En el mercado de setas silvestres organizado espontáneamente por los campesinos de una aldea checoslovaca antes del desplome del régimen comunista y la posterior escisión en 2 países todos reían, cambalacheaban, daban, tomaban y demostraban irrefutablemente que, dijeran lo que dijeran los fanáticos, la actividad comercial era uno de los placeres más naturales y deliciosos de la vida, tan imposible de abolir como el acto de enamorarse.
Bruce Chatwin, Utz, 1988.

Los refugiados bosnios de las 3 religiones en guerra que fueron acogidos en Leganés en diciembre de 1992, mostraron gran sorpresa y desagrado al llegar y ver que aquí no había playa. Sigue sin haberla, pero los bosnios encontraron la playa y hasta el paraíso de sus sueños en el hipermercado Parquesur, inaugurado como el más grande de Europa en diciembre de 1989. ¡Y es que daba gusto ver a los bosnios en Parquesur!: en familia, con los zapatos destrozados, pero limpios, con los pantalones de tergal raídos y los jerseys deshilachados y llenos de pelotillas, pero limpios, las mujeres con los cabellos teñidos o desteñidos más bien en vetas doradas como el bronce y negras como el betún, pero limpios, hablando a gritos entre ellos con los ojos como platos, pero contentos. Los bosnios habían sido víctimas de todos los bombardeos menos de uno: el publicitario, y apenas tenían en sus bolsillos el pobre salario humanitario, que debe ser un asco, pero eran unos consumidores excepcionales: llegaban a Parquesur junto con los dependientes encargados de abrir las tiendas y encender las luces de los escaparates y se iban, siempre en transporte público, junto con los empleados que apagaban y echaban los cierres, portando el único objeto voluminoso, barato y muy útil que habían comprado en todo el día (por ejemplo, una almohada de gomaespuma), si es que habían comprado algo.
Aprendida la lección el Alcalde de Leganés citó directamente en las puertas del hipermercado Parquesur al Presidente de la República de Tartaria, y a toda su comitiva en la que fue la primera visita oficial que el presidente de una república independiente ha cursado a Leganés, acontecimiento de enero de 1994. La comitiva hizo un amplio recorrido por el hipermercado deteniéndose a visitar las estanterías de Alcampo y Galerías Preciados entre otras. En uno de los pasillos ajardinados y climatizados, el Presidente de Tartaria regaló al alcalde de Leganés un reloj de pulsera como el que llevaban en el espacio los cosmonautas ex-soviéticos. El alcalde de Leganés, un pardillo en protocolo internacional, no había portado ningún presente para su invitado y presa de los nervios, no se le ocurrió que allí mismo podía haber tirado de la Visa y haberse hecho con un peluco con alarma y cronómetro para corresponder al presidente de los tártaros, que se fue sin comprar nada en el hipermercado, pero contento. ¡Y es que para los que han sido educados con ideas basadas en el materialismo histórico, ver un hipermercado repleto con toda la variedad de objetos que se fabrican en la Tierra debe ser como visualizar un cielo lleno de ángeles, santos y vírgenes para los que han estudiado en colegios religiosos!.
Pero sólo debe sucederles las primeras veces. 2 años después de su llegada a Leganés, los refugiados bosnios de las 3 religiones en guerra habían sucumbido totalmente en el consumismo. Intercaladas entre crudas imágenes de actualidad captadas en el campo de batalla en que se había convertido su expaís, sonrientes señoritas de largas piernas y encorbatados señores con el pelo engominado, se les habían ido apareciendo a los bosnios enseñándoles la imagen de un objeto asociada a su precio, siempre en números rojos, el nombre y la marca del objeto y en letra pequeña, sus características: color, dimensiones, plazo de garantía, un posible regalo adicional, etc. Los bosnios, que aprendían rápidamente el idioma cada vez más universal del consumo mediante este avanzadísimo y aparentemente gratuito método audiovisual, empezaron imitando lo que debió parecerles nuestro uniforme: calzado deportivo de saldo, vaqueros de saldo, chupas de saldo y tabaco de gorra, que hasta los niños se lo sacaban a cualquier viandante que veían fumando por la calle. Les daba lo mismo que fuera rubio o negro con tal de que pudieran componer la estampa misma de la felicidad con el cigarrillo entre los labios. Y junto con lo más abstracto del idioma, que es lo último que se aprende, los bosnios terminaron por descubrir que no era lo mismo un pantalón vaquero de saldo que uno de marca y por supuesto, que no valía lo mismo. Así, del gorroneo de tabaco pasaron a regalar a los vecinos de Leganés ramitas de olivo "por la paz en Bosnia" a cambio de un donativo y de ahí directamente al tajo, a buscar trabajo remunerado para poder comprar más y mejores objetos.

