ningún siglo se hubiese visto.
Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las barbas,
y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición prometía, pero
dijéronle que, así como Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en el suelo,
todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi, había desaparecido, y que ya
iban rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa a Sancho que cómo le había ido
en aquel largo viaje. A lo cual Sancho respondió:
-Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del
fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia
para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de
curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que
nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me
tapaba los ojos, y por allí miré hacia la tierra, y parecióme que toda ella no
era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco
mayores que avellanas; porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.
A esto dijo la duquesa:
-Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la
tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra
os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una avellana, un hombre
solo había de cubrir toda la tierra.
-Así es verdad -respondió Sancho-, pero, con todo eso, la descubrí por un
ladito, y la vi toda.
-Mirad, Sancho -dijo la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo que
se mira.
-Yo no sé esas miradas -replicó Sancho-: sólo sé que será bien que vuestra
señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo
ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no
se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome por junto a las
cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a él palmo y medio, y por lo
que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por
parte donde están las siete cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, como yo en
mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de
entretenerme con ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara.
Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las cabrillas, que
son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y
Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.
-Y, en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras -preguntó el duque-, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?
A lo que don Quijote respondió:
-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es
mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni
por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad
que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que tocaba a la del fuego;
pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues, estando la región del fuego
entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos llegar al
cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues
no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho sueña.
-Ni miento ni sueño -respondió Sancho-: si no, pregúntenme las señas de las
tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.
-Dígalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.
-Son -respondió Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la
una de mezcla.
-Nueva manera de cabras es ésa -dijo el duque-, y por esta nuestra región del
suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.
-Bien claro está eso -dijo Sancho-; sí, que diferencia ha de haber de las cabras
del cielo a las del suelo.
-Decidme, Sancho -preguntó el duque-: ¿vistes allá en entre esas cabras algún
cabrón?
-No, señor -respondió Sancho-, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos
de la luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho
hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasaba, sin
haberse movido del jardín.
En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio que
reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a
Sancho siglos, si los viviera; y, llegándose don Quijote a Sancho, al oído le
dijo:
-Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo
quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo
más.
Capítulo XLII.
De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que
fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas
Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante, viendo el
acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y así, habiendo dado
la traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho
en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que fue el que sucedió al vuelo
de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser
gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo.
Sancho se le humilló y le dijo:
-Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y
la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser
gobernador; porque, ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué
dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas,
que, a mi parecer, no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese
servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media
legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo.
-Mirad, amigo Sancho -respondió el duque-: yo no puedo dar parte del cielo a
nadie, aunque no sea mayor que una uña, que a solo Dios están reservadas esas
mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha,
redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa, donde si vos os
sabéis dar maña, podéis con las riquezas de la tierra granjear las del cielo.
-Ahora bien -respondió Sancho-, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser tal
gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia
que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el
deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.
-Si una vez lo probáis, Sancho -dijo el duque-, comeros heis las manos tras el
gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que
cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según van
encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y que le duela y le
pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.
-Señor -replicó Sancho-, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de
ganado.
-Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo -respondió el duque-, y yo
espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quédese esto
aquí y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno de la
ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar y
de todas las cosas necesarias a vuestra partida.
-Vístanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido
seré Sancho Panza.
-Así es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han de acomodar con el oficio
o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se vistiese como
soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de
letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester
las armas como las letras, y las letras como las armas.
-Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero
bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas
manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.
-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podrá Sancho errar en nada.
En esto llegó don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que
Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del duque le tomó por la
mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se había
de haber en su oficio.
Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, y hizo casi por fuerza
que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:
-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que yo
haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y a
encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada la paga
de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tú, antes de
tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de tus deseos.
Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan
lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con el
cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí entra y encaja bien el
decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para mí, sin
duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer diligencia
alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballería, sin más
ni más te vees gobernador de una ínsula, como quien no dice nada. Todo esto
digo, ¡oh Sancho!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida,
sino que des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las
darás a la grandeza que en sí encierra la profesión de la caballería andante.
Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento
a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y
saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los
oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la
sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los
ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil
conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la
rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies
de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu
tierra.
-Así es la verdad -respondió Sancho-, pero fue cuando muchacho; pero después,
algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos; pero esto
paréceme a mí que no hace al caso, que no todos los que gobiernan vienen de
casta de reyes.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, por lo cual los no de principios nobles
deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que,
guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay
estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te
desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres,
ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador
soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la
suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos
ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te
precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los
tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se
aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así,
como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus
parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y
regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de
lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.
Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a
gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y
desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador
discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudares,
cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal,
que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla,
porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha
de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro
tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.
Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los
ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del
pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir
la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos
e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no
cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea
con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere
juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y
ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena,
que los yerros que en ella hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le
tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer
hermosa veniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos
de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no
quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que
has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable, sujeto
a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de
tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente,
porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea
a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y
estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus
premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres,
títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes,
y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y
madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros
netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu
alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.
Capítulo XLIII.
De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza
¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona
muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta
grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería,
y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de
manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus
obras; pero en ésta destos segundos documentos que dio a Sancho, mostró tener
gran donaire, y puso su discreción y su locura en un levantado punto.
Atentísimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria sus
consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto de la
preñez de su gobierno. Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo:
-En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que
te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer,
como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas
largas les hermosean las manos, como si aquel escremento y añadidura que se
dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco
y extraordinario abuso. No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido
descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad
no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César. Toma con
discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des
librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y
repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para
el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los vanagloriosos. No
comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería. Anda
despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti
mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena más poco, que la salud de
todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber,
considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten
cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.
-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes vocablos
que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y así, la gente
curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos,
erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el
uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto
es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.
-En verdad, señor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que pienso
llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a
menudo.
-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don Quijote.
-Erutar diré de aquí adelante -respondió Sancho-, y a fee que no se me olvide.
-También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes
que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los
traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.
-Eso Dios lo puede remediar -respondió Sancho-, porque sé más refranes que un
libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir
unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque
no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que
convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena,
y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el
tener seso ha menester.
-¡Eso sí, Sancho! -dijo don Quijote-: ¡encaja, ensarta, enhila refranes, que
nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte diciendo
que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos, que
así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira,
Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito, pero cargar y
ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja. Cuando
subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero, ni
lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni
tampoco vayas tan flojo que parezca que vas sobre el rucio: que el andar a
caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos. Sea moderado tu sueño,
que el que no madruga con el sol, no goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que
la diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás
llegó al término que pide un buen deseo. Este último consejo que ahora darte
quiero, puesto que no sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en
la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te
he dado; y es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos,
comparándolos entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser
el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco
más largo; greguescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los caballeros
ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que
aconsejarte; andará el tiempo, y, según las ocasiones, así serán mis documentos,
como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que te hallares.
-Señor -respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho
son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir, si de
ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las uñas y de
casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín, pero esotros
badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni acordará más dellos que
de las nubes de antaño, y así, será menester que se me den por escrito, que,
puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los
encaje y recapacite cuando fuere menester.
-¡Ah, pecador de mí -respondió don Quijote-, y qué mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, ¡oh Sancho!,
que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas: o que fue
hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso y malo que no
pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta es la que llevas
contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.
-Bien sé firmar mi nombre -respondió Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía
mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que
firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y,
teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto más, que el que
tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde,
¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y
volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las
necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y, siéndolo yo, siendo
gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me
parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes,
decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.
-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¡Sesenta
mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás
ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos
refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de quitar el
gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los
hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y
aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?
-Por Dios, señor nuestro amo -replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de bien
pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que
ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora
se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque, pero
no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.
-Ese Sancho no eres tú -dijo don Quijote-, porque no sólo no eres buen callar,
sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué cuatro
refranes te ocurrían ahora a la memoria que venían aquí a propósito, que yo ando
recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.
-¿Qué mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares", y "a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder", y
"si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro",
todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el
que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas
cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que
dijere el gobernador no hay que replicar, como al "salíos de mi casa y qué
queréis con mi mujer". Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así
que, es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo,
porque no se diga por él: "espantóse la muerta de la degollada", y vuestra
merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
-Eso no, Sancho -respondió don Quijote-, que el necio en su casa ni en la ajena
sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta ningún discreto
edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal gobernares, tuya será la
culpa, y mía la vergüenza; mas consuélome que he hecho lo que debía en
aconsejarte con las veras y con la discreción a mí posible: con esto salgo de mi
obligación y de mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno,
y a mí me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula
patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque quién eres,
diciéndole que toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que
un costal lleno de refranes y de malicias.
-Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para
este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de
mi alma que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y
cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más que, mientras se duerme,
todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si
vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto
de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se
imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir
Sancho al cielo que gobernador al infierno.
-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas últimas razones que
has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes,
sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios, y procura no errar en
la primera intención; quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito
de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo
los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos
aguardan.
Capítulo XLIV.
Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña
aventura que en el castillo sucedió a don Quijote
Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide Hamete
a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito,
que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre
manos una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote, por
parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a
otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir
siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo
sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable,
cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que, por huir deste inconveniente,
había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la
del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de
la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al
mismo don Quijote, que no podían dejar de escribirse. También pensó, como él
dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote,
no la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al
descubierto cuando, por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni
a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así, en esta segunda parte no quiso
ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen,
nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y aun éstos, limitadamente y
con solas las palabras que bastan a declararlos; y, pues se contiene y cierra en
los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y
entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y
se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de
escribir.
Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don Quijote, el
día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos, para que
él buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo dado, cuando se le
cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con la duquesa, y los dos
se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote; y así, llevando
adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompañamiento al
lugar que para él había de ser ínsula.
Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy
discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay discreción-, el
cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el donaire que queda
referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de
haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció
que, así como Sancho vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de
la Trifaldi, y, volviéndose a su señor, le dijo:
-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justo y en
creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del
duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.
Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:
-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no
sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero
no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo, implicaría contradición
muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería
entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a
Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de
malos encantadores.
-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo
callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre
otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.
-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darásme aviso de todo lo que
en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima
un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo,
sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque, iba el rucio con
jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de
cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento que no se
trocara con el emperador de Alemania.
Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su
señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y, en
tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con ello no
rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia, porque los
sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o con risa.
Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su
soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo
hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle que de qué estaba
triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas
había en su casa que le servirían muy a satisfación de su deseo.
-Verdad es, señora mía -respondió don Quijote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoy triste,
y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace, solamente acepto
y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo demás, suplico a
Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y permita que yo solo sea
el que me sirva.
-En verdad -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que no ha de ser así: que le
han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.
-Para mí -respondió don Quijote- no serán ellas como flores, sino como espinas
que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo
parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante el
hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo, y que yo me
sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y
de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que
vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido
que consentir que nadie me desnude.
-No más, no más, señor don Quijote -replicó la duquesa-. Por mí digo que daré
orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella; no soy yo
persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don Quijote; que,
según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas virtudes es la de
la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus solas y a su modo, como y
cuando quisiere, que no habrá quien lo impida, pues dentro de su aposento
hallará los vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque
ninguna natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran
Dulcinea del Toboso, y sea su nombre estendido por toda la redondez de la
tierra, pues mereció ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los
benignos cielos infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un
deseo de acabar presto sus diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la
belleza de tan gran señora.
A lo cual dijo don Quijote:
-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas señoras
no ha de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocida será en el
mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por todas las alabanzas
que puedan darle los más elocuentes de la tierra.
-Agora bien, señor don Quijote -replicó la duquesa-, la hora de cenar se llega,
y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y acostaráse temprano,
que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto que no haya causado algún
molimiento.
-No siento ninguno, señora -respondió don Quijote-, porque osaré jurar a Vuestra
Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni de mejor paso
que Clavileño; y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan
ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más ni más.
-A eso se puede imaginar -respondió la duquesa- que, arrepentido del mal que
había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las maldades que
como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso concluir con todos
los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que más le traía
desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño; que con sus
abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran don
Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don Quijote
se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a
servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a
perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la
imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los andantes caballeros. Cerró
tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó, y al descalzarse
-¡oh desgracia indigna de tal persona!- se le soltaron, no suspiros, ni otra
cosa, que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de
puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligióse en estremo el buen
señor, y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata; digo
seda verde porque las medias eran verdes.
Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ''¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé yo
con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte
dádiva santa desagradecida!
Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que
la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza; pero,
con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar
con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus
mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las tuviésedes"; y a esto
llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza, que eres de la que yo
hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con
la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos, y a que los
botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas, y otros de vidro?
¿Por qué sus cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no
abiertos con molde?'' Y en esto se echará de ver que es antiguo el uso del
almidón y de los cuellos abiertos. Y prosiguió: ''¡Miserable del bien nacido que
va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita
al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa
que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato,
el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!''
Todo esto se le renovó a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero consolóse
con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que pensó ponerse otro
día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho
le hacía como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los
puntos, aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales
de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza.
Mató las velas; hacía calor y no podía dormir; levantóse del lecho y abrió un
poco la ventana de una reja que daba sobre un hermoso jardín, y, al abrirla,
sintió y oyó que andaba y hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar
atentamente. Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo oír estas razones:
-No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto que
este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar,
sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de
pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo. Y,
puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi canto si duerme y no
despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones para
dejarme escarnida.
-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el
despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la reja de su
estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía, en tono bajo
y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la
culpa al calor que hace.
-No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! -respondió la Altisidora-, sino en que
no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los que no
tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza y
liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en cara que mancilla
en corazón.
Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó don
Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de
caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba
dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad; temió
no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y,
encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora Dulcinea del
Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar a entender que allí estaba,
dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra
cosa no deseaban sino que don Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la
arpa, Altisidora dio principio a este romance:
-¡Oh, tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana,
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia,
o en las montañas de Jaca;
si sierpes te dieron leche;
si, a dicha, fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de las montañas.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto será famosa
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Trocáreme yo por ella,
y diera encima una saya
de las más gayadas mías,
que de oro le adornan franjas.
¡Oh, quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y matándote la caspa!
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte,
que a una humilde esto le basta.
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de holanda!
¡Qué de finísimas perlas,
cada cual como una agalla,
que, a no tener compañeras,
Las solas fueran llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña.
Niña soy, pulcela tierna,
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses,
te juro en Dios y en mi ánima.
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca;
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y, aunque es mi boca aguileña
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala,
y soy de disposición
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias mías,
son despojos de tu aljaba;
desta casa soy doncella,
y Altisidora me llaman.
Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro del
requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí:
-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me
mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin
par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la incomparable
firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices?
¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años? Dejad, dejad a la
miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en
rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para
sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y para todas las demás soy de
pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar; para mí sola Dulcinea es
la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás,
las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no
de otra alguna, me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora;
desespérese Madama, por quien me aporrearon en el castillo del moro encantado,
que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto,
a pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si le
hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde le
dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere
dar principio a su famoso gobierno.
Capítulo XLV.
De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del
modo que comenzó a gobernar
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo
dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá,
padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre sales, y, aunque lo
parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio,
para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran
Sancho Panza; que sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil
vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se
llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por
el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las
campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha
pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas
ridículas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por
perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada
a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo
sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron a
la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo del duque le dijo:
-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar
posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le
hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma
y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o se alegra o se
entristece con su venida.
En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y
muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas; y, como él
no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared
estaban. Fuele respondido:
-Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó posesión
desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año,
tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la
goce.
-Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? -preguntó Sancho.
-A vuestra señoría -respondió el mayordomo-, que en esta ínsula no ha entrado
otro Panza sino el que está sentado en esa silla.
-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje
le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y
Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo
imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios
me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré
estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase
adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que
supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y
el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:
-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los
presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo
de paño en las manos, me preguntó: ''Señor, ¿habría en esto paño harto para
hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar
alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los
sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y
díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en
este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la
hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.
-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.
-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre las
cinco caperuzas que me ha hecho.
-De buena gana -respondió el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi
conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de
veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:
-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego
a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las
hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la
cárcel, y no haya más.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los
circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el
gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una
cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:
-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por
hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los
pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad
de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté; pero, por parecerme
que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez
escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo
testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría
que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se
los perdono para aquí y para delante de Dios.
-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo:
-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y, pues
él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y
verdaderamente.
Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al
otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho,
y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le
habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había
vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por
momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía
a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir
verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le
debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí
en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando
la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se
iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el
pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le
llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y, en viéndole
Sancho, le dijo:
-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.
-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.
Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:
-Andad con Dios, que ya vais pagado.
-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos de
oro?
-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se
verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y
en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y
tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos
diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su
contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los
había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir
el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que
pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos
tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído
contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran
memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera
tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado,
se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras,
hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y
pondría por tonto o por discreto.
Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de
un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:
-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a
buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en
la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal
lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de
veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y
estranjeros; y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la
salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen
hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán
-dijo Sancho.
Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella
mujer. El cual, todo turbado, respondió:
-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste
lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de
alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame a mi aldea,
topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo
cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo soficiente, y ella, mal contenta,
asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y
miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin
faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él
dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que
la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante; él lo hizo
temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por
la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas
menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa
asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que
llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y
volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que
se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel
pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más asidos y aferrados
que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el
hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía,
la cual daba voces diciendo:
-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca
vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y en mitad
de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.
-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.
-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que me
quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas,
que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no
serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones: antes el ánima
de en mitad en mitad de las carnes!
-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y
confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:
-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta
bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las
fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de
enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so
pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera, desvergonzada y
embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al
hombre:
-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar
con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador.
Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al duque, que con gran
deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.
Capítulo XLVI.
Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote
en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían causado
la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos, y, como si
fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que
le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el tiempo, y no hay barranco que
le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la
mañana. Lo cual visto por don Quijote, dejó las blandas plumas, y, no nada
perezoso, se vistió su acamuzado vestido y se calzó sus botas de camino, por
encubrir la desgracia de sus medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y
púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de
plata; colgó el tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un
gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió
a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole Altisidora
y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don Quijote, fingió
desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza la iba a
desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándose a ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más sana
de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que la conozco,
que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si es que todos son
desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote, que no volverá en sí
esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí estuviere.
A lo que respondió don Quijote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi aposento,
que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los
principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se hubo
bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a su
compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quiere darnos
música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd que pedía don
Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y con sus doncellas de
hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y con mucho contento
esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se había venido el día, el cual
pasaron los duques en sabrosas pláticas con don Quijote. Y la duquesa aquel día
real y verdaderamente despachó a un paje suyo, que había hecho en la selva la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza, con la carta de su marido Sancho
Panza, y con el lío de ropa que había dejado para que se le enviase,
encargándole le trujese buena relación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote una vihuela
en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente en el jardín;
y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola lo mejor que supo,
escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla, aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que él mismo aquel día había compuesto:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta.
Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la
duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso,
desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo caía,
descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras
ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores
atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los
gatos, que, aunque los duques habían sido inventores de la burla, todavía les
sobresaltó; y, temeroso, don Quijote quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra,
parecía que una región de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el
aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del
cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del
castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:
-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don
Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas
intenciones!
Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro y le
asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don Quijote
comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa,
y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas sus
fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la
desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién es
don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin, el
duque se le desarraigó y le echó por la reja.
Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía
con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma
Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por todo lo herido;
y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu
dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el
azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú
lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no
porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino
porque había conocido la buena intención con que habían venido a socorrerle. Los
duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla;
que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don Quijote aquella
aventura, que le costó cinco días de encerramiento y de cama, donde le sucedió
otra aventura más gustosa que la pasada, la cual no quiere su historiador contar
ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su
gobierno.
Capítulo XLVII.
Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso
palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y, así
como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y salieron cuatro pajes a darle
aguamanos, que Sancho recibió con mucha gravedad.
Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de
aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un
personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano.
Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y
mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parecía estudiante echó
la bendición, y un paje puso un babador randado a Sancho; otro que hacía el
oficio de maestresala, llegó un plato de fruta delante; pero, apenas hubo comido
un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron
de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro
manjar. Iba a probarle Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la
varilla había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la
fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual respondió
el de la vara:
-No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras
ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en
esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más
que por la mía, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del
gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que
hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que
le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al
estómago; y así, mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente
húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser
demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el
que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida.
-Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi parecer,
bien sazonadas, no me harán algún daño.
A lo que el médico respondió:
-Ésas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.
-Pues, ¿por qué? -dijo Sancho.
Y el médico respondió:
-Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo
suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere decir: "Toda
hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima".
-Si eso es así -dijo Sancho-, vea el señor doctor de cuantos manjares hay en
esta mesa cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer dél sin
que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y así Dios me le deje gozar,
que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y
él más me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela.
-Vuestra merced tiene razón, señor gobernador -respondió el médico-; y así, es
mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que allí
están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera asada y en
adobo, aún se pudiera probar, pero no hay para qué.
Y Sancho dijo:
-Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida,
que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré
dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.
-Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay
cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas
podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para las bodas
labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de
asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque siempre y a doquiera
y de quienquiera son más estimadas las medicinas simples que las compuestas,
porque en las simples no se puede errar y en las compuestas sí, alterando la
cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el
señor gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de
cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que
le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.
Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito en
hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde había
estudiado. A lo que él respondió:
-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural
de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo,
a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la universidad de Osuna.
A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera:
-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que
está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en
Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a
garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo
menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios,
prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas
divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré
esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en
residencia, que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a
un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su
gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.
Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de posta en
la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió diciendo:
-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso en
las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien mandó
leyese el sobreescrito, que decía así: A don Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo lo cual,
Sancho dijo:
-¿Quién es aquí mi secretario?
Y uno de los que presentes estaban respondió:
-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.
-Con esa añadidura -dijo Sancho-, bien podéis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.
Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía, dijo que
era negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala, y que no
quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y el médico se
fueron; y luego el secretario leyó la carta, que así decía:
A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa
ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene velar y estar
alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también, por espías verdaderas, que
han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida,
porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y mirad quién llega a
hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré cuidado de
socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis como se espera de vuestro
entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las cuatro de la mañana.
