Pancho Sánchez en la Ínsula Barataria

Escrito a las @ 9:15 PM el dia 21 Diciembre 2021 por admin

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Capítulo XLV.

De cómo el gran Pancho Sánchez tomó la posesión de su ínsula, y del
modo que comenzó a gobernar

¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo
dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá,
padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre sales, y, aunque lo
parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio,
para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran
Pancho Sánchez; que sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Pancho a un lugar de hasta mil
vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se
llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por
el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las
campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha
pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas
ridículas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por
perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada
a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo
sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron a
la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo del duque le dijo:
-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar
posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le
hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma
y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o se alegra o se
entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decía esto a Pancho, estaba él mirando unas grandes y
muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas; y, como él
no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared
estaban. Fuele respondido:

-Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó posesión
desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año,
tomó la posesión desta ínsula el señor don Pancho Sánchez, que muchos años la
goce.

-Y ¿a quién llaman don Pancho Sánchez? -preguntó Pancho.

-A vuestra señoría -respondió el mayordomo-, que en esta ínsula no ha entrado
otro Panza sino el que está sentado en esa silla.
-Pues advertid, hermano -dijo Pancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje
le ha habido: Pancho Sánchez me llaman a secas, y Pancho se llamó mi padre, y
Pancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo
imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios
me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré
estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase
adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que
supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y
el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:
-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los
presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo
de paño en las manos, me preguntó: ”Señor, ¿habría en esto paño harto para
hacerme una caperuza?” Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar
alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los
sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y
díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en
este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la
hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.
-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Pancho.
-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre las
cinco caperuzas que me ha hecho.
-De buena gana -respondió el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi
conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de
veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Pancho se puso a considerar un poco, y dijo:
-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego
a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las
hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la
cárcel, y no haya más.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los
circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el
gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una
cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:
-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por
hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los
pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad
de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté; pero, por parecerme
que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez
escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo
testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría
que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se
los perdono para aquí y para delante de Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Pancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y, pues
él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y
verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al
otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho,
y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le
habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había
vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por
momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía
a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir
verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le
debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí
en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando
la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Pancho, y que sin más ni más se
iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el
pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le
llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y, en viéndole
Pancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Pancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos de
oro?

-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se
verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y
en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y
tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos
diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su
contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los
había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir
el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que
pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos
tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído
contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran
memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera
tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado,
se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras,
hechos y movimientos de Pancho no acababa de determinarse si le tendría y
pondría por tonto o por discreto.
Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de
un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:
-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a
buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en
la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal
lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de
veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y
estranjeros; y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la
salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen
hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán
-dijo Pancho.
Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella
mujer. El cual, todo turbado, respondió:
-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste
lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de
alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame a mi aldea,
topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo
cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo soficiente, y ella, mal contenta,
asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y
miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin
faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él
dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que
la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante; él lo hizo
temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por
la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas
menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa
asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que
llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Pancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y
volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que
se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel
pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más asidos y aferrados
que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el
hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía,
la cual daba voces diciendo:
-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca
vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y en mitad
de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.
-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.
-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que me
quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas,
que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no
serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones: antes el ánima
de en mitad en mitad de las carnes!
-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y
confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:
-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta
bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las
fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de
enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so
pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera, desvergonzada y
embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al
hombre:
-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar
con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador.
Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al duque, que con gran
deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Pancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.

Capítulo XLVI.

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don QuiXote
en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Dejamos al gran don QuiXote envuelto en los pensamientos que le habían causado
la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos, y, como si
fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que
le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el tiempo, y no hay barranco que
le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la
mañana. Lo cual visto por don QuiXote, dejó las blandas plumas, y, no nada
perezoso, se vistió su acamuzado vestido y se calzó sus botas de camino, por
encubrir la desgracia de sus medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y
púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de
plata; colgó el tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un
gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió
a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole Altisidora
y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don QuiXote, fingió
desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza la iba a
desabrochar el pecho. Don QuiXote, que lo vio, llegándose a ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más sana
de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que la conozco,
que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si es que todos son
desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don QuiXote, que no volverá en sí
esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí estuviere.
A lo que respondió don QuiXote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi aposento,
que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los
principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se hubo
bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a su
compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don QuiXote quiere darnos
música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd que pedía don
QuiXote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y con sus doncellas de
hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y con mucho contento
esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se había venido el día, el cual
pasaron los duques en sabrosas pláticas con don QuiXote. Y la duquesa aquel día
real y verdaderamente despachó a un paje suyo, que había hecho en la selva la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza, con la carta de su marido Pancho
Panza, y con el lío de ropa que había dejado para que se le enviase,
encargándole le trujese buena relación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don QuiXote una vihuela
en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente en el jardín;
y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola lo mejor que supo,
escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla, aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que él mismo aquel día había compuesto:

-Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas,

tomando por instrumento

la ociosidad descuidada.

Suele el coser y el labrar,

y el estar siempre ocupada,

ser antídoto al veneno

de las amorosas ansias.

Las doncellas recogidas

que aspiran a ser casadas,

la honestidad es la dote

y voz de sus alabanzas.

Los andantes caballeros,

y los que en la corte andan,

requiébranse con las libres,

con las honestas se casan.

Hay amores de levante,

que entre huéspedes se tratan,

que llegan presto al poniente,

porque en el partirse acaban.

El amor recién venido,

que hoy llegó y se va mañana,

las imágines no deja

bien impresas en el alma.

Pintura sobre pintura

ni se muestra ni señala;

y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

tengo pintada de modo

que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes

es la parte más preciada,

por quien hace amor milagros,

y asimesmo los levanta.

Aquí llegaba don QuiXote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la
duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso,
desde encima de un corredor que sobre la reja de don QuiXote a plomo caía,
descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras
ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores
atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los
gatos, que, aunque los duques habían sido inventores de la burla, todavía les
sobresaltó; y, temeroso, don QuiXote quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra,
parecía que una región de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el
aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del
cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del
castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don QuiXote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don
QuiXote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!

Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don QuiXote, le saltó al rostro y le
asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don QuiXote
comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa,
y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas sus
fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la
desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don QuiXote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién es
don QuiXote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin, el
duque se le desarraigó y le echó por la reja.

Quedó don QuiXote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía
con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma
Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por todo lo herido;
y, al ponérselas, con voz baja le dijo:

-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu
dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Pancho tu escudero el
azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú
lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

A todo esto no respondió don QuiXote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no
porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino
porque había conocido la buena intención con que habían venido a socorrerle. Los
duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla;
que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don QuiXote aquella
aventura, que le costó cinco días de encerramiento y de cama, donde le sucedió
otra aventura más gustosa que la pasada, la cual no quiere su historiador contar
ahora, por acudir a Pancho Sánchez, que andaba muy solícito y muy gracioso en su
gobierno.

Capítulo XLVII.

Donde se prosigue cómo se portaba Pancho Sánchez en su gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Pancho Sánchez a un suntuoso
palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y, así
como Pancho entró en la sala, sonaron chirimías, y salieron cuatro pajes a darle
aguamanos, que Pancho recibió con mucha gravedad.

