paseando por el híper | cantando por el desierto

Escrito a las @ 11:56 PM el dia 7 Diciembre 2010 por admin

el Mundo es 1 pañuelo callejones sin salida

- En el mercao de setas silvestres organizao espontáneamente por los campesinos de una aldea checoslovaca antes del desplome del régimen comunista y la posterior escisión en 2 países tos reían, cambalacheaban, daban, tomaban y demostraban irrefutablemente que, dijeran lo que dijeran los fanáticos, la actividad comercial era de los placeres más naturales y deliciosos de la vida, tan imposible de abolir como el amor, Bruce Chatwin, Utz, 1988. Los refugiados bosnios de las 3 religiones en guerra que fueron acogidos en Leganés en diciembre de 1992, mostraron gran sorpresa y desagrado al llegar y ver que aquí no había playa. Sigue sin haberla, pero los bosnios encontraron la playa y hasta el paraíso de sus sueños en el hipermercado Parquesur, inaugurado como el más grande de Europa en diciembre de 1989. ¡Y es que daba gusto ver a los bosnios en Parquesur!: en familia, con los zapatos destrozados, pero limpios, con los pantalones de tergal raídos y los jerseys deshilachados y llenos de pelotillas, pero limpios, las mujeres con los cabellos teñidos o desteñidos más bien en vetas doradas como el bronce y negras como el betún, pero limpios, hablando a gritos entre ellos con los ojos como platos, pero contentos. Los bosnios habían sido víctimas de todos los bombardeos menos de uno: el publicitario, y apenas tenían en sus bolsillos el pobre salario humanitario, que debe ser un asco, pero eran unos consumidores excepcionales: llegaban a Parquesur junto con los dependientes encargados de abrir las tiendas y encender las luces de los escaparates y se iban, siempre en transporte público, junto con los empleados que apagaban y echaban los cierres, portando el único objeto voluminoso, barato y muy útil que habían comprado en todo el día (por ejemplo, una almohada de gomaespuma), si es que habían comprado algo. Aprendida la lección el Alcalde de Leganés citó directamente en las puertas del hipermercado Parquesur al Presidente de la República de Tartaria, y a toda su comitiva en la que fue la primera visita oficial que el presidente de una república independiente ha cursado a Leganés, acontecimiento de enero de 1994. La comitiva hizo un amplio recorrido por el hipermercado deteniéndose a visitar las estanterías de Alcampo y Galerías Preciados entre otras. En uno de los pasillos ajardinados y climatizados, el Presidente de Tartaria regaló al alcalde de Leganés un reloj de pulsera como el que llevaban en el espacio los cosmonautas ex-soviéticos. El alcalde de Leganés, un pardillo en protocolo internacional, no había portado ningún presente para su invitado y presa de los nervios, no se le ocurrió que allí mismo podía haber tirado de la Visa y haberse hecho con un peluco con alarma y cronómetro para corresponder al presidente de los tártaros, que se fue sin comprar nada en el hipermercado, pero contento. ¡Y es que para los que han sido educados con ideas basadas en el materialismo histórico, ver un hipermercado repleto con toda la variedad de objetos que se fabrican en la Tierra debe ser como visualizar un cielo lleno de ángeles, santos y vírgenes para los que han estudiado en colegios religiosos!.
Pero sólo debe sucederles las primeras veces. 2 años después de su llegada a Leganés, los refugiados bosnios de las 3 religiones en guerra habían sucumbido totalmente en el consumismo. Intercaladas entre crudas imágenes de actualidad captadas en el campo de batalla en que se había convertido su expaís, sonrientes señoritas de largas piernas y encorbatados señores con el pelo engominado, se les habían ido apareciendo a los bosnios enseñándoles la imagen de un objeto asociada a su precio, siempre en números rojos, el nombre y la marca del objeto y en letra pequeña, sus características: color, dimensiones, plazo de garantía, un posible regalo adicional, etc. Los bosnios, que aprendían rápidamente el idioma cada vez más universal del consumo mediante este avanzadísimo y aparentemente gratuito método audiovisual, empezaron imitando lo que debió parecerles nuestro uniforme: calzado deportivo de saldo, vaqueros de saldo, chupas de saldo y tabaco de gorra, que