Desde el Collado de Rehoyos, en la cara N de Sierra Morena, el Valle de Alcudia parece una caja de cartón para huevos abierta. 25 km. al N, la azulada Sierra de Puertollano esconde las poblaciones de Brazatortas, Puertollano y Calzada de Calatrava tras unas rampas que apenas superan los 1.000 m. sobre el nivel del lejano mar. Sí se ven Cabezarrubias e Hinojosas en la falda S de la sierra y Mestanza en el valle. En el extremo Noroeste, después de superar la comprometida curva de Almodóvar, los mismos AVE que han puesto en el mapa esta comarca y otras de Ciudad Real, se lanzan hacia Córdoba y cierran el valle por el W. Tras un telón de montañas impenetrables por carretera, más allá de El Hoyo, la Autovía de Andalucía lo cierra por el E a la altura Despeñaperros. En las hondanadas, el pantano de Montoro sobre el río del mismo nombre y sus pequeños afluentes y arroyos, relucen como un llavero de plata dejado caer al azar en la huevera. En los montes, a unos 800 m. sobre el nivel del mar, las casas del Alhorín, Cerro Verde, el Belesar, el Zote, Herraderos, Quemados y la Pizarrosa se van encendiendo como velas cuando pasan las sombras de las nubes que cruzan el valle de W a E. A tiro de piedra del Collado de Rehoyos se encuentran las aldeas de Mina Diógenes y del Baño de las Tiñosas; ambas deben su existencia a las actividades que les dan nombre. Al otro lado de la primera hilera de montañas de Sierra Morena, la Solana del Pino es la última población de Castilla-La Mancha en la carretera que tras atravesar el valle de N a S pasa por el Santuario de la Virgen de la Cabeza y llega a Andújar.
Por la carretera se me derretían los ojos saboreando los campos de amapolas, margaritas y lilas que esperaba fotografiar en los paisajes de mi infancia tras muchos años de ausencia. Hice paradas para repostar gasolina (no hay una maldita gasolinera en todo el valle) y para fotografiar un coche amarillo desahuciado a la vera de un camino. Fue una premonición. En el Valle de Alcudia no había llovido en los últimos meses y en el campo, al lado de los caminos, solo habían crecido como setas los coches abandonados. Allí son los pastores los que desguazan los viejos cacharros que no pueden superar la Inspección Técnica de Vehículos. Pastorean por el monte con ellos y finalmente los abandonan bajo la encina en la que se calan por última vez.
- ¿Te puedo hacer una foto? -estaba en el Belesar, ante los paisajes de mi infancia. Un niño con una escopeta de juguete había salido de la casa. En una de mis fotos preferidas se me ve de niño con la escopeta de caza de mi padre en el mismo paisaje.
- ¿Cómo te llamas?
- Pedro.
- ¡Como yo! ¡Viví en esta misma casa cuando tenía tu edad y alguien me hizo una foto con la escopeta de mi padre en este mismo sitio! Antes que a Pedro, que no podía entenderlo, se lo decía a su madre.
- ¡Menudo es Pedrito!, me contó. Su hermana es más tranquila. Ahí la tienes, viendo la tele todo el día, como si no estuviera. Pero él es un bicho. No para. Le acaban de quitar una escayola porque se rompió 10 costillas. Tenía la costumbre de salir corriendo detrás de los coches. No nos habíamos dado cuenta porque siempre anda por ahí, a su aire. Mi cuñado ni lo vio. No se golpeó con el coche porque no tenía herida. No sabemos como fue pero estaba muy mal. ¡3 horas de viaje! ¡Y qué 3 horas! Las más largas de mi vida. No sabíamos si se nos iba a quedar en el camino. Y ahí lo tienes otra vez. ¡Quítate la gorra!
Me ofreció un café o una cerveza. No me apetecía nada, quizá ver la casa por dentro, en especial la que había sido mi habitación de niño.
- ¡Qué pequeña! Y la recordaba grandísima con el techo muy alto. ¿Y la piedra de esperar? Por la misma escala de tamaño de la habitación podía ser una pequeña roca que había a la izquierda del camino. En mi memoria era más grande y estaba a la derecha. Podían haber desviado el camino o podía haber estado en una pequeña excavación que había al otro lado, como si hubieran traído una máquina arrancapiedras y hubieran hecho una demostración con la de esperar. Mi hermana y yo habíamos pasado nuestra infancia sentados en lo alto de esta roca esperando a que viniera alguien o a que pasara algo: no teníamos tele.