Vuestro amigo,
El Duque.
Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviéndose al mayordomo, le dijo:
-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte
adminícula y pésima, como es la de la hambre.
-También -dijo el maestresala- me parece a mí que vuesa merced no coma de todo
lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y, como suele
decirse, detrás de la cruz está el diablo.
-No lo niego -respondió Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra de
cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en efecto, no
puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas
que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan
corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario, responded al duque mi señor y
decidle que se cumplirá lo que manda como lo manda, sin faltar punto; y daréis
de mi parte un besamanos a mi señora la duquesa, y que le suplico no se le
olvide de enviar con un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en
ello recibiré mucha merced, y tendré cuidado de servirla con todo lo que mis
fuerzas alcanzaren; y de camino podéis encajar un besamanos a mi señor don
Quijote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen
secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más
viniere a cuento. Y álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me
avendré con cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre
mi ínsula.
En esto entró un paje, y dijo:
-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.
-Estraño caso es éste -dijo Sancho- destos negociantes. ¿Es posible que sean tan
necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son en las que
han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces,
no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar
el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra
marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno (que no durará,
según se me trasluce), que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora
decid a ese buen hombre que entre; pero adviértase primero no sea alguno de los
espías, o matador mío.
-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco,
o él es tan bueno como el buen pan.
-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.
-¿Sería posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no está aquí el doctor
Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un
pedazo de pan y una cebolla?
-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará Vuestra
Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.
-Dios lo haga -respondió Sancho.
Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas
se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue:
-¿Quién es aquí el señor gobernador?
-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?
-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho, y
mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador, y luego
dijo:
-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas
de Ciudad Real.
-¡Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os sé
decir es que sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo.
-Es, pues, el caso, señor -prosiguió el labrador-, que yo, por la misericordia
de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia Católica Romana; tengo
dos hijos estudiantes que el menor estudia para bachiller y el mayor para
licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató
un mal médico, que la purgó estando preñada, y si Dios fuera servido que saliera
a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiere a estudiar para doctor, porque no
tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.
-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran
muerto, vos no fuérades agora viudo.
-No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador.
-¡Medrados estamos! -replicó Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de dormir
más que de negociar.
-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene
de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos,
y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va decir la verdad, la
doncella es como una perla oriental, y, mirada por el lado derecho, parece una
flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le
saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen
los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino sepulturas donde se
sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia que, por no ensuciar la cara,
trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo
de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca
grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar
raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son
tan sutiles y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos
una madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las
partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me
parece mal.
-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la pintura,
y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y
la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser, a causa de
que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y, con todo
eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el
techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la
puede estender, que está añudada; y, con todo, en las uñas largas y acanaladas
se muestra su bondad y buena hechura.
-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado de
los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos
ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese merced de
darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los
de la naturaleza; porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es
endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos
espíritus; y de haber caído una vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de
un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo,
fuera un bendito.
-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.
-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo; pero
vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo,
señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados
para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda de poner su casa, porque,
en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los
suegros.
-Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por empacho
ni por vergüenza.
-No, por cierto -respondió el labrador.
Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la silla
en que estaba sentado y dijo:
-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y ascondéis
luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa
bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y ¿por qué te los había
de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y ¿qué se me da a mí de
Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no,
por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de
Miguel Turra, sino algún socarrón que, para tentarme, te ha enviado aquí el
infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, y ¿ya
quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo
hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su
cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a
don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas,
de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide
Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas
desta historia, por mínimas que sean.
Capítulo XLVIII.
De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña
de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don Quijote, vendado el rostro
y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas
anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en público, en una
noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y
en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de
su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su
honestidad y ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su
señora Dulcinea del Toboso.
-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-; no
ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la
que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de
mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en
ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren; que, adondequiera eres mía, y
adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los
aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje
parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida
y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con unas tocas
blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies
a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela
encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los
ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando quedito, y movía
los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su silencio,
pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala
fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visión, y,
cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos y vio la priesa con que se
estaba haciendo cruces don Quijote; y si él quedó medroso en ver tal figura,
ella quedó espantada en ver la suya, porque, así como le vio tan alto y tan
amarillo, con la colcha y con las vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz,
diciendo:
-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me digas qué
es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo haré por ti todo
cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico cristiano y amigo de hacer
bien a todo el mundo; que para esto tomé la orden de la caballería andante que
profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio se
estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don Quijote, y
con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no soy
fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber
pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, que,
con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele remediar, a vuestra
merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don Quijote-: ¿por ventura viene vuestra
merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de provecho para
nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del Toboso. Digo, en
fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve y deje a una parte
todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y departiremos
de todo lo que más mandare y más en gusto le viniere, salvando, como digo, todo
incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conoce vuestra
merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja a semejantes
niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes
y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que
en esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un
poco; saldré a encender mi vela, y volveré en un instante a contar mis cuitas,
como a remediador de todas las del mundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don Quijote
sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos
acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y peor pensado
ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y decíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora con una
dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni
condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que, si él
puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quién sabe si esta soledad, esta
ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo
de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y, en casos semejantes, mejor
es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues
tales disparates digo y pienso; que no es posible que una dueña toquiblanca,
larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado
pecho del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes?
¿Por ventura hay dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y
melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo!
¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban
labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas estatuas como
las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y no
dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la señora
Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don
Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoquín,
temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos, dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse
vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol ni vos
de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más,
según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la
cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero
dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi
continencia y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le dio
con las mesmas ceremonias.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por ver ir
a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de
dos que tenía.
Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada en
una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la vela. Don
Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro descubierto;
y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el silencio fue don
Quijote, diciendo:
-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar todo
aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas, que será
de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable presencia de
vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. «Es, pues, el
caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee sentada en esta silla y
en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada,
soy natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por él muchos
de los mejores de aquella provincia; pero mi corta suerte y el descuido de mis
padres, que empobrecieron antes de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me
trujeron a la corte, a Madrid, donde por bien de paz y por escusar mayores
desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de labor a una
principal señora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y
labor blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me
dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron
de ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que a las
tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que diese yo
ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo
y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era montañés. No
tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a noticia de mi
señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio nació una hija para
rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo muriese del parto, que le
tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a poco murió mi esposo de un
cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar para contarle, yo sé que
vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano, porque
todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de
lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a las ancas de
una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces no se usaban
coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las ancas
de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note
la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al entrar de la calle de Santiago,
en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir por ella un alcalde de corte con
dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las riendas
a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas,
con voz baja le decía: "-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?" El
alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: "-Seguid, señor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña Casilda", que
así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con la gorra en la
mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi señora, llena de
cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un punzón, del estuche, y
clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio una gran voz y torció el
cuerpo, de suerte que dio con su señora en el suelo. Acudieron dos lacayos suyos
a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles; alborotóse la Puerta
de Guadalajara, digo, la gente baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y
mi marido acudió en casa de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a
parte las entrañas. Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos
le corrían por las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de
vista, mi señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo
para mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa, que
estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a este reino
de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una calandria,
danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un maestro
de escuela, y cuenta como un avariento. De su limpieza no digo nada: que el agua
que corre no es más limpia, y debe de tener agora, si mal no me acuerdo, diez y
seis años, cinco meses y tres días, uno más a menos. En resolución: de esta mi
muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del
duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se
juntaron, y, debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la
quiere cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a
él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que, como
el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de
sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún
modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer
este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues, según todo el mundo dice,
vuesa merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar
los miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija,
su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene;
que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no
hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora,
que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor
mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene más de
presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no
está muy sana: que tiene un cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar
junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa... Quiero callar, que se
suele decir que las paredes tienen oídos.
-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? -preguntó
don Quijote.
-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo que se
me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, la hermosura
de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada
acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una
tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa?
Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos
fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de
quien dicen los médicos que está llena.
-¡Santa María! -dijo don Quijote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesa tenga
tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero, pues
la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales fuentes, y en
tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que
ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante
para salud.
Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron
las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez
la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo, como suele decirse.
Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta con dos manos, tan
fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona, con mucha presteza, sin
hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenzó
a dar tantos azotes, que era una compasión; y, aunque don Quijote se la tenía,
no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y
callando, y aun temiendo no viniese por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue
vano su temor, porque, en dejando molida a la dueña los callados verdugos (la
cual no osaba quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la
sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo
dejar de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la
batalla casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir
palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se
quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el perverso
encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo, que Sancho
Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
Capítulo XLIX.
De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón,
el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de
Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y
dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que, como se acabó el
secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar en la sala:
-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser, o
han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los negociantes, que
a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo
sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y
despacha, o porque no puede o porque no es aquél el tiempo diputado para darles
audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les
deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures;
espera sazón y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la
del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza
lo que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía,
merced al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y
a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de los buenos,
palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos
graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro
Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche, aunque
excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el
gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche y la hora de cenar; y,
aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo, sin moverse de un lugar,
todavía se llegó por él el tanto deseado, donde le dieron de cenar un salpicón
de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de ternera algo entrada en días.
Entregóse en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán,
faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o gansos de Lavajos;
y, entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo:
-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos
y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con
melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme
estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y
en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer,
que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie conmigo,
porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues,
cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar
derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el
virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan
ocasión, han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad,
amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos principios
vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en
deservicio de vuesa merced redunde.
-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen
o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi
rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al caso; y, en siendo
hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de
inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal entretenida; porque quiero
que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo
que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras
abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los
hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión y a
la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o
quiébrome la cabeza?
-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo que
creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de
avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los
que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen cosas nuevas en el
mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y el
coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles y
escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en medio,
con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del lugar,
sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran dos solos
hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron
quedos; y el uno dellos dijo:
-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado en
este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?
-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que este
gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí frontero
más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente, juzgué más de
una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia;
alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me había de dar algún escudo, por
lo menos, de barato, como es uso y costumbre darle a los hombres principales
como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones
y evitar pendencias, él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo vine
despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio
ni beneficio, porque mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el
socarrón, que no es más ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no
quería darme más de cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador,
qué poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con cuántas
entraba la romana.
-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido
darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan
barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin
ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son
fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para señal que él era hombre
de bien y no ladrón, como decía, ninguna había mayor que el no haberle querido
dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los
conocen.
-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es lo que
se ha de hacer destos hombres.
-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos, ganancioso, bueno, o
malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más,
habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis
oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien
reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so
pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,colgándoos yo de una
picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le
asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a
su casa, y el gobernador quedó diciendo:
-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce
que son muy perjudiciales.
-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar, porque
la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él pierde al año que
lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cantía podrá vuestra
merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias
encubren; que en las casas de los caballeros principales y de los señores no se
atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y, pues el vicio del juego se
ha vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas principales que no
en la de algún oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le
desuellan vivo.
-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:
-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró la
justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que debe de
ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque tropezó y cayó,
no le alcanzara jamás.
-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.
A lo que el mozo respondió:
-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.
-¿Qué oficio tienes?
-Tejedor.
-¿Y qué tejes?
-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde íbades
ahora?
-Señor, a tomar el aire.
-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
-Adonde sopla.
-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced cuenta
que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la cárcel. ¡Asilde,
hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire esta noche!
-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel como
hacerme rey!
-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿No tengo
yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante para
hacerme dormir en la cárcel.
-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal liberalidad;
que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel.
-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán dormir
en la cárcel cuantos hoy viven.
-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te quite
los grillos que te pienso mandar echar?
-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos a
razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la
cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo,
y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como
se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para
hacerme dormir, si yo no quiero?
-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su intención.
-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contravenir a la mía.
-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.
-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé
buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no
os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en
los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron
dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que
viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro
de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos los
cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas.
Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de seda encarnada,
con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar; los greguescos eran
verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo, suelta, debajo
de la cual traía un jubón de tela finísima de oro y blanco, y los zapatos eran
blancos y de hombre. No traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los
dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía bien a todos, y
ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que
no podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de
hacer a Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo
no venía ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era, adónde
iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos
los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto;
una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinorosa, sino
una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el
decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho
pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:
-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste
lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy bien a
Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decís
que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de
vuestro padre.
-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.
-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos
vuesas mercedes deben de conocer.
-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de la
Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija,
y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar que pueda decir
que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada que no da lugar al
sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama miente
o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se llegó
al oído del maestresala y le dijo muy paso:
-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de
importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal, anda
fuera de su casa.
-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin temor
alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían remediarlo con
muchas veras y por todas las vías posibles.
-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada diez
años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en
un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de
día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas, ni
templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez
el arrendador, que, por entrar de ordinario en mi casa, se me antojó decir que
era mi padre, por no declarar el mío. Este encerramiento y este negarme el salir
de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy
desconsolada; quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací,
pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas
principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y
jugaban cañas, y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un
año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no
he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal
rogara...»
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que
nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.
-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas sí
que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros
descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó
otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran lágrimas las
que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las subía de punto y las
llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta
como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase
el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar su historia, y díjole
que acabase de tenerlos más suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar
del pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que me
sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él,
importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este vestido
y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no tiene pelo
de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber
una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados de nuestro mozo y
desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a
casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: "Hermana, ésta
debe de ser la ronda: aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras mí
corriendo, porque no nos conozcan, que nos será mal contado". Y, diciendo esto,
volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a volar; yo, a menos de
seis pasos, caí, con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia
que me trujo ante vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo
avergonzada ante tanta gente.»
-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?
-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver mundo,
que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes
con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó de su hermana.
No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos
de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa adornada que con sus mesmos
cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse
con el gobernador, mayordomo y maestresala, y, sin que lo oyese su hermana, le
preguntaron cómo venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho,
contó lo mesmo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el
enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:
-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta
necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas lágrimas y
suspiros; que con decir: "Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de
casa de nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro
designio alguno", se acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que la
turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el término
que debía.
-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes
en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí adelante, no se
muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la
pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína;
y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de volverlos a
su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí.
Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento bajó una
criada, que los estaba esperando, y les abrió la puerta, y ellos se entraron,
dejando a todos admirados, así de su gentileza y hermosura como del deseo que
tenían de ver mundo, de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a
su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por
ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar
al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo,
dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía
negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el gobierno,
con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.
Capítulo L.
Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que
tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la
estancia de don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que, como
todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con
tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y, así como la dueña
la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no faltase en ella la
general costumbre que todas las dueñas tienen de ser chismosas, al momento lo
fue a poner en pico a su señora la duquesa, de cómo doña Rodríguez quedaba en el
aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y Altisidora
viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el duque se la dio,
y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso, llegaron a ponerse junto a
la puerta del aposento, y tan cerca, que oían todo lo que dentro hablaban; y,
cuando oyó la duquesa que Rodríguez había echado en la calle el Aranjuez de sus
fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora; y así, llenas de cólera y
deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acrebillaron a don
Quijote y vapularon a la dueña del modo que queda contado; porque las afrentas
que van derechas contra la hermosura y presunción de las mujeres, despierta en
ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse.
Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho, y la
duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir pasatiempo con don
Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto
de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho Panza con la ocupación de su
gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya,
y con una gran sarta de corales ricos presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de
servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y, antes de
entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien
preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa
Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don
Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba
lavando, y dijo:
-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.
-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque le
traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba ser
de edad de catorce años, poco más a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse, que
estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del paje, y
dijo:
-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre
en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi señor padre.
-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien gracias a
Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha, y,
antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas y
otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una
saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso
lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy
vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y
avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:
-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?
-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.
Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:
-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula
Barataria.
-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no soy
nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de
un escudero andante, y no de gobernador alguno!
-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta y
este presente.
Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de oro, y
se la echó al cuello y dijo:
-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi
señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:
-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe de
haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había prometido.
-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don Quijote,
es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por
esta carta.
-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo sé
hilar, no sé leer migaja.
-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar quien
la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de
muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.
-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y luego
sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:
Amiga Teresa:
Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de una
ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un girifalte, de lo
que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el consiguiente; por lo que
doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido para el
tal gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se
halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Sancho
gobierna.
Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te querría
ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi parte que se
apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las
estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo, avisándome de su salud
y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene que hacer más que
boquear: que su boca será medida, y Dios me la guarde. Deste lugar.
Su amiga, que bien la quiere,
La Duquesa.
-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué humilde
señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este
pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y
van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no
parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde
esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su
igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha. Y,
en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín,
que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora,
Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca
de la caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él tiene
lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas de nuestro
contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y han
sido de tu padre.
-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad desa
sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de
enviar a ella toda.
-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos días al
cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.
-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día
llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello,
y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y, encontrándose acaso
con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a decir:
-¡A fe que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!
-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos?
-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de gobernadores, y
estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías y los padres
nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.
-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.
-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas. Respondió
Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero, que era un
mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que valía más de
tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y remirólos, y,
certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y dijo:
-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas cartas
y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por
otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.
-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver al
portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que se nos
ofrecen.
Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco
de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para empedrarle
con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno contentó mucho a
los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó
Sansón les dijese nuevas así de don Quijote como de Sancho Panza; que, puesto
que habían leído las cartas de Sancho y de la señora duquesa, todavía estaban
confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Sancho, y más
de una ínsula, siendo todas o las más que hay en el mar Mediterráneo de Su
Majestad. A lo que el paje respondió:
-De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de que
sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que sea un
lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi
señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él- enviar a pedir
bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a pedir un peine prestado
a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las señoras de
Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntuosas y levantadas como las
señoras castellanas; con más llaneza tratan con las gentes.
Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos, y
preguntó al paje:
-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es
gobernador?
-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.
-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con pedorreras!
¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas
atacadas?
-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-. Par
Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que le dure el
gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente,
pero la fineza de los corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo
deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el vestido. Y no dejaron de
reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa dijo:
-Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a Toledo,
para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los
mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de
mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo, me tengo de ir a esa
corte, y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien
le puede traer y sustentar.
-Y ¡cómo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel
coche: ''¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y
tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos los lodos, y
ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para
cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo caliente, y ríase la gente!
¿Digo bien, madre mía?
-Y ¡cómo que dices bien, hija! -respondió Teresa-. Y todas estas venturas, y aun
mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, cómo no
para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas; y, como yo he
oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los
refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla: cuando te dieren un
gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale, y cuando te hicieren
tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis
a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!
-Y ¿qué se me da a mí -añadió Sanchica- que diga el que quisiere cuando me vea
entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo demás?
Oyendo lo cual el cura, dijo:
-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada
uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto que no los
derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.
-Así es la verdad -dijo el paje-, que el señor gobernador Sancho a cada paso los
dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la
duquesa y el duque los celebran mucho.
-¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y
hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas
de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por
encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced,
por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y hueso.
-Señores, yo no sé más de mí -respondió el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis señores
duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he oído decir que
en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en esto hay encantamento
o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos, que yo no sé otra cosa,
para el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos y
los amo y los quiero mucho.
-Bien podrá ello ser así -replicó el bachiller-, pero dubitat Augustinus.
-Dude quien dudare -respondió el paje-, la verdad es la que he dicho, y esta que
ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua; y si no,
operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes conmigo, y
verán con los ojos lo que no creen por los oídos.
-Esa ida a mí toca -dijo Sanchica-: lléveme vuestra merced, señor, a las ancas
de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.
-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.
-Par Dios -respondió Sancha-, tan bién me vaya yo sobre una pollina como sobre
un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!
-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este señor está
en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha, y cuando
gobernador, señora, y no sé si diga algo.
-Más dice la señora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de comer y
despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:
-Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.
Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el cura
le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de espacio por
don Quijote y sus hazañas.
El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero
ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía por algo
burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía escribir, el
cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, notadas
de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen,
como se verá adelante.
Capítulo LI.
Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales
como buenos
Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el
maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza
de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della faltaba en escribir
a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus hechos como
de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos
discretos y tontos.
Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro Recio, le
hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa
que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero, viendo que
aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello, con harto dolor de su alma y
fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y
delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas
constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto
de las fuerzas corporales como de las del entendimiento.
Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el
gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y con su conserva,
se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que
un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás
acólitos, que fue:
-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso).
Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della, una horca y
una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que
juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era
en esta forma: "Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de
jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere
mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión
alguna". Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego
en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban
pasar libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: ''Si a
este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a
la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca,
y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre''. Pídese a vuesa
merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hombre; que aun hasta
agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado
entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra
merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero,
con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: quizá
podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y
Sancho dijo:
-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el tal
hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad, y por
la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró
mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
-Así es como el señor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
-Digo yo, pues, agora -replicó Sancho- que deste hombre aquella parte que juró
verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se
cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
-Pues, señor gobernador -replicó el preguntador-, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza
ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de
necesidad espresa que se cumpla con ella.
-Venid acá, señor buen hombre -respondió Sancho-; este pasajero que decís, o yo
soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la
puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y,
siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí
os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que
le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal, y
esto lo diera firmado de mi nombre, si supiera firmar; y yo en este caso no he
hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos
que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta
ínsula: que fue que, cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y
acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por
venir en este caso como de molde.
Así es -respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran
Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden
como el señor gobernador coma muy a su gusto.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos y
dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él aquella
misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de hacerle.
Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos del
doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con una carta
de don Quijote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que la leyese para
sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz
alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola primero, dijo:
-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice así:
Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula
Barataria
Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las
oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el
cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos.
Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses
bestia, según es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho,
que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra
la humildad del corazón; porque el buen adorno de la persona que está puesta en
graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo
que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no
parece palo. No digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas
como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal
que sea limpio y bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos
cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he
dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa
que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo
mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo
discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen;
y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de
las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se
subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni
siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el
punto de la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que
la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a
los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros,
que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma
razón. No te muestres, aunque por ventura lo seas -lo cual yo no creo-,
codicioso, mujeriego ni glotón; porque, en sabiendo el pueblo y los que te
tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte
en el profundo de la perdición.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito
antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los
guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a
cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y
muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los
mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le
han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de
contino le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu mujer
Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió no
muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores que me
maltraten, también los hay que me defiendan.
Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto esta
vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos
señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin,
tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme a lo que
suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este latín porque
me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás aprendido. Y a
Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
Don Quijote de la Mancha.
Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por discreta de
los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y, llamando al
secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo más, quiso
responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario que, sin añadir ni
quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo; y la
carta de la respuesta fue del tenor siguiente:
Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha
La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme la
cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas cual Dios
lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante
si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el
cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los
despoblados.
Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían entrado en
esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra
que un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar a cuantos
gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de
Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre para no temer que he de morir a
sus manos! Este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las
enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan; y las
medecinas que usa son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos
mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él
me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé
venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo
entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer
penitencia, como si fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso
que, al cabo al cabo, me ha de llevar el diablo.
Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va
esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen
venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo
muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos,
no solamente en éste.
Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y un
hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y la
escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo
para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el
padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo
cuanto se quiere.
Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con una
hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas
para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla
que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo hice
valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este pueblo
que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son desvergonzadas,
desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y enviádole el
presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y procuraré de mostrarme
agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las manos de mi parte, diciendo
que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por la obra.
No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que sea
agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene
hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores; yo lo
sabré cuando nos veamos.
Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no es
algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy
curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de haldas o de
mangas.
Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y envíeme
la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer
y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal intencionados
encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo,
porque le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced,
Sancho Panza, el Gobernador.
Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno; y
aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese regatones de
los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella vino de las partes
que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle
el precio según su estimación, bondad y fama, y el que lo aguase o le mudase el
nombre, perdiese la vida por ello.
Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados,
que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso gravísimas penas
a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día.
Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio
auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son
fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que
los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la
llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resolución: él
ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran
Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.
Capítulo LII.
Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le pareció que
la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que
profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques para partirse a
Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las
tales fiestas se conquista.
Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de la
gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los pies a la
cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó a los pies tendida
de largo a largo, la boca cosida con los pies de don Quijote, y daba unos
gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos, que puso en confusión a
todos los que la oían y miraban; y, aunque los duques pensaron que sería alguna
burla que sus criados querían hacer a don Quijote, todavía, viendo con el ahínco
que la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que
don Quijote, compasivo, la levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase
el manto de sobre la faz llorosa.
Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque descubrió
el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la
conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la tenían por boba y de
buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras. Finalmente, doña
Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:
-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con
este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en que me ha
puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.
El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don Quijote,
dijo:
-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y alevosía
que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es esta
desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de volver por
ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha llegado a mi
noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las buenas venturas
que Dios os depare; y así, querría que, antes que os escurriésedes por esos
caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le hiciésedes que se casase con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo, antes y
primero que yogase con ella; porque pensar que el duque mi señor me ha de hacer
justicia es pedir peras al olmo, por la ocasión que ya a vuesa merced en puridad
tengo declarada. Y con esto, Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a
nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija,
a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de
enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor, yo me partiré luego
en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le desafiaré, y le mataré cada
y cuando que se escusare de cumplir la prometida palabra; que el principal
asumpto de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios;
quiero decir: acorrer a los miserables y destruir a los rigurosos.
-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo de
buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester tampoco que
vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le doy por desafiado,
y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que le acete, y venga a
responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos daré campo seguro,
guardando todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse,
guardando igualmente su justicia a cada uno, como están obligados a guardarla
todos aquellos príncipes que dan campo franco a los que se combaten en los
términos de sus señoríos.
-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó don
Quijote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me allano
y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él, habilitándole para
poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le desafío y repto, en razón de
que hizo mal en defraudar a esta pobre, que fue doncella y ya por su culpa no lo
es, y que le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o
morir en la demanda.
Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque le
alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en nombre de
su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo, en la plaza de
aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los caballeros: lanza y
escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin engaño, superchería o
superstición alguna, examinadas y vistas por los jueces del campo.
-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala doncella
pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote; que de otra
manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal desafío.
-Yo sí pongo -respondió la dueña.
-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había de
hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de allí
adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras aventureras que
venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto aparte y las
sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás criadas, que no sabían
en qué había de parar la sandez y desenvoltura de doña Rodríguez y de su
malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida,
veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y presentes a
Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya llegada recibieron gran
contento los duques, deseosos de saber lo que le había sucedido en su viaje; y,
preguntándoselo, respondió el paje que no lo podía decir tan en público ni con
breves palabras: que sus excelencias fuesen servidos de dejarlo para a solas, y
que entretanto se entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las
puso en manos de la duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi
señora la duquesa tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza,
gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le
cocía el pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola
y leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y los
circunstantes la oyesen, leyó desta manera:
Carta de Teresa Panza a la Duquesa
Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió, que
en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el
vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría haya hecho
gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo este lugar,
puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase Nicolás el
barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da nada; que, como
ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere; aunque, si va a decir
verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco yo lo creyera, porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por un porro, y que, sacado de gobernar un
hato de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno pueda ser bueno. Dios lo
haga, y lo encamine como vee que lo han menester sus hijos.
Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de meter
este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche, para
quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la carne,
la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que no vaya, que
me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por ponerme en camino;
que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi marido por mí más que yo por él,
siendo forzoso que pregunten muchos: "-¿Quién son estas señoras deste coche?"
Y un criado mío responder: "-La mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de
la ínsula Barataria"; y desta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada,
y a Roma por todo.
Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en este
pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que una a una
las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más mayores; yo quisiera
que fueran como huevos de avestruz.
No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado de la
respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar deste lugar,
donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza, y a mí no olvide.
Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su criada,
Teresa Panza.
Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote si sería
bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía de ser
bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y así lo hizo, y
vio que decía desta manera:
Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido
Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como católica
cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira,
hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me pensé allí caer muerta
de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata la alegría súbita como el
dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro
contento. El vestido que me enviaste tenía delante, y los corales que me envió
mi señora la duquesa al cuello, y las cartas en las manos, y el portador dellas
allí presente, y, con todo eso, creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y
lo que tocaba; porque, ¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de
venir a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que
era menester vivir mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo
más; porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios
que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en ella
andando en coche.
El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que eres
gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento, como son
todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a buscarte y a
sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de los cascos; yo no
hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer
del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala
mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el Concejo pintar
las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidió dos ducados,
diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de los cuales no pintó nada,
y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvió el dinero, y, con todo
eso, se casó a título de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y
tomado el azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha
ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla,
la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de
casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo
niega a pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo.
Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste
pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien las
tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que los va
echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es hija de un
gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La fuente de la plaza
se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas.
Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto, Dios
te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin mí en
este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para acabar de
echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sancho enviaba a don
Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en duda la sandez del
gobernador.
Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el lugar de
Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar circunstancia que no
refiriese; diole las bellotas, y más un queso que Teresa le dio, por ser muy
bueno, que se aventajaba a los de Tronchón Recibiólo la duquesa con grandísimo
gusto, con el cual la dejaremos, por contar el fin que tuvo el gobierno del gran
Sancho Panza, flor y espejo de todos los insulanos gobernadores.
Capítulo LIII.
Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza
''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es
pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la
redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y
el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el
tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más
que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos
que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de
entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la
eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han
entendido; pero aquí, nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se
consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho.
El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y
pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a
cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía
sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la cama, y estuvo atento y
escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan
grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero, añadiéndose al ruido de voces y
campanas el de infinitas trompetas y atambores, quedó más confuso y lleno de
temor y espanto; y, levantándose en pie, se puso unas chinelas, por la humedad
del suelo, y, sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese,
salió a la puerta de su aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores
más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:
-¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos en la
ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.
Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y
embelesado de lo que oía y veía; y, cuando llegaron a él, uno le dijo:
-¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se
pierda!
-¿Qué me tengo de armar -respondió Sancho-, ni qué sé yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos
paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me
entiende nada destas priesas.
-¡Ah, señor gobernador! -dijo otro-. ¿Qué relente es ése? Ármese vuesa merced,
que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza, y sea
nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro
gobernador.
-Ármenme norabuena -replicó Sancho.
Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron
encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro
detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, le sacaron los brazos, y le
liaron muy bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado,
derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso.
Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en
pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase, y los guiase y animase a
todos; que, siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus
negocios.
-¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo -respondió Sancho-, que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan
cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y
ponerme, atravesado o en pie, en algún postigo, que yo le guardaré, o con esta
lanza o con mi cuerpo.
-Ande, señor gobernador -dijo otro-, que más el miedo que las tablas le impiden
el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, y las voces se
aumentan y el peligro carga.
Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y fue
dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho pedazos.
Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino
metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena; y
no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna; antes,
apagando las antorchas, tornaron a reforzar las voces, y a reiterar el ¡arma!
con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas
cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y encogiera, metiendo
la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en
aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se
encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes
voces decía:
-¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las
calles con colchones!
En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:
-¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y me
viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!
Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían:
-¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador,
levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos
que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible brazo!
-Levántenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.
Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:
-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no
quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es
que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor,
que me hago agua.
Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho
y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la
burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho les
templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era,
respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzó a
vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué
había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco,
porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al rucio, le abrazó y
le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lágrimas en los ojos, le dijo:
-Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que
me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro
corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero, después que os
dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han
entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil
desasosiegos.
Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno,
sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar
subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al
secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí
presentes estaban, dijo:
-Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que
vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo
no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los
enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar,
podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni
reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno
usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que
un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la
miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme
a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos
en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden
con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno y sin ella
salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y
apártense: déjenme ir, que me voy a bizmar; que creo que tengo brumadas todas
las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.
-No ha de ser así, señor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le daré a
vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva en su
prístina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa merced de
enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que quisiere.
-¡Tarde piache! -respondió Sancho-. Así dejaré de irme como volverme turco. No
son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, ni admita
otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin
alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez
dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el
aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el
suelo con pie llano, que, si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le
faltarán alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda
más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace
tarde.
A lo que el mayordomo dijo:
-Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto que nos
pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder obligan a
desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado, antes que se
ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia: déla vuesa
merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de Dios.
-Nadie me la puede pedir -respondió Sancho-, si no es quien ordenare el duque mi
señor; yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto más que,
saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender
que he gobernado como un ángel.
-Par Dios que tiene razón el gran Sancho -dijo el doctor Recio-, y que soy de
parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.
Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciéndole primero compañía y todo
aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su
viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio
queso y medio pan para él; que, pues el camino era tan corto, no había menester
mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y
los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y
tan discreta.
Capítulo LIV.
Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna
Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizo a su
vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el mozo estaba
en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña
Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón, que se llamaba
Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer.
De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatro vendría
su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero, y sustentaría
como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera,
si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote recibió
mucho gusto con las tales nuevas, y se prometió a sí mismo de hacer maravillas
en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos
señores pudiesen ver hasta dónde se estendía el valor de su poderoso brazo; y
así, con alborozo y contento, esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo,
a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos.
Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a
Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su
amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del
mundo.
Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su gobierno -
que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que
gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con
sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna cantando, los cuales, en
llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando las voces todos juntos,
comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender, si no fue una
palabra que claramente pronunciaba limosna, por donde entendió que era limosna
la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo
además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que venía proveído, y
dióselo, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo
recibieron de muy buena gana, y dijeron:
-¡Guelte! ¡Guelte!
-No entiendo -respondió Sancho- qué es lo que me pedís, buena gente.
Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, por donde
entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en la garganta y
estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía ostugo de moneda, y,
picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar, habiéndole estado mirando uno
dellos con mucha atención, arremetió a él, echándole los brazos por la cintura;
en voz alta y muy castellana, dijo:
-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi
caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque yo ni
duermo, ni estoy ahora borracho.
Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del estranjero
peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablar palabra, con mucha
atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su suspensión el peregrino, le
dijo:
-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el
morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le echó
los brazos al cuello, y le dijo:
-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de volver
a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?
-Si tú no me descubres, Sancho -respondió el peregrino-, seguro estoy que en
este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a aquella
alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros, y allí
comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré lugar de contarte lo
que me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar, por obedecer el bando
de Su Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba,
según oíste.
Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron a la
alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones,
quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran
mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo
menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.
Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que
si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un
manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de huevos de pescados,
gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más campeó en el campo de
aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su
alforja; hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o
en tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con cada
bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa, y
luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las botas en el aire;
puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que
ponían en él la puntería; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a
otro, señales que acreditaban el gusto que recebían, se estuvieron un buen
espacio, trasegando en sus estómagos las entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir con el
refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz como vieres", pidió
a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no con menos gusto que
ellos.
Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no fue
posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa que puso
mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando, juntaba
alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:
-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.
Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!
Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada
de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando
se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados. Finalmente, el
acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos, quedándose
dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote y Sancho quedaron
alerta, porque habían comido más y bebido menos; y, apartando Ricote a Sancho,
se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce
sueño; y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana
le dijo las siguientes razones:
-«Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando que
Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en
todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece que antes del
tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el
rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Ordené, pues, a
mi parecer como prudente, bien así como el que sabe que para tal tiempo le han
de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de
salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con
comodidad y sin la priesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron
todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como
algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su
determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y
disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue
inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda
resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos
firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponer a los que no lo
eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de
casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro,
blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, la más terrible que se
nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en
ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que
nuestra desventura desea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde
esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo
tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos,
y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus
mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora
conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y, aunque allí nos hacían
buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me
pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en
muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se
vive con libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta;
juntéme con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos
dellos, cada año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias,
y por certísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay
pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con
un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o entre
los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden, los sacan
del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y
puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que
dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré hacer sin peligro y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que está en
Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de Francia, y desde allí
llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros;
que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca
Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y, aunque yo no lo soy tanto,
todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los
ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir. Y lo que me
tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería
que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.»
A lo que respondió Sancho:
-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el
hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado,
y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste
encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer
muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar.
-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Sancho, que no tocaron a mi
encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún desmán; y
así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo,
yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya
sabes que sé yo que las tienes muchas.
-Yo lo hiciera -respondió Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, a serlo, un
oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi
casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata; y, así por esto
como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera
contigo, si como me prometes docientos escudos, me dieras aquí de contado
cuatrocientos.
-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntó Ricote.
-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Sancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.
-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.
-¿Adónde? -respondió Sancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula
Barataria.
-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar; que
no hay ínsulas en la tierra firme.
-¿Cómo no? -replicó Sancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario; pero,
con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.
-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.
-He ganado -respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno para gobernar,
si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales
gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el sustento;
porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si
tienen médicos que miren por su salud.
-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo que dices es
disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas que gobernases? ¿Faltaban
hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que tú eres? Calla, Sancho, y
vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a
sacar el tesoro que dejé escondido; que en verdad que es tanto, que se puede
llamar tesoro, y te daré con que vivas, como te he dicho.
-Ya te he dicho, Ricote -replicó Sancho-, que no quiero; conténtate que por mí
no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjame seguir el
mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.
-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestro
lugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?
-Sí hallé -respondió Sancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosa que
salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la más bella
criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a
cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí me hizo llorar, que no
suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvieron deseo de esconderla y salir a
quitársela en el camino; pero el miedo de ir contra el mandado del rey los
detuvo. Principalmente se mostró más apasionado don Pedro Gregorio, aquel
mancebo mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que la quería mucho, y después
que ella se partió, nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos
que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.
-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a mi
hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el saber que
la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las moriscas pocas o
ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo
que yo creo, atendía a ser más cristiana que enamorada, no se curaría de las
solicitudes de ese señor mayorazgo.
-Dios lo haga -replicó Sancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjame partir
de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi señor don
Quijote.
-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, y también
es hora que prosigamos nuestro camino.
Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote se arrimó a
su bordón, y se apartaron.
Capítulo LV.
De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más
que ver
El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al
castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde le tomó la noche,
algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio mucha pesadumbre; y así,
se apartó del camino con intención de esperar la mañana; y quiso su corta y
desventurada suerte que, buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron él y el
rucio en una honda y escurísima sima que entre unos edificios muy antiguos
estaba, y al tiempo del caer, se encomendó a Dios de todo corazón, pensando que
no había de parar hasta el profundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco
más de tres estados dio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber
recebido lisión ni daño alguno.
Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud, no
se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le había hecho,
porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo con las manos
por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir della sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno, de lo que Sancho se
congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se quejaba tierna y
dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio, que, a la verdad, no
estaba muy bien parado.
-¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelen suceder a
cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que ayer
se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y a sus
vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna
que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y
quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue
mi señor don Quijote de la Mancha cuando decendió y bajó a la cueva de aquel
encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no
parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones
hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras.
¡Desdichado de mí, y en qué han parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán
mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y
raídos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién
somos, a lo menos de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó
de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros,
que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre
los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento nos cerrara
los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos
servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos
saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo de
ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.
Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre se
hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y
lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio Sancho que era
imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenzó a
lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero todas sus voces eran
dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos no había persona que
pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por muerto.
Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le puso en
pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que también habían
corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a su jumento, que
no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:
-Todos los duelos con pan son buenos.
En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él una
persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y, agazapándose, se
entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo, y púdolo ver, porque
por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría todo.
Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo
cual, volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a
desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde
con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro,
comenzó a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida
por otra parte. A veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin
miedo.
-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí es desventura,
mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí que tuviera estas
profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y
esperara salir de esta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo,
sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que
debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la
otra, que acabe de tragarme. ¡Bien vengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco más de
media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que pareció ser
ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto
aquel, para él, camino de la otra vida.
Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote, que,
alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había de hacer con el
robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba enderezar el
tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.
Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que
había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón o
arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva, que, a no
tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella. En fin, le
detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse, miró aquella
hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y, escuchando
atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:
-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?
Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó suspenso y
asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:
-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?
-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza,
de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don Quijote de la
Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el
pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y que
estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:
-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano, que me
digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti; que,
pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también
lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden
ayudarse por sí propios.
-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi señor
don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda.
-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en sus
necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que me tienes
atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has muerto, como no te
hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de Dios, estés en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana
bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella,
por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y
dime quién eres.
-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho
Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino que, habiendo
dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para decirlas,
anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará mentir,
pues, por más señas, está aquí conmigo.
Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque
al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba.
-¡Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si le pariera, y
tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque, que está aquí
cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados te deben de haber
puesto.
-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no
lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Sancho
Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que debía de
haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos inmemoriales
estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno sin tener
ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas; y, a
costa de mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de
aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo:
-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores,
como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido, y
sin blanca, a lo que yo creo.
Oyólo Sancho, y dijo:
-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me
dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han
perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni he tenido lugar de
hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto así, como lo es, no
merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios
dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno; y cual el
tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no beberé", que adonde se piensa
que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo más,
aunque pudiera.
-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca
acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar
las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo. Si
el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que ha sido un ladrón, y si
sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato.
-A buen seguro -respondió Sancho- que por esta vez antes me han de tener por
tonto que por ladrón.
En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa esperando a
don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque sin que primero no
hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy
mala noche en la posada; y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales,
puesto de rodillas, dijo:
-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío,
fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo me
hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido
delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos,
siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural
de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de
noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que
salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé
Dios como ellos dicen verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las
cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi
cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni
flechas de mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he
querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como
la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella.
No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque pensaba
hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían
de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la
ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en una sima, víneme por
ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no
tan fácil que, a no depararme el cielo a mi señor don Quijote, allí me quedara
hasta la fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro
gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el
gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una
ínsula, sino de todo el mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras
mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y
dámela tú", doy un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don
Quijote; que, en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo
menos, y para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices.
Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijote que
había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar con tan
pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó a Sancho, y le dijo
que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que
él haría de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de
más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que le regalasen, porque
daba señales de venir mal molido y peor parado.
Capítulo LVI.
De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote
de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña
Rodríguez
No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y más, que aquel mismo día vino su mayordomo, y les
contó punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho había
dicho y hecho en aquellos días, y finalmente les encareció el asalto de la
ínsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeño gusto recibieron.
Después desto, cuenta la historia que se llegó el día de la batalla aplazada, y,
habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo Tosilos cómo se
había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle ni herirle, ordenó que
se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don Quijote que no permitía la
cristiandad, de que él se preciaba, que aquella batalla fuese con tanto riesgo y
peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo franco en su
tierra, puesto que iba contra el decreto del Santo Concilio, que prohíbe los
tales desafíos, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte.
Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio como
más fuese servido; que él le obedecería en todo. Llegado, pues, el temeroso día,
y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del castillo se hiciese un
espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del campo y las dueñas, madre y
hija, demandantes, había acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas
infinita gente, a ver la novedad de aquella batalla; que nunca otra tal no
habían visto, ni oído decir en aquella tierra los que vivían ni los que habían
muerto.
El primero que entró en el campo y estacada fue el maestro de las ceremonias,
que tanteó el campo, y le paseó todo, porque en él no hubiese algún engaño, ni
cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego entraron las dueñas y se
sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos hasta los ojos y aun hasta
los pechos, con muestras de no pequeño sentimiento. Presente don Quijote en la
estacada, de allí a poco, acompañado de muchas trompetas, asomó por una parte de
la plaza, sobre un poderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo Tosilos,
calada la visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El
caballo mostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le
pendía una arroba de lana.
Venía el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo se había
de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en ninguna
manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por escusar el
peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase.
Paseó la plaza, y, llegando donde las dueñas estaban, se puso algún tanto a
mirar a la que por esposo le pedía. Llamó el maese de campo a don Quijote, que
ya se había presentado en la plaza, y junto con Tosilos habló a las dueñas,
preguntándoles si consentían que volviese por su derecho don Quijote de la
Mancha. Ellas dijeron que sí, y que todo lo que en aquel caso hiciese lo daban
por bien hecho, por firme y por valedero.
Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galería que caía
sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que esperaba
ver el riguroso trance nunca visto. Fue condición de los combatientes que si don
Quijote vencía, su contrario se había de casar con la hija de doña Rodríguez; y
si él fuese vencido, quedaba libre su contendor de la palabra que se le pedía,
sin dar otra satisfación alguna.
Partióles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en el
puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire el son de las
trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban suspensos los
corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal
suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote, encomendándose de todo su corazón
a Dios Nuestro Señor y a la señora Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se
le diese señal precisa de la arremetida; empero, nuestro lacayo tenía diferentes
pensamientos: no pensaba él sino en lo que agora diré:
Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareció la más hermosa
mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo, a quien suelen
llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión que se le
ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos; y
así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le viese, le envasó al pobre
lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo, y le pasó el corazón de
parte a parte; y púdolo hacer bien al seguro, porque el Amor es invisible, y
entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.
Digo, pues, que, cuando dieron la señal de la arremetida, estaba nuestro lacayo
transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho señora de su
libertad, y así, no atendió al son de la trompeta, como hizo don Quijote, que,
apenas la hubo oído, cuando arremetió, y, a todo el correr que permitía
Rocinante, partió contra su enemigo; y, viéndole partir su buen escudero Sancho,
dijo a grandes voces:
-¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros! ¡Dios te dé la vitoria,
pues llevas la razón de tu parte!
Y, aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso de su
puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual venido a ver
lo que quería, le dijo:
-Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con aquella
señora?
-Así es -le fue respondido.
-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondríala en gran
cargo si pasase adelante en esta batalla; y así, digo que yo me doy por vencido
y que quiero casarme luego con aquella señora.
Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno de
los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le
acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en la
batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo
que quedó suspenso y colérico en estremo.
En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba, y dijo
a grandes voces:
-Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por pleitos
ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte.
Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:
-Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en hora buena,
y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.
El duque había bajado a la plaza del castillo, y, llegándose a Tosilos, le dijo:
-¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de vuestra
temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella?
-Sí, señor -respondió Tosilos.
-Él hace muy bien -dijo a esta sazón Sancho Panza-, porque lo que has de dar al
mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.
Íbase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen, porque
le iban faltando los espíritus del aliento, y no podía verse encerrado tanto
tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quitáronsela apriesa, y quedó
descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez y su
hija, dando grandes voces, dijeron:
-¡Éste es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor, nos
han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del Rey, de
tanta malicia, por no decir bellaquería!
-No vos acuitéis, señoras -dijo don Quijote-, que ni ésta es malicia ni es
bellaquería; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos
encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase la
gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en el de
este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar de la
malicia de mis enemigos, casaos con él, que sin duda es el mismo que vos deseáis
alcanzar por esposo.
El duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera, y dijo:
-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote que estoy
por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y maña: dilatemos
el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que
nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura;
que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al señor don
Quijote, y más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.
-¡Oh señor! -dijo Sancho-, que ya tienen estos malandrines por uso y costumbre
de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un caballero que
venció los días pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura
del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo nuestro,
y a mi señora Dulcinea del Toboso la han vuelto en una rústica labradora; y así,
imagino que este lacayo ha de morir y vivir lacayo todos los días de su vida.
A lo que dijo la hija de Rodríguez:
-Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que más
quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero,
puesto que el que a mí me burló no lo es.
En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se
recogiese, hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron todos la vitoria
por don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver que no se
habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los mochachos
quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o
la parte, o la justicia. Fuese la gente, volviéronse el duque y don Quijote al
castillo, encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y su hija contentísimas
de ver que, por una vía o por otra, aquel caso había de parar en casamiento, y
Tosilos no esperaba menos.
Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo que
le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa
Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en
aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía
en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que
como a caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de
dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento; y así, pidió
un día licencia a los duques para partirse. Diéronsela, con muestras de que en
gran manera les pesaba de que los dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer
a Sancho Panza, el cual lloró con ellas, y dijo:
-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi mujer
Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en volverme
yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la Mancha? Con
todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a ser quien es,
enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado, quedando yo
pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es que esta dádiva
no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella
las envió, y está puesto en razón que los que reciben algún beneficio, aunque
sea con niñerías, se muestren agradecidos. En efecto, yo entré desnudo en el
gobierno y salgo desnudo dél; y así, podré decir con segura conciencia, que no
es poco: "Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano".
Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don Quijote,
habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentó armado
en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gente del
castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio,
con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque el mayordomo del
duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con docientos escudos de
oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aún no lo sabía don Quijote.
Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otras dueñas y
doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz la desenvuelta y discreta
Altisidora, y en son lastimero dijo:
-Escucha, mal caballero;
detén un poco las riendas;
no fatigues las ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyas
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tú has burlado, monstruo horrendo,
la más hermosa doncella
que Dïana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Tú llevas, ¡llevar impío!,
en las garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llévaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Llévaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho, tu escudero,
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos,
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan,
y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada Altisidora,
la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra, volviendo el rostro a
Sancho, le dijo:
-Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una verdad.
Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta enamorada
doncella dice?
A lo que Sancho respondió:
-Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la tenía
por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes
desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creció más su
admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este mi castillo
el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres
tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de mi doncella; indicios son de
mal pecho y muestras que no corresponden a vuestra fama. Volvedle las ligas; si
no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor que malandrines encantadores
me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que
entró con vos en batalla.
-No quiera Dios -respondió don Quijote- que yo desenvaine mi espada contra
vuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los tocadores
volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es imposible, porque ni yo
las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestra doncella quisiere mirar sus
escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón,
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano. Esta doncella
habla, como ella dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no
tengo de qué pedirle perdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico
me tenga en mejor opinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
-Déosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que siempre oigamos
buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que, mientras más os
detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de las doncellas que os miran; y
a la mía yo la castigaré de modo, que de aquí adelante no se desmande con la
vista ni con las palabras.
-Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! –dijo entonces
Altisidora-; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas, porque, en
Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en el descuido del que
yendo sobre el asno, le buscaba.
-¿No lo dije yo? -dijo Sancho-. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues, a
quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.
Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los
circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el
rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas,
que no se daban vagar unas a otras
Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los
requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los
espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías,
y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni
el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe
aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede
venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la
abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de
aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que
estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la
libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas
de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al
ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le
quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!
-Con todo eso -dijo Sancho- que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una
bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo
puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siempre hemos de
hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas
donde nos apaleen.
En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando
vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un
pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de
hombres, vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas,
con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; estaban empinadas y tendidas, y
de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los que comían, y, saludándolos
primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían.
Uno dellos le respondió:
-Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entabladura que
han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas,
porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.
-Si sois servidos -respondió don Quijote-, holgaría de verlas, pues imágines que
con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.
-Y ¡cómo si lo son! -dijo otro-. Si no, dígalo lo que cuesta: que en verdad que
no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y, porque vea vuestra
merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de ojos.
Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen,
que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a
los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse.
Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don
Quijote, dijo:
-Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:
llamóse don San Jorge, y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.
Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que
partía la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:
-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más
liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo
la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces
invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.
-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que
dicen: que para dar y tener, seso es menester.
Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió
la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada,
atropellando moros y pisando cabezas; y, en viéndola, dijo don Quijote:
-Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama don San
Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo
y tiene agora el cielo.
Luego descubrieron otro lienzo, y pareció que encubría la caída de San Pablo del
caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión
suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y
Pablo respondía.
-Éste -dijo don Quijote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
Nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero
andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en
la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los
cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.
No había más imágines, y así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir, y
dijo a los que las llevaban:
-Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos
santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las
armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron
santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos
conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo
hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea
del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el
juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.
-Dios lo oiga y el pecado sea sordo -dijo Sancho a esta ocasión.
Admiráronse los hombres, así de la figura como de las razones de don Quijote,
sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer,
cargaron con sus imágines, y, despidiéndose de don Quijote, siguieron su viaje.
Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo
que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni suceso que
no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria, y díjole:
-En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar
aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de
nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sin palos y
sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra
con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea Dios, que tal me ha dejado
ver con mis propios ojos.
-Tú dices bien, Sancho -dijo don Quijote-, pero has de advertir que no todos los
tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el vulgo suele
llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna, del que
es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos acontecimientos. Levántase
uno destos agoreros por la mañana, sale de su casa, encuéntrase con un fraile de
la orden del bienaventurado San Francisco, y, como si hubiera encontrado con un
grifo, vuelve las espaldas y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza la
sal encima de la mesa, y derrámasele a él la melancolía por el corazón, como si
estuviese obligada la naturaleza a dar señales de las venideras desgracias con
cosas tan de poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de
andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África,
tropieza en saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él,
abrazándose con el suelo, dijo: ''No te me podrás huir, África, porque te tengo
asida y entre mis brazos''. Así que, Sancho, el haber encontrado con estas
imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.
-Yo así lo creo -respondió Sancho-, y querría que vuestra merced me dijese qué
es la causa por que dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla,
invocando aquel San Diego Matamoros: "¡Santiago, y cierra, España!" ¿Está por
ventura España abierta, y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es
ésta?
-Simplicísimo eres, Sancho -respondió don Quijote-; y mira que este gran
caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo,
especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han
tenido; y así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas
que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando,
atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te
pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se
cuentan.
Mudó Sancho plática, y dijo a su amo:
-Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la
duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman Amor,
que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso, o, por mejor
decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeño que sea, le acierta
y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído decir también que en la
vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las amorosas saetas,
pero en esta Altisidora más parece que se aguzan que despuntan.
-Advierte, Sancho -dijo don Quijote-, que el amor ni mira respetos ni guarda
términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte:
que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los
pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es
quitarle el temor y la vergüenza; y así, sin ella declaró Altisidora sus deseos,
que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima.
-¡Crueldad notoria! -dijo Sancho-. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé
decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa,
y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa! Pero no
puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra merced que así la
rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada
cosa por sí déstas, o todas juntas, le enamoraron; que en verdad en verdad que
muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el
último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para
enamorar; y, habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y
principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no sé yo de qué
se enamoró la pobre.
-Advierte, Sancho -respondió don Quijote-, que hay dos maneras de hermosura: una
del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento,
en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza,
y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la
mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y
con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que
no soy disforme; y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien
querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.
En estas razones y pláticas se iban entrando por una selva que fuera del camino
estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló don Quijote enredado entre
unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas; y,
sin poder imaginar qué pudiese ser aquello, dijo a Sancho:
-Paréceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las más nuevas
aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me persiguen
no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en venganza de la
riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yo que, aunque estas
redes, si como son hechas de hilo verde fueran de durísimos diamantes, o más
fuertes que aquélla con que el celoso dios de los herreros enredó a Venus y a
Marte, así la rompiera como si fuera de juncos marinos o de hilachas de algodón.
Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron
delante, saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas pastoras; a lo menos,
vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino brocado,
digo, que las sayas eran riquísimos faldellines de tabí de oro. Traían los
cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podían competir con los rayos
del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de verde laurel y de
rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de los quince ni pasaba de
los diez y ocho.
Vista fue ésta que admiró a Sancho, suspendió a don Quijote, hizo parar al sol
en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos cuatro. En
fin, quien primero habló fue una de las dos zagalas, que dijo a don Quijote:
-Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las redes, que no para daño
vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ahí están tendidas; y, porque sé que nos
habéis de preguntar para qué se han puesto y quién somos, os lo quiero decir en
breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas de aquí, donde hay mucha
gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre muchos amigos y parientes se
concertó que con sus hijos, mujeres y hijas, vecinos, amigos y parientes, nos
viniésemos a holgar a este sitio, que es uno de los más agradables de todos
estos contornos, formando entre todos una nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos
las doncellas de zagalas y los mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos
églogas, una del famoso poeta Garcilaso, y otra del excelentísimo Camoes, en su
misma lengua portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue
el primero día que aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas
tiendas, que dicen se llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyo que
todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de estos
árboles para engañar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro ruido,
vinieren a dar en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro huésped, seréis
agasajado liberal y cortésmente; porque por agora en este sitio no ha de entrar
la pesadumbre ni la melancolía.
Calló y no dijo más. A lo que respondió don Quijote:
-Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar más suspenso ni admirado
Anteón cuando vio al improviso bañarse en las aguas a Diana, como yo he quedado
atónito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros entretenimientos, y
el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo servir, con seguridad de
ser obedecidas me lo podéis mandar; porque no es ésta la profesión mía, sino de
mostrarme agradecido y bienhechor con todo género de gente, en especial con la
principal que vuestras personas representa; y, si como estas redes, que deben de
ocupar algún pequeño espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo
nuevos mundos por do pasar sin romperlas; y porque deis algún crédito a esta mi
exageración, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha, si
es que ha llegado a vuestros oídos este nombre.
-¡Ay, amiga de mi alma -dijo entonces la otra zagala-, y qué ventura tan grande
nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos delante? Pues hágote saber que es
el más valiente, y el más enamorado, y el más comedido que tiene el mundo, si no
es que nos miente y nos engaña una historia que de sus hazañas anda impresa y yo
he leído. Yo apostaré que este buen hombre que viene consigo es un tal Sancho
Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen.
-Así es la verdad -dijo Sancho-: que yo soy ese gracioso y ese escudero que
vuestra merced dice, y este señor es mi amo, el mismo don Quijote de la Mancha
historiado y referido.
-¡Ay! -dijo la otra-. Supliquémosle, amiga, que se quede; que nuestros padres y
nuestros hermanos gustarán infinito dello, que también he oído yo decir de su
valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y, sobre todo, dicen dél
que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y que su dama es una tal
Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan la palma de la hermosura.
-Con razón se la dan -dijo don Quijote-, si ya no lo pone en duda vuestra sin
igual belleza. No os canséis, señoras, en detenerme, porque las precisas
obligaciones de mi profesión no me dejan reposar en ningún cabo.
Llegó, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos pastoras,
vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de las zagalas
correspondía; contáronle ellas que el que con ellas estaba era el valeroso don
Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de quien tenía él ya
noticia, por haber leído su historia. Ofreciósele el gallardo pastor, pidióle
que se viniese con él a sus tiendas; húbolo de conceder don Quijote, y así lo
hizo.
Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes que,
engañados de la color de las redes, caían en el peligro de que iban huyendo.
Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de
pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes
eran don Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya
tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas
puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don Quijote dándole el primer
lugar en ellas; mirábanle todos, y admirábanse de verle.
Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz, y
dijo:
-Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es
la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele
decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en
cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso
de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras,
pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico;
porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las
recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben
son inferiores a los que dan; y así, es Dios sobre todos, porque es dador sobre
todos y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con
igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo,
la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha
hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los
estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi
cosecha; y así, digo que sustentaré dos días naturales en metad de ese camino
real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están
son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetado sólo
a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea
dicho de cuantos y cuantas me escuchan.
Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atención le había estado escuchando,
dando una gran voz, dijo:
-¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que
este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay cura de
aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha
dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda
ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?
Volvióse don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y colérico, le dijo:
-¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que
no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso y de
bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o
majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante:
vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con la razón que va de mi parte,
puedes dar por vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla.
Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantó de la silla, dejando admirados
a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por loco o por cuerdo.
Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos
daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas
demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la
historia de sus hechos se referían, con todo esto, salió don Quijote con su
intención; y, puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza,
se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba.
Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos
de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.
Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino -como os he dicho-, hirió el aire
con semejantes palabras:
-¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y
de a caballo que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estos dos días
siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí
puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden
las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando
a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de
parecer contrario, acuda, que aquí le espero.
Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de ningún
aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor,
ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de
a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de
tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote
estaban, cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino,
porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro; sólo don
Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con
las ancas de Rocinante.
Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a grandes
voces comenzó a decir a don Quijote:
-¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!
-¡Ea, canalla -respondió don Quijote-, para mí no hay toros que valgan, aunque
sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines,
así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo
sois en batalla.
No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse,
aunque quisiera; y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos
cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los
llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don
Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra,
echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote,
aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, se levantaron
todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a
correr tras la vacada, diciendo a voces:
-¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el
cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que
huye, hacerle la puente de plata!
Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso
de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote,
y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho,
Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y, sin
volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que
gusto, siguieron su camino.
Capítulo LIX.
Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por
aventura, que le sucedió a don Quijote
Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del descomedimiento de
los toros, socorrió una fuente clara y limpia que entre una fresca arboleda
hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin jáquima y freno, al rucio
y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se sentaron. Acudió Sancho a la
repostería de su alforjas, y dellas sacó de lo que él solía llamar condumio;
enjuagóse la boca, lavóse don Quijote el rostro, con cuyo refrigerio cobraron
aliento los espíritus desalentados. No comía don Quijote, de puro pesaroso, ni
Sancho no osaba tocar a los manjares que delante tenía, de puro comedido, y
esperaba a que su señor hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus
imaginaciones, no se acordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y,
atropellando por todo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el
pan y queso que se le ofrecía.
-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a mí te
importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis
desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y,
porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso
en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de
doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas,
granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado
y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta
consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos,
y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de
hambre: muerte la más cruel de las muertes.
-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestra
merced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo menos, no
pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero, que tira el
cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi
vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y sepa,
señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como
vuestra merced, y créame, y después de comido, échese a dormir un poco sobre los
colchones verdes destas yerbas, y verá como cuando despierte se halla algo más
aliviado.
Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de
filósofo que de mentecato, y díjole:
-Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, serían mis
alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que, mientras yo
duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos de aquí, y con
las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te dieses trecientos o
cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar
por el desencanto de Dulcinea; que es lástima no pequeña que aquella pobre
señora esté encantada por tu descuido y negligencia.
-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos, y
después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarse un
hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre un cuerpo mal
sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea, que, cuando menos
se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta la muerte, todo es vida;
quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he
prometido.
Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse a dormir
entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer del abundosa yerba de
que aquel prado estaba lleno a los dos continuos compañeros y amigos Rocinante y
el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino,
dándose priesa para llegar a una venta que, al parecer, una legua de allí se
descubría. Digo que era venta porque don Quijote la llamó así, fuera del uso que
tenía de llamar a todas las ventas castillos.
Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fueles
respondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quien el
huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles sus
piensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo, le
mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese
parecido castillo aquella venta.
Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho al
huésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondió que su
boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de las pajaricas del
aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar estaba proveída aquella
venta.
-No es menester tanto -respondió Sancho-, que con un par de pollos que nos asen
tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy
tragantón en demasía.
Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los tenían
asolados.
-Pues mande el señor huésped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.
-¿Polla? ¡Mi padre! -respondió el huésped-. En verdad en verdad que envié ayer a
la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida vuestra merced
lo que quisiere.
-Desa manera -dijo Sancho-, no faltará ternera o cabrito.
-En casa, por ahora -respondió el huésped-, no lo hay, porque se ha acabado;
pero la semana que viene lo habrá de sobra.
-¡Medrados estamos con eso! -respondió Sancho-. Yo pondré que se vienen a
resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y huevos.
-¡Por Dios -respondió el huésped-, que es gentil relente el que mi huésped
tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere que tenga
huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese de pedir
gallinas.
-Resolvámonos, cuerpo de mí -dijo Sancho-, y dígame finalmente lo que tiene, y
déjese de discurrimientos, señor huésped.
Dijo el ventero:
-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de
ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas con sus
garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo: ¡Coméme!
¡Coméme!
-Por mías las marco desde aquí -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo las
pagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar de más
gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.
-Nadie las tocará -dijo el ventero-, porque otros huéspedes que tengo, de puro
principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.
-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno más que mi amo; pero el oficio que
él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos en mitad de un
prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.
Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar
adelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o qué ejercicio
era el de su amo.
Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote, trujo el
huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy de propósito. Parece ser
que en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le dividía más
que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:
-Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la cena
leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído alerto
escuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:
-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates? Y
el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha
no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda.
-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tan malo
que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace es que pinta a
don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:
-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy
lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada,
ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión,
el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.
-¿Quién es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.
-¿Quién ha de ser -respondió Sancho- sino el mismo don Quijote de la Mancha, que
hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen pagador no le
duelen prendas.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos
caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos al cuello de
don Quijote, le dijo:
-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no
acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois el verdadero don Quijote
de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del
que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha
hecho el autor deste libro que aquí os entrego.
Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don
Quijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le
volvió, diciendo:
-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la
otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la
tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la
verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer de
Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa
Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra
en todas las demás de la historia.
A esto dijo Sancho:
-¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de
nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez! Torne a
tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre.
-Por lo que he oído hablar, amigo -dijo don Jerónimo-, sin duda debéis de ser
Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.
-Sí soy -respondió Sancho-, y me precio dello.
-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con la
limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y no nada
gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de
vuestro amo se describe.
-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí,
porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.
Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar con
ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas pertenecientes para
su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido, condecenció con su demanda y
cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla con mero mixto imperio; sentóse en
cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus
manos y de sus uñas aficionado.
En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas tenía de la
señora Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba parida o preñada, o
si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidad y buen decorode
los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo que él respondió:
-Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; las
correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez
labradora transformada.
Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo
que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio
Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don
Quijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus
disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por
discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué
grado le darían entre la discreción y la locura.
Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia
de su amo; y, en entrando, dijo:
-Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen
quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que, ya que me llama
comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.
-Sí llama -dijo don Jerónimo-, pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que
son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la
fisonomía del buen Sancho que está presente.
-Créanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desa
historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete
Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado; y yo,
simple gracioso, y no comedor ni borracho.
-Yo así lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se había de mandar que
ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide
Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a
retratarle sino Apeles.
-Retráteme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; que muchas
veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.
-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al señor don Quijote de quien él no
se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi
parecer, es fuerte y grande.
En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y, aunque don Juan
quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo
pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo confirmaba por
todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había
tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído; pues de las
cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los
ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a
Zaragoza, a hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen
hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como
don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija,
falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de
simplicidades.
-Por el mismo caso -respondió don Quijote-, no pondré los pies en Zaragoza, y
así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán
de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.
-Hará muy bien -dijo don Jerónimo-; y otras justas hay en Barcelona, donde podrá
el señor don Quijote mostrar su valor.