Cesó la música, sentóse Pancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de
aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un
personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano.
Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y
mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parecía estudiante echó
la bendición, y un paje puso un babador randado a Pancho; otro que hacía el
oficio de maestresala, llegó un plato de fruta delante; pero, apenas hubo comido
un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron
de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro
manjar. Iba a probarle Pancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la
varilla había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la
fruta. Visto lo cual por Pancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual respondió
el de la vara:

-No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras
ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en
esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más
que por la mía, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del
gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que
hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que
le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al
estómago; y así, mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente
húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser
demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el
que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida.

-Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi parecer,
bien sazonadas, no me harán algún daño.

A lo que el médico respondió:

-Ésas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.

-Pues, ¿por qué? -dijo Pancho.

Y el médico respondió:

-Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo
suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere decir: “Toda
hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima”.

-Si eso es así -dijo Pancho-, vea el señor doctor de cuantos manjares hay en
esta mesa cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer dél sin
que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y así Dios me le deje gozar,
que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y
él más me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela.

-Vuestra merced tiene razón, señor gobernador -respondió el médico-; y así, es
mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que allí
están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera asada y en
adobo, aún se pudiera probar, pero no hay para qué.

Y Pancho dijo:

-Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida,
que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré
dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.

-Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay
cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas
podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para las bodas
labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de
asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque siempre y a doquiera
y de quienquiera son más estimadas las medicinas simples que las compuestas,
porque en las simples no se puede errar y en las compuestas sí, alterando la
cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el
señor gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de
cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que
le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.

Oyendo esto Pancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito en
hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde había
estudiado. A lo que él respondió:

-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural
de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo,
a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la universidad de Osuna.

A lo que respondió Pancho, todo encendido en cólera:

-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que
está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en
Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a
garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo
menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios,
prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas
divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré
esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en
residencia, que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a
un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su
gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de posta en
la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió diciendo:

-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso en
las manos del gobernador, y Pancho le puso en las del mayordomo, a quien mandó
leyese el sobreescrito, que decía así: A don Pancho Sánchez, gobernador de la
ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo lo cual,
Pancho dijo:

-¿Quién es aquí mi secretario?

-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.

-Con esa añadidura -dijo Pancho-, bien podéis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.

Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía, dijo que
era negocio para tratarle a solas. Mandó Pancho despejar la sala, y que no
quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y el médico se
fueron; y luego el secretario leyó la carta, que así decía:

A mi noticia ha llegado, señor don Pancho Sánchez, que unos enemigos míos y desa
ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene velar y estar
alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también, por espías verdaderas, que
han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida,
porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y mirad quién llega a
hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré cuidado de
socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis como se espera de vuestro
entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las cuatro de la mañana.

Vuestro amigo,

El Duque.

Quedó atónito Pancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviéndose al mayordomo, le dijo:

-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte
adminícula y pésima, como es la de la hambre.

-También -dijo el maestresala- me parece a mí que vuesa merced no coma de todo
lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y, como suele
decirse, detrás de la cruz está el diablo.

-No lo niego -respondió Pancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra de
cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en efecto, no
puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas
que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan
corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario, responded al duque mi señor y
decidle que se cumplirá lo que manda como lo manda, sin faltar punto; y daréis
de mi parte un besamanos a mi señora la duquesa, y que le suplico no se le
olvide de enviar con un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en
ello recibiré mucha merced, y tendré cuidado de servirla con todo lo que mis
fuerzas alcanzaren; y de camino podéis encajar un besamanos a mi señor don
QuiXote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen
secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más
viniere a cuento. Y álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me
avendré con cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre
mi ínsula.

En esto entró un paje, y dijo:

-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.

-Estraño caso es éste -dijo Pancho- destos negociantes. ¿Es posible que sean tan
necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son en las que
han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces,
no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar
el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra
marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno (que no durará,
según se me trasluce), que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora
decid a ese buen hombre que entre; pero adviértase primero no sea alguno de los
espías, o matador mío.

-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco,
o él es tan bueno como el buen pan.

-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.

-¿Sería posible -dijo Pancho-, maestresala, que agora que no está aquí el doctor
Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un
pedazo de pan y una cebolla?

-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará Vuestra
Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.

-Dios lo haga -respondió Pancho.

Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas
se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue:

-¿Quién es aquí el señor gobernador?

-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?

-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.

Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Pancho, y
mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador, y luego
dijo:

-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas
de Ciudad Real.

-¡Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Pancho-. Decid, hermano, que lo que yo os sé
decir es que sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo.
-Es, pues, el caso, señor -prosiguió el labrador-, que yo, por la misericordia
de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia Católica Romana; tengo
dos hijos estudiantes que el menor estudia para bachiller y el mayor para
licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató
un mal médico, que la purgó estando preñada, y si Dios fuera servido que saliera
a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiere a estudiar para doctor, porque no
tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.

-De modo -dijo Pancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran
muerto, vos no fuérades agora viudo.
-No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador.
-¡Medrados estamos! -replicó Pancho-. Adelante, hermano, que es hora de dormir
más que de negociar.
-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene
de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos,
y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va decir la verdad, la
doncella es como una perla oriental, y, mirada por el lado derecho, parece una
flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le
saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen
los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino sepulturas donde se
sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia que, por no ensuciar la cara,
trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo
de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca
grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar
raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son
tan sutiles y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos
una madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las
partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me
parece mal.

-Pintad lo que quisiéredes -dijo Pancho-, que yo me voy recreando en la pintura,
y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y
la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser, a causa de
que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y, con todo
eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el
techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la
puede estender, que está añudada; y, con todo, en las uñas largas y acanaladas
se muestra su bondad y buena hechura.

-Está bien -dijo Pancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado de
los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos
ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.

-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese merced de
darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los
de la naturaleza; porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es
endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos
espíritus; y de haber caído una vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de
un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo,
fuera un bendito.

-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Pancho.

-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo; pero
vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo,
señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados
para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda de poner su casa, porque,
en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los
suegros.

-Mirad si queréis otra cosa -dijo Pancho-, y no la dejéis de decir por empacho
ni por vergüenza.

-No, por cierto -respondió el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la silla
en que estaba sentado y dijo:

-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y ascondéis
luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa
bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y ¿por qué te los había
de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y ¿qué se me da a mí de
Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no,
por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de
Miguel Turra, sino algún socarrón que, para tentarme, te ha enviado aquí el
infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, y ¿ya
quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo
hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su
cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Pancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a
don QuiXote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas,
de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide
Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas
desta historia, por mínimas que sean.

Capítulo XLVIII.

De lo que le sucedió a don QuiXote con doña Rodríguez, la dueña
de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don QuiXote, vendado el rostro
y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas
anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en público, en una
noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y
en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de
su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su
honestidad y ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su
señora Dulcinea del Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-; no
ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la
que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de
mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en
ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren; que, adondequiera eres mía, y
adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los
aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje
parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida
y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con unas tocas
blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies
a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela
encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los
ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando quedito, y movía
los pies blandamente.