hasta los niños se lo sacaban a cualquier viandante que veían fumando por la calle. Les daba lo mismo que fuera rubio o negro con tal de que pudieran componer la estampa misma de la felicidad con el cigarrillo entre los labios. Y junto con lo más abstracto del idioma, que es lo último que se aprende, los bosnios terminaron por descubrir que no era lo mismo un pantalón vaquero de saldo que uno de marca y por supuesto, que no valía lo mismo. Así, del gorroneo de tabaco pasaron a regalar a los vecinos de Leganés ramitas de olivo “por la paz en Bosnia” a cambio de un donativo y de ahí directamente al tajo, a buscar trabajo remunerado para poder comprar más y mejores objetos.
- Los bosnios se han integrado -sentenciaron las autoridades.
En paralelo al proceso integrador de los hoy felices consumidores bosnios, yo había sufrido un proceso desintegrador inverso por culpa de mi profesión: la fotografía. Cuando colocaba bien colocadito el objeto que iba a fotografiar y lo limpiaba 1.000 veces para que se viera limpito y lo iluminaba por todos lados para que se viera clarito, sabía que los objetos sólo se veían de esa manera tan bonita en las fotografías. Entonces me hice consumista de imágenes. También había visto cómo, una vez desprecintados, los objetos sufrían una agonía irreversible que los llevaba cada vez más rápidamente al trastero, luego a la basura y finalmente a los descampados esteparios que rodean los suburbios de las ciudades. Entonces empecé a cuidar y a conservar los objetos que ya tenía, que eran prácticamente todos los que necesitaba mas algunos repetidos. Pero esta desintegración me estaba convirtiendo en una especie de ermitaño contemporáneo. Sí, me había liberado del tiempo de consumo: horas de búsqueda y comparaciones, gestiones y papeleos varios para conseguir créditos y pagos aplazados, actos de compraventa, igual a…; pero junto con el tiempo dedicado al consumo, también había perdido la mayoría de relaciones y temas de conversación que entablaba con mis semejantes. Sí, me había convertido en un teletrabajador con teléfono, telefax, televisión, telecorreo, telerevistas, teleperiódicos y todo tipo de telecomunicaciones, tanto de ida como de vuelta, pero apenas pisaba la calle. ¡Y es que cuando quise darme cuenta, me estaba perdiendo la fiesta del consumo, una fiesta por la que los marroquíes se juegan la vida tratando de cruzar el Estrecho de Gibraltar en una barca o por la que mujeres dominicanas, polacas, rumanas, búlgaras, nigerianas, etcétera, están dispuestas a esclavizarse en cualquier trama sexual sólo para estar aquí, una fiesta a la que yo estaba invitado desde que nací y que se celebraba todos los días a apenas unos kilómetros de mi casa!. Así, el 1º de mayo de 1994 me levanté muy de mañana, me arreglé de buena gana y me fui a pasear por el hipermercado. La amplia zona de aparcamiento de Parquesur estaba hasta los topes, los comercios que no eran del ramo de la hostelería, de la recreación mas algunas pocas y pequeñas tiendas de minucias, estaban con los cierres echados, pero los pasillos climatizados y ajardinados estaban repletos de gente de todas las edades, familias enteras, paseando, simplemente paseando: sin carros, sin bolsas y vestidos de fiesta. ¿Cómo?, me dije, ¿hay tantos bosnios en Leganés?. Y tan bien vestidos, y tan guapas las bosnias. Esto es, pensé, que de la misma manera que las ciudades medievales se articulaban alrededor de las iglesias y las burguesas alrededor de las plazas mayores, las sociedades consumistas se están articulando en torno a los hipermercaos: ahora estoy en el centro de la nueva ciudad. Y abrí los ojos para verlo todo. Estaba en un barrestaurant, frente a un jukebox, entre un póster de Marilyn y otro de Elvis y a punto de pedir una Cocacola cuando lo comprendí todo de golpe. ¡Bosnio, bosnio, bosnio!, me decían con la mirada los que descubrían mi desasosiego por haber comprendido de repente que durante todo este tiempo yo también había sido un bosnio de otros, sólo que había empezado antes y había tardado más tiempo en enterarme. ¿Y ahora qué?, pregunté con la mirada a los que se reían de mi.
- Ahora puedes volver a empezar a consumir cuando quieras, pero desde hoy ya te puedes ir sin comprar nada, pero contento.