- Somos serranos del N Guadalajara. Los serranos, procedentes también de Soria y de la Serranía de Cuenca empezaron a venir con sus familias cuando se compraron coches. Antiguamente venían caminando por las cañadas de la Mesta y después en tren, siempre con el ganado, que es el que realmente viaja buscando los mejores pastos y el mejor clima todo el año.
- Allí también tenemos tierras. Mi marido y sus 2 hermanos se reparten las obligaciones: una familia tiene que pasar aquí el invierno con los niños de todos para que no pierdan la escuela y con la mayor parte del ganado. Aunque este año, con la sequía, mejor habíamos hecho quedándonos en nuestra casa.
Es probable que los nacidos en Mestanza tengamos grabado en el cerebro una mancha parecida a la figura ovalada como una lágrima que forma la escombrera de la mina de Encinarejo en el lado S de la Sierra de Puertollano, la mancha de la sierra. Hacia el final del siglo XX la minería es un vago recuerdo que se adentra casi en los territorios del inconsciente colectivo.
- ¿De tus compañeros de escuela -le pregunté a mi padre, nacido en 1940, enseñándole una de las fotos que había conseguido en el reparto de una herencia familiar- cuántos fueron mineros?.
- Ninguno creo yo -las minas de plomo del Valle de Alcudia y las de carbón de Puertollano, descubiertas probablemente por los romanos, sobrevivieron a la Guerra Civil por el bloqueo internacional que sufrió España en los primeros años de la dictadura de Franco. La Mina de plomo de Diógenes fue la última en cerrarse hacia 1970. Las de carbón de Puertollano se reabrieron hace unos años, esta vez a cielo abierto. La mina fue el segundo destino, después del pastoreo y al mismo tiempo muchas veces, de los habitantes del valle nacidos antes de la Guerra Civil. Trabajaban menos horas, los llevaban y traían del tajo, tenían economatos, asistencia médica, sueldos regulares no sujetos a sequías, y silicosis, una enfermedad pulmonar producida por inhalaciones de polvo que todos los mineros del valle sufrían en los últimos años de sus vidas, más cortas sin duda que las de los pastores.
- Los que no se dedicaron a la ganadería -hacía recuento mi padre- trabajaron en la presa del pantano, en las carreteras que se hicieron o se arreglaron por esos años y en la refinería de Puertollano. La emigración hacia Madrid y Catalunya principalmente empezó en 1960, con ellos la familia del torero Sergio del Valle que se estableció por el corredor del Henares, al E de Madrid donde nació Sergio el 20 de diciembre de 1981. Ancha es Castilla pero Sergio, cuya familia es originaria de Aldea del Rey en la carretera que une Puertollano y Calzada de Calatrava tiene que lidiar con los toros más defectuosos de los desechaos pa la lidia en las tardes de Sol y moscas de las Ventas, alguno de los cuales le revolcó en los 3 tercios como los de la divisa de los hermanos Domínguez Camacho del omnipresente encaste JP por Domecq que le tocó lidiar el 22 de abril de 2007 con el magro premio de dar la vuelta al ruedo regañada por algunos tras la sonora petición de toda la plaza puesta en pie, magullado como suele acabar el de Aldea sus faenas sin parar la vuelta a su valentía hasta la enfermería, nadie es profeta en su tierra pero si se trata de las Ventas lo mejor que se puede esperar es seguir pisando su dura superficie muchas tardes y salir caminando erguido con la cabeza alta por la puerta que sea y gracias, que se vea que a otros les sueltan llaveros.
- Oiga -estaba fotografiando los paisajes postmineros de Puertollano y me había perdido en una estepa de cascotes, plásticos y basura, cerca de las minas a cielo abierto-, ¿por este camino llego a la refinería de petróleo?.
- Tienes que dar la vuelta por la carretera de Calzada de Calatrava -me respondió el paseante jubilado al que pregunté-. ¿Eres fotógrafo profesional? Yo lo fui hace tiempo. Soy García, de Puertollano.
- ¡Espere, espere! -le pedí mientras me lanzaba como un poseso hacia el bolsillo en el que había guardado las fotos familiares que había conseguido esa misma mañana. En una de ellas se me ve de niño sobre una Vespa en la que se lee FOTO GARCÍA. Detrás están mis padres y algunos familiares cercanos.