Miróla don QuiXote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su silencio,
pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala
fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visión, y,
cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos y vio la priesa con que se
estaba haciendo cruces don QuiXote; y si él quedó medroso en ver tal figura,
ella quedó espantada en ver la suya, porque, así como le vio tan alto y tan
amarillo, con la colcha y con las vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz,
diciendo:

-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don QuiXote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me digas qué
es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo haré por ti todo
cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico cristiano y amigo de hacer
bien a todo el mundo; que para esto tomé la orden de la caballería andante que
profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio se
estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don QuiXote, y
con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don QuiXote, si es que acaso vuestra merced es don QuiXote, yo no soy
fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber
pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, que,
con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele remediar, a vuestra
merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don QuiXote-: ¿por ventura viene vuestra
merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de provecho para
nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del Toboso. Digo, en
fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve y deje a una parte
todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y departiremos
de todo lo que más mandare y más en gusto le viniere, salvando, como digo, todo
incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conoce vuestra
merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja a semejantes
niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes
y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que
en esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un
poco; saldré a encender mi vela, y volveré en un instante a contar mis cuitas,
como a remediador de todas las del mundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don QuiXote
sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos
acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y peor pensado
ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y decíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora con una
dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni
condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que, si él
puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quién sabe si esta soledad, esta
ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo
de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y, en casos semejantes, mejor
es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues
tales disparates digo y pienso; que no es posible que una dueña toquiblanca,
larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado
pecho del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes?
¿Por ventura hay dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y
melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo!
¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban
labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas estatuas como
las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y no
dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la señora
Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don
QuiXote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoquín,
temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos, dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse
vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don QuiXote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.

-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.

-A vos y de vos la pido -replicó don QuiXote-, porque ni yo soy de mármol ni vos
de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más,
según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la
cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero
dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi
continencia y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le dio
con las mesmas ceremonias.

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por ver ir
a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de
dos que tenía.

Entróse, en fin, don QuiXote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada en
una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la vela. Don
QuiXote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro descubierto;
y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el silencio fue don
QuiXote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar todo
aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas, que será
de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable presencia de
vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. «Es, pues, el
caso, señor don QuiXote, que, aunque vuesa merced me vee sentada en esta silla y
en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada,
soy natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por él muchos
de los mejores de aquella provincia; pero mi corta suerte y el descuido de mis
padres, que empobrecieron antes de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me
trujeron a la corte, a Madrid, donde por bien de paz y por escusar mayores
desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de labor a una
principal señora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y
labor blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me
dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron
de ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que a las
tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que diese yo
ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo
y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era montañés. No
tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a noticia de mi
señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio nació una hija para
rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo muriese del parto, que le
tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a poco murió mi esposo de un
cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar para contarle, yo sé que
vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don QuiXote, que no va más en mi mano, porque
todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de
lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a las ancas de
una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces no se usaban
coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las ancas
de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note
la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al entrar de la calle de Santiago,
en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir por ella un alcalde de corte con
dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las riendas
a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas,
con voz baja le decía: “-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?” El
alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: “-Seguid, señor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña Casilda”, que
así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con la gorra en la
mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi señora, llena de
cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un punzón, del estuche, y
clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio una gran voz y torció el
cuerpo, de suerte que dio con su señora en el suelo. Acudieron dos lacayos suyos
a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles; alborotóse la Puerta
de Guadalajara, digo, la gente baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y
mi marido acudió en casa de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a
parte las entrañas. Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos
le corrían por las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de
vista, mi señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo
para mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa, que
estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a este reino
de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una calandria,
danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un maestro
de escuela, y cuenta como un avariento. De su limpieza no digo nada: que el agua
que corre no es más limpia, y debe de tener agora, si mal no me acuerdo, diez y
seis años, cinco meses y tres días, uno más a menos. En resolución: de esta mi
muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del
duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se
juntaron, y, debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la
quiere cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a
él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que, como
el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de
sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún
modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer
este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues, según todo el mundo dice,
vuesa merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar
los miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija,
su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene;
que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no
hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora,
que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor
mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene más de
presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no
está muy sana: que tiene un cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar
junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa… Quiero callar, que se
suele decir que las paredes tienen oídos.

-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? -preguntó
don QuiXote.

-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo que se
me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don QuiXote, la hermosura
de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada
acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una
tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa?
Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos
fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de
quien dicen los médicos que está llena.

-¡Santa María! -dijo don QuiXote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesa tenga
tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero, pues
la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales fuentes, y en
tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que
ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante
para salud.

Apenas acabó don QuiXote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron
las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez
la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo, como suele decirse.
Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta con dos manos, tan
fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona, con mucha presteza, sin
hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenzó
a dar tantos azotes, que era una compasión; y, aunque don QuiXote se la tenía,
no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y
callando, y aun temiendo no viniese por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue
vano su temor, porque, en dejando molida a la dueña los callados verdugos (la
cual no osaba quejarse), acudieron a don QuiXote, y, desenvolviéndole de la
sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo
dejar de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la
batalla casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir
palabra a don QuiXote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se
quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el perverso
encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo, que Pancho
Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.

Capítulo XLIX.

De lo que le sucedió a Pancho Sánchez rondando su ínsula
Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón,
el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de
Pancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y
dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que, como se acabó el
secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar en la sala:
-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser, o
han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los negociantes, que
a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo
sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y
despacha, o porque no puede o porque no es aquél el tiempo diputado para darles
audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les
deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures;
espera sazón y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la
del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza
lo que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía,
merced al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y
a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de los buenos,
palmas y lauros merecen.

Todos los que conocían a Pancho Sánchez se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos
graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro
Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche, aunque
excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el
gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche y la hora de cenar; y,
aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo, sin moverse de un lugar,
todavía se llegó por él el tanto deseado, donde le dieron de cenar un salpicón
de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de ternera algo entrada en días.
Entregóse en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán,
faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o gansos de Lavajos;
y, entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo:

-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos
y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con
melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme
estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y
en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer,
que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie conmigo,
porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues,
cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar
derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el
virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan
ocasión, han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad,
amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos principios
vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en
deservicio de vuesa merced redunde.
-Yo lo creo -respondió Pancho-, y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen
o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi
rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al caso; y, en siendo
hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de
inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal entretenida; porque quiero
que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo
que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras
abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los
hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión y a
la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o
quiébrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo que
creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de
avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los
que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen cosas nuevas en el
mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y el
coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles y
escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Pancho en medio,
con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del lugar,
sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran dos solos
hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron
quedos; y el uno dellos dijo:

-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado en
este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Pancho-, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que este
gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí frontero
más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente, juzgué más de
una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia;
alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me había de dar algún escudo, por
lo menos, de barato, como es uso y costumbre darle a los hombres principales
como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones
y evitar pendencias, él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo vine
despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio
ni beneficio, porque mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el
socarrón, que no es más ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no
quería darme más de cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador,
qué poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con cuántas
entraba la romana.

-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Pancho.

Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido
darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan
barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin
ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son
fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para señal que él era hombre
de bien y no ladrón, como decía, ninguna había mayor que el no haberle querido
dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los
conocen.

-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es lo que
se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Pancho-: vos, ganancioso, bueno, o
malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más,
habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis
oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien
reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so
pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,colgándoos yo de una
picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le
asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a
su casa, y el gobernador quedó diciendo:
-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce
que son muy perjudiciales.