Los Yaghanes, tribu de Tierra de Fuego extinguida a finales del siglo XIX eran nómadas por naturaleza, aunque rara vez iban lejos. El etnógrafo padre Martín Gusinde escribió:
- Se parecen a nerviosas aves de paso que se sienten dichosas y gozan de paz interior sólo cuando están en movimiento, Bruce Chatwin, En la Patagonia, 1977. Un otoño le encargaron a unos fotógrafos de una revista de arquitectura un reportaje sobre el arroyo Culebro, un lugar también llamado Polvoranca por un poblado en ruinas del mismo nombre que hay por allí. Lo que no hay es tal arroyo serpenteante, sólo una estepa desértica en la que parecen navegar las grandes poblaciones de Alcorcón al Norte, Fuenlabrada al Sur, Leganés al Este y Móstoles al Oeste. Justamente por la mitad pasará la autopista de circunvalación M-50 y con el pretexto de revitalizar el arroyo están calculando las posibilidades macroeconómicas, o algo así, de estas tierras abandonadas. Como acercamiento visual al que fue escenario de aventuras infantiles, tardes de novillos y cacerías de lagartijas sigo recomendando el viaje en tren desde Atocha hasta Móstoles o Fuenlabrada, los 2 extremos del arco que describe la línea 5 de cercanías al Sur de Madrid. En los tramos a cielo abierto podía elegir el lugar apropiado para empezar su reportaje y desde ese momento conocería más que yo. Hacía más de diez años que no había vuelto por allí. No tenía ni fotos.
- No debe haber nada. Antes había una pequeña laguna y una fuente, pero la gente lavaba los coches y todo eso ya desapareció. Una calurosa tarde de octubre los fotógrafos fueron en tren a Fuenlabrada y desde allí, caminando, atravesaron el desierto en dirección al Noroeste hasta Alcorcón. Cuando me contaron este paseo otoñal me pareció una secuencia de película tipo Paco Martínez Soria en la que uno de la ciudad va a un pueblo o viceversa, como pretexto para el estúpido baile de boinas. ¡Joder, mira que atravesar andando semejante estepa! Pero pasaron 3 cosas que me hicieron cambiar de opinión y sentir, por así decirlo, la llamada del desierto. Apareció en un periódico un retrato del cantaor Chato de la Isla anunciando una actuación. El Chato, vecino de Fuenlabrada, pasa sus soleadas tardes de ocio paseando por Polvoranca colgado de un pequeño aparato de radio. Los fotógrafos se lo encontraron en la estepa y su imagen con el camino desértico al fondo captada por uno de ellos me ha parecido desde que la vi una refinada idea de ocio. Una avería técnica en el obturador de la cámara de uno de los fotógrafos produjo una veladura en algunos de sus negativos. El trabajo estaba resuelto, pero quería más tomas fotográficas para elegir a gusto. Decidió hacer una segunda visita y me pidió que le acompañara en coche. De mi primer encuentro con la estepa recuerdo los espejismos propios de las llanuras, aún en las más vacías, la cinta de Gipsy Kings que hacíamos sonar todo el rato y que no tuve la suerte de conocer al Chato, quien, dicho sea de paso, no es un excéntrico solitario. Por la estepa había ciclistas, corredores de fondo y caminantes yendo de un lado para otro en todo momento. Aceleré la lectura y me ventilé en un pis pas Los trazos de la canción, el relato del viaje de Bruce Chatwin al corazón desértico de Australia para estudiar la religión y el modo de vida de los aborígenes como ilustración a su hipótesis sobre el origen nómada de los primeros humanos sobre el planeta Tierra. Chatwin, un evolucionista contemporáneo, describe en este libro un paisaje de hace millones de años en el que tras una glaciación desapareció abruptamente la estepa arbórea que separaba la selva del desierto y los monos que se refugiaban de las fieras prehistóricas con dientes de sable (¿los dragones y otros monstruos de las leyendas heredadas de nuestros ancestros?) trepando a los árboles tuvieron que elegir un camino. Los que se irguieron para andar y se adentraron en el desierto cantando (¿origen