-Así lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia, pues
ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores
amigos y servidores.
-Y a mí también -dijo Sancho-: quizá seré bueno para algo.
Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,
dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho
de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos eran los
verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.
Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se despidió
de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, y aconsejóle que
alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese más proveída.
Capítulo LX. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona
Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don
Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho camino
para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que tenía de sacar
mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba.
Sucedió, pues, que en más de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse en
escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la noche entre
unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la puntualidad Cide
Hamete que en otras cosas suele.
Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y, acomodándose a los troncos de los
árboles, Sancho, que había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón por las
puertas del sueño; pero don Quijote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho
más que la hambre, no podía pegar sus ojos; antes iba y venía con el pensamiento
por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya
ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea; ya
que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín que le referían las
condiciones y diligencias que se habían de hacer y tener en el desencanto de
Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero,
pues, a lo que creía, solos cinco azotes se había dado, número desigual y
pequeño para los infinitos que le faltaban; y desto recibió tanta pesadumbre y
enojo, que hizo este discurso:
-Si nudo gordiano cortó el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar como
desatar'', y no por eso dejó de ser universal señor de toda la Asia, ni más ni
menos podría suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo azotase a Sancho
a pesar suyo; que si la condición deste remedio está en que Sancho reciba los
tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se los dé él, o que se los dé
otro, pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do llegaren?
Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas de
Rocinante, y acomodádolas en modo que pudiese azotarle con ellas, comenzóle a
quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la delantera, en que se
sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado, cuando Sancho despertó en
todo su acuerdo, y dijo:
-¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?
-Yo soy -respondió don Quijote-, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis
trabajos: véngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a que te
obligaste. Dulcinea perece; tú vives en descuido; yo muero deseando; y así,
desatácate por tu voluntad, que la mía es de darte en esta soledad, por lo
menos, dos mil azotes.
-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que
nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han de ser
voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme; basta que doy a
vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.
-No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho -dijo don Quijote-, porque eres duro de
corazón, y, aunque villano, blando de carnes.
Y así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se
puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y,
echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla
derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le
dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:
-¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da
su pan te atreves?
-Ni quito rey, ni pongo rey -respondió Sancho-, sino ayúdome a mí, que soy mi
señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de azotarme por
agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no,
Aquí morirás, traidor,
enemigo de doña Sancha.
Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el
pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando
quisiese.
Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo;
acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote que
le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y, preguntándole qué le había sucedido y
de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles estaban
llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote, y cayó luego en la
cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:
-No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están
ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte
en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar
cerca de Barcelona.
Y así era la verdad como él lo había imaginado.
Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran
cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los muertos los habían
espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de
improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y
se detuviesen, hasta que llegase su capitán.
Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol,
y, finalmente, sin defensa alguna; y así, tuvo por bien de cruzar las manos e
inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura.
Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa de
cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que en una
ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que habían sacado
de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara
hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera escondido, si no llegara en
aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de hasta edad de treinta y cuatro
años, robusto, más que de mediana proporción, de mirar grave y color morena.
Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota, y con cuatro
pistoletes -que en aquella tierra se llaman pedreñales- a los lados. Vio que sus
escuderos, que así llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a
Sancho Panza; mandóles que no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y así se
escapó la ventrera. Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y
a don Quijote armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que
pudiera formar la misma tristeza. Llegóse a él diciéndole:
-No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de algún
cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de
rigurosas.
-No es mi tristeza -respondió don Quijote- haber caído en tu poder, ¡oh valeroso
Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!, sino por haber
sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo
obligado, según la orden de la andante caballería, que profeso, a vivir contino
alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque te hago saber, ¡oh
gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con mi escudo,
no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel
que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en
locura que en valentía, y, aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca
tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase
en corazón de hombre; y holgóse en estremo de haberle encontrado, para tocar de
cerca lo que de lejos dél había oído; y así, le dijo:
-Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que
os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se
enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no
imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres.
Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual venía a
toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte años, vestido de damasco
verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con sombrero terciado, a
la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y espada doradas, una
escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido volvió Roque
la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo:
-En tu busca venía, ¡oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio, no me
has conocido, quiero decirte quién soy: y soy Claudia Jerónima, hija de Simón
Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que
asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando; y ya sabes que
este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo menos,
se llamaba no ha dos horas. Éste, pues, por abreviar el cuento de mi desventura,
te diré en breves palabras la que me ha causado. Viome, requebróme, escuchéle,
enamoréme, a hurto de mi padre; porque no hay mujer, por retirada que esté y
recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto
sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di
la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que,
olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a
desposarse, nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar
mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando
el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua de aquí; y, sin
ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé estas escopetas, y, por
añadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debí de encerrar más de dos
balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese
mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en
su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes
con quien viva, y asimesmo a rogarte defiendas a mi padre, porque los muchos de
don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermosa
Claudia, le dijo:
-Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que después veremos lo que
más te importare.
Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había dicho y lo
que Roque Guinart respondió, dijo:
-No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora, que lo tomo yo
a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí, que yo iré a buscar
a ese caballero, y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra prometida a tanta
belleza.
-Nadie dude de esto -dijo Sancho-, porque mi señor tiene muy buena mano para
casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también negaba a
otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores que le persiguen
le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta fuera la hora que ya la
tal doncella no lo fuera.
Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en las
razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles asimesmo
que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado alojados, y luego
se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o muerto, don Vicente.
Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no hallaron en él sino recién
derramada sangre; pero, tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por un
recuesto arriba alguna gente, y diéronse a entender, como era la verdad, que
debía ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, llevaban, o para
curarle, o para enterrarle; diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de
espacio, con facilidad lo hicieron.
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas
no consentía que más adelante pasase.
Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque, llegáronse a él, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente; y
así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las manos, le
dijo:
-Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en este
paso.
Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia, le
dijo:
-Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto: pena
no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jamás
quise ni supe ofenderte.
-Luego, ¿no es verdad -dijo Claudia- que ibas esta mañana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?
-No, por cierto -respondió don Vicente-; mi mala fortuna te debió de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo en
tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para asegurarte
desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si quisieres, que no tengo
otra mayor satisfación que darte del agravio que piensas que de mí has recebido.
Apretóle la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de manera que sobre la
sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó un mortal
parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse. Acudieron los criados a
buscar agua que echarles en los rostros, y trujéronla, con que se los bañaron.
Volvió de su desmayo Claudia, pero no de su parasismo don Vicente, porque se le
acabó la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce
esposo no vivía, rompió los aires con suspiros, hirió los cielos con quejas,
maltrató sus cabellos, entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias
manos, con todas las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho
pudieran imaginarse.
-¡Oh cruel e inconsiderada mujer -decía-, con qué facilidad te moviste a poner
en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué
desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya
desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de los
ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión. Lloraban los
criados, desmayábase a cada paso Claudia, y todo aquel circuito parecía campo de
tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados de
don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar de su padre, que estaba allí cerca,
para que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque que querría irse a un
monasterio donde era abadesa una tía suya, en el cual pensaba acabar la vida, de
otro mejor esposo y más eterno acompañada. Alabóle Roque su buen propósito,
ofreciósele de acompañarla hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los
parientes y de todo el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía
Claudia, en ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores
razones que supo, se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron
su cuerpo, y Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de
Claudia Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable
historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?
Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y a
don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que les
persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma como para
el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y desbaratada, no les
entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue Roque, preguntó a Sancho
Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas y preseas que los suyos del
rucio le habían quitado. Sancho respondió que sí, sino que le faltaban tres
tocadores, que valían tres ciudades.
-¿Qué es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los tengo, y
no valen tres reales.
-Así es -dijo don Quijote-, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho, por
habérmelos dado quien me los dio.
Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en ala,
mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo aquello
que desde la última repartición habían robado; y, haciendo brevemente el tanteo,
volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su
compañía, con tanta legalidad y prudencia que no pasó un punto ni defraudó nada
de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos,
satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:
-Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos.
A lo que dijo Sancho:
-Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se
use aun entre los mesmos ladrones.
Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin duda, le
abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se detuviese.
Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto que entre aquella
gente estuviese.
Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar aviso a
su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:
-Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran tropel
de gente.
A lo que respondió Roque:
-¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?
-No, sino de los que buscamos -respondió el escudero.
-Pues salid todos -replicó Roque-, y traédmelos aquí luego, sin que se os escape
ninguno.
Hiciéronlo así, y, quedándose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a
ver lo que los escuderos traían; y, en este entretanto, dijo Roque a don
Quijote:
-Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don Quijote la nuestra, nuevas
aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que así le
parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni
más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé qué deseos de
venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones; yo, de mi
natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer
vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas inclinaciones
en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que entiendo;
y, como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las
venganzas de manera que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero
Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis
confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro.
Admirado quedó don Quijote de oír hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque él se pensaba que, entre los de oficios semejantes de robar,
matar y saltear no podía haber alguno que tuviese buen discurso, y respondióle:
-Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer
tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena: vuestra merced está
enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro
médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco
y no de repente y por milagro; y más, que los pecadores discretos están más
cerca de enmendarse que los simples; y, pues vuestra merced ha mostrado en sus
razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de la
enfermedad de su conciencia; y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse
con facilidad en el de su salvación, véngase conmigo, que yo le enseñaré a ser
caballero andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tomándolas
por penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo.
Rióse Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando plática, contó el
trágico suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en estremo a Sancho, que no
le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.
Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos caballeros a
caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis criados,
que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos mozos de mulas que los
caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y
vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase, el cual
preguntó a los caballeros que quién eran y adónde iban, y qué dinero llevaban.
Uno dellos le respondió:
-Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos nuestras
compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que dicen están en
Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta docientos o trecientos
escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues la estrecheza
ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros.
Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele respondido
que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos podían llevar
hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el coche, y adónde, y el
dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:
-Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles,
con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en el coche;
acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos escudos.
-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aquí novecientos escudos y sesenta
reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le cabe a cada
uno, porque yo soy mal contador.
Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:
-¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición
procuran!
Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos así
un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya
se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes, dijo:
-Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de prestarme
sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar esta escuadra que
me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y luego puédense ir su
camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto que yo les daré, para
que, si toparen otras de algunas escuadras mías que tengo divididas por estos
contornos, no les hagan daño; que no es mi intención de agraviar a soldados ni a
mujer alguna, especialmente a las que son principales.
Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes agradecieron a
Roque su cortesía y liberalidad, que, por tal la tuvieron, en dejarles su mismo
dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del coche para besar
los pies y las manos del gran Roque, pero él no lo consintió en ninguna manera;
antes le pidió perdón del agravio que le hacía, forzado de cumplir con las
obligaciones precisas de su mal oficio. Mandó la señora regenta a un criado suyo
diese luego los ochenta escudos que le habían repartido, y ya los capitanes
habían desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero
Roque les dijo que se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo:
-Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a estos
peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir bien de
esta aventura.
Y, trayéndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveído, Roque les dio
por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidiéndose dellos, los dejó ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposición y estraño proceder, teniéndole más por un Alejandro Magno
que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y
catalana:
-Este nuestro capitán más es para frade que para bandolero: si de aquí adelante
quisiere mostrarse liberal séalo con su hacienda y no con la nuestra.
No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de oírlo Roque, el cual, echando
mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes, diciéndole:
-Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.
Pasmáronse todos, y ninguno le osó decir palabra: tanta era la obediencia que le
tenían.
Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona,
dándole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decían; y que le hacía saber que era
el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a cuatro
días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la playa de la
ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo, y a su escudero
Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus amigos los Niarros, para
que con él se solazasen; que él quisiera que carecieran deste gusto los Cadells,
sus contrarios, pero que esto era imposible, a causa que las locuras y
discreciones de don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían
dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despachó estas cartas con uno de sus
escuderos, que, mudando el traje de bandolero en el de un labrador, entró en
Barcelona y la dio a quien iba.
Capítulo LXI.
De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con
otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto
Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trecientos
años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían,
acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin
saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a
otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los
arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían de pedreñales. Roque
pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no
pudiesen saber dónde estaba; porque los muchos bandos que el visorrey de
Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se
osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le habían de matar, o
entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque,
don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa
la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don Quijote y a Sancho,
a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta entonces no se los había
dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día, así, a caballo, como
estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en lugar
de alegrar el oído; aunque al mesmo instante alegraron también el oído el son de
muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, "¡trapa, trapa, aparta,
aparta!" de corredores, que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la
aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo
horizonte, poco a poco, se iba levantando.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta
entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las
lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que
estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas
de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua;
dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el
aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer modo de
escaramuza por las sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo
infinitos caballeros que de la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas
libreas salían. Los soldados de las galeras disparaban infinita artillería, a
quien respondían los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad, y la
artillería gruesa con espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían
los cañones de crujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire
claro, sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo
y engendrando gusto súbito en todas las gentes.
No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos que por
el mar se movían. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililíes y algazara,
los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atónito estaba, y uno dellos,
que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don Quijote:
-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de
toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien sea venido,
digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el ficticio, no el
apócrifo que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero,
el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los
historiadores.
No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los seguían,
comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote; el cual,
volviéndose a Sancho, dijo:
-Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia y aun
la del aragonés recién impresa.
Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y díjole:
-Vuesa merced, señor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos sus
servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondió:
-Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiéredes, que yo no
tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar en vuestro
servicio.
Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y,
encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se
encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo
ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y
atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio
y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas.
Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas,
aumentaron su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños
en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la
cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don
Quijote castigar el atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se
encerraron entre más de otros mil que los seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y música llegaron a
la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como de caballero rico;
donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere Cide Hamete.
Capítulo LXII.
Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
niñerías que no pueden dejar de contarse
Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa
a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus
locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si
son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y
sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido -como ya otras veces
le hemos descrito y pintado- a un balcón que salía a una calle de las más
principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos, que como a
mona le miraban. Corrieron de nuevo delante dél los de las libreas, como si para
él solo, no para alegrar aquel festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho
estaba contentísimo, por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo
no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro
castillo como el del duque.
Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y pomposo, no
cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca
andaban como colgados todos los criados de casa y todos cuantos le oían. Estando
a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
-Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro día.
-No, señor, no es así -respondió Sancho-, porque tengo más de limpio que de
goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de
bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que si
tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir
que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera que
hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase por dicho que
no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara a las barbas honradas que
están a la mesa.
-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho come
se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en memoria
eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tiene hambre, parece
algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos; pero la limpieza
siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer
a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la
granada.
-¡Cómo! -dijo don Antonio-. ¿Gobernador ha sido Sancho?
-Sí -respondió Sancho-, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la
goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos
los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por
muerto, de la cual salí vivo por milagro.
Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que dio
gran gusto a los oyentes.
Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote, se
entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de adorno
que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se sostenía,
sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los emperadores romanos,
de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con
don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo
cual dijo:
-Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno, y
está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las más raras
aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden, con condición
que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los últimos retretes
del secreto.
-Así lo juro -respondió don Quijote-, y aun le echaré una losa encima, para más
seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio -que ya
sabía su nombre-, que está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír, no
tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra merced trasladar
lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los
abismos del silencio.
-En fee de esa promesa -respondió don Antonio-, quiero poner a vuestra merced en
admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la pena que me
causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de
todos.
Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas
prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza
de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y
luego dijo:
-Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de
nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan;
el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di, labró
esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído
le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres, observó astros, miró puntos, y,
finalmente, la sacó con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes está
muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo
podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia
sé que dice verdad en cuanto responde.
Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por
no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacer la
experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio
con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballeros estaban. En este
tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo
habían acontecido.
Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa, vestido un
balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo
yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho de modo que no le
dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre Rocinante, sino sobre un gran
macho de paso llano, y muy bien aderezado. Pusiéronle el balandrán, y en las
espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pargamino, donde le escribieron con
letras grandes: Éste es don Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo,
llevaba el rétulo los ojos de cuantos venían a verle, y como leían: Éste es don
Quijote de la Mancha, admirábase don Quijote de ver que cuantos le miraban le
nombraban y conocían; y, volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:
-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace
conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; si no,
mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad,
sin nunca haberme visto, me conocen.
-Así es, señor don Quijote -respondió don Antonio-, que, así como el fuego no
puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida, y
la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas
las otras.
Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:
-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres
loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos
mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y
comunican; si no, mírenlo por estos señores que te acompañan. Vuélvete,
mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate
destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.
-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a quien
no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que
le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se
hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no os llaman.
-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejar a
este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me da muy
gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las cosas este
mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y la enhoramala
que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy más,
aunque viviese más años que Matusalén, diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa que
los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo de quitar
don Antonio, como que le quitaba otra cosa.
Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de don
Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta, convidó a
otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustar de sus nunca
vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente y comenzóse el sarao
casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro y
burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que
las burlas alegrasen sin enfado. Éstas dieron tanta priesa en sacar a danzar a
don Quijote, que le molieron, no sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver
la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el
vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto
las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar
de requiebros, alzó la voz y dijo:
-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá
os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin
par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me
avasallen y rindan.
Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso
a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:
-¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si
lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar a un gigante
antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra
falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del danzar, no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su amo
en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.
Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza
encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos señoras que
habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia noche se habían
quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la
cabeza. Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto y díjoles que
aquél era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza
encantada; y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona
sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto
primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás
cayeron, sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y díjole
en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:
-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo yo
agora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de
modo que fue de todos entendida, esta razón:
-Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el aposento ni
al derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese.
-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar don Antonio.
Y fuele respondido por el propio tenor, paso:
-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un caballero
famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene
por nombre.
¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los cabellos
a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza, dijo:
-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me vendió,
¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza! Llegue
otro y pregúntele lo que quisiere.
Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera
que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le
preguntó fue:
-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
Y fuele respondido:
-Sé muy honesta.
-No te pregunto más -dijo la preguntanta.
Llegó luego la compañera, y dijo:
-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
Y respondiéronle:
-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
Apartóse la casada diciendo:
-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que
se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.
Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:
-¿Quién soy yo?
Y fuele respondido:
-Tú lo sabes.
-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas si me conoces
tú.
-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.
-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo sabes
todo.
Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:
-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?
-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo eso,
te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
señalo.
Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:
-Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozaré muchos
años de buen marido.
Y respondiéronle:
-Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de
vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.
Llegóse luego don Quijote, y dijo:
-Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó
en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero?
¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?
-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los azotes
de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.
-No quiero saber más -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a
desear.
El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:
-¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de
escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?
A lo que le respondieron:
-Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y,
dejando de servir, dejarás de ser escudero.
-¡Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera más el
profeta Perogrullo.
-Bestia -dijo don Quijote-, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las
respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?
-Sí basta -respondió Sancho-, pero quisiera yo que se declarara más y me dijera
más.
Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó la
admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio, que el
caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener
suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario misterio en la
tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra
cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero, hizo ésta en su casa, para
entretenerse y suspender a los ignorantes; y la fábrica era de esta suerte: la
tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que
se sostenía era de lo mesmo, con cuatro garras de águila que dél salían, para
mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de emperador
romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de
la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se
parecía. El pie de la tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y
pechos de la cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de
la estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de lata,
muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajo correspondiente
al de arriba se ponía el que había de responder, pegada la boca con el mesmo
cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de abajo
arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta manera no era posible
conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue
el respondiente; el cual, estando avisado de su señor tío de los que habían de
entrar con él en aquel día en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder
con presteza y puntualidad a la primera pregunta; a las demás respondió por
conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta
diez o doce días duró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la
ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le
preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas
centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores,
le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don Quijote y de Sancho
Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a satisfación de don
Quijote que de Sancho.
Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a don
Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija
de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá adelante.
Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que,
si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, y así, él y Sancho, con
otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.
Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo
que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y
deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar
en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y,
finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra.
Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba qué era aquéllo que allí se hacía;
dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante. Llegó en otras a
uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El oficial le respondió:
-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle a un hombre de muy buen talle y
parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en nuestra lengua
castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.
-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don Quijote.
-A lo que el autor respondió:
-Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
-Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntó don Quijote.
-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos los juguetes; y,
aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy
buenas y sustanciales.
-Yo -dijo don Quijote- sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo
esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no
más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
-Sí, muchas veces -respondió el autor.
-Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor-, sino diciendo olla?
-¡Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y qué adelante está vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dice más, y
el su declara con arriba, y el giù con abajo.
-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son sus propias
correspondencias.
-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el mundo,
enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué
de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de
virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una
lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es
como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las
figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez
de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución,
como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no
por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en
otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal
de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui, en su Aminta,
donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original. Pero
dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido
el privilegio a algún librero?
-Por mi cuenta lo imprimo -respondió el autor-, y pienso ganar mil ducados, por
lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han
de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.
-¡Bien está vuesa merced en la cuenta! -respondió don Quijote-. Bien parece que
no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay
de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de
libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro es un poco
avieso y no nada picante.
-Pues, ¿qué? -dijo el autor-. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un librero,
que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me hace merced en
dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él
soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él no vale un cuatrín la
buena fama.
-Dios le dé a vuesa merced buena manderecha -respondió don Quijote.
Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un
libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:
-Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas
luces para tantos desalumbrados.
Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y, preguntando
su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del Ingenioso Hidalgo
don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas.
-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en mi
conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente;
pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las historias fingidas
tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la
semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.
Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta. Y
aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en la playa
estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida las había
visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había de
llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la Mancha, de quien ya el
cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían noticia; y lo que le sucedió
en ellas se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo LXIII.
De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca
Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban
con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y
venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver presto su
cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho,
todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae
consigo el mando, aunque sea de burlas.
En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos amigos,
con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado
de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho, apenas
llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las
chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de
almohadas de terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los pies en él don
Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo
mesmo, y, al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó
como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ¡Hu,
hu, hu! tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le
llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote,
diciéndole:
-Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso
llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha: tiempo y
señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor del andante
caballería.
Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre sobremanera
de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien
aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre en crujía, y dio
señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante.
Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer
tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí
trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora diré.