-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar, porque
la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él pierde al año que
lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cantía podrá vuestra
merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias
encubren; que en las casas de los caballeros principales y de los señores no se
atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y, pues el vicio del juego se
ha vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas principales que no
en la de algún oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le
desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Pancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:

-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró la
justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que debe de
ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque tropezó y cayó,
no le alcanzara jamás.

-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Pancho.

A lo que el mozo respondió:

-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.

-¿Qué oficio tienes?

-Tejedor.

-¿Y qué tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde íbades
ahora?

-Señor, a tomar el aire.

-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?

-Adonde sopla.

-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced cuenta
que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la cárcel. ¡Asilde,
hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire esta noche!

-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel como
hacerme rey!

-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Pancho-. ¿No tengo
yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante para
hacerme dormir en la cárcel.

-¿Cómo que no? -replicó Pancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal liberalidad;
que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán dormir
en la cárcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Pancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te quite
los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos a
razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la
cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo,
y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como
se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para
hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su intención.

-De modo -dijo Pancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contravenir a la mía.

-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Pancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé
buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no
os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en
los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron
dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:

-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que
viene vestida en hábito de hombre.

Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro
de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos los
cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas.
Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de seda encarnada,
con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar; los greguescos eran
verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo, suelta, debajo
de la cual traía un jubón de tela finísima de oro y blanco, y los zapatos eran
blancos y de hombre. No traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los
dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía bien a todos, y
ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que
no podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de
hacer a Pancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo
no venía ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.

Pancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era, adónde
iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos
los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto;
una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinorosa, sino
una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el
decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Pancho:

-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho
pueda decir lo que quisiere.

Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:

-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste
lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy bien a
Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decís
que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de
vuestro padre.

-Ya yo había dado en ello -dijo Pancho.

-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos
vuesas mercedes deben de conocer.

-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de la
Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija,
y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar que pueda decir
que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada que no da lugar al
sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama miente
o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se llegó
al oído del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de
importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal, anda
fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.

Pancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin temor
alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían remediarlo con
muchas veras y por todas las vías posibles.

-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada diez
años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en
un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de
día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas, ni
templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez
el arrendador, que, por entrar de ordinario en mi casa, se me antojó decir que
era mi padre, por no declarar el mío. Este encerramiento y este negarme el salir
de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy
desconsolada; quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací,
pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas
principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y
jugaban cañas, y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un
año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no
he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal
rogara…»

Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que
nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.

-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas sí
que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros
descuentos que los semejantes.

Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó
otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran lágrimas las
que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las subía de punto y las
llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta
como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase
el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar su historia, y díjole
que acabase de tenerlos más suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar
del pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que me
sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él,
importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este vestido
y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no tiene pelo
de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber
una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados de nuestro mozo y
desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a
casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: “Hermana, ésta
debe de ser la ronda: aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras mí
corriendo, porque no nos conozcan, que nos será mal contado”. Y, diciendo esto,
volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a volar; yo, a menos de
seis pasos, caí, con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia
que me trujo ante vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo
avergonzada ante tanta gente.»

-¿En efecto, señora -dijo Pancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver mundo,
que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.

Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes
con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó de su hermana.
No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos
de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa adornada que con sus mesmos
cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse
con el gobernador, mayordomo y maestresala, y, sin que lo oyese su hermana, le
preguntaron cómo venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho,
contó lo mesmo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el
enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:

-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta
necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas lágrimas y
suspiros; que con decir: “Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de
casa de nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro
designio alguno”, se acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que la
turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el término
que debía.

-No se ha perdido nada -respondió Pancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes
en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí adelante, no se
muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la
pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína;
y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de volverlos a
su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí.
Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento bajó una
criada, que los estaba esperando, y les abrió la puerta, y ellos se entraron,
dejando a todos admirados, así de su gentileza y hermosura como del deseo que
tenían de ver mundo, de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a
su poca edad.

Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por
ser él criado del duque; y aun a Pancho le vinieron deseos y barruntos de casar
al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo,
dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía
negar.

Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el gobierno,
con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.

Capítulo L.

Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don QuiXote, con el suceso que
tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Pancho Sánchez
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la
estancia de don QuiXote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que, como
todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con
tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y, así como la dueña
la vio entrar en la estancia de don QuiXote, porque no faltase en ella la
general costumbre que todas las dueñas tienen de ser chismosas, al momento lo
fue a poner en pico a su señora la duquesa, de cómo doña Rodríguez quedaba en el
aposento de don QuiXote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y Altisidora
viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don QuiXote; el duque se la dio,
y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso, llegaron a ponerse junto a
la puerta del aposento, y tan cerca, que oían todo lo que dentro hablaban; y,
cuando oyó la duquesa que Rodríguez había echado en la calle el Aranjuez de sus
fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora; y así, llenas de cólera y
deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acrebillaron a don
QuiXote y vapularon a la dueña del modo que queda contado; porque las afrentas
que van derechas contra la hermosura y presunción de las mujeres, despierta en
ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse.

Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho, y la
duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir pasatiempo con don
QuiXote, despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto
de su desencanto -que tenía bien olvidado Pancho Sánchez con la ocupación de su
gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya,
y con una gran sarta de corales ricos presentados.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de
servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Pancho; y, antes de
entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien
preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa
Panza, mujer de un cierto Pancho Sánchez, escudero de un caballero llamado don
QuiXote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba
lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Pancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.

-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque le
traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba ser
de edad de catorce años, poco más a menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse, que
estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del paje, y
dijo:
-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre
en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi señor padre.
-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien gracias a
Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha, y,
antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas y
otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una
saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso
lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy
vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y
avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:

-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?

-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Pancho Sánchez, gobernador propio de la ínsula
Barataria.

-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no soy
nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de
un escudero andante, y no de gobernador alguno!

-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta y
este presente.

Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de oro, y
se la echó al cuello y dijo:

-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi
señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:

-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don QuiXote, que debe de
haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había prometido.

-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don QuiXote,
es ahora el señor Pancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por
esta carta.

-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo sé
hilar, no sé leer migaja.

-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar quien
la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de
muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.

-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y luego
sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Pancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de una
ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un girifalte, de lo
que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el consiguiente; por lo que
doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido para el
tal gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se
halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Pancho
gobierna.

Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te querría
ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi parte que se
apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las
estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo, avisándome de su salud
y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene que hacer más que
boquear: que su boca será medida, y Dios me la guarde. Deste lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué humilde
señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este
pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y
van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no
parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde
esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su
igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha. Y,
en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín,
que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora,
Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca
de la caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él tiene
lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas de nuestro
contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y han
sido de tu padre.

-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad desa
sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de
enviar a ella toda.

-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos días al
cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.

-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día
llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello,
y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y, encontrándose acaso
con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a decir:

-¡A fe que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos?

-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de gobernadores, y
estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías y los padres
nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.

-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas. Respondió
Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero, que era un
mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que valía más de
tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y remirólos, y,
certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y dijo:

-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas cartas
y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por
otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.

-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver al
portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que se nos
ofrecen.

Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco
de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para empedrarle
con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno contentó mucho a
los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó
Sansón les dijese nuevas así de don QuiXote como de Pancho Sánchez; que, puesto
que habían leído las cartas de Pancho y de la señora duquesa, todavía estaban
confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Pancho, y más
de una ínsula, siendo todas o las más que hay en el mar Mediterráneo de Su
Majestad. A lo que el paje respondió:

-De que el señor Pancho Sánchez sea gobernador, no hay que dudar en ello; de que
sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que sea un
lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi
señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él- enviar a pedir
bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a pedir un peine prestado
a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las señoras de
Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntuosas y levantadas como las
señoras castellanas; con más llaneza tratan con las gentes.

Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos, y
preguntó al paje:

-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es
gobernador?

-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.

-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con pedorreras!
¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas
atacadas?

-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-. Par
Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que le dure el
gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente,
pero la fineza de los corales y el vestido de caza que Pancho enviaba lo
deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el vestido. Y no dejaron de
reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa dijo:
-Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a Toledo,
para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los
mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de
mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo, me tengo de ir a esa
corte, y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien
le puede traer y sustentar.
-Y ¡cómo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel
coche: ”¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y
tendida en el coche, como si fuera una papesa!” Pero pisen ellos los lodos, y
ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para
cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo caliente, y ríase la gente!
¿Digo bien, madre mía?

-Y ¡cómo que dices bien, hija! -respondió Teresa-. Y todas estas venturas, y aun
mayores, me las tiene profetizadas mi buen Pancho, y verás tú, hija, cómo no
para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas; y, como yo he
oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los
refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla: cuando te dieren un
gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale, y cuando te hicieren
tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis
a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

-Y ¿qué se me da a mí -añadió Sanchica- que diga el que quisiere cuando me vea
entonada y fantasiosa: “Viose el perro en bragas de cerro…”, y lo demás?
Oyendo lo cual el cura, dijo:

-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada
uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto que no los
derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.

-Así es la verdad -dijo el paje-, que el señor gobernador Pancho a cada paso los
dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la
duquesa y el duque los celebran mucho.

-¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Pancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y
hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas
de don QuiXote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por
encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced,
por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y hueso.

-Señores, yo no sé más de mí -respondió el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Pancho Sánchez es gobernador efectivo, y que mis señores
duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he oído decir que
en él se porta valentísimamente el tal Pancho Sánchez; si en esto hay encantamento
o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos, que yo no sé otra cosa,
para el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos y
los amo y los quiero mucho.

-Bien podrá ello ser así -replicó el bachiller-, pero dubitat Augustinus.

-Dude quien dudare -respondió el paje-, la verdad es la que he dicho, y esta que
ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua; y si no,
operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes conmigo, y
verán con los ojos lo que no creen por los oídos.

-Esa ida a mí toca -dijo Sanchica-: lléveme vuestra merced, señor, a las ancas
de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.

-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.

-Par Dios -respondió Sancha-, tan bién me vaya yo sobre una pollina como sobre
un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!

-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este señor está
en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Pancho, Sancha, y cuando
gobernador, señora, y no sé si diga algo.

-Más dice la señora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de comer y
despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:

-Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.
Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el cura
le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de espacio por
don QuiXote y sus hazañas.

El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero
ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía por algo
burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía escribir, el
cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, notadas
de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen,
como se verá adelante.

Capítulo LI.

Del progreso del gobierno de Pancho Sánchez, con otros sucesos tales
como buenos

Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el
maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza
de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della faltaba en escribir
a sus señores lo que Pancho Sánchez hacía y decía, tan admirado de sus hechos como
de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos
discretos y tontos.

Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro Recio, le
hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa
que la trocara Pancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero, viendo que
aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello, con harto dolor de su alma y
fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y
delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas
constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto
de las fuerzas corporales como de las del entendimiento.
Con esta sofistería padecía hambre Pancho, y tal, que en su secreto maldecía el
gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y con su conserva,
se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que
un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás
acólitos, que fue:

-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso).
Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della, una horca y
una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que
juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era
en esta forma: “Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de
jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere
mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión
alguna”. Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego
en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban
pasar libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: ”Si a
este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a
la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca,
y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”. Pídese a vuesa
merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hombre; que aun hasta
agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado
entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra
merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Pancho:
-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero,
con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: quizá
podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y
Pancho dijo:
-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el tal
hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad, y por
la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró
mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
-Así es como el señor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
-Digo yo, pues, agora -replicó Pancho- que deste hombre aquella parte que juró
verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se
cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
-Pues, señor gobernador -replicó el preguntador-, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza
ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de
necesidad espresa que se cumpla con ella.
-Venid acá, señor buen hombre -respondió Pancho-; este pasajero que decís, o yo
soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la
puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y,
siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí
os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que
le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal, y
esto lo diera firmado de mi nombre, si supiera firmar; y yo en este caso no he
hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos
que me dio mi amo don QuiXote la noche antes que viniese a ser gobernador desta
ínsula: que fue que, cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y
acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por
venir en este caso como de molde.
Así es -respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran
Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden
como el señor gobernador coma muy a su gusto.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Pancho-: denme de comer, y lluevan casos y
dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él aquella
misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de hacerle.
Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos del
doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con una carta
de don QuiXote para el gobernador. Mandó Pancho al secretario que la leyese para
sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz
alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola primero, dijo:
-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don QuiXote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice así:
Carta de don QuiXote de la Mancha a Pancho Sánchez, gobernador de la ínsula
Barataria
Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Pancho amigo, las
oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el
cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos.
Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses
bestia, según es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Pancho,
que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra
la humildad del corazón; porque el buen adorno de la persona que está puesta en
graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo
que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no
parece palo. No digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas
como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal
que sea limpio y bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos
cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he
dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa
que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo
mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo
discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen;
y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de
las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se
subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni
siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el
punto de la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que
la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a
los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros,
que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma
razón. No te muestres, aunque por ventura lo seas -lo cual yo no creo-,
codicioso, mujeriego ni glotón; porque, en sabiendo el pueblo y los que te
tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte
en el profundo de la perdición.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito
antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los
guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a
cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y
muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los
mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le
han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de
contino le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu mujer
Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió no
muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores que me
maltraten, también los hay que me defiendan.
Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto esta
vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos
señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin,
tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme a lo que
suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este latín porque
me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás aprendido. Y a
Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
Don QuiXote de la Mancha.
Oyó Pancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por discreta de
los que la oyeron; y luego Pancho se levantó de la mesa, y, llamando al
secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo más, quiso
responder luego a su señor don QuiXote, y dijo al secretario que, sin añadir ni
quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo; y la

carta de la respuesta fue del tenor siguiente:
Carta de Pancho Sánchez a don QuiXote de la Mancha

La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme la
cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas cual Dios
lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante
si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el
cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los
despoblados.

Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían entrado en
esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra
que un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar a cuantos
gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de
Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre para no temer que he de morir a
sus manos! Este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las
enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan; y las
medecinas que usa son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos
mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él
me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé
venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo
entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer
penitencia, como si fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso
que, al cabo al cabo, me ha de llevar el diablo.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va
esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen
venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo
muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos,
no solamente en éste.

Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y un
hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y la
escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo
para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el
padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo
cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con una
hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas
para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla
que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo hice
valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este pueblo
que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son desvergonzadas,
desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y enviádole el
presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y procuraré de mostrarme
agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las manos de mi parte, diciendo
que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por la obra.
No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que sea
agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene
hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores; yo lo
sabré cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no es
algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy
curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de haldas o de
mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y envíeme
la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer
y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal intencionados
encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo,
porque le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Pancho Sánchez, el Gobernador.

Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Pancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno; y
aquella tarde la pasó Pancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese regatones de
los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella vino de las partes
que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle
el precio según su estimación, bondad y fama, y el que lo aguase o le mudase el
nombre, perdiese la vida por ello.

Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados,
que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso gravísimas penas
a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día.
Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio
auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son
fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que
los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la
llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resolución: él
ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran
Las constituciones del gran gobernador Pancho Sánchez.

Capítulo LII.

Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don QuiXote sano de sus aruños, le pareció que
la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que
profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques para partirse a
Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las
tales fiestas se conquista.

Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de la
gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los pies a la
cabeza, y la una dellas, llegándose a don QuiXote, se le echó a los pies tendida
de largo a largo, la boca cosida con los pies de don QuiXote, y daba unos
gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos, que puso en confusión a
todos los que la oían y miraban; y, aunque los duques pensaron que sería alguna
burla que sus criados querían hacer a don QuiXote, todavía, viendo con el ahínco
que la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que
don QuiXote, compasivo, la levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase
el manto de sobre la faz llorosa.

Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque descubrió
el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la
conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la tenían por boba y de
buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras. Finalmente, doña
Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con
este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en que me ha
puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don QuiXote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don QuiXote,
dijo:

-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y alevosía
que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es esta
desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de volver por
ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha llegado a mi
noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las buenas venturas
que Dios os depare; y así, querría que, antes que os escurriésedes por esos
caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le hiciésedes que se casase con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo, antes y
primero que yogase con ella; porque pensar que el duque mi señor me ha de hacer
justicia es pedir peras al olmo, por la ocasión que ya a vuesa merced en puridad
tengo declarada. Y con esto, Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a
nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondió don QuiXote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija,
a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de
enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor, yo me partiré luego
en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le desafiaré, y le mataré cada
y cuando que se escusare de cumplir la prometida palabra; que el principal
asumpto de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios;
quiero decir: acorrer a los miserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo de
buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester tampoco que
vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le doy por desafiado,
y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que le acete, y venga a
responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos daré campo seguro,
guardando todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse,
guardando igualmente su justicia a cada uno, como están obligados a guardarla
todos aquellos príncipes que dan campo franco a los que se combaten en los
términos de sus señoríos.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó don
QuiXote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me allano
y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él, habilitándole para
poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le desafío y repto, en razón de
que hizo mal en defraudar a esta pobre, que fue doncella y ya por su culpa no lo
es, y que le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o
morir en la demanda.

Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque le
alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en nombre de
su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo, en la plaza de
aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los caballeros: lanza y
escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin engaño, superchería o
superstición alguna, examinadas y vistas por los jueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala doncella
pongan el derecho de su justicia en manos del señor don QuiXote; que de otra
manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal desafío.

-Yo sí pongo -respondió la dueña.

-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había de
hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de allí
adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras aventureras que
venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto aparte y las
sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás criadas, que no sabían
en qué había de parar la sandez y desenvoltura de doña Rodríguez y de su
malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida,
veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y presentes a
Teresa Panza, mujer del gobernador Pancho Sánchez, de cuya llegada recibieron gran
contento los duques, deseosos de saber lo que le había sucedido en su viaje; y,
preguntándoselo, respondió el paje que no lo podía decir tan en público ni con
breves palabras: que sus excelencias fuesen servidos de dejarlo para a solas, y
que entretanto se entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las
puso en manos de la duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi
señora la duquesa tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Pancho Sánchez,
gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le
cocía el pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola
y leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y los
circunstantes la oyesen, leyó desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió, que
en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el
vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría haya hecho
gobernador a Pancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo este lugar,
puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase Nicolás el
barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da nada; que, como
ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere; aunque, si va a decir
verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco yo lo creyera, porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por un porro, y que, sacado de gobernar un
hato de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno pueda ser bueno. Dios lo
haga, y lo encamine como vee que lo han menester sus hijos.

Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de meter
este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche, para
quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la carne,
la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que no vaya, que
me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por ponerme en camino;
que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi marido por mí más que yo por él,
siendo forzoso que pregunten muchos: “-¿Quién son estas señoras deste coche?”
Y un criado mío responder: “-La mujer y la hija de Pancho Sánchez, gobernador de
la ínsula Barataria”; y desta manera será conocido Pancho, y yo seré estimada,
y a Roma por todo.

Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en este
pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que una a una
las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más mayores; yo quisiera
que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado de la
respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar deste lugar,
donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza, y a mí no olvide.
Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su criada,
Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don QuiXote si sería
bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía de ser
bonísima. Don QuiXote dijo que él la abriría por darles gusto, y así lo hizo, y
vio que decía desta manera:

Carta de Teresa Panza a Pancho Sánchez su marido

Tu carta recibí, Pancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como católica
cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira,
hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me pensé allí caer muerta
de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata la alegría súbita como el
dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro
contento. El vestido que me enviaste tenía delante, y los corales que me envió
mi señora la duquesa al cuello, y las cartas en las manos, y el portador dellas
allí presente, y, con todo eso, creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y
lo que tocaba; porque, ¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de
venir a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que
era menester vivir mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo
más; porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios
que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en ella
andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que eres
gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento, como son
todas las de don QuiXote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a buscarte y a
sacarte el gobierno de la cabeza, y a don QuiXote la locura de los cascos; yo no
hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer
del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala
mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el Concejo pintar
las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidió dos ducados,
diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de los cuales no pintó nada,
y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvió el dinero, y, con todo
eso, se casó a título de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y
tomado el azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha
ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla,
la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de
casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo
niega a pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo.
Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste
pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien las
tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que los va
echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es hija de un
gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La fuente de la plaza
se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas.
Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto, Dios
te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin mí en
este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para acabar de
echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Pancho enviaba a don
QuiXote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en duda la sandez del
gobernador.
Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el lugar de
Pancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar circunstancia que no
refiriese; diole las bellotas, y más un queso que Teresa le dio, por ser muy
bueno, que se aventajaba a los de Tronchón Recibiólo la duquesa con grandísimo
gusto, con el cual la dejaremos, por contar el fin que tuvo el gobierno del gran
Pancho Sánchez, flor y espejo de todos los insulanos gobernadores.

Capítulo LIII.

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Pancho Sánchez
”Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es
pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la
redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y
el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el
tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más
que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos
que la limiten”. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de
entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la
eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han
entendido; pero aquí, nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se
consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Pancho.
El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y
pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a
cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía
sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la cama, y estuvo atento y
escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan
grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero, añadiéndose al ruido de voces y
campanas el de infinitas trompetas y atambores, quedó más confuso y lleno de
temor y espanto; y, levantándose en pie, se puso unas chinelas, por la humedad
del suelo, y, sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese,
salió a la puerta de su aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores
más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

-¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos en la
ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.
Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Pancho estaba, atónito y
embelesado de lo que oía y veía; y, cuando llegaron a él, uno le dijo:

-¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se
pierda!

-¿Qué me tengo de armar -respondió Pancho-, ni qué sé yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don QuiXote, que en dos
paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me
entiende nada destas priesas.