- Esto es en Mestanza. Yo trabajé en la mina hasta que me jubilé con 50 años. También sabía fotografía y me sacaba otro sueldo en las fiestas de los pueblos. Yo mandaba las fotos y no como otros, que no ponían ni el carrete y luego la gente se quejaba. Por eso tenemos tan mala fama los fotógrafos.
- ¿Es usted familia de Cristina García Rodero, la famosa fotógrafa nacida aquí en Puertollano?.
- ¿La del joyero? ¡Esos son ricos! -García no conocía a Cristina García Rodero. Le pedí que me posara y me llevó ante el Castillete del Pozo N, donde había trabajado hasta que se cerró hace veinte años. "Un poco más allá, me dirigía García al tiempo que posaba de perfil para las fotos, que se vea bien la mina. Yo ya no puedo hacer fotos, me tiembla la mano, ¿lo ves?".
- ¿Dónde guarda los negativos?
- Ahí detrás los quemé. Dos cajas enteras. Me dijeron que contaminaban la casa y los quemé.
Una prima de mi edad a la que no veía desde hacía años, casi desde la infancia, cuando cazábamos mariposas en el Belesar tirándonos sobre ellas al mismo tiempo, me enseñó el ambiente nocturno de Puertollano, en la Calle Amargura, cerca de la Fuente Agria y del Paseo de San Gregorio. Ninguna novedad, aunque estas cosas siempre conviene verificarlas sobre el terreno. A cambio de su amabilidad empecé a explicarle a mi prima mi teoría sobre la cara y la cruz que tienen todos los proyectos que se intentan en la vida.
- La gente enfrenta una cosa a otra supuestamente contraria y en realidad es dentro de la misma cosa donde siempre hay una cara y una cruz.
- ¿Habláis de las Caras y las Cruces de Calzada de Calatrava? -nos interrumpió una camarera. Han sido hoy (Viernes de Semana Santa). He ganao 50?.
El sábado de Semana Santa había en Calzada de Calatrava un ambiente de resaca, de vacío cansino, de desgana por las calles engalanadas con banderas españolas.
- La fiesta fue ayer, me explicó un joven en la puerta de un bar tras hacerme una exhibición sobre el lanzamiento de las monedas. Las Caras y las Cruces de Calzada de Calatrava y de otros pueblos de La Mancha es un juego de azar que se hacía aún en los tiempos de la dictadura. Se cruzan apuestas con todo el dinero a la vista en un corro dibujado en el suelo y alguien del público lanza dos monedas antiguas al aire. Si caen caras ganan los apostantes, con cruces la banca se lo lleva todo y si caen descasadas se vuelven a lanzar al aire tras incrementarse las apuestas.
- Había mucha gente apostando y corros por todo el pueblo. Hoy no hay nada. Si quieres saber más cosas pregunta en el Casino. Allí es donde se juega más fuerte.
- Si quieres hacer fotos, me dijo un anciano en el Casino, ahora mismo están jugando en las afueras del pueblo.
Cámara en bandolera me presenté en el corro de los apostadores más recalcitrantes. El juego estaba permitido y auspiciado por las autoridades el Viernes Santo. Los demás días del año era ilegal. Pasé la prueba de las payasadas para la foto buscando su complicidad hasta que se cansaron ellos, que conste.
- ¿De dónde eres? -preguntó un gitano de gran presencia y autoridad ante los demás.
- Ahora vivo en Madrid, pero nací en Mestanza.
- He tratao con mucha gente de Mestanza.
- Mi padre se llama Pedro, mis tíos Joaquín, Bernardo...
- ¿Eres el hijo de Pedro el que estuvo en el Belesar? Te conocí de niño. A tu padre le he comprao muchas cabezas de ganao. Haz las fotos que quieras.
Los apostantes cantaban la cantidad y los de la banca, 2 ó 3, entre ellos el amigo de mi padre, cubrían la apuesta.
- ¿Y mi piedra? -las piedras con las que se pisaba el dinero estaban solicitadísimas esa mañana ventosa de primavera.
- ¡Me quedan 50?!
- ¿Puedo jugar?
Dejé mi billete en el suelo. El amigo de mi padre dejó el suyo. Los pisé con la cámara. Alguien de entre la gente lanzó las 2 monedas. La suerte estaba en el aire.