del lenguaje?) para poner nombre a lo que les rodeaba y orientarse (el miembro del cuerpo que les evolucionó para luchar con ingenio contra las nuevas dificultades fue el cerebro) son probablemente nuestros más lejanos antepasados. Según la hipótesis de Chatwin, infinitamente más brillante que lo que pueda parecer en este somero repaso, ésta es la razón para que los de nuestra especie sólo encontremos sosiego y felicidad cuando estamos en movimiento. En los mapas, Madrid es una telaraña sobre cuyos hilos se asientan las concentraciones urbanas e industriales. El continuo hormigueo de los madrileños y nuestros aparatos por las vías y los medios de comunicación cada vez más y más complejos, empieza a parecerse demasiado a la inmovilidad y la incomunicación. No es ése el movimiento que produce sosiego y felicidad. Y esto a cambio de ruido, polución, malos olores a los que por fuerza de la costumbre somos insensibles y basura, sólida para el tacto y visual para los ojos; contaminación detallada para todos y cada uno de los sentidos que empieza a parecerse al monstruo selvático que echó al desierto a nuestros primeros antepasados. Una fría tarde de invierno, un Arco Iris sobre la línea del cielo de Madrid a la altura de la estepa del arroyo Butarque hizo las veces de sirena. Me apeé del tren en la estación de Zarzaquemada, un privilegiado balcón (por razones incomprensibles, en vez de un túnel levantaron una escombrera de unos cinco metros sobre el nivel del suelo para este tendido ferroviario) sobre la extensión infinita: las autopistas radiales de Extremadura y Toledo a los lados, la M-40 y el arroyo venido a cloaca de Butarque atravesándola transversalmente, asentamientos humanos en concentraciones de chabolas y caravanas, industrias ilegales, las tapias y los desperdicios del gran cementerio del Sur, carreteras, caminos, senderos, tendidos eléctricos, una hilera de siete árboles carbonizados… Cerca de la estación, al pie mismo de la estepa, un camión había dejado olvidada una montaña de escombros desde la que se podía fotografiar lo que se veía desde allí. Pero justamente al pie de la montañita, unos yonquis en faena me hicieron sentir su incomodidad por mi presencia y la de mi cámara. Además de los yonquis, las estepas pertenecen a los jubilados, los parados, los inmigrantes ilegales, los lisiados que aún pueden andar y otros especímenes marginados de nuestra sociedad. Los herrumbrosos ex-coches, sus manchas de aceite y de restos de detergentes utilizados para lavarlos, sus neumáticos y todos los excrementos que exige para su cuidado el rey de nuestra movilidad, demuestran a las claras la hipótesis de Chatwin: decididamente los humanos somos nómadas, unos nómadas bastante vagos y guarros, pero nómadas al fin y al cabo. Ahora mismo están llegando a las estepas los primeros ex-contestadores automáticos, ex-aparatos de TV en color y ex-ordenadores que hace apenas un lustro llegaron a nuestros domicilios como gran novedad. Por un momento pensé que éramos los humanos los que estábamos fabricando un desierto a nuestro gusto para caminar alegremente por todo el planeta Tierra, pero cuando me envolvió el miedo de la oscuridad supe que no éramos nosotros los que estábamos fabricando un desierto, que era el desierto el que venía hacia nosotros a toda velocidad para hacer dunas en nuestros corazones.

#15m MIX #SpanishRevolution
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  1. Tweets that mention los 3 avisos » Blog Archive » El secreto dela filantropía -- Topsy.com @14:33

    [...] This post was mentioned on Twitter by JP Clemente, JP Clemente. JP Clemente said: El secreto dela filantropía http://www.tiradecontacto.net/665219224/?p=381 misterio información secreto mentira engaño fraude silogismo Lago [...]

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  2. theofehef @20:52

    Yes, really.

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