-¡Ah, señor gobernador! -dijo otro-. ¿Qué relente es ése? Ármese vuesa merced,
que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza, y sea
nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro
gobernador.

-Ármenme norabuena -replicó Pancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron
encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro
detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, le sacaron los brazos, y le
liaron muy bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado,
derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso.
Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en
pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase, y los guiase y animase a
todos; que, siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus
negocios.

-¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo -respondió Pancho-, que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan
cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y
ponerme, atravesado o en pie, en algún postigo, que yo le guardaré, o con esta
lanza o con mi cuerpo.
-Ande, señor gobernador -dijo otro-, que más el miedo que las tablas le impiden
el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, y las voces se
aumentan y el peligro carga.
Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y fue
dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho pedazos.
Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino
metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena; y
no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna; antes,
apagando las antorchas, tornaron a reforzar las voces, y a reiterar el ¡arma!
con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Pancho, dándole infinitas
cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y encogiera, metiendo
la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en
aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se
encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes
voces decía:

-¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las
calles con colchones!

En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Pancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:

-¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y me
viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían:

-¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador,
levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos
que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible brazo!

-Levántenme -dijo con voz doliente el dolorido Pancho.

Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no
quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es
que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor,
que me hago agua.

Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho
y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la
burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sí Pancho les
templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era,
respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzó a
vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué
había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco,
porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al rucio, le abrazó y
le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lágrimas en los ojos, le dijo:

-Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que
me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro
corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero, después que os
dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han
entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil
desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno,
sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar
subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al
secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí
presentes estaban, dijo:

-Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que
vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo
no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los
enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar,
podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni
reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno
usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que
un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la
miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme
a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos
en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden
con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno y sin ella
salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y
apártense: déjenme ir, que me voy a bizmar; que creo que tengo brumadas todas
las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.
-No ha de ser así, señor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le daré a
vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva en su
prístina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa merced de
enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que quisiere.

-¡Tarde piache! -respondió Pancho-. Así dejaré de irme como volverme turco. No
son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, ni admita
otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin
alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez
dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el
aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el
suelo con pie llano, que, si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le
faltarán alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda
más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace
tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

-Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto que nos
pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder obligan a
desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado, antes que se
ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia: déla vuesa
merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de Dios.
-Nadie me la puede pedir -respondió Pancho-, si no es quien ordenare el duque mi
señor; yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto más que,
saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender
que he gobernado como un ángel.

-Par Dios que tiene razón el gran Pancho -dijo el doctor Recio-, y que soy de
parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciéndole primero compañía y todo
aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su
viaje. Pancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio
queso y medio pan para él; que, pues el camino era tan corto, no había menester
mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y
los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y
tan discreta.

Capítulo LIV.

Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don QuiXote hizo a su
vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el mozo estaba
en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña
Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón, que se llamaba
Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer.

De allí a dos días dijo el duque a don QuiXote como desde allí a cuatro vendría
su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero, y sustentaría
como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera,
si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento. Don QuiXote recibió
mucho gusto con las tales nuevas, y se prometió a sí mismo de hacer maravillas
en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos
señores pudiesen ver hasta dónde se estendía el valor de su poderoso brazo; y
así, con alborozo y contento, esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo,
a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a
Pancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su
amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del
mundo.

Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su gobierno -
que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que
gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con
sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna cantando, los cuales, en
llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando las voces todos juntos,
comenzaron a cantar en su lengua lo que Pancho no pudo entender, si no fue una
palabra que claramente pronunciaba limosna, por donde entendió que era limosna
la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo
además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que venía proveído, y
dióselo, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo
recibieron de muy buena gana, y dijeron:

-¡Guelte! ¡Guelte!

-No entiendo -respondió Pancho- qué es lo que me pedís, buena gente.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Pancho, por donde
entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en la garganta y
estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía ostugo de moneda, y,
picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar, habiéndole estado mirando uno
dellos con mucha atención, arremetió a él, echándole los brazos por la cintura;
en voz alta y muy castellana, dijo:

-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi
caro amigo, al mi buen vecino Pancho Sánchez? Sí tengo, sin duda, porque yo ni
duermo, ni estoy ahora borracho.

Admiróse Pancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del estranjero
peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablar palabra, con mucha
atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su suspensión el peregrino, le
dijo:

-¿Cómo, y es posible, Pancho Sánchez hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el
morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Pancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le echó
los brazos al cuello, y le dijo:

-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de volver
a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?

-Si tú no me descubres, Pancho -respondió el peregrino-, seguro estoy que en
este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a aquella
alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros, y allí
comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré lugar de contarte lo
que me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar, por obedecer el bando
de Su Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba,
según oíste.

Hízolo así Pancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron a la
alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones,
quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran
mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo
menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.

Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que
si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un
manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de huevos de pescados,
gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más campeó en el campo de
aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su
alforja; hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o
en tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con cada
bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa, y
luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las botas en el aire;
puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que
ponían en él la puntería; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a
otro, señales que acreditaban el gusto que recebían, se estuvieron un buen
espacio, trasegando en sus estómagos las entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Pancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir con el
refrán, que él muy bien sabía, de “cuando a Roma fueres, haz como vieres”, pidió
a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no con menos gusto que
ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no fue
posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa que puso
mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando, juntaba
alguno su mano derecha con la de Pancho, y decía:

-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.
Y Pancho respondía: Bon compaño, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada
de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando
se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados. Finalmente, el
acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos, quedándose
dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote y Pancho quedaron
alerta, porque habían comido más y bebido menos; y, apartando Ricote a Pancho,
se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce
sueño; y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana
le dijo las siguientes razones:

-«Bien sabes, ¡oh Pancho Sánchez, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando que
Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en
todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece que antes del
tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el
rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Ordené, pues, a
mi parecer como prudente, bien así como el que sabe que para tal tiempo le han
de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de
salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con
comodidad y sin la priesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron
todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como
algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su
determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y
disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue
inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda
resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos
firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponer a los que no lo
eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de
casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro,
blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, la más terrible que se
nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en
ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que
nuestra desventura desea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde
esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo
tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos,
y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus
mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora
conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y, aunque allí nos hacían
buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me
pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en
muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se
vive con libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta;
juntéme con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos
dellos, cada año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias,
y por certísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay
pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con
un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o entre
los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden, los sacan
del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y
puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Pancho, sacar el tesoro que
dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré hacer sin peligro y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que está en
Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de Francia, y desde allí
llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros;
que, en resolución, Pancho, yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca
Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y, aunque yo no lo soy tanto,
todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los
ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir. Y lo que me
tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería
que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.»

A lo que respondió Pancho:

-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el
hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado,
y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste
encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer
muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar.

-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Pancho, que no tocaron a mi
encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún desmán; y
así, si tú, Pancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo,
yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya
sabes que sé yo que las tienes muchas.

-Yo lo hiciera -respondió Pancho-, pero no soy nada codicioso; que, a serlo, un
oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi
casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata; y, así por esto
como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera
contigo, si como me prometes docientos escudos, me dieras aquí de contado
cuatrocientos.

-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Pancho? -preguntó Ricote.

-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Pancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.

-¿Adónde? -respondió Pancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula
Barataria.