Estaba Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha,
el cual ya avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en
los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha
banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco,
con tanta priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda
pensó que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle
por la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.
Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si eran
ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las galeras;
porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no
quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a
asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo
esto, se levantó en pie y empuñó la espada.
A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena
de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y venía a
dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la puso entre las piernas.
No las tuvo todas consigo don Quijote; que también se estremeció y encogió de
hombros y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma
priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no
tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y,
saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear
las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio
a una moverse tantos pies colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo
entre sí:
-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué
han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo, que
anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo
digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.
Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le dijo:
-¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos, si
quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos señores, y
acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no
sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que el sabio Merlín
tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena mano, por diez de los
que vos finalmente os habéis de dar.
Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:
-Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.
Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:
-¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de ser
éste que la atalaya nos señala.
Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se les
ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la otra iría
tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma los
remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía que volaban. Las que
salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron un bajel, que con la vista
le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y así era la verdad; el cual
bajel, cuando descubrió las galeras, se puso en caza, con intención y esperanza
de escaparse por su ligereza; pero avínole mal, porque la galera capitana era de
los más ligeros bajeles que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que
claramente los del bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el
arráez quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al
capitán que nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo
guiaba, ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del
bajel oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís,
que es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que sobre
nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no dejar con vida
a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le
escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera adelante un buen trecho; los
del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volvía, y de
nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero no les aprovechó su diligencia
tanto como les dañó su atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco
más de media milla, les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.
Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron a
la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que
traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que estaba en la marina
el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para traerle, y mandó amainar la
entena para ahorcar luego luego al arráez y a los demás turcos que en el bajel
había cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los
más, escopeteros turcos. Preguntó el general quién era el arráez del bergantín y
fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana, que después
pareció ser renegado español:
-Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.
Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana
imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntóle el
general:
-Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues veías
ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú
que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los
hombres atrevidos, pero no temerarios.
Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con el
cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.
-¡Buena ha estado la caza, señor general! -dijo el virrey.
-Y tan buena -respondió el general- cual la verá Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.
-¿Cómo ansí? -replicó el virrey.
-Porque me han muerto -respondió el general-, contra toda ley y contra toda
razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este
mozo, que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la garganta,
esperando la muerte.
Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino deseo
de escusar su muerte; y así, le preguntó:
-Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?
A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:
-Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.
-Pues, ¿qué eres? -replicó el virrey.
-Mujer cristiana -respondió el mancebo.
-¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para admirarla
que para creerla.
-Suspended -dijo el mozo-, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no se
perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi
vida.
¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara, o, a
lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir quería? El
general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase alcanzar perdón
de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a decir desta manera:
-«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido estos
días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En la
corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que
me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las
fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió, con los
que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta verdad, ni mis tíos
quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme
en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza más que por grado, me
trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano, ni
más ni menos; mamé la fe católica en la leche; criéme con buenas costumbres; ni
en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca. Al par
y al paso destas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es
que tengo alguna; y, aunque mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de
ser tanto que no tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar
Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo
tiene. Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no
muy ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel que me
amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso acompañarme don
Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron, porque sabía
muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos míos que consigo me
traían; porque mi padre, prudente y prevenido, así como oyó el primer bando de
nuestro destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos
estraños que nos acogiese. Dejó encerradas y enterradas, en una parte de quien
yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos
dineros en cruzados y doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que
dejaba en ninguna manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo
así, y con mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le hiciéramos
en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la fama se la dio
de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme ante sí, preguntóme de
qué parte de España era y qué dineros y qué joyas traía. Díjele el lugar, y que
las joyas y dineros quedaban en él enterrados, pero que con facilidad se podrían
cobrar si yo misma volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le
cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le
llegaron a decir cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos
que se podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme, considerando
el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros turcos en más
se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que
sea. Mandó luego el rey que se le trujesen allí delante para verle, y preguntóme
si era verdad lo que de aquel mozo le decían. Entonces yo, casi como prevenida
del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía saber que no era varón, sino
mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje,
para que de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante
su presencia. Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el
modo que se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido
tesoro. Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser
hombre; vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey,
el cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de sus
mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo
que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se deje a la
consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego traza el rey
de que yo volviese a España en este bergantín y que me acompañasen dos turcos de
nación, que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino también conmigo este
renegado español -señalando al que había hablado primero-, del cual sé yo bien
que es cristiano encubierto y que viene con más deseo de quedarse en España que
de volver a Berbería; la demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no
sirven de más que de bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin
guardar el orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte
de España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si pudiesen,
temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente que a los dos
nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín en la mar, y si
acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche descubrimos esta
playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras, fuimos descubiertos, y nos ha
sucedido lo que habéis visto. En resolución: don Gregorio queda en hábito de
mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me veo atadas las
manos, esperando, o, por mejor decir, temiendo perder la vida, que ya me cansa.»
Éste es, señores, el fin de mi lamentable historia, tan verdadera como
desdichada; lo que os ruego es que me dejéis morir como cristiana, pues, como ya
he dicho, en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi nación
han caído.
Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas
de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle
palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de
la mora ligaba.
En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba, tuvo
clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en la galera cuando
entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática la morisca, cuando él se arrojó
a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de mil sollozos y
suspiros, le dijo:
-¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.
A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza (que inclinada tenía,
pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino, conoció ser el
mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y confirmóse que aquélla
era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con
las suyas; el cual dijo al general y al virrey:
-Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre. Ana
Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su hermosura como
por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos estraños quien nos
albergase y recogiese, y, habiéndole hallado en Alemania, volví en este hábito
de peregrino, en compañía de otros alemanes, a buscar mi hija y a desenterrar
muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a mi hija; hallé el tesoro, que
conmigo traigo, y agora, por el estraño rodeo que habéis visto, he hallado el
tesoro que más me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y
sus lágrimas y las mías, por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir
puertas a la misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de los nuestros, que
justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
-Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana Félix
su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala intención,
no me entremeto.
Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
-Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven
la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase, pues más
locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le
pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron
luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba.
Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía.
Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado español
que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco pequeño, de
hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde, cómo y
cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don
Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni
confiar de los cristianos que habían de bogar el remo; fióle Ana Félix, y
Ricote, su padre, dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se
perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno
se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los
regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le ofrecía lo que
en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia y caridad que la
hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.
Capítulo LXIV.
Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de
cuantas hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro era
estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana tañida,
venían a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la libertad
de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de conveniente,
y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus armas y caballo; que
él le sacaría a pesar de toda la morisma, como había hecho don Gaiferos a su
esposa Melisendra.
-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el señor don Gaiferos sacó
a sus esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí,
si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues
está la mar en medio.
-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don Quijote-; pues,
llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque todo el mundo
lo impida.
-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho al
hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy hombre de
bien y de muy buenas entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomaría el
espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentísima chusma; y de allí a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana
Félix; quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus
armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el
pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él un caballero,
armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna
resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas
voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy
el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán
traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus
brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es
sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si tú la
confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar
en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino
que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires
a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada,
en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu
hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu
discreción mi cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y
pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme
luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la
Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademán severo
le respondió:
-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que si
visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque
su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la
suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en
lo propuesto, con las condiciones que habéis referido, aceto vuestro desafío, y
luego, porque no se pase el día que traéis determinado; y sólo exceto de las
condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé
cuáles ni qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son.
Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien
Dios se la diere, San Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y díchoselo al
visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey, creyendo
sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o por otro algún
caballero de la ciudad, salió luego a la playa con don Antonio y con otros
muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando don Quijote volvía las
riendas a Rocinante para tomar del campo lo necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a encontrar, se
puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía a hacer tan de
improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió que era precedencia
de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas que había dicho a don
Quijote, con la acetación de las condiciones del desafío hechas por entrambas
partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y preguntóle paso si sabía quién era
el tal Caballero de la Blanca Luna, o si era alguna burla que querían hacer a
don Quijote. Don Antonio le respondió que ni sabía quién era, ni si era de
burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en
si les dejaría o no pasar adelante en la batalla; pero, no pudiéndose persuadir
a que fuese sino burla, se apartó diciendo:
-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el
señor don Quijote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus
catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la
licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose
al cielo de todo corazón y a su Dulcinea -como tenía de costumbre al comenzar de
las batallas que se le ofrecían-, tornó a tomar otro poco más del campo, porque
vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin tocar trompeta ni otro instrumento
bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto
las riendas a sus caballos; y, como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a
don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan
poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de
propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa
caída. Fue luego sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:
-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de
nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de
una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado
caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me
contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el
tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta
batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y
oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese
en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y
verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él, y que en todas maneras
supiese quién era. Levantaron a don Quijote, descubriéronle el rostro y
halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni
qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella
máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar
armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las
esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el
viento. Temía si quedaría o no contrecho Rocinante, o deslocado su amo; que no
fuera poca ventura si deslocado quedara. Finalmente, con una silla de manos, que
mandó traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió
también a ella, con deseo de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna,
que de tan mal talante había dejado a don Quijote.
Capítulo LXV.
Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos
Siguió don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle también,
y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en un mesón dentro
de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle; salió un escudero a
recebirle y a desarmarle; encerróse en una sala baja, y con él don Antonio, que
no se le cocía el pan hasta saber quién fuese. Viendo, pues, el de la Blanca
Luna que aquel caballero no le dejaba, le dijo:
-Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién soy; y, porque no hay para
qué negároslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo diré, sin faltar un
punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el bachiller Sansón
Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha, cuya locura y sandez
mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos, y entre los que más
se la han tenido he sido yo; y, creyendo que está su salud en su reposo y en que
se esté en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella; y así,
habrá tres meses que le salí al camino como caballero andante, llamándome el
Caballero de los Espejos, con intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle
daño, poniendo por condición de nuestra pelea que el vencido quedase a
discreción del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por
vencido, era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un año, en
el cual tiempo podría ser curado; pero la suerte lo ordenó de otra manera,
porque él me venció a mí y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi
pensamiento: él prosiguió su camino, y yo me volví, vencido, corrido y molido de
la caída, que fue además peligrosa; pero no por esto se me quitó el deseo de
volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como él es tan puntual
en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda alguna guardará la que
le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, señor, lo que pasa, sin que
tenga que deciros otra cosa alguna; suplícoos no me descubráis ni le digáis a
don Quijote quién soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos míos y
vuelva a cobrar su juicio un hombre que le tiene bonísimo, como le dejen las
sandeces de la caballería.
-¡Oh señor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a
todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No
veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote
a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo imagino que toda la
industria del señor bachiller no ha de ser parte para volver cuerdo a un hombre
tan rematadamente loco; y si no fuese contra caridad, diría que nunca sane don
Quijote, porque con su salud, no solamente perdemos sus gracias, sino las de
Sancho Panza, su escudero, que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la
misma melancolía. Con todo esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo
verdadero en sospechar que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el
señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habiéndose ofrecido don Antonio de hacer lo que
más le mandase, se despidió dél; y, hecho liar sus armas sobre un macho, luego
al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla, se salió de la
ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin sucederle cosa que obligue a
contarla en esta verdadera historia.
Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo que
el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de don Quijote se
perdía el que podían tener todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su
vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
-Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al
cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla
quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no siempre hay tocinos
donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le
cure en esta enfermedad: volvámonos a nuestra casa y dejémonos de andar buscando
aventuras por tierras y lugares que no sabemos; y, si bien se considera, yo soy
aquí el más perdidoso, aunque es vuestra merced el más mal parado. Yo, que dejé
con el gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la gana de ser conde,
que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de
su caballería; y así, vienen a volverse en humo mis esperanzas.
-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año;
que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane
y algún condado que darte.
-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he oído decir
que más vale buena esperanza que ruin posesión.
En esto estaban cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de grandísimo
contento:
-¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por él
está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey, y será
aquí al momento.
Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo:
-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi brazo
diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en
Berbería. Pero, ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el
derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues, ¿qué prometo?
¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?
-Déjese deso, señor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque con su pepita, que
hoy por ti y mañana por mí; y en estas cosas de encuentros y porrazos no hay
tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse mañana, si no es
que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje desmayar, sin cobrar
nuevos bríos para nuevas pendencias. Y levántese vuestra merced agora para
recebir a don Gregorio, que me parece que anda la gente alborotada, y ya debe de
estar en casa.
Y así era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el renegado
al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana Félix, vino
con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio, cuando le sacaron
de Argel, fue con hábitos de mujer, en el barco los trocó por los de un cautivo
que salió consigo; pero en cualquiera que viniera, mostrara ser persona para ser
codiciada, servida y estimada, porque era hermoso sobremanera, y la edad, al
parecer, de diez y siete o diez y ocho años. Ricote y su hija salieron a
recebirle: el padre con lágrimas y la hija con honestidad. No se abrazaron unos
a otros, porque donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las
dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana Félix admiraron en particular a todos
juntos los que presentes estaban. El silencio fue allí el que habló por los dos
amantes, y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.
Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio; contó
don Gregorio los peligros y aprietos en que se había visto con las mujeres con
quien había quedado, no con largo razonamiento, sino con breves palabras, donde
mostró que su discreción se adelantaba a sus años. Finalmente, Ricote pagó y
satisfizo liberalmente así al renegado como a los que habían bogado al remo.
Reincorporóse y redújose el renegado con la Iglesia, y, de miembro podrido,
volvió limpio y sano con la penitencia y el arrepentimiento.
De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que
Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de inconveniente
alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bien
intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo, donde había
de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio
del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.
-No -dijo Ricote, que se halló presente a esta plática- hay que esperar en
favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de
Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no
promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que él mezcla la
misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación
está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del
ungüento que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con
miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso
desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y
fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta,
porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz
escondida, que con el tiempo venga después a brotar, y a echar frutos venenosos
en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre
la tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!
-Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles, y haga el cielo lo
que más fuere servido -dijo don Antonio-. Don Gregorio se irá conmigo a consolar
la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana Félix se quedará con mi
mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que el señor visorrey gustará se
quede en la suya el buen Ricote, hasta ver cómo yo negocio.
El visorrey consintió en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo que
pasaba, dijo que en ninguna manera podía ni quería dejar a doña Ana Félix; pero,
teniendo intención de ver a sus padres, y de dar traza de volver por ella, vino
en el decretado concierto. Quedóse Ana Félix con la mujer de don Antonio, y
Ricote en casa del visorrey.
Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho, que
fue de allí a otros dos; que la caída no le concedió que más presto se pusiese
en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al despedirse don
Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil escudos, si los
quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le prestó don Antonio,
prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se partieron los dos, y don
Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don Quijote desarmado y de camino,
Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas.
Capítulo LXVI.
Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer
Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había caído, y
dijo:
-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas
glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se
escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás
levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias
como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando
era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie, no estoy triste;
porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y
antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no vee lo que hace, ni sabe a quién
derriba, ni a quién ensalza.
-Muy filósofo estás, Sancho -respondió don Quijote-, muy a lo discreto hablas:
no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo,
ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por
particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que
cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía, pero no con la
prudencia necesaria, y así, me han salido al gallarín mis presunciones; pues
debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no
podía resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que puede,
derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de
cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis
obras y con mis manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero
pedestre, acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina,
pues, amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí olvidado
ejercicio de las armas.
-Señor -respondió Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me mueva
e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de algún árbol,
en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del rucio, levantados los
pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra merced las pidiere y midiere;
que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas grandes es pensar en lo
escusado.
-Bien has dicho, Sancho -respondió don Quijote-: cuélguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo que en
el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito:
Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.
-Todo eso me parece de perlas -respondió Sancho-; y, si no fuera por la falta
que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle
colgado.
-¡Pues ni él ni las armas -replicó don Quijote- quiero que se ahorquen, porque
no se diga que a buen servicio, mal galardón!
-Muy bien dice vuestra merced -respondió Sancho-, porque, según opinión de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus
iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante,
ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo.
En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin
sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada de un
lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser fiesta, se
estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un labrador alzó la
voz diciendo:
-Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá lo
que se ha de hacer en nuestra apuesta.
-Sí diré, por cierto -respondió don Quijote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.
-«Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que un vecino deste lugar,
tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino, que no pesa
más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos
con pesos iguales; y, habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de
igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis
de hierro a cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once
del gordo.»
-Eso no -dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese-. Y a mí,
que ha pocos días que salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo sabe,
toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.
-Responde en buen hora -dijo don Quijote-, Sancho amigo, que yo no estoy para
dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio.
Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor
dél la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:
-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de justicia
alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las
armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan ni estorben el salir
vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se escamonde, monde,
entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de aquí o de allí
de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere; y desta manera, quedando en
cinco arrobas de peso, se igualará y ajustará con las cinco de su contrario, y
así podrán correr igualmente.
-¡Voto a tal -dijo un labrador que escuchó la sentencia de Sancho- que este
señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo! Pero a buen
seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes, cuanto más
seis arrobas.
-Lo mejor es que no corran -respondió otro-, porque el flaco no se muela con el
peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta en vino, y
llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa cuando
llueva.
-Yo, señores -respondió don Quijote-, os lo agradezco, pero no puedo detenerme
un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés y
caminar más que de paso.
Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos admirados de
haber visto y notado así su estraña figura como la discreción de su criado, que
por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:
-Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van
a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte; que
todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando
menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en
la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y
descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos venía un
hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la mano,
propio talle de correo de a pie; el cual, como llegó junto a don Quijote,
adelantó el paso, y medio corriendo llegó a él, y, abrazándole por el muslo
derecho, que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha alegría:
-¡Oh mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al
corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su
castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!
-No os conozco, amigo -respondió don Quijote-, ni sé quién sois, si vos no me lo
decís.
-Yo, señor don Quijote -respondió el correo-, soy Tosilos, el lacayo del duque
mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija
de doña Rodríguez.
-¡Válame Dios! -dijo don Quijote-. ¿Es posible que sois vos el que los
encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por defraudarme
de la honra de aquella batalla?
-Calle, señor bueno -replicó el cartero-, que no hubo encanto alguno ni mudanza
de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo
salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme parecido bien la moza, pero
sucedióme al revés mi pensamiento, pues, así como vuestra merced se partió de
nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos por haber
contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar en la batalla,
y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a
Castilla, y yo voy ahora a Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey,
que le envía mi amo. Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente,
puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de
queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso
está durmiendo.
-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía, y escancie el
buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el
mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado,
y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me iré adelante
poco a poco, esperándote a que vengas.
Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y, sacando un
panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz compaña
despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos
alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso. Dijo
Tosilos a Sancho:
-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.
-¿Cómo debe? -respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más
cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él; pero, ¿qué
aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la
Blanca Luna.
Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero Sancho le respondió que
era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día, si se encontrasen,
habría lugar par ello. Y, levantándose, después de haberse sacudido el sayo y
las migajas de las barbas, antecogió al rucio, y, diciendo ''a Dios'', dejó a
Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombra de un árbol le estaba esperando.
Capítulo LXVII.
De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir
la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros
sucesos en verdad gustosos y buenos
Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado, muchos
más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba, como se ha
dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban pensamientos: unos
iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que había de hacer en su
forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberal condición del lacayo
Tosilos.
-¿Es posible -le dijo don Quijote- que todavía, ¡oh Sancho!, pienses que aquél
sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber visto a
Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de los Espejos
en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que me persiguen. Pero
dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha hecho Dios de
Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las manos del olvido
los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?
-No eran -respondió Sancho- los que yo tenía tales que me diesen lugar a
preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en
términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, mucha diferencia hay de las obras que se hacen
por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un caballero
sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que sea
desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres tocadores
que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, a despecho de la
vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba, que las iras de los
amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas que darle, ni tesoros
que ofrecerle, porque las mías las tengo entregadas a Dulcinea, y los tesoros de
los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo
puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que
tengo de Dulcinea, a quien tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y
en castigar esas carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse
antes para los gusanos que para el remedio de aquella pobre señora.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que
los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los
encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele la cabeza, untaos las
rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa merced ha
leído que tratan de la andante caballería no ha visto algún desencantado por
azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo me
dé comodidad para castigarme.
-Dios lo haga -respondió don Quijote-, y los cielos te den gracia para que
caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora, que
lo es tuya, pues tú eres mío.
En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio y
lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote; dijo a
Sancho:
-Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que
en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como
discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!,
que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar
recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral
ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor
Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando
aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya
de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con
abundantísimamano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los
durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil
colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la
luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto,
alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos
eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos.
-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de vida;
y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón Carrasco y maese
Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, y hacerse pastores con
nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en
el aprisco, según es de alegre y amigo de holgarse.
-Tú has dicho muy bien -dijo don Quijote-; y podrá llamarse el bachiller Sansón
Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, el pastor
Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá llamar
Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé qué nombre
le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole el pastor
Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos
escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de
princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que mejor le venga; tú,
Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.
-No pienso -respondió Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona, que le
vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y
más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos deseos,
pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas. El cura no será
bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere el bachiller
tenerla, su alma en su palma.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo!
¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué
tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué si destas diferencias
de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá casi todos los instrumentos
pastorales.
-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni los he oído nombrar, ni los he
visto en toda mi vida?
-Albogues son -respondió don Quijote- unas chapas a modo de candeleros de
azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no muy
agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la
gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son todos
aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber:
almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía, y otros
semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra lengua que son
moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y maravedí. Alhelí y alfaquí,
tanto por el al primero como por el i en que acaban, son conocidos por arábigos.
Esto te he dicho, de paso, por habérmelo reducido a la memoria la ocasión de
haber nombrado albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este
ejercicio el ser yo algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en
estremo el bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré
que debe de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese
Nicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y copleros.
Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el pastor
Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puede servirse, y
así, andará la cosa que no haya más que desear.
A lo que respondió Sancho:
-Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que en tal
ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuando pastor me vea!
¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de zarandajas pastoriles,
que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no dejarán de granjearme la de
ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la comida al hato. Pero, ¡guarda!, que
es de buen parecer, y hay pastores más maliciosos que simples, y no querría que
fuese por lana y volviese trasquilada; y también suelen andar los amores y los
no buenos deseos por los campos como por las ciudades, y por las pastorales
chozas como por los reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y
ojos que no veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de
hombres buenos.
-No más refranes, Sancho -dijo don Quijote-, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado
que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero
paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre, y yo trómpogelas".
-Paréceme -respondió Sancho- que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo la
sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que no diga
yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: yo traigo los refranes a propósito, y
vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los
cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te
he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y
especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito,
antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto, y, pues ya viene la
noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos esta noche, y
Dios sabe lo que será mañana.
Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a quien se
le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas en las selvas y
en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en los castillos y
casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del rico Camacho, y de don
Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser siempre de día ni siempre de
noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo velando.
Capítulo LXVIII.
De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote
Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a los
antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don Quijote
con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al
revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la
noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados.
Los de don Quijote le desvelaron de manera que despertó a Sancho y le dijo:
-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres
hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento
alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de
ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es
conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien
parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que
nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu
vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido
date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de
Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los
brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas
dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu
firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en
nuestra aldea.
-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi
sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del dolor de
los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir y no me
apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al
pelo del sayo, no que al de mis carnes.
-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y mercedes
mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te has visto
gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde, o tener
otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto
tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero lucem.
-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni
tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el
sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la
hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el
ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza
y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una
cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte,
pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces
sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".
-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos en
dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta
diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a deshora;
pero, en efecto, todos son refranes.
En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que por
todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don Quijote y puso mano a la
espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a los lados el lío de
las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como alborotado
don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido, y, llegándose cerca a los
dos temerosos; a lo menos, al uno, que al otro, ya se sabe su valentía.
Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más de
seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto el
ruido que llevaban y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos de don
Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó de tropel la
estendida y gruñidora piara, y, sin tener respeto a la autoridad de don Quijote,
ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo las trincheas de
Sancho, y derribando no sólo a don Quijote, sino llevando por añadidura a
Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con que llegaron los animales
inmundos, puso en confusión y por el suelo a la albarda, a las armas, al rucio,
a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.
Levantóse Sancho como mejor pudo, y pidió a su amo la espada, diciéndole que
quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos, que ya
había conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:
-Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo
del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen
avispas y le hollen puercos.
-También debe de ser castigo del cielo -respondió Sancho- que a los escuderos de
los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les embista la
hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos, o
parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus
culpas hasta la cuarta generación; pero, ¿qué tienen que ver los Panzas con los
QuiXotes? Ahora bien: tornémonos a acomodar y durmamos lo poco que queda de la
noche, y amanecerá Dios y medraremos.
-Duerme tú, Sancho -respondió don
QuiXote-, que naciste para dormir; que yo, que
nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día, daré rienda a mis
pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú lo sepas,
anoche compuse en la memoria.
-A mí me parece -respondió Sancho- que los pensamientos que dan lugar a hacer
coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere, que yo
dormiré cuanto pudiere.
Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucó y durmió a sueño suelto,
sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don Quijote,
arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque -que Cide Hamete Benengeli
no distingue el árbol que era-, al son de sus mesmos suspiros, cantó de esta
suerte:
-Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.
Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída,
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso déstos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien como
aquél cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con la
ausencia de Dulcinea.
Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho, despertó
y esperezóse, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros; miró el
destrozo que habían hecho los puercos en su repostería, y maldijo la piara y aun
más adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado camino, y al declinar
de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez hombres de a caballo y
cuatro o cinco de a pie. Sobresaltóse el corazón de don Quijote y azoróse el de
Sancho, porque la gente que se les llegaba traía lanzas y adargas y venía muy a
punto de guerra. Volvióse don Quijote a Sancho, y díjole:
-Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera atado
los brazos, esta máquina que sobre nosotros viene la tuviera yo por tortas y pan
pintado, pero podría ser fuese otra cosa de la que tememos.
Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar palabra
alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y pechos,
amenazándole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca, en señal
de que callase, asió del freno de Rocinante y le sacó del camino; y los demás de
a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando todos maravilloso silencio,
siguieron los pasos del que llevaba a don Quijote, el cual dos o tres veces
quiso preguntar adónde le llevaban o qué querían; pero, apenas comenzaba a mover
los labios, cuando se los iban a cerrar con los hierros de las lanzas; y a
Sancho le acontecía lo mismo, porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno
de los de a pie, con un aguijón, le punzaba, y al rucio ni más ni menos como si
hablar quisiera. Cerró la noche, apresuraron el paso, creció en los dos presos
el miedo, y más cuando oyeron que de cuando en cuando les decían:
-¡Caminad, trogloditas!
-¡Callad, bárbaros!
-¡Pagad, antropófagos!
-¡No os quejéis, scitas, ni abráis los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros!
Y otros nombres semejantes a éstos, con que atormentaban los oídos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sí:
-¿Nosotros tortolitas? ¿Nosotros barberos ni estropajos? ¿Nosotros perritas, a
quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a mal viento va esta
parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los palos, y ¡ojalá parase en
ellos lo que amenaza esta aventura tan desventurada!
Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacía qué
serían aquellos nombres llenos de vituperios que les ponían, de los cuales
sacaba en limpio no esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron, en esto, un
hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoció don Quijote que era el
del duque, donde había poco que habían estado.
-¡Váleme Dios! -dijo, así como conoció la estancia- y ¿qué será esto? Sí que en
esta casa todo es cortesía y buen comedimiento, pero para los vencidos el bien
se vuelve en mal y el mal en peor.
Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto de
manera que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se verá en el
siguiente capítulo.
Capítulo LXIX.
Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta
grande historia avino a don Quijote
Apeáronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y
arrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio, alrededor
del cual ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y, por los
corredores del patio, más de quinientas luminarias; de modo que, a pesar de la
noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la falta del día. En
medio del patio se levantaba un túmulo como dos varas del suelo, cubierto todo
con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededor del cual, por sus gradas,
ardían velas de cera blanca sobre más de cien candeleros de plata; encima del
cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa doncella, que hacía
parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte. Tenía la cabeza sobre una
almohada de brocado, coronada con una guirnalda de diversas y odoríferas flores
tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y
vencedora palma.
A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos
personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos, daban
señales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado deste teatro,
adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas, sobre las cuales
los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y a Sancho, todo esto
callando y dándoles a entender con señales a los dos que asimismo callasen;
pero, sin que se lo señalaran, callaron ellos, porque la admiración de lo que
estaban mirando les tenía atadas las lenguas.
Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompañamiento, dos principales
personajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y la duquesa,
sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas, junto a los dos
que parecían reyes. ¿Quién no se había de admirar con esto, añadiéndose a ello
haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que estaba sobre el túmulo era
el de la hermosa Altisidora?
Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote y Sancho
y les hicieron una profunda humillación, y los duques hicieron lo mesmo,
inclinando algún tanto las cabezas.
Salió, en esto, de través un ministro, y, llegándose a Sancho, le echó una ropa
de bocací negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y, quitándole la
caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que sacan los
penitenciados por el Santo Oficio; y díjole al oído que no descosiese los
labios, porque le echarían una mordaza, o le quitarían la vida. Mirábase Sancho
de arriba abajo, veíase ardiendo en llamas, pero como no le quemaban, no las
estimaba en dos ardites. Quitóse la coroza, viola pintada de diablos, volviósela
a poner, diciendo entre sí:
-Aún bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.
Mirábale también don Quijote, y, aunque el temor le tenía suspensos los
sentidos, no dejó de reírse de ver la figura de Sancho. Comenzó, en esto, a
salir, al parecer, debajo del túmulo un son sumiso y agradable de flautas, que,
por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el mesmo
silencio guardaba silencio a sí mismo, se mostraba blando y amoroso. Luego hizo
de sí improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer, cadáver, un
hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa, que él mismo
tocaba, cantó con suavísima y clara voz estas dos estancias:
-En tanto que en sí vuelve Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote,
y en tanto que en la corte encantadora
se vistieren las damas de picote,
y en tanto que a sus dueñas mi señora
vistiere de bayeta y de anascote,
cantaré su belleza y su desgracia,
con mejor plectro que el cantor de Tracia.
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas, con la lengua muerta y fría en la boca,
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca,
por el estigio lago conducida,
celebrándote irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.
-No más -dijo a esta sazón uno de los dos que parecían reyes-: no más, cantor
divino; que sería proceder en infinito representarnos ahora la muerte y las
gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo ignorante piensa,
sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que para volverla a la perdida
luz ha de pasar Sancho Panza, que está presente; y así, ¡oh tú, Radamanto, que
conmigo juzgas en las cavernas lóbregas de Lite!, pues sabes todo aquello que en
los inescrutables hados está determinado acerca de volver en sí esta doncella,
dilo y decláralo luego, porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta
esperamos.
Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compañero de Radamanto, cuando,
levantándose en pie Radamanto, dijo:
-¡Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos tras
otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce pellizcos
y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia consiste la salud de
Altisidora!
Oyendo lo cual Sancho Panza, rompió el silencio, y dijo:
-¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como
volverme moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme el rostro con la
resurreción desta doncella? Regostóse la vieja a los bledos. Encantan a
Dulcinea, y azótanme para que se desencante; muérese Altisidora de males que
Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y cuatro mamonas, y
acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a pellizcos. ¡Esas
burlas, a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus!
-¡Morirás! -dijo en alta voz Radamanto-. Ablándate, tigre; humíllate, Nembrot
soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te metas en
averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser, acrebillado te
has de ver, pellizcado has de gemir. ¡Ea, digo, ministros, cumplid mi
mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que habéis de ver para lo que
nacistes!
Parecieron, en esto, que por el patio venían, hasta seis dueñas en procesión,
una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las manos derechas en
alto, con cuatro dedos de muñecas de fuera, para hacer las manos más largas,
como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando, bramando como un toro,
dijo:
-Bien podré yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me toquen
dueñas, ¡eso no! Gatéenme el rostro, como hicieron a mi amo en este mesmo
castillo; traspásenme el cuerpo con puntas de dagas buidas; atenácenme los
brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevaré en paciencia, o serviré a estos
señores; pero que me toquen dueñas no lo consentiré, si me llevase el diablo.
Rompió también el silencio don Quijote, diciendo a Sancho:
-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores, y muchas gracias al cielo por
haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della desencantes los
encantados y resucites los muertos.
Ya estaban las dueñas cerca de Sancho, cuando él, más blando y más persuadido,
poniéndose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera, la cual la hizo
una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.
-¡Menos cortesía; menos mudas, señora dueña -dijo Sancho-; que por Dios que
traéis las manos oliendo a vinagrillo!
Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y otra mucha gente de casa le
pellizcaron; pero lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de los alfileres;
y así, se levantó de la silla, al parecer mohíno, y, asiendo de una hacha
encendida que junto a él estaba, dio tras las dueñas, y tras todos su verdugos,
diciendo:
-¡Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios!
En esto, Altisidora, que debía de estar cansada por haber estado tanto tiempo
supina, se volvió de un lado; visto lo cual por los circunstantes, casi todos a
una voz dijeron:
-¡Viva es Altisidora! ¡Altisidora vive!
Mandó Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se había alcanzado el
intento que se procuraba.
Así como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas
delante de Sancho, diciéndole:
-Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que te des algunos
de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de Dulcinea. Ahora,
digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con eficacia de obrar
el bien que de ti se espera.
A lo que respondió Sancho:
-Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno sería que
tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No tienen más
que hacer sino tomar una gran piedra, y atármela al cuello, y dar conmigo en un
pozo, de lo que a mí no pesaría mucho, si es que para curar los males ajenos
tengo yo de ser la vaca de la boda. Déjenme; si no, por Dios que lo arroje y lo
eche todo a trece, aunque no se venda.
Ya en esto, se había sentado en el túmulo Altisidora, y al mismo instante
sonaron las chirimías, a quien acompañaron las flautas y las voces de todos, que
aclamaban:
-¡Viva Altisidora! ¡Altisidora viva!
Levantáronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con don
Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del túmulo; la cual,
haciendo de la desmayada, se inclinó a los duques y a los reyes, y, mirando de
través a don Quijote, le dijo:
-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado en el
otro mundo, a mi parecer, más de mil años; y a ti, ¡oh el más compasivo escudero
que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo. Dispón desde hoy más,
amigo Sancho, de seis camisas mías que te mando para que hagas otras seis para
ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son todas limpias.
Besóle por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas en el
suelo. Mandó el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza, y le
pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. Suplicó Sancho al duque
que le dejasen la ropa y mitra, que las quería llevar a su tierra, por señal y
memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondió que sí dejarían, que
ya sabía él cuán grande amiga suya era. Mandó el duque despejar el patio, y que
todos se recogiesen a sus estancias, y que a don Quijote y a Sancho los llevasen
a las que ellos ya se sabían.
Capítulo LXX.
Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas
para la claridad desta historia
Durmió Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don
Quijote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que su
amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en
disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los
tenía presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento
dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompañado. Salióle su
temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que, apenas hubo entrado su señor
en el lecho, cuando dijo:
-¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la fuerza
del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a Altisidora,
no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro instrumento bélico, ni con
venenos mortíferos, sino con la consideración del rigor y el desdén con que yo
siempre la he tratado.
-Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera –respondió Sancho-,
y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en mi vida. Yo
no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más
antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los
martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer clara y distintamente
que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no
me sé librar; con todo esto, suplico a vuestra merced me deje dormir y no me
pregunte más, si no quiere que me arroje por una ventana abajo.
-Duerme, Sancho amigo -respondió don Quijote-, si es que te dan lugar los
alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.
-Ningún dolor -replicó Sancho- llegó a la afrenta de las mamonas, no por otra
cosa que por habérmelas hecho dueña, que confundidas sean; y torno a suplicar a
vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las miserias de los
que las tienen despiertas.
Sea así -dijo don Quijote-, y Dios te acompañe.
Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide Hamete,
autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar el edificio
de la máquina referida. Y dice que, no habiéndosele olvidado al bachiller Sansón
Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y derribado por don
Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos sus designios, quiso
volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el pasado; y así,
informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa Panza, mujer de
Sancho, adónde don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y caballo, y puso en el
escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un macho, a quien guiaba un
labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero, porque no fuese conocido de
Sancho ni de don Quijote.
Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que don
Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza. Díjole
asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto de Dulcinea,
que había de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin, dio cuenta de la
burla que Sancho había hecho a su amo, dándole a entender que Dulcinea estaba
encantada y transformada en labradora, y cómo la duquesa su mujer había dado a
entender a Sancho que él era el que se engañaba, porque verdaderamente estaba
encantada Dulcinea; de que no poco se rió y admiró el bachiller, considerando la
agudeza y simplicidad de Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.
Pidióle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por allí a
darle cuenta del suceso. Hízolo así el bachiller; partióse en su busca, no le
halló en Zaragoza, pasó adelante y sucedióle lo que queda referido.
Volvióse por el castillo del duque y contóselo todo, con las condiciones de la
batalla, y que ya don Quijote volvía a cumplir, como buen caballero andante, la
palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo podía ser, dijo el
bachiller, que sanase de su locura; que ésta era la intención que le había
movido a hacer aquellas transformaciones, por ser cosa de lástima que un hidalgo
tan bien entendido como don Quijote fuese loco. Con esto, se despidió del duque,
y se volvió a su lugar, esperando en él a don Quijote, que tras él venía.
De aquí tomó ocasión el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que gustaba
de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los caminos cerca y
lejos del castillo por todas las partes que imaginó que podría volver don
Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a caballo, para que por fuerza o
de grado le trujesen al castillo, si le hallasen. Halláronle, dieron aviso al
duque, el cual, ya prevenido de todo lo que había de hacer, así como tuvo
noticia de su llegada, mandó encender las hachas y las luminarias del patio y
poner a Altisidora sobre el túmulo, con todos los aparatos que se han contado,
tan al vivo, y tan bien hechos, que de la verdad a ellos había bien poca
diferencia.
Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los
burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto
ahínco ponían en burlarse de dos tontos.
Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro velando a pensamientos
desatados, les tomó el día y la gana de levantarse; que las ociosas plumas, ni
vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a don Quijote.
Altisidora -en la opinión de don Quijote, vuelta de muerte a vida-, siguiendo el
humor de sus señores, coronada con la misma guirnalda que en el túmulo tenía, y
vestida una tunicela de tafetán blanco, sembrada de flores de oro, y sueltos los
cabellos por las espaldas, arrimada a un báculo de negro y finísimo ébano, entró
en el aposento de don Quijote, con cuya presencia turbado y confuso, se encogió
y cubrió casi todo con las sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que
acertase a hacerle cortesía ninguna. Sentóse Altisidora en una silla, junto a su
cabecera, y, después de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada
le dijo:
-Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la
honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando
noticia en público de los secretos que su corazón encierra, en estrecho término
se hallan. Yo, señor don Quijote de la Mancha, soy una déstas, apretada, vencida
y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta; tanto que, por serlo tanto,
reventó mi alma por mi silencio y perdí la vida. Dos días ha que con la
consideración del rigor con que me has tratado,
¡Oh más duro que mármol a mis quejas,
empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de los
que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoliéndose de mí, depositó mi
remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara en el otro mundo.
-Bien pudiera el Amor -dijo Sancho- depositarlos en los de mi asno, que yo se lo
agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro más blando
amante que mi amo: ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay en el infierno?
Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero.
-La verdad que os diga -respondió Altisidora-, yo no debí de morir del todo,
pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no pudiera salir
dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban
jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en calzas y en jubón, con
valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con unas vueltas de lo
mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos de brazo de fuera, porque
pareciesen las manos más largas, en las cuales tenían unas palas de fuego; y lo
que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer,
llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admiró
tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los
gananciosos y entristecerse los que pierden, allí en aquel juego todos gruñían,
todos regañaban y todos se maldecían.
-Eso no es maravilla -respondió Sancho-, porque los diablos, jueguen o no
jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.
-Así debe de ser -respondió Altisidora-; mas hay otra cosa que también me
admira, quiero decir me admiró entonces, y fue que al primer voleo no
quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y así, menudeaban
libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos, nuevo, flamante y
bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le
esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: "Mirad qué libro es ése". Y el
diablo le respondió: "Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de
la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés,
que él dice ser natural de Tordesillas". "Quitádmele de ahí -respondió el otro
diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos".
"¿Tan malo es?", respondió el otro. "Tan malo -replicó el primero-, que si de
propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara". Prosiguieron su
juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don Quijote, a
quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta visión.
-Visión debió de ser, sin duda -dijo don Quijote-, porque no hay otro yo en el
mundo, y ya esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna,
porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oír que ando como cuerpo
fantástico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de la tierra, porque
no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera,
tendrá siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no será
muy largo el camino.
Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don Quijote, cuando le dijo don
Quijote:
-Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado en mí
vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos que
remediados; yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si los
hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar
el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente desengaño es
éste para que os retiréis en los límites de vuestra honestidad, pues nadie se
puede obligar a lo imposible.
Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:
-¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y
duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a
vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don
molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche
ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejantes camellos había de dejar
que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme.
-Eso creo yo muy bien -dijo Sancho-, que esto del morirse los enamorados es cosa
de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas.
Estando en estas pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había cantado las
dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran reverencia a don Quijote,
dijo:
-Vuestra merced, señor caballero, me cuente y tenga en el número de sus mayores
servidores, porque ha muchos días que le soy muy aficionado, así por su fama
como por sus hazañas.
Don Quijote le respondió:
-Vuestra merced me diga quién es, porque mi cortesía responda a sus
merecimientos.
El mozo respondió que era el músico y panegírico de la noche antes.
-Por cierto -replicó don Quijote-, que vuestra merced tiene estremada voz, pero
lo que cantó no me parece que fue muy a propósito; porque, ¿qué tienen que ver
las estancias de Garcilaso con la muerte desta señora?
-No se maraville vuestra merced deso -respondió el músico-, que ya entre los
intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere, y
hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento, y ya no hay
necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia poética.
Responder quisiera don Quijote, pero estorbáronlo el duque y la duquesa, que
entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce plática, en la cual
dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de nuevo admirados a
los duques, así con su simplicidad como con su agudeza. Don Quijote les suplicó
le diesen licencia para partirse aquel mismo día, pues a los vencidos
caballeros, como él, más les convenía habitar una zahúrda que no reales
palacios. Diéronsela de muy buena gana, y la duquesa le preguntó si quedaba en
su gracia Altisidora. Él le respondió:
-Señora mía, sepa Vuestra Señoría que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua. Ella me ha dicho
aquí que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de saber hacer, no
las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos, no se menearán en su
imaginación la imagen o imágines de lo que bien quiere; y ésta es la verdad,
éste mi parecer y éste es mi consejo.
-Y el mío -añadió Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por amor
se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos en acabar
sus tareas que en pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues, mientras estoy
cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero más
que a las pestañas de mis ojos.
-Vos decís muy bien, Sancho -dijo la duquesa-, y yo haré que mi Altisidora se
ocupe de aquí adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer por
estremo.
-No hay para qué, señora -respondió Altisidora-, usar dese remedio, pues la
consideración de las crueldades que conmigo ha usado este malandrín mostrenco me
le borrarán de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con licencia de vuestra
grandeza, me quiero quitar de aquí, por no ver delante de mis ojos ya no su
triste figura, sino su fea y abominable catadura.
-Eso me parece -dijo el duque- a lo que suele decirse:
Porque aquel que dice injurias,
cerca está de perdonar.
Hizo Altisidora muestra de limpiarse las lágrimas con un pañuelo, y, haciendo
reverencia a sus señores, se salió del aposento.
-Mándote yo -dijo Sancho-, pobre doncella, mándote, digo, mala ventura, pues las
has habido con una alma de esparto y con un corazón de encina. ¡A fee que si las
hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!
Acabóse la plática, vistióse don Quijote, comió con los duques, y partióse
aquella tarde.
Capítulo LXXI.