- Los bosnios se han integrado -sentenciaron las autoridades.
En paralelo al proceso integrador de los hoy felices consumidores bosnios, yo había sufrido un proceso desintegrador inverso por culpa de mi profesión: la fotografía. Cuando colocaba bien colocadito el objeto que iba a fotografiar y lo limpiaba 1.000 veces para que se viera limpito y lo iluminaba por todos lados para que se viera clarito, sabía que los objetos sólo se veían de esa manera tan bonita en las fotografías. Entonces me hice consumista de imágenes. También había visto cómo, una vez desprecintados, los objetos sufrían una agonía irreversible que los llevaba cada vez más rápidamente al trastero, luego a la basura y finalmente a los descampados esteparios que rodean los suburbios de las ciudades. Entonces empecé a cuidar y a conservar los objetos que ya tenía, que eran prácticamente todos los que necesitaba mas algunos repetidos. Pero esta desintegración me estaba convirtiendo en una especie de ermitaño contemporáneo. Sí, me había liberado del tiempo de consumo: horas de búsqueda y comparaciones, gestiones y papeleos varios para conseguir créditos y pagos aplazados, actos de compraventa, igual a...; pero junto con el tiempo dedicado al consumo, también había perdido la mayoría de relaciones y temas de conversación que entablaba con mis semejantes. Sí, me había convertido en un teletrabajador con teléfono, telefax, televisión, telecorreo, telerevistas, teleperiódicos y todo tipo de telecomunicaciones, tanto de ida como de vuelta, pero apenas pisaba la calle. ¡Y es que cuando quise darme cuenta, me estaba perdiendo la fiesta del consumo, una fiesta por la que los marroquíes se juegan la vida tratando de cruzar el Estrecho de Gibraltar en una barca o por la que mujeres dominicanas, polacas, rumanas, búlgaras, nigerianas, etcétera, están dispuestas a esclavizarse en cualquier trama sexual sólo para estar aquí, una fiesta a la que yo estaba invitado desde que nací y que se celebraba todos los días a apenas unos kilómetros de mi casa!.

Así, el 1º de mayo de 1994 me levanté muy de mañana, me arreglé de buena gana y me fui a pasear por el hipermercado. La amplia zona de aparcamiento de Parquesur estaba hasta los topes, los comercios que no eran del ramo de la hostelería, de la recreación mas algunas pocas y pequeñas tiendas de minucias, estaban con los cierres echados, pero los pasillos climatizados y ajardinados estaban repletos de gente de todas las edades, familias enteras, paseando, simplemente paseando: sin carros, sin bolsas y vestidos de fiesta. ¿Cómo?, me dije, ¿hay tantos bosnios en Leganés?. Y tan bien vestidos, y tan guapas las bosnias. Esto es, pensé, que de la misma manera que las ciudades medievales se articulaban alrededor de las iglesias y las burguesas alrededor de las plazas mayores, las sociedades consumistas se están articulando en torno a los centros comerciales: ahora estoy en el centro de la nueva ciudad. Y abrí los ojos para verlo todo. Estaba en un barrestaurant, frente a un jukebox, entre un póster de Marilyn y otro de Elvis y a punto de pedir una Cocacola cuando lo comprendí todo de golpe. ¡Bosnio, bosnio, bosnio!, me decían con la mirada los que descubrían mi desasosiego por haber comprendido de repente que durante todo este tiempo yo también había sido un bosnio de otros, sólo que había empezado antes y había tardado más tiempo en enterarme. ¿Y ahora qué?, pregunté con la mirada a los que se reían de mi.
- Ahora puedes volver a empezar a consumir cuando quieras, pero desde hoy ya te puedes ir sin comprar nada, pero contento.
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