-Calla, Pancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar; que
no hay ínsulas en la tierra firme.

-¿Cómo no? -replicó Pancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario; pero,
con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.

-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.

-He ganado -respondió Pancho- el haber conocido que no soy bueno para gobernar,
si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales
gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el sustento;
porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si
tienen médicos que miren por su salud.

-Yo no te entiendo, Pancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo que dices es
disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas que gobernases? ¿Faltaban
hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que tú eres? Calla, Pancho, y
vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a
sacar el tesoro que dejé escondido; que en verdad que es tanto, que se puede
llamar tesoro, y te daré con que vivas, como te he dicho.

-Ya te he dicho, Ricote -replicó Pancho-, que no quiero; conténtate que por mí
no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjame seguir el
mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.

-No quiero porfiar, Pancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestro
lugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?

-Sí hallé -respondió Pancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosa que
salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la más bella
criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a
cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí me hizo llorar, que no
suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvieron deseo de esconderla y salir a
quitársela en el camino; pero el miedo de ir contra el mandado del rey los
detuvo. Principalmente se mostró más apasionado don Pedro Gregorio, aquel
mancebo mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que la quería mucho, y después
que ella se partió, nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos
que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a mi
hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el saber que
la quería bien; que ya habrás oído decir, Pancho, que las moriscas pocas o
ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo
que yo creo, atendía a ser más cristiana que enamorada, no se curaría de las
solicitudes de ese señor mayorazgo.

-Dios lo haga -replicó Pancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjame partir
de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi señor don
QuiXote.

-Dios vaya contigo, Pancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, y también
es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Pancho subió en su rucio, y Ricote se arrimó a
su bordón, y se apartaron.

Capítulo LV.

De cosas sucedidas a Pancho en el camino, y otras que no hay más
que ver

El haberse detenido Pancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al
castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde le tomó la noche,
algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio mucha pesadumbre; y así,
se apartó del camino con intención de esperar la mañana; y quiso su corta y
desventurada suerte que, buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron él y el
rucio en una honda y escurísima sima que entre unos edificios muy antiguos
estaba, y al tiempo del caer, se encomendó a Dios de todo corazón, pensando que
no había de parar hasta el profundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco
más de tres estados dio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber
recebido lisión ni daño alguno.

Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud, no
se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le había hecho,
porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo con las manos
por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir della sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno, de lo que Pancho se
congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se quejaba tierna y
dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio, que, a la verdad, no
estaba muy bien parado.

-¡Ay -dijo entonces Pancho Sánchez-, y cuán no pensados sucesos suelen suceder a
cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que ayer
se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y a sus
vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna
que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y
quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue
mi señor don QuiXote de la Mancha cuando decendió y bajó a la cueva de aquel
encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no
parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones
hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras.

¡Desdichado de mí, y en qué han parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán
mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y
raídos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién
somos, a lo menos de los que tuvieren noticia que nunca Pancho Sánchez se apartó
de su asno, ni su asno de Pancho Sánchez. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros,
que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre
los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento nos cerrara
los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos
servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos
saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo de
ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Pancho Sánchez, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre se
hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y
lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio Pancho que era
imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenzó a
lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero todas sus voces eran
dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos no había persona que
pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Pancho Sánchez le acomodó de modo que le puso en
pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que también habían
corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a su jumento, que
no le supo mal, y díjole Pancho, como si lo entendiera:

-Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él una
persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Pancho Sánchez, y, agazapándose, se
entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo, y púdolo ver, porque
por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría todo.
Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo
cual, volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a
desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde
con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro,
comenzó a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida
por otra parte. A veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin
miedo.

-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí es desventura,
mejor fuera para aventura de mi amo don QuiXote. Él sí que tuviera estas
profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y
esperara salir de esta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo,
sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que
debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la
otra, que acabe de tragarme. ¡Bien vengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco más de
media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que pareció ser
ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto
aquel, para él, camino de la otra vida.

Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don QuiXote, que,
alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había de hacer con el
robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba enderezar el
tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.

Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que
había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón o
arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva, que, a no
tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella. En fin, le
detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse, miró aquella
hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y, escuchando
atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?

Parecióle a don QuiXote que oía la voz de Pancho Sánchez, de que quedó suspenso y
asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?

-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Pancho Sánchez, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza,
de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don QuiXote de la
Mancha?

Oyendo lo cual don QuiXote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el
pasmo, viniéndosele al pensamiento que Pancho Sánchez debía de ser muerto, y que
estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:

-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano, que me
digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti; que,
pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también
lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden
ayudarse por sí propios.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi señor
don QuiXote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda.

-Don QuiXote soy -replicó don QuiXote-, el que profeso socorrer y ayudar en sus
necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que me tienes
atónito; porque si eres mi escudero Pancho Sánchez, y te has muerto, como no te
hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de Dios, estés en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana
bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella,
por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y
dime quién eres.

-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, señor don QuiXote de la Mancha, que yo soy su escudero Pancho
Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino que, habiendo
dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para decirlas,
anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará mentir,
pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Pancho dijo, porque
al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba.

-¡Famoso testigo! -dijo don QuiXote-. El rebuzno conozco como si le pariera, y
tu voz oigo, Pancho mío. Espérame; iré al castillo del duque, que está aquí
cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados te deben de haber
puesto.

-Vaya vuesa merced -dijo Pancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no
lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don QuiXote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Pancho
Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que debía de
haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos inmemoriales
estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno sin tener
ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas; y, a
costa de mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Pancho Sánchez de
aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo:

-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores,
como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido, y
sin blanca, a lo que yo creo.

Oyólo Pancho, y dijo:

-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me
dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han
perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni he tenido lugar de
hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto así, como lo es, no
merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios
dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno; y cual el
tiempo, tal el tiento; y nadie diga “desta agua no beberé”, que adonde se piensa
que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo más,
aunque pudiera.

-No te enojes, Pancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca
acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar
las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo. Si
el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que ha sido un ladrón, y si
sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato.

-A buen seguro -respondió Pancho- que por esta vez antes me han de tener por
tonto que por ladrón.

En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa esperando a
don QuiXote y a Pancho, el cual no quiso subir a ver al duque sin que primero no
hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy
mala noche en la posada; y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales,
puesto de rodillas, dijo:

-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío,
fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo me
hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido
delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos,
siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural
de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de
noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que
salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé
Dios como ellos dicen verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las
cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi
cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni
flechas de mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he
querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como
la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella.
No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque pensaba
hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían
de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la
ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en una sima, víneme por
ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no
tan fácil que, a no depararme el cielo a mi señor don QuiXote, allí me quedara
hasta la fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro
gobernador Pancho Sánchez, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el
gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una
ínsula, sino de todo el mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras
mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos, que dicen “Salta tú, y
dámela tú”, doy un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don
QuiXote; que, en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo
menos, y para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices. Con esto dio fin a su larga plática Pancho, temiendo siempre don QuiXote que
había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar con tan
pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó a Pancho, y le dijo
que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que
él haría de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de
más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que le regalasen, porque
daba señales de venir mal molido y peor parado.

Danza de las abejas Terfecia areanaria criadillas cartel Diablo EuroVegas a jugar gurú tururú Yerbas y otras Eivissa, la isla del bar
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