De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a
su aldea
Iba el vencido y asendereado don Quijote pensativo además por una parte, y muy
alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegría, el considerar
en la virtud de Sancho, como lo había mostrado en la resurreción de Altisidora,
aunque con algún escrúpulo se persuadía a que la enamorada doncella fuese muerta
de veras. No iba nada Sancho alegre, porque le entristecía ver que Altisidora no
le había cumplido la palabra de darle las camisas; y, yendo y viniendo en esto,
dijo a su amo:
-En verdad, señor, que soy el más desgraciado médico que se debe de hallar en el
mundo, en el cual hay físicos que, con matar al enfermo que curan, quieren ser
pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla de algunas
medicinas, que no las hace él, sino el boticario, y cátalo cantusado; y a mí,
que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas, pellizcos, alfilerazos y
azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a tal que si me traen a las manos
otro algún enfermo, que, antes que le cure, me han de untar las mías; que el
abad de donde canta yanta, y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud
que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis, bóbilis.
-Tú tienes razón, Sancho amigo -respondió don Quijote-, y halo hecho muy mal
Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu virtud es
gratis data, que no te ha costado estudio alguno, más que estudio es recebir
martirios en tu persona. De mí te sé decir que si quisieras paga por los azotes
del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como buena; pero no sé si
vendrá bien con la cura la paga, y no querría que impidiese el premio a la
medicina. Con todo eso, me parece que no se perderá nada en probarlo: mira,
Sancho, el que quieres, y azótate luego, y págate de contado y de tu propia
mano, pues tienes dineros míos.
A cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio
consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:
-Agora bien, señor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo que
desea, con provecho mío; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me
muestre interesado. Dígame vuestra merced: ¿cuánto me dará por cada azote que me
diere?
-Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que
merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del
Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el
precio a cada azote.
-Ellos -respondió Sancho- son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me he
dado hasta cinco: quedan los demás; entren entre los tantos estos cinco, y
vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no llevaré
menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos cuartillos,
que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen setecientos y
cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta medios reales, que
vienen a hacer setenta y cinco reales, que, juntándose a los setecientos y
cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco reales. Éstos desfalcaré
yo de los que tengo de vuestra merced, y entraré en mi casa rico y contento,
aunque bien azotado; porque no se toman truchas..., y no digo más.
-¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable -respondió don Quijote-, y cuán obligados
hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere
de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible sino que vuelva, su
desdicha habrá sido dicha, y mi vencimiento, felicísimo triunfo. Y mira, Sancho,
cuándo quieres comenzar la diciplina, que porque la abrevies te añado cien
reales.
-¿Cuándo? -replicó Sancho-. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced que la
tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abriré mis carnes.
Llegó la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo,
pareciéndole que las ruedas del carro de Apolo se habían quebrado, y que el día
se alargaba más de lo acostumbrado, bien así como acontece a los enamorados, que
jamás ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se entraron entre unos amenos
árboles que poco desviados del camino estaban, donde, dejando vacías la silla y
albarda de Rocinante y el rucio, se tendieron sobre la verde yerba y cenaron del
repuesto de Sancho; el cual, haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un
poderoso y flexible azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo, entre unas
hayas. Don Quijote, que le vio ir con denuedo y con brío, le dijo:
-Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a
otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te
falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al número deseado. Y, porque no pierdas por carta de más ni de
menos, yo estaré desde aparte contando por este mi rosario los azotes que te
dieres. Favorézcate el cielo conforme tu buena intención merece.
-Al buen pagador no le duelen prendas -respondió Sancho-: yo pienso darme de
manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la sustancia
deste milagro.
Desnudóse luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenzó a
darse, y comenzó don Quijote a contar los azotes.
Hasta seis o ocho se habría dado Sancho, cuando le pareció ser pesada la burla y
muy barato el precio della, y, deteniéndose un poco, dijo a su amo que se
llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos ser pagado a medio real,
no que a cuartillo.
-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don Quijote-, que yo doblo la
parada del precio.
-Dese modo -dijo Sancho-, ¡a la mano de Dios, y lluevan azotes!
Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, con
unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno dellos se le
arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le acabase la
vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le dijo:
-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece muy
áspera esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en
un hora. Más de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado: bastan por
agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas no la sobrecarga.
-No, no, señor -respondió Sancho-, no se ha de decir por mí: "a dineros pagados,
brazos quebrados". Apártese vuestra merced otro poco y déjeme dar otros mil
azotes siquiera, que a dos levadas déstas habremos cumplido con esta partida, y
aún nos sobrará ropa.
-Pues tú te hallas con tan buena disposición -dijo don Quijote-, el cielo te
ayude, y pégate, que yo me aparto.
Volvió Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya había quitado las cortezas a
muchos árboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y, alzando una vez la
voz, y dando un desaforado azote en una haya, dijo:
-¡Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él son!
Acudió don Quijote luego al son de la lastimada voz y del golpe del riguroso
azote, y, asiendo del torcido cabestro que le servía de corbacho a Sancho, le
dijo:
-No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mío pierdas tú la vida,
que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere Dulcinea mejor
coyuntura, que yo me contendré en los límites de la esperanza propincua, y
esperaré que cobres fuerzas nuevas, para que se concluya este negocio a gusto de
todos.
-Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así -respondió Sancho-, sea en buena
hora, y écheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando y no
querría resfriarme; que los nuevos diciplinantes corren este peligro.
Hízolo así don Quijote, y, quedándose en pelota, abrigó a Sancho, el cual se
durmió hasta que le despertó el sol, y luego volvieron a proseguir su camino, a
quien dieron fin, por entonces, en un lugar que tres leguas de allí estaba.
Apeáronse en un mesón, que por tal le reconoció don Quijote, y no por castillo
de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que, después que le
vencieron, con más juicio en todas las cosas discurría, como agora se dirá.
Alojáronle en una sala baja, a quien servían de guadameciles unas sargas viejas
pintadas, como se usan en las aldeas. En una dellas estaba pintada de malísima
mano el robo de Elena, cuando el atrevido huésped se la llevó a Menalao, y en
otra estaba la historia de Dido y de Eneas, ella sobre una alta torre, como que
hacía señas con una media sábana al fugitivo huésped, que por el mar, sobre una
fragata o bergantín, se iba huyendo.
Notó en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se reía a
socapa y a lo socarrón; pero la hermosa Dido mostraba verter lágrimas del tamaño
de nueces por los ojos. Viendo lo cual don Quijote, dijo:
-Estas dos señoras fueron desdichadísimas, por no haber nacido en esta edad, y
yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara a aquestos
señores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con sólo que yo
matara a Paris se escusaran tantas desgracias.
-Yo apostaré -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón,
venta ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de
nuestras hazañas. Pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que
el que ha pintado a éstas.
-Tienes razón, Sancho -dijo don Quijote-, porque este pintor es como Orbaneja,
un pintor que estaba en Úbeda; que, cuando le preguntaban qué pintaba,
respondía: "Lo que saliere"; y si por ventura pintaba un gallo, escribía
debajo: "Éste es gallo", porque no pensasen que era zorra. Desta manera me
parece a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que todo es uno, que
sacó a luz la historia deste nuevo don Quijote que ha salido: que pintó o
escribió lo que saliere; o habrá sido como un poeta que andaba los años pasados
en la corte, llamado Mauleón, el cual respondía de repente a cuanto le
preguntaban; y, preguntándole uno que qué quería decir Deum de Deo, respondió:
- Dé donde diere.
Pero, dejando esto aparte, dime si piensas, Sancho, darte
otra tanda esta noche, y si quieres que sea debajo de techado, o al cielo
abierto.
-Pardiez, señor -respondió Sancho-, que para lo que yo pienso darme, eso se me
da en casa que en el campo; pero, con todo eso, querría que fuese entre árboles,
que parece que me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo maravillosamente.
-Pues no ha de ser así, Sancho amigo -respondió don Quijote-, sino que para que
tomes fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo más tarde,
llegaremos allá después de mañana.
Sancho respondió que hiciese su gusto, pero que él quisiera concluir con
brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino,
porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que más valía un "toma" que dos "te daré", y el pájaro en
la mano que el buitre volando.
-No más refranes, Sancho, por un solo Dios -dijo don Quijote-, que parece que te
vuelves al sicut erat; habla a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como
muchas veces te he dicho, y verás como te vale un pan por ciento.
-No sé qué mala ventura es esta mía -respondió Sancho-, que no sé decir razón
sin refrán, ni refrán que no me parezca razón; pero yo me enmendaré, si pudiere.
Y, con esto, cesó por entonces su plática.
Capítulo LXXII.
De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea
Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón don
Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaña rasa la tanda de su
diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistía el de su
deseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro criados,
uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:
-Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la
posada parece limpia y fresca.
Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:
-Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia,
me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe.
-Bien podrá ser -respondió Sancho-. Dejémosle apear, que después se lo
preguntaremos.
El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspeda le
dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que tenía la
estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo de verano, y,
saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por el cual se
paseaba don Quijote, le preguntó:
-¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?
Y don Quijote le respondió:
-A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced, ¿dónde
camina?
-Yo, señor -respondió el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.
-¡Y buena patria! -replicó don Quijote-. Pero, dígame vuestra merced, por
cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de lo
que buenamente podré decir.
-Mi nombre es don Álvaro Tarfe -respondió el huésped.
A lo que replicó don Quijote:
-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe
que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha,
recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.
-El mismo soy -respondió el caballero-, y el tal don Quijote, sujeto principal
de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le sacó de su
tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas que se hacían en
Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice muchas amistades, y
que le quité de que no le palmease las espaldas el verdugo, por ser
demasiadamente atrevido.
-Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal don
Quijote que vuestra merced dice?
-No, por cierto -respondió el huésped-: en ninguna manera.
-Y ese don Quijote -dijo el nuestro-, ¿traía consigo a un escudero llamado
Sancho Panza?
-Sí traía -respondió don Álvaro-; y, aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le
oí decir gracia que la tuviese.
-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazón Sancho-, porque el decir gracias no es
para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de
ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho
Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no, haga vuestra merced
la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos un año, y verá que se me caen
a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las más veces lo que me digo,
hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el
famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el
tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las
doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es
este señor que está presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y
cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.
-¡Por Dios que lo creo! -respondió don Álvaro-, porque más gracias habéis dicho
vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en
cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilón que de bien
hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda que los
encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido perseguirme a mí
con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaré yo jurar que le dejo
metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece
aquí otro don Quijote, aunque bien diferente del mío.
-Yo -dijo don Quijote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo;
para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe,
que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme
dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad,
no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y así,
me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los
estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los
ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y, en sitio y en belleza,
única. Y, aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto,
sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto.
Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo
que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y
honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser
caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de
que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de
que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza
mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.
-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que cause
admiración ver 2 don
QuiXotes y 2 Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes
en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que
no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado.
-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, como mi
señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su desencanto de
vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como me doy por ella, que
yo me los diera sin interés alguno.
-No entiendo eso de azotes -dijo don Álvaro.
Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaría si
acaso iban un mesmo camino.
Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro.
Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual
alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derecho convenía de que
don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarase ante su
merced como no conocía a don
QuiXote de la Mancha, que asimismo estaba allí
presente, y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada:
Segunda parte de don
QuiXote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda,
natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente; la
declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con
lo que quedaron don
QuiXote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho
semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los 2 don
QuiXotes
y la de los 2 Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas de cortesías y
ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y don
QuiXote, en las cuales mostró el
gran manchego su discreción, de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error
en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues
tocaba con la mano dos tan contrarios don
QuiXote.
Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban
dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don
QuiXote, y el otro
el que había de llevar don Álvaro. En este poco espacio le contó don
QuiXote la
desgracia de su vencimiento y el encanto y el remedio de Dulcinea, que todo puso
en nueva admiración a don Álvaro, el cual, abrazando a don
QuiXote y a Sancho,
siguió su camino, y don
QuiXote el suyo, que aquella noche la pasó entre otros
árboles, por dar lugar a Sancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del
mismo modo que la pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más
que de sus espaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes una
mosca, aunque la tuviera encima.
No perdió el engañado don
QuiXote un solo golpe de la cuenta, y halló que con
los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que había madrugado
el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su camino,
tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bien acordado había
sido tomar su declaración ante la justicia, y tan auténticamente.
Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no
fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don
QuiXote contento
sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya desencantada a
Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer ninguna que no iba a
reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las
promesas de Merlín.
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual
descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas y dijo:
-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si
no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don
QuiXote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo;
que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede. Dineros
llevo, porque si buenos azotes me daban, bien caballero me iba.
-Déjate desas sandeces -dijo don
QuiXote-, y vamos con pie derecho a entrar en
nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza que en la
pastoral vida pensamos ejercitar.
Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.
Capítulo LXXIII.
De los agüeros que tuvo don
QuiXote al entrar de su aldea, con
otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia
A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don
QuiXote que en las eras
del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:
-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida.
Oyólo don
QuiXote, y dijo a Sancho:
-¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver en
todos los días de tu vida''?
-Pues bien, ¿qué importa -respondió Sancho- que haya dicho eso el mochacho?
-¿Qué? -replicó don
QuiXote-. ¿No vees tú que, aplicando aquella palabra a mi
intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?
Queríale responder Sancho, cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña
venía huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual,
temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio. Cogióla
Sancho a mano salva y presentósela a don
QuiXote, el cual estaba diciendo:
-Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!
-Estraño es vuesa merced -dijo Sancho-. Presupongamos que esta liebre es
Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines
encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la pongo
en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala: ¿qué mala
señal es ésta, ni qué mal agüero se puede tomar de aquí?
Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno dellos
preguntó Sancho que por qué reñían. Y fuele respondido por el que había dicho
no la verás más en toda tu vida, que él había tomado al otro mochacho una
jaula de grillos, la cual no pensaba volvérsela en toda su vida. Sacó Sancho
cuatro cuartos de la faltriquera y dióselos al mochacho por la jaula, y púsosela
en las manos a don
QuiXote, diciendo:
-He aquí, señor, rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que ver
más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes
de antaño. Y si no me acuerdo mal, he oído decir al cura de nuestro pueblo que
no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas niñerías; y aun vuesa
merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a entender que eran tontos
todos aquellos cristianos que miraban en agüeros. Y no es menester hacer
hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos en nuestra aldea.
Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diósela don
QuiXote; pasaron
adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al cura y
al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza había echado sobre el
rucio y sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero, la túnica de
bocací, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el castillo del duque la
noche que volvió en sí Altisidora. Acomodóle también la coroza en la cabeza, que
fue la más nueva transformación y adorno con que se vio jamás jumento en el
mundo.
Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a ellos
con los brazos abiertos. Apeóse don
QuiXote y abrazólos estrechamente; y los
mochachos, que son linces no escusados, divisaron la coroza del jumento y
acudieron a verle, y decían unos a otros:
-Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y la
bestia de don
QuiXote más flaca hoy que el primer día.
Finalmente, rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller,
entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don
QuiXote, y hallaron a la puerta
della al ama y a su sobrina, a quien ya habían llegado las nuevas de su venida.
Ni más ni menos se las habían dado a Teresa Panza, mujer de Sancho, la cual,
desgreñada y medio desnuda, trayendo de la mano a Sanchica, su hija, acudió a
ver a su marido; y, viéndole no tan bien adeliñado como ella se pensaba que
había de estar un gobernador, le dijo:
-¿Cómo venís así, marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y más
traéis semejanza de desgobernado que de gobernador?
-Calla, Teresa -respondió Sancho-, que muchas veces donde hay estacas no hay
tocinos, y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas. Dineros traigo,
que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daño de nadie.
-Traed vos dinero, mi buen marido -dijo Teresa-, y sean ganados por aquí o por
allí, que, comoquiera que los hayáis ganado, no habréis hecho usanza nueva en el
mundo.
Abrazó Sanchica a su padre, y preguntóle si traía algo, que le estaba esperando
como el agua de mayo; y, asiéndole de un lado del cinto, y su mujer de la mano,
tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a don
QuiXote en la suya,
en poder de su sobrina y de su ama, y en compañía del cura y del bachiller.
Don
QuiXote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó a
solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su vencimiento,
y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea en un año, la cual
pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en un átomo, bien así como
caballero andante, obligado por la puntualidad y orden de la andante caballería,
y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor, y entretenerse en la soledad de
los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos,
ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no
tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más importantes,
quisiesen ser sus compañeros; que él compraría ovejas y ganado suficiente que
les diese nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de
aquel negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les
vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don
QuiXote que
él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y
el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.
Pasmáronse todos de ver la nueva locura de don
QuiXote; pero, porque no se les
fuese otra vez del pueblo a sus caballerías, esperando que en aquel año podría
ser curado, concedieron con su nueva intención, y aprobaron por discreta su
locura, ofreciéndosele por compañeros en su ejercicio.
-Y más -dijo Sansón Carrasco-, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy
celebérrimo poeta y a cada paso compondré versos pastoriles, o cortesanos, o
como más me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos andurriales
donde habemos de andar; y lo que más es menester, señores míos, es que cada uno
escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus versos, y que no
dejemos árbol, por duro que sea, donde no la retule y grabe su nombre, como es
uso y costumbre de los enamorados pastores.
-Eso está de molde -respondió don
QuiXote-, puesto que yo estoy libre de buscar
nombre de pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del Toboso, gloria
de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los
donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede asentar bien toda alabanza,
por hipérbole que sea.
-Así es verdad -dijo el cura-, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras
mañeruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.
A lo que añadió Sansón Carrasco:
-Y cuando faltaren, darémosles los nombres de las estampadas e impresas, de
quien está lleno el mundo: Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas, Galateas y
Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos comprar
nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora,
por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de Anarda; y si
Francisca, la llamaré yo Francenia; y si Lucía, Lucinda, que todo se sale allá;
y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadría, podrá celebrar a su
mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.
Rióse don
QuiXote de la aplicación del nombre, y el cura le alabó infinito su
honesta y honrada resolución, y se ofreció de nuevo a hacerle compañía todo el
tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con esto, se
despidieron dél, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su salud, con
regalarse lo que fuese bueno.
Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la plática de los tres; y, así
como se fueron, se entraron entrambas con don
QuiXote, y la sobrina le dijo:
-¿Qué es esto, señor tío? ¿Ahora que pensábamos nosotras que vuestra merced
volvía a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada, se
quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose
Pastorcillo, tú que vienes,
pastorcico, tú que vas?
Pues en verdad que está ya duro el alcacel para zampoñas.
A lo que añadió el ama:
Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos
del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste es ejercicio y
oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde
las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que
pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan
y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta años que tengo de edad: estése en su
casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre
mi ánima si mal le fuere.
-Callad, hijas -les respondió don
QuiXote-, que yo sé bien lo que me cumple.
Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que,
ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo
que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra.
Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la cama,
donde le dieron de comer y regalaron lo posible.
Capítulo LXXIV.
De cómo don
QuiXote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte
Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus
principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres,
y como la de don
QuiXote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso
de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya
fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición
del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis
días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller
y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen
escudero.
Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo
en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas
las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y
levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta
una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía
comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno
llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del
Quintanar. Pero no por esto dejaba don
QuiXote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo
que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo
corría peligro. Oyólo don
QuiXote con ánimo sosegado, pero no lo oyeron así su
ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como
si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y
desabrimientos le acababan. Rogó don
QuiXote que le dejasen solo, porque quería
dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como dicen, más de seis
horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el
sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo:
-¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus
misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los
hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más concertadas
que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y preguntóle:
-¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué
misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?
-Las misericordias -respondió don
QuiXote-, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados.
Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia,
que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros
de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino
que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna
recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto
de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido
mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no
querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos:
el cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quiero
confesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los
vio don
QuiXote, cuando dijo:
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don
QuiXote de la Mancha,
sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy
enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son
odiosas todas las historias profanas del andante caballería, ya conozco mi
necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de
Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva
locura le había tomado. Y Sansón le dijo:
-¿Ahora, señor don
QuiXote, que tenemos nueva que está desencantada la señora
Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a pique de ser
pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced
hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don
QuiXote-, que han sido verdaderos en mi daño,
los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores,
siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y traíganme un
confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales
trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que,
en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don
QuiXote, y, aunque en
duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría
fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas
razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto
concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.
El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho
Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado
estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer
pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo:
-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno;
bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de
Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las
lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente,
como alguna vez se ha dicho, en tanto que don
QuiXote fue Alonso Quijano el
Bueno, a secas, y en tanto que fue don
QuiXote de la Mancha, fue siempre de
apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de
los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.
Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del
testamento y ordenado su alma don
QuiXote, con todas aquellas circunstancias
cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi
locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí ciertas
cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida
cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse pagado de lo que
le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y,
si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera
agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de
su condición y fidelidad de su trato lo merece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,
haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros
andantes en el mundo.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino
tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un
hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni
otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino
levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos
concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea
desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse
vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a
Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus
libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y
el que es vencido hoy ser vencedor mañana.
-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos
casos.
-Señores -dijo don
QuiXote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don
QuiXote de la
Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras
mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se
tenía, y prosiga adelante el señor escribano.
»Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina,
que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que
fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfación
que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha
servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor
cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes.
»Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse, se
case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas
sean libros de caballerías; y, en caso que se averiguare que lo sabe, y, con
todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se casare, pierda todo lo que le
he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.
»Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les
trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí
con el título de Segunda parte de las hazañas de don
QuiXote de la Mancha, de mi
parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo
pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella
escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para
escribirlos.
Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a
largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días
que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo.
Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y
se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el
heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.
En fin, llegó el último de don
QuiXote, después de recebidos todos los
sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los
libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había
leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto
en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don
QuiXote; el cual, entre
compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero
decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso
Quijano el Bueno, llamado comúnmente don
QuiXote de la Mancha, había pasado
desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para
quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase
falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide
Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha
contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las
siete ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don
QuiXote, los
nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien
cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos
y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a
ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:
¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don
QuiXote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos
los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de
avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no
es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás,
si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya
podridos huesos de don
QuiXote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros
de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y
verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera
jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos
andantes caballeros, bastan las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de
las gentes a cuya noticia llegaron, así en éstos como en los estraños reinos".
Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te
quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el
fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo
que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias
de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don
QuiXote, van ya
tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